El 20 de junio de 2009 estalló una protesta social en contra de la reelección del presidente Ahmadineyad.

Una sociedad controlada

Muchas son las desilusiones que ha vivido la sociedad iraní. De la revolución de 1979 a la elección de Mahmud Ahmadineyad en 2009, y la posterior elección de Hasán Rouhaní en 2013, la sociedad aún no resuelve sus tensas divisiones. Crónica en primera persona de una periodista que ha aprendido a vivir en Teherán.

2016/07/28

Por Catalina Gómez Ángel* Teherán

Aquella llegada al aeropuerto Imán Jomeini de Teherán fue sin duda la más difícil de estos nueve años. Corría 2010 y llevaba una visa estampada en el pasaporte, pero esta no me aseguraba la entrada. En esos años muchos periodistas, visa en mano, habían sido devueltos del aeropuerto. Después de hacer la fila de inmigración, un policía empezó a hacer varias preguntas. Otro se llevó mi pasaporte. Era un procedimiento de rigor, no había por qué preocuparse, me decían. La incertidumbre acumulada durante los meses en que no había recibido autorización para regresar al país me tenía nerviosa.

Para entonces era normal que los cuerpos de inteligencia hicieran “sesiones de preguntas” a los periodistas. Vestidos con trajes grises claros y camisas blancas, me ordenaron en voz muy baja que cerrara el computador y que los siguiera hasta la parte baja de la terminal. Mientras caminaba llamé a un amigo cónsul y a Kaveh (mi futuro esposo) para advertirles lo que pasaba. Nadie podía hacer nada: el país estaba en manos de los servicios de inteligencia, pero al menos sabrían por dónde empezar a buscar. Desde 2007, cuando había llegado por primera vez a Irán, sabía que tenía que estar preparada para un momento así. Pero otra cosa era vivirlo.

Me preguntaban con quién había hablado, qué sabía de tal y tal persona, qué opinaba sobre lo que había pasado. Las elecciones presidenciales del 12 de junio del año pasado habían producido la crisis interna más grave que ha padecido Irán desde la Revolución islámica, en 1979. Millones de personas sintieron que les habían sido robadas las elecciones en las cuales no solo se le daba la victoria al entonces presidente Mahmud Ahmadiyedad, sino que le daba la victoria por un amplio margen. El número de votos alcanzados por los dos candidatos opositores parecía irrisorio comparado con la movilización de sus seguidores.

Yo había tenido la oportunidad de viajar por Irán en las semanas anteriores a las elecciones y atestiguar el fervor que despertaba el ex primer ministro Mir Hosein Musavi, a quien muchos veían como la única opción para deshacerse de un radical como Ahmadineyad. Esta pasión que despertaba un hombre con poco carisma y que se sentía incómodo hablando frente a multitudes confirmaba la desesperación de los iraníes. Los años de gobierno de Musavi, en la turbulenta década de los ochenta, se caracterizaron por la represión. Pero como muchos otros que lucharon por la Revolución, y que hacen parte del sistema, Musavi había cambiado su visión y defendía una serie de reformas dentro del marco de la República Islámica.

Con Ahmadineyad al mando, la represión y la falta de libertades aumentaron y complicaron la ya difícil vida de muchos iraníes. Desde que llegué al país en 2007 –primero para estudiar farsi, luego como periodista– viví con familias que tenían diferentes historias –unas habían estado en prisión después de la Revolución, algunas experimentaban las dificultades de la soltería, otras se veían atrapadas entre la tradición y la modernidad–, pero cualquiera que fuera su situación, todas compartían cierta tristeza. Era como si tuvieran el espíritu atrapado entre rejas.

A pesar de haber libertad para llevar una vida normal en el marco de las normas de la República Islámica, a pesar de vivir donde no existen problemas de insurgencia –solo los hay en ciertas áreas fronterizas con Afganistán y Pakistán–, a pesar de que se puede interactuar en distintos eventos –algunos segregadas por géneros, otros mixtos–, los iraníes cargan una luz roja por dentro que los hace vivir en permanente alerta. Esto lleva a una doble vida: la de la calle –que incluye la manera de vestir y los comportamientos– y la privada. Desde pequeños todos aprenden a mentir como mecanismo de supervivencia.

El segundo día después de mi primera llegada, el amigo que me hospedaba me pidió que tratara de hablar lo menos posible sobre mi vida en Irán, que no contara nada de lo que pasaba en nuestra casa, ni a quién conocía, ni lo que yo hacía en mi tiempo libre. Mientras menos información diera, más segura estaría (también quienes me rodeaban). Es una regla que recuerdo a diario.

También me enseñaron que nunca hay que sentirse confiado. La suerte puede cambiar en cualquier momento. Tal como sucedió el día después de esas elecciones, cuando pocos entendían bien por qué miles de hombres de los cuerpos de seguridad se tomaron las calles de Teherán y empezaron a pegarle a todo aquel que levantara la voz para protestar por el resultado. Recuerdo que antes de que se conociera, el guardia del banco donde me encontraba bajó las puertas de seguridad para protegernos de los hombres motorizados que se encontraban repartiendo bolillo a quien se les atravesara. La ciudad parecía la Teherán de las fotos de la Revolución. Parecía un campo de batalla. Era difícil aceptar lo que pasaba. Tenía la impresión de que la Irán posrevolución era una sociedad controlada por el miedo. Cada protesta hasta entonces había terminado en una gran represión. La gente había aprendido a vivir sin política.

