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Otro diccionario del diablo

"Elecciones: el prólogo de una comedia; como tal no se respetan en él las reglas de acción, tiempo y lugar". Mario Jursich ahonda en las curiosamente oportunas definiciones de los 'diccionarios del diablo' del siglo XIX.

2017/05/22

Por Mario Jursich Durán

Entre 1811 y 1855 aparecieron en España una docena de libros que fingían ser diccionarios, pero que en realidad eran algo muy distinto: parodias humorísticas. Esos libros no pretendían registrar la totalidad de un vocabulario, ni siquiera una parte del mismo; su propósito, mucho más modesto y a la vez mucho más ambicioso, era seleccionar una cantidad variable de palabras o fórmulas lingüísticas y realizar, mediante su explicación, una corrosiva crítica a personas, costumbres e instituciones. Aunque son bastante anteriores, el lector moderno puede hallar un ejemplo de ese tipo de artefactos en el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce.

Los más conocidos son el Diccionario crítico-burlesco, de Bartolomé José Gallardo, publicado en 1811, el anónimo Diccionario de las gentes del mundo para uso de la corte y de la aldea, del año 1818, y sobre todo el Diccionario de los políticos, o verdadero sentido de las voces y frases más usuales entre los mismos, escrito para divertimento de los que ya lo han sido y enseñanza de los que aún quieren serlo, de Juan Rico y Amat, de 1855.

Aquí solo me referiré a este último, aunque dejando constancia de que repasar las páginas de los dos primeros puede brindar ratos de instructivo esparcimiento. (“EX: La mayor injuria que puede hacerse a un funcionario público”, dice una de las entradas del Diccionario de las gentes del mundo).

Juan Rico y Amat (1821-1870) fue un poeta y abogado español que intentó la cuadratura del círculo, toda vez que era un monárquico de ideas tradicionales que también admiraba el liberalismo francés. A lo largo de su vida participó activamente en política y llegó a ser incluso secretario de la reina Isabel II. La experiencia debió resultarle amarga, pues su libro es, por encima de cualquier otra consideración, el testamento de un desengañado. En el breve prólogo con que lo antecedió, Amat se preguntaba: “¿Significan en la práctica lo mismo que suenan en teoría las tan manoseadas palabras patriotismo, legalidad, tolerancia, libertad y otras muchas de las que forman el vocabulario de los políticos?”. Su respuesta no dejaba lugar a dudas: “Todo lo contrario; en su aplicación inmediata tienen un sentido diametralmente opuesto, y ese sentido verdadero, que todos comprenden y explican en secreto, es el que hemos tratado nosotros de consignarles públicamente en este Diccionario”.

Cuando uno repasa el libro advierte que la mayoría de las entradas, salvo uno que otro detalle de época –¿quién se acuerda, por ejemplo, de qué eran los chapelgorris?–, parece escrita ayer mismo. No solo eso: Rico ya maliciaba hace 160 años que el ejercicio de la política tiene una relación directa con el eufemismo y la mentira, convirtiéndose no solo en un antecesor de George Orwell sino en un crítico avant la lettre de eso que ahora llamamos la posverdad. Fíjense si no:

Cartera: la breva más sabrosa de la higuera de la situación. Los que la prueban una vez ya no comen de ninguna otra fruta; todas las demás son sosas y desabridas.

Conciencia pública: espada muy brillante pero que no corta. Como los políticos lo saben, no le tienen miedo y juegan con ella sin peligro, como los niños con un sable de madera.

Disidentes: los que por no alargar la mano a tiempo o por alargarla con anticipación se quedaron sin su parte en la distribución del botín.

Elecciones: el prólogo de una comedia; como tal no se respetan en él las reglas de acción, tiempo y lugar.

Escaños: los asientos más cómodos y apetecidos del Congreso, exceptuando por supuesto las incomparables poltronas ministeriales.

Fiscal de imprenta: perro de presa perfectamente domesticado; por oscura que esté la noche no confundirá nunca al escritor ministerial con el periodista de oposición.

Formación de gabinete: siete tajadas de un plato y setenta manos que se alargan a un tiempo para cogerlas.

Fusilamientos: fúnebre y desgarradora música con que solemnizan su triunfo los gobiernos débiles.

Izquierda: Una de las manos del gigante de las Cortes; como es más corta y tiene menos fuerza que la mano derecha, no alcanza como esta hasta el sitio donde están guardadas las cajas del turrón.

Libertad de imprenta: Facultad de escribir… a gusto del Gobierno.

Moralidad: señora extraviada en la corte cuyo paradero se ignora, por más que se ha ofrecido un hallazgo al que la presente. Dicen que va peregrinando ahora por los pueblos pequeños, acompañada de su hermana la justicia, tan despreciada como ella.

Padre de la patria: ¿No es una verdadera anomalía que se llame padre de la patria un diputado, que se mantiene del sueldo que ella le da? ¿Por qué no se llama hijo suyo, que es ella quien lo mantiene?

Periodistas: los campaneros de las iglesias políticas. Para muchos es un oficio como otro cualquiera, que si bien no produce dinero, da en cambio popularidad, que en algunas épocas sirve para adquirir aquel.

Existe una edición reciente del Diccionario de los políticos, con notas muy útiles de Javier Paredes. Pero si el lector quiere leer un facsímil del libro, basta que pinche aquí.

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