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Lectura y viejos verdes

"Abogaría por algo distinto: no tildar de 'lectura feminista' a lo que solo es una brutal falta de sensibilidad y sindéresis": Mario Jursich sobre la columna de Catalina Ruiz-Navarro que tilda de machista a Gabriel García Márquez.

2017/11/22

Por Mario Jursich Durán

Cuando un escritor publicaba algo pendejo, Leopoldo Lugones solía pedir que lo excusaran: “Entiendan. El pobre seguramente sufrió un ataque de tontícolis”. A mí me gustaría creer que en su columna “¿Dónde están las colombianas?”, publicada el pasado 8 de noviembre en El Espectador, Catalina Ruiz-Navarro simplemente sufrió un desvarío momentáneo y por eso decidió que al final de su vida Gabriel García Márquez solo fue un “viejo verde”, que Memorias de mis putas tristes es un “irrespeto simbólico a su fiel esposa Mercedes” y que todos los escritores del boom pueden describirse como “asquerosamente machistas”. Por desgracia, me temo que el asunto es menos complejo: en ese exabrupto hasta un lector inexperto logra detectar un serísimo problema de comprensión de lectura, mezclado con una incapacidad igualmente grave para entender lo que es la ficción novelesca.

No exagero. Al describir La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata como “la historia de un prostíbulo donde los viejos verdes impotentes van a restregárselo a doncellas dormidas” -es decir, como “un libro sobre violaciones”- y a Memoria de mis putas tristes como una fan fiction de esa novela, uno tiene demasiados motivos para sospechar que Ruiz-Navarro a) sufre de un agudo prosaísmo, b) no ha leído esos libros, c) los conoce tan solo de oídas y d) no comprende lo que ha leído (suponiendo que haya leído), de la misma forma que tampoco entiende el concepto de fan fiction.

Desde el principio, en ambas novelas se deja claro que los protagonistas conservan su ímpetu viril y que, si bien las reglas de los prostíbulos les permiten tocar a las muchachas, también les prohíben penetrarlas. Así pues, nada de impotencia ni de violaciones: tanto Eguchi como el innominado “sabio triste” encuentran el placer durmiendo junto a las chicas, no accediéndolas carnalmente. Tan claro estaba eso en la cabeza de García Márquez que el primer título de estas Memorias fue -vaya si es revelador- Rosalba dormida.

En el mismo sentido, incluso hojeando al azar se advierte que García Márquez desarrolla esta peculiar trama con un estilo y unos propósitos diametralmente opuestos a los de Kawabata. Si le hace un guiño a La casa de las bellas durmientes, si pone como epígrafe la primeras líneas de la novela, es por honestidad intelectual: quiere reconocer que tomó el argumento del premio Nobel japonés, aun cuando lo narre con su inconfundible tono (la voz de un escritor es siempre intransferible).

Me parece importante subrayar que estas deficiencias en la comprensión de lectura se incrementan cuando uno las contrasta con el modo absolutamente primitivo de leer ficción de Ruiz-Navarro. Como para ella todo es literal, como los personajes solo son gemelos del autor, estos libros, antes que exploraciones artísticas sobre la sexualidad en la vejez, resultan ser confesiones de parte: la revelación de que quienes los firman sufren una acendrada pedofilia.

Claro: leer literatura de manera tan chata produce infinidad de majaderías, pero los caprichos no son aquí el principal peligro. Ese apego a la literalidad nos convierte, por un lado, en seres involuntariamente cómicos y, por el otro, en lectores incapaces de ver que las ficciones novelescas expanden la imaginación moral. Al menos si juzgamos por lo que dice en su columna, Catalina Ruiz-Navarro parece convencida de que, basándose en Memoria de mis putas tristes, Mercedes Barcha podría acusar a su esposo de haberle sido infiel con una chica de 14 años, de que el propio García Márquez debería ser sindicado de complicidad delictiva porque narra que alteró la escena de un crimen sin reportarlo a la policía y de que las principales figuras del boom merecerían como mínimo un juicio de la sociedad por lavado de cerebro (pobrecitos nosotros los lectores: creíamos estar devorando fascinantes ficciones cuando en realidad nos estaban inculcando machismo puro y duro).

A mí me llama la atención que, sin importar su grado de disparate, estas ideas reaparezcan cada cierto tiempo en la literatura colombiana. En el año 2007 el filósofo Franco Volpi vino a Bogotá para presentar su edición de los Escolios, de Nicolás Gómez Dávila, y le dijo a Gonzalo Márquez Cristo que estaba “horrorizado” con Memorias de mis putas tristes: “¿Por qué permitimos al gran escritor imaginar que un viejo compre una niña virgen? ¿No es acaso que su novela divulga una ficción pedófilo-pornográfica que lamentablemente la vida se encarga a menudo de traducir en realidad? ¿En cuál esquizofrenia vive una sociedad que por un lado pretende que se cierren páginas obscenas en la red, pero por otro lado acepta que un poderoso multiplicador cultural como la novela de un premio Nobel propague lo mismo?”.

¿¡Permitir!? ¿¡Aceptar!? ¿¡Dejar que un escritor haga lo que le venga en gana!? Traigo a cuento esta cita no tanto por sus notorias coincidencias con los embelecos de Ruiz-Navarro como por salirles al paso a unas conclusiones que ya he oído en varias partes. Algunos lectores atribuyen estos desafueros a “los excesos del feminismo”. Yo, aceptando que a veces van demasiado lejos, abogaría por algo distinto: no tildar de “lectura feminista” a lo que solo es una brutal falta de sensibilidad y sindéresis.

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