A esto se le sumaba que la memoria de la Revolución –que se tornó en contra de muchos de sus artífices– todavía estaba viva en cada uno de los iraníes, al igual que la sangrienta guerra contra Irak entre 1980 y 1988: los que murieron –conocidos como mártires–, los que quedaron heridos de por vida, los que sufrieron los ataques químicos del dictador Saddam Hussein, las mujeres que tuvieron que criar a sus hijos en solitario, los que decidieron buscar refugio en otras partes del mundo y los que la sobrevivieron. Quienes pelearon esa guerra son los que hoy tienen el verdadero poder en Irán. Esa guerra unió a la sociedad en torno de un enemigo externo. Su amenaza ayudó a que los iraníes aceptaran a regañadientes los recortes de libertad. Nunca me ha dejado de llamar la atención que en Bagdad la guerra es parte del pasado de los iraquíes, mientras que en Irán sigue viva. En cada pueblo del país hay carteles con las fotos de los locales que murieron en la lucha.

*

En las esquinas, los jóvenes tiraban contenedores de basura y prendían fuego para contrarrestar los ataques con gases lacrimógenos. Y las calles empezaron a llenarse de abuelas, madres e hijas que desafiaban cada día a las autoridades protestando por lo que ellas consideraban una injusticia. Muchos de los mayores no lo hacían por creencia, sino para acompañar a sus hijos y protegerlos. Comprendí entonces que un sector de la población no quería más muertos. Tampoco creía en la Revolución, pero no tenía cómo decirles a las nuevas generaciones que no lucharan por lo suyo. Muchos se sentían culpables por haber participado en ella. No tanto por luchar contra la intervención de naciones occidentales, sino por su resultado: un sistema político regido por la religión, que trajo como consecuencia la disminución de libertades en muchos aspectos, especialmente para las mujeres.

Las protestas de 2009 llegaron a sumar más de un millón de personas –hay quienes hablan de tres– en la avenida Revolución, la más grande de Teherán. Los reunidos mirábamos incrédulos a nuestro alrededor: cada uno había salido a la calle con la incertidumbre de no saber si había sido efectivo el llamado hecho a través de las redes sociales, que jugaron un papel fundamental en un país donde Facebook y Twitter están bloqueados. Cada día circulaban en mensajes de textos y correos electrónicos las alternativas para desbloquear las redes. Los iraníes que estudiaban por fuera del país se convirtieron en la columna vertebral de la lucha virtual. Tanto así que el movimiento verde en Irán fue el primero en usar las redes para movilizarse e informar al mundo de lo que pasaba. Más tarde ayudó a inspirar a quienes hacían parte de la tristemente llamada Primavera Árabe.

A las demostraciones de la oposición no solo asistían las mujeres que usaban gabardinas pegadas y pañuelos caídos, sino también miles de mujeres cubiertas con chador que representan al sector más tradicional y religioso de la sociedad. Esto fue lo que más me impactó cuando regresé a Irán. El país estaba dividido, la tristeza se había enquistado aún más de lo que ya estaba antes de la llamada Revolución Verde. Una amiga que había participado en las protestas, hija de un clérigo, contaba que nunca más pudo llevar el chador con dignidad desde que un viejo le preguntó por qué la gente como ella mataba jóvenes en la calle. “No le da vergüenza”, le dijo el hombre. Otras decidieron usarlo como símbolo de resistencia: querían mostrar que ser religioso no significaba matar gente. Pero muchas se sentían frustradas. A pesar de haber hecho parte de las protestas, eran rechazados por los más liberales. En las universidades muchos jóvenes fueron expulsados, y los que quedaban se vieron relegados por aquellos que apoyaban al régimen. Volvía a intensificarse la estrategia que había puesto en marcha el sistema desde la Revolución: hacer lo posible para que se vayan los que no piensan como ellos. Están convencidos de que sus voces pierden poder una vez salen del país.

Aquellos años fueron difíciles. La represión y la falta de esperanza pesaban sobre el alma de los iraníes. Pero el impacto de aquella ruptura tuvo un giro sorpresivo, muy típico de Irán. Antes de las elecciones de 2013, el líder supremo Ali Jamenei se dirigió a quienes no lo apoyaban, un paso gigante hacia el reconocimiento del otro en Irán. Un poco antes, eso habría sido impensable. En la corta lista de candidatos presidenciales entraron dos de tendencia moderada que al unirse lograron la victoria de Hassan Rohani, un clérigo moderado alejado de las corrientes populistas.

El país sigue dividido. Los radicales siguen luchando con todas sus herramientas para no perder el poder. Las milicias del régimen muchas veces hacen lo que quieren, así el líder diga que eso no está bien. Las divisiones económicas y sociales son cada vez más evidentes en un país que hizo una revolución para acabarlas. Pero, aun así, el país ha dado pequeños pasos hacia una mejor convivencia. ¿Qué pasó? Personalmente creo que un sector del sistema, incluido el líder, entendió que para sobrevivir había que hacer un esfuerzo por vivir juntos, por aceptar al otro. Excluir a un sector de la sociedad y marginalizarlo causa un mayor odio, además de que siembra las semillas para otra sublevación en el futuro. Especialmente en una región como Oriente Medio.

Nadie lo explica mejor que la madre de Sohrab Aarabi, uno de los jóvenes que murieron asesinados en las calles de Teherán, en 2009. En el salón de su casa hay decenas de fotos de sus hijos acompañadas por las de Musavi, el candidato presidencial de entonces que desde 2011 se encuentra en prisión domiciliaria sin que se le haya hecho ningún juicio. Cuenta que las heridas siguen abiertas, que aún hay mucho por lo que hay que protestar, que Musavi tiene que quedar libre, pero que la seguridad del país es más importante. “Nadie quiere que terminemos como Siria o Irak”, dice.

*Periodista

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