Un fotograma de 'The Act of Killing'.

Matar comunistas

En 'The Act of Killing', documental de Joshua Oppenheimer, asistimos al hecho, quizás inédito en el documentalismo, de ver en pantalla a unos genocidas orgullosos, pero también a una sociedad entusiasmada con las políticas de exterminio de su gobierno.

2016/11/22

Por Mario Jursich Durán

En el año 2002, el director tejano Joshua Oppenheimer llegó por primera vez a Indonesia. Su propósito era filmar un documental sobre trabajadores del campo interesados en crear un sindicato. El mayor obstáculo era el miedo: hasta 1965, hubo en la antigua Sumatra y en otras islas del archipiélago malayo uniones bien asentadas, pero entonces sobrevino el golpe militar de Suharto, los miembros de esos sindicatos fueron acusados de “comunistas” y terminaron muertos durante el genocidio de 1965-66. Para que el lector se haga una idea de la magnitud de la matanza, en el curso de doce meses el Ejército y los grupos paramilitares asesinaron aproximadamente a un millón de personas.

Desde el principio, Oppenheimer se topó con una enorme resistencia a su proyecto. Durante las filmaciones era interrumpido sin causa justificada, hostigado por bagatelas y, con frecuencia, conducido a las estaciones de policía. La situación duró así hasta que un amigo le sugirió que, en vez de hacer un solo documental, hiciera otro sobre los asesinos del antiguo régimen, los mismos que habían exterminado a los miembros de los sindicatos. “Al fin y al cabo –le explicó– todavía siguen entre nosotros”.

No exagero si digo que ver The Act of Killing (2012), el resultado de las peripecias de Oppenheimer, es una experiencia perturbadora. Jean Rouch declaró alguna vez que la cámara no inhibe sino que por el contrario produce un efecto catártico de apertura, incluso de exhibicionismo. Lo que tanto disturba en The Act of Killing es que a lo largo de hora y media veamos a tres antiguos pandilleros –Anwar Congo, Herman Koto y Adi Zulkrady– comportarse como si solo fueran tres viejos que recuerdan los años dorados en que eran jóvenes, veían películas de gánsteres y cortejaban muchachas, cuando en realidad están hablando de la época en que cada uno de ellos asesinó a por lo menos mil personas. “Aquí estaba la oficina donde yo mataba comunistas”, dice Anwar Congo, y en su voz se trasluce la misma nostalgia de alguien que recordara un querido cine de barrio.

Es importante decir que no se trata de la banalidad del mal descrita por Arendt, sino de algo que, a falta de un mejor término, me gustaría llamar la locuacidad del mal: esa verborrea, esa cháchara ininterrumpida que les permite a estos pandilleros justificar sus acciones y al mismo tiempo ufanarse de ellas. Congo recuerda “la cortesía con que ejecutaban”, “el mínimo derramamiento de sangre”, y llega hasta el punto paroxístico de imaginar que las víctimas resucitan para agradecerle que “los hubiera enviado al cielo”.

Lo que intento decir es que en The Act of Killing asistimos al hecho, no sé si inédito en el documentalismo, de ver en pantalla a unos genocidas orgullosos, pero también a una sociedad entusiasmada con las políticas de exterminio de su gobierno. En un pasaje estremecedor, Oppenheimer inserta secuencias de un programa de la televisión pública donde la presentadora, haciendo méritos para ingresar a la historia universal de la infamia, pide “un cálido aplauso” para Congo, Koto y Zulkrady por “haber desarrollado un método más humano, menos sádico y sin violencia excesiva para matar comunistas”.

No por azar he descrito en los párrafos anteriores los actos de estos pandilleros en relación con el cine, porque todos ellos, además de grandes entusiastas de Hollywood, accedieron a participar en el documental con la condición expresa de que se enfocara como una de sus admiradas películas de gánsteres. Lo extraordinario de The Act of Killing es que, a medida que los asesinos actúan sus fechorías, van descubriendo, paradójicamente, el significado moral del asesinato. El cine, que les había servido como coartada e inspiración, acaba por convertirse en un espejo en el cual no pueden mirarse. Congo, Koto y Zulkrady empiezan con la idea de hacer “una hermosa película familiar acerca de una aniquilación masiva” y terminan en una anagnórisis, esto es, en una revelación que los obliga a rechazar sus engaños.

Tal vez se haya advertido que parte de la incomodidad producida por el documental tiene que ver con que, así como es un espejo intolerable para los asesinos, también lo es para un público como el colombiano: basta imaginar que el paramilitarismo hubiera triunfado en nuestro país y que, en vez de Congo y sus secuaces, estuviéramos viendo una película en la que Carlos Castaño y Rito Alejo del Río deciden contar sus presuntas proezas patrióticas. Las justificaciones son las mismas: que lucharon contra un mal llamado comunismo cuyo objetivo era mancillar la esencia de la nación y poner en duda nuestro más preciado artículo de fe, la propiedad privada. La historia mítica también es la misma: que ellos, como Congo, Koto y Zulkrady, mataron y torturaron por amor al prójimo, salvando a la patria de una debacle moral.

¿Se comprende pues por qué en nuestro proceso de paz el punto que ha despertado más reacciones en contra, el que ha sido más víctima de sabotajes, el más violentamente rechazado, es la obligación de decir la verdad? Sospecho que para muchos el verdadero temor no es el castigo sino que, al contarlo, su relato se les revele como una insoportable colección de mentiras.

Exactamente como pasa en The Act of Killing.

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