Maite Hontelé nació en Utrecht, Holanda, en 1980. Crédito: Sergio González.

La mona de la vieja escuela

De pequeña, Maite Hontelé se emocionaba cada vez que su padre ponía a sonar a Héctor Lavoe o a Celia Cruz. Su temprano interés por la música latina se consolidó cuando a los 23 años visitó por primera vez Colombia. Ahora vive en Medellín y, de la mano de su trompeta, se ha convertido en uno de los sonidos más interesantes de la ciudad.

2016/08/23

Por Mateo Navia Hoyos*

Maite Hontelé es una trompetista holandesa que nació en el continente equivocado. De cabello corto y rubio, el rostro sonriente y las piernas firmes, su postura la hace ver más alta de lo que es: 1,76 de estatura. A los 9 años comenzó tocando el bugle, la corneta de guerra que requiere técnicas de posición y presión de los labios que les son útiles a los intérpretes de trompeta, un instrumento que le resultó cómodo y natural cuando lo tomó años después. En 2003 y 2008 estuvo de gira por Colombia con dos grupos holandeses: Rumbatá Big Band y Cubop City Big Band. En 2008, en Medellín, conoció al director, compositor, productor y arreglista Juancho Valencia, con quien inició una relación que la llenó de interrogantes: ¿se quedaría en Colombia?, ¿continuaría tocando trompeta? Regresó en 2009 para grabar su primer EP: Llegó la mona. Tributo a la música colombiana. Un álbum de cinco canciones que comienza con la famosa Pa’Mayte, compuesta por Iván Benavides y “Teto” Ocampo. En la versión de ella, el cantante, al cierre, pregona: “Llegó la mona/y pegó”…, como si se tratase de un vaticinio. Con el éxito de este trabajo, Maite tomó la decisión: se mudaría con sus corotos de Holanda a Medellín, y comenzaría una historia de amor con Juancho y la música, dedicando sus energías a la productora Merlín Producciones.

A sus 36 años, Maite no tiene una vida convencional. En estos días viajará a Italia y España para tocar en Termoli y en La Palma. De regreso, dormirá una noche en Medellín, y viajará al día siguiente a Pereira. Volverá para grabar en el estudio, y tres días después se irá a México, donde tendrá tres conciertos en Ciudad Juárez, Chihuahua y México D.F. Ha tocado, además, con Buena Vista Social Club, El Gran Combo de Puerto Rico, La Sonora Ponceña, Rubén Blades, Oscar D’ León, Alexander Abreu, Jimmy Bosch, Isaac Delgado, y este año giró por Europa con la trompetista y compositora venezolana Linda Briceño. Juntas impulsan un proyecto que amplifica sus carreras como solistas. “Una propuesta en la que el jazz, el latin jazz y la salsa se encuentran en el escenario”, dice. Como si fuera poco, en julio abrió la exposición de Fernando Botero en el Museo de Arte Kunsthal en Rotterdam, interpretándole Tolú, de Lucho Bermúdez.

Pero su vida no siempre fue así. Maite también es la niña de la casa. Nació en 1980 en Utrecht, la segunda ciudad turística de Holanda, después de Ámsterdam. Contrario a lo que podría creerse, en Utrecht no hace frío la mayor parte del año, entre abril y septiembre, la temperatura varía entre los 18 y los 26 ºC. El nombre “Maite”, cuenta su padre, surgió de la película Cría cuervos, de Carlos Saura, por el personaje que interpreta Ana Torrent. Poco después de verla con su esposa, nació la niña a la que llamaron Maite. Tres años después, al nacer su hermano, Akke, se separaron.

Ese evento marcó su vida. “Mis padres se separaron cuando tenía 3 años. Para entonces ya había dolores, dificultades. Claro, fue difícil, pero también agradezco esas emociones porque se convirtieron en mi material de trabajo. En el escenario siempre quiero recordar emociones antiguas: de tristeza, de alegría, añoranzas. Son emociones que están dentro del cuerpo, y que siempre serán herramientas para inspirarme en el escenario. Nunca he podido entender qué pasa en mí cuando me inspiro en escena. Lo único que sí sé es que en esos momentos visito emociones: ganas de vivir, de estar feliz o de sentir intensas tristezas”.

Durante su infancia y adolescencia, Maite escuchaba salsa porque su padre coleccionaba música latina. Primero cuando vivían juntos, y después a través de los casetes que él le enviaba, con grabaciones de la Fania: Héctor Lavoe, Willie Colón, Celia Cruz, Ismael Miranda, Ismael Rivera, Pete El Conde Rodríguez, o cubanas afincadas en Nueva York como el Grupo Folklórico Experimental Nuevayorquino y un largo etcétera. Ella vivía con su madre y su hermano en otro pueblo cercano, Haaften, y en las mañanas escuchaba a Bach en el desayuno. “Bach –dice–, es la tierra, la estabilidad, la familia, la tranquilidad”.

