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Bisutería

Los periodistas culturales parecen incapaces de pensar por fuera del mercado. Para ellos no existen “arte” y “cultura”; lo que existen son “artículos de lujo” y “estilos de vida”.

2017/06/21

Por Mario Jursich Durán

Una agencia de Cali, Comunicarce, me mandó el pasado 5 de junio el siguiente correo:

“Hola! qué tal ¿cómo estas?

En agosto tendremo la visita del mejor pianista del mundo en nuestra ciudad Richard Clayderman. A continuación te mando información más detallada y fotografías, espero que la información te sea útil para publicar, si deseas entrevistar a los artistas u organizadores del evento no dudes en escribirme, un abrazo que tengas un bonito día!”.

Días más tarde, recibí otra comunicación parecida, pero esta vez del periódico ibaguereño El Nuevo Día:

“El escritor tolimense Benhur Sánchez Suárez, recibió un premio como el Mejor Escritor Hispanoamericano, durante la Feria del Libro que se cumple en Madrid (España).

El tolimense, quien además columnista del periódico EL NUEVO DÍA, obtuvo la distinción por parte del grupo editorial Sial Pigmalion, durante el vigésimo aniversario de esta feria española”.

Digamos que yo podría señalar la atroz redacción de ambos comunicados o detenerme en la incapacidad, según parece congénita, de consultar un simple diccionario. (Sánchez no es tolimense sino del Huila.) También podría destrozar con sarcasmos un boletín donde se nos informa que “el reconocido y talentoso pianista” está “catalogado como un ser humano sencillo, maravilloso, excepcional, que transmite muchos sentimientos en cada una de sus interpretaciones” o poner en duda la autoridad cultural de una imprenta que concede premios al “mejor territorio literario” o publica libros sobre el importantísimo tema Cómo participar con éxito en los concursos de la tele.

Podría hacer eso y mucho más. Si renuncio a esa vía no es tanto porque me parezca inútil sino porque quiero evitar un diálogo de sordos. El aficionado a Clayderman dirá que soy incapaz de aceptar que el pianista francés ha tenido un papel destacadísimo en la democratización de la música clásica en el mundo; el literato de provincias me reprochará que solo considere digno, o interesante, o meritorio lo que premian las grandes multinacionales de la edición.

El pianista francés Richard Clayderman. Crédito: Xinhua/Li Xiang/AFP.

Así que, en vez de insistir en una confrontación de gustos, prefiero subrayar la vacuidad de categorías como “lo mejor de” o “lo máximo”. ¿En qué ranking se basan Comunicarce o Sial Pigmalion para indicarnos que Clayderman es “el pianista más influyente del mundo” o que Benhur Sánchez es superior a todos sus colegas hispanoamericanos? ¿Cuál es la semántica que le da solidez conceptual a una apreciación que de todas maneras siempre será subjetiva?

Convendría empezar a reflexionar sobre estos asuntos, porque el uso universal de estos términos indica que el periodismo cultural es víctima de una serie de supersticiones: la creencia de que nada vale excepto si se formula en términos superlativos; el dogma de que la importancia debe, forzosamente, transmitirse a través de hipérboles. No basta con darle un premio a Benhur Sánchez; tenemos que insistir en que es un premio al “mejor escritor hispanoamericano”. No basta con invitar al concierto de Clayderman; debemos remachar que es “el mejor pianista del mundo”.

Estos desafueros suelen ser una mezcla de pereza investigativa, incapacidad lingüística y regodeo en la propia ignorancia, pero están lejos de ser el principal problema. El principal problema es que los periodistas culturales parecen incapaces de pensar por fuera del mercado. Para ellos no existen “arte” y “cultura”; lo que existen son “artículos de lujo” y “estilos de vida”.

A esa confusión se debe que su argumento preferido siempre sea el éxito económico o, cuando es imposible hablar en esos términos, un sucedáneo verbal del éxito económico. Richard Clayderman es importante porque registra “cifras tan impresionantes como 70 millones de discos vendidos en los que involucra 267 oros y 70 platinos”; Benhur Sánchez…porque “es el secreto mejor guardado de la literatura hispanoamericana”.

Llegamos así a la triste situación actual. Las hipérboles le hacen creer al público que tendrá acceso a un bien de lujo; los conciertos (o la lectura) los desengañan. El oro prometido resulta ser quincalla; la supuesta excelencia, bisutería.

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