Foto crédito Buddy Berlin, Literary Estate of Lucia Berlin.

Pequeñas tormentas de perdón

“Lucia Berlin, libera tus secretos. Que el curso de tu existencia siga siendo radiante. No eres una sombra, Lucia. Eres un genio y una santa y estás viva aquí conmigo”. Una columna de Andrea Mejía.

2017/03/24

Por Andrea Mejía

De pronto el libro de Lucia Berlin estaba en todas partes. Lo vi hasta en el Facebook y en la librería del aeropuerto. Yo lo llevaba en mi regazo una tarde lluviosa en un taxi. Tenía pasajes subrayados con regla y lápiz y miles de apuntes diminutos en las márgenes que eran más bien rezos a Lucia. “Lucia Berlin, libera tus secretos. Que el curso de tu existencia siga siendo radiante. No eres una sombra, Lucia. Eres un genio y una santa y estás viva aquí conmigo”. Y así. Una mujer que estaba sentada a mi lado en el taxi me preguntó si me había gustado el cuento del dentista. El del abuelo dentista que fabrica dentaduras postizas y hace que su nieta le arranque los dientes verdaderos en medio de un charco de sangre y vómito y bolsitas de té. Ah, es extraordinario, le dije. Me había reído tanto con ese cuento cuando lo leí que olvidé que estaba en una oficina rodeada de pasillos helados. Si quedaban colegas a esa hora en las oficinas vecinas, debieron molestarse. Leer a Lucia es como encender un fuego para calentarse. Hace que las sombras se vayan.

Uno de sus cuentos se llama “Estrellas y santos”. En él hay velas que “parpadeaban como si corrieran ráfagas de viento, a pesar de que no hubiera aberturas en la vasta nave de la iglesia y de que las puertas estaban bien cerradas”. Las corrientes de aire son escalofriantes. En un pasaje de Nabokov que Sebald cita en algún ensayo, una escena de levitación termina sobrevolando la cúpula de una iglesia, “mientras debajo, una por una, las velas se van encendiendo en manos mortales para formar un enjambre de llamas diminutas en la niebla del incienso, y el sacerdote canta el eterno reposo, y los lirios funerales ocultan el rostro de quien se encuentre allí, entre las flotantes luces, en el ataúd abierto”.

Todo esto de las velas me hace pensar en una fiesta escandinava en la que se celebra a Santa Lucía. Las niñas van de “lucías”, con un largo vestido blanco y una corona de velas en la cabeza. Los niños se visten de “stjärngossar”, “chicos con estrellas”. Santas y estrellas. Se cantan canciones. Santa Lucía. Eso pasa todos los 13 de diciembre, Día del Adviento. A la santa se le canta para atravesar con velas las sombras del invierno.

Parece tan fácil lo que haces, Lucia. Es como si solo se tratara de señalar la existencia de las cosas. En el mismo cuento del abuelo dentista, ella, siendo una niña, ve jugar a otras niñas bajo la luz de un farol: “El sonido de las tabas me parecía mágico, caían como las escobillas de un tambor o como la lluvia, cuando una ráfaga de viento…”. El adviento debe ser la venida del viento.

Seguíamos en el taxi. Afuera llovía. Me sentí como en uno de sus cuentos. Podría incluso dejarlo todo, tomar alguno de esos autobuses suyos, irme a vivir al libro que llevaba sobre las piernas. No porque ahí las cosas sean especialmente bellas. Hay borrachos y presos y clínicas de abortos donde las mujeres están horriblemente solas. Hay hijos que se van al colegio con las medias húmedas. En medio de las náuseas de algo que ya no es una resaca, hay tumbos para conseguir una botella de vodka en la única licorera abierta de la ciudad. También hay sol. Y una mujer que aprende a bucear con mexicanos viejos entre tortugas verde oscuro y morenas que enseñan los dientes. Pero en las lavanderías y en los buses y en casi todas partes hay una soledad espantosa. Gente muy pobre. Algunos ciegos. Y a pesar de todo, no hay oscuridad en Lucia Berlin. Hay algo en su corazón. En sus cuentos todo está ya perdonado. De su escritura impregnada de bondad soplan estas ráfagas de viento: son en verdad pequeñas tormentas de perdón.

El calor que viene de ella se refleja en los ojos de los lectores que nos inclinamos sobre sus cuentos mientras afuera llueve. “En la profunda noche oscura del alma” cómo clarea tu nombre, Lucia. Luz cálida que nos mantiene cerca de lo pequeño. Lejos de la altura. Ahí podemos por fin llorar.

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