Mientras crecía, su madre conservó las historias de la familia en un diario. Un día, cuando su hija tenía 6 años, escribió: “Maite está muy triste, y me dijo: ponme esa música buenísima”. La niña se refería a los merengues melódicos con piano de Damirón, el músico dominicano conocido por haber sido fundador de la orquesta Billo’s Happy Boys, precursora de la Billo’s Caracas Boys. “A esa edad ya era adicta a su música”, ríe Maite.

“Creo que tenía 7 años, estábamos los dos escuchando La Sonora Ponceña –recuerda su padre–, y a Maite se le puso la piel de gallina de emoción por el sonido y la música. Yo siempre he sentido mucha emoción, alegría y goce por la música latina, y creo que es esto lo que se le pegó a Maite. En flamenco decimos que cuando la energía se mueve mucho sale ‘el duende’, algo mágico que no tiene explicación. Lo mismo puede pasar con la salsa auténtica: genera un feeling que te transporta a otras dimensiones. Creo que la salsa, a veces, tiene esa capacidad de ponerte la piel de gallina, algo que solo se entiende con el alma”.

A los 14 años, Maite ingresó a su primera banda de salsa, y a los 18 comenzó a estudiar en el Conservatorio de Rotterdam. Allí un profesor le dijo: “Tienes que infiltrar tu cuerpo con solos. La única manera como vas a aprender es escuchando solos de trompeta”. Obediente, grabó solos en un minidisc, los escuchó y practicó hasta memorizarlos. En su trabajo de grado, analizó solos de trompetistas y llegó a una conclusión: prefería ser virtuosa en la expresión, y no en la ejecución. Cada día, sin embargo, estudia trompeta dos horas, un instrumento del que se considera, dice sonriente, “esclava”, pues su exigencia técnica implica adiestrar la respiración y los músculos de la cara. Cuando su apretada agenda de compromisos se lo permite, asiste al gimnasio o monta en bicicleta, otra de sus pasiones. En 2010, por ejemplo, realizó un recorrido con Juancho desde Medellín hasta Cartagena, y en 2015 planeó un viaje desde el norte de Holanda hasta el sur de Francia con su hermano Akke. Pedaleaban seis horas diarias, en las alforjas llevaban 15 kilos. Después de nueve días, al norte de Francia, Maite no pudo más, sus rodillas estaban agotadas.

Sofía Carvallo, quien ha sido tour manager de Maite, considera que “tiene una habilidad increíble para vender su proyecto y sus discos. Siempre con una energía inagotable, puede asumir, y lo ha hecho, todos los eslabones, incluyendo comunicaciones y redes sociales. En tres ocasiones ha intentado entregarlas para que se las administremos, pero no ha sido capaz de delegar el trabajo”.

Con su segundo EP, Mujer sonora. The New Sound of Old School Salsa (2010), Maite consolidó su ingreso a la escena musical colombiana. Gracias a dos videoclips, Charanga pa’ Maite y La vida tiene sabor, su proyecto adquirió mayor consistencia. Luego, en 2013, grabó Déjame así, un álbum en el que participaron como invitados Oscar D’ León y Alain Pérez, y que terminó nominado al Grammy Latino en 2014 como Mejor álbum de salsa, junto a Marc Anthony y Tito Nieves.

En su más reciente álbum, Te voy a querer (2015), Juancho Valencia continúa como el compositor y además dirigió los videos de Me da igual, Nochecita y Camínalo, los últimos dos con la participación de Herencia de Timbiquí, Alain Pérez y Diego Galé. Juancho, el “Sargento Remolacha” del proyecto musical Puerto Candelaria, sigue siendo, también, el esposo, el amigo e incluso el “traductor” de Maite. “Siempre le tengo que corregir el idioma callejero y ‘salsero’ que aprende en la escena popular: caleño, chocoano y parlache. Para ella es un reto saber qué se debe decir en público, en entrevistas y de manera coloquial. A veces la corrijo cuando dice una palabra mal dicha, pero también, para mi diversión, a veces no la corrijo, porque siempre sus ‘aproximados’ suenan excelentes. Por ejemplo: en vez de ‘zanahorias’ dice ‘carrotes’, o en vez de ‘aislar’ dice ‘insolar’”.

Colombia adoptó a la holandesa Maite Hontelé. Cuando sopla la trompeta, incendia la sangre de su público, estremece la piel y los traslada a emociones remotas en las que reconocen sus ganas de vivir, de estar felices o de abandonarse a sentir tristezas intensas. Ella avizora nuevos retos en su futuro. Ante la pregunta de con quién le falta compartir escenario responde dubitativa: “¿Sting?... Si yo puedo soñar…. me gustaría hacer algo con él…”. Soñadora como muchos, Maite ha logrado cumplir como pocos un compromiso: ser una mujer que demuestra que sí se puede tocar la trompeta y liderar un proyecto artístico incluyente y novedoso, cuya única finalidad consiste en romper paradigmas.

*Periodista.

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