Mario Jursich Durán.

Con Piglia por la calle 26

"Ricardo Piglia fue uno de los más creativos, acaso el más creativo, de los discípulos de Borges en América Latina". Mario Jurisch recuerda al escritor argentino, fallecido el viernes 6 de enero de este año.

2017/01/24

Por Mario Jursich Durán

En 1993, siendo editor literario del extinto sello Tercer Mundo, contraté Respiración artificial, de Ricardo Piglia. No tengo certeza al respecto, pero me atrevería a decir que fue la primera publicación de esa novela fuera de Argentina (la edición príncipe es de 1980) y sin duda el primero de sus libros que circuló ampliamente en lo que antes se llamaba el Pacto Andino.

Al año siguiente, Piglia vino como invitado a la Feria del Libro de Bogotá y a mí me correspondió ser, por puro accidente, su afortunado cicerone.

Conservo una nítida impresión de esos días. Piglia no solo era amable y fácil de tratar, sino un conversador inteligentísimo. La literatura, y hablar obsesivamente de libros, era lo que más le interesaba, casi diría “lo único que le interesaba” si eso no comportara un matiz peyorativo. Recuerdo que hablamos mucho de diarios íntimos (me dijo que no pensaba publicar los suyos en vida, propósito del cual finalmente desistió), de Joseph Brodsky (hizo un gesto de sorpresa cuando le conté que Enrique Uribe White lo había traducido en los años sesenta), de ópera y literatura (con Gerardo Gandini, pianista de Astor Piazzolla, estaba ensayando una versión musical de La ciudad ausente), sobre las costumbres etílicas de los colombianos (“Decime una cosa: ¿ustedes beben para matarse?”), de jóvenes novelistas que le gustaban (Alan Pauls y Sergio Chejfec) y del extrañísimo azar que me había permitido conseguir en un rastro de la calle 19 la primera edición de Crítica y ficción. (Solo se habían impreso 500 ejemplares y a Piglia le intrigaba por qué caminos un libro editado por la Universidad Nacional del Litoral había llegado a Colombia).

Sin embargo, de todo lo que hablamos en aquellos días, lo que ahora me resulta más significativo es la charla que mantuvimos mientras yo manejaba del aeropuerto El Dorado a su hotel. En medio de una explicación sobre la geografía bogotana, aproveché para preguntarle por Steve Ratliff, un escritor norteamericano que él mencionaba en numerosos textos y que, según sus propias palabras, no solo había sido su mentor literario sino el hombre excepcional al cual le debía todo. Ratliff, contaba Piglia, había escrito toda su vida, pero solo había publicado cuatro relatos en la revista Story que le dieron un prestigio instantáneo en la Nueva York de los cincuenta. En unas vacaciones en Estados Unidos, yo había buscado en la Biblioteca del Congreso esos cuentos, sin encontrar sombra de ellos. “¿¡En serio hiciste eso!?”, me preguntó y, riéndose, pasó a contarme que “el inglés”, como llamaban a Ratliff, era en realidad una ilusión biográfica, una persona totalmente hecha de papel: nunca había existido. Yo, sin embargo, me lo había creído todo; así de absorbentes eran las ficciones librescas de Piglia.

Ya cerca del Hotel Tequendama, Piglia quiso saber si todavía existía la librería Buchholz y si creía posible conseguir números atrasados de Eco, una publicación de la cual se declaró decidido admirador. Entonces fue mi turno para sorprenderlo. “No estarás buscando el número 211”, le dije, “ese en que viene la entrevista de Ben Ami Fihman con Cioran”. Piglia se me quedó mirando, y esbozó algo así como una sonrisa de complicidad. A menudo he pensado que si nos llevamos tan bien durante los días de la Feria fue porque él, lector definitivo, agradecía que yo, lector en ciernes, hubiera detectado una de las claves de Respiración artificial.

Me explico: a diferencia de autores como García Márquez, a Piglia le gustaba armar sus libros de ficción a partir de teorías. En el caso de Respiración artificial, ese punto de arranque era el célebre apotegma de Walter Benjamin –“escribir un libro hecho totalmente con citas”–, pero ocultándoselo a los lectores. Acá solo dispongo de espacio para dar un ejemplo mínimo; puedo garantizar, no obstante, que si uno compara la conversación de Cioran y Fihman con la novela de Piglia descubrirá que la primera ha sido completamente fagocitada en la segunda: “Me interesé por mucha gente así, que sabía ver el otro lado de las cosas. Tenían un encanto demoníaco. Porque ejercían la verdadera función del conocimiento, que es destructora”, le dice el ensayista rumano al periodista caraqueño. “Me interesé mucho por gente así, en los años de mi juventud. Tenían para mí un encanto demoníaco. Estaba convencido de que esos individuos eran los que ejercían, dijo, la verdadera función del conocimiento que siempre es destructiva”, le dice Tardewski a Emilio Renzi en Respiración artificial.

Por supuesto, nada más alejado del plagio que estas operaciones. De hecho, estoy convencido de que la novela se llama Respiración artificial porque es, justamente, un apretado tejido de textos ajenos. (La voz propia sería el aliento; la cita, por contraste, la ventilación asistida). Si esto suena muy borgiano, no es por azar: al fin y al cabo, Piglia fue uno de los más creativos, acaso el más creativo, de los discípulos de Borges en América Latina.

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