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Apóstata

El malestar con la maternidad no es un asunto exclusivo de Clare Weiskopf, sino un rasgo distintivo de las actuales artistas y escritoras colombianas.

2017/09/19

Por Mario Jursich Durán

Mientras veía Amazona (2017), el documental de Clare Weiskopf, me pregunté más de una vez si la vida de Valerie Meikle no era un involuntario copycat de la vida de Doris Lessing, la premio nobel del año 2007. En 1943, Lessing tomó la decisión de abandonar a sus hijos y a su marido, y emigrar desde la apartada Rodesia donde vivía hasta la no menos lejana Inglaterra. Un cuarto de siglo después, y ya convertida en un ícono del feminismo, seguía justificando ante propios y extraños las causas de aquel “bárbaro desatino”.

La recriminación –valga decirlo– no incomodaba a Lessing: primero farfullaba un “¡Ya volvemos con lo mismo!” y acto seguido le explicaba a su interlocutor lo que años después consignaría en Under my Skin (1992), el primer tomo de sus memorias: “No hay nada más aburrido para una mujer inteligente que pasar mucho tiempo con niños pequeños. Yo sabía que no era la mejor persona para criarlos; hubiese acabado alcohólica y frustrada intelectualmente como acabó mi madre”.

Con seguridad Meikle nunca tuvo que usar ante periodistas un “¡Ya volvemos con lo mismo!”, pero en este caso la diferencia ni siquiera sirve de consuelo: era su propia hija, Clare Weiskopf, quien todo el tiempo estaba preguntándole por qué los abandonó cuando ella solo tenía once años.

Lamento que, en aras de mantener una atmósfera intimista en el documental, Weiskopf no le haya pedido a su mamá ser bastante más explícita. Eso nos habría permitido saber por ejemplo cuáles fueron sus raíces intelectuales, si efectivamente leyó a Lessing y qué la llevó a considerar la libertad un valor supremo, pero sobre todo nos hubiera dado una perspectiva más amplia para entender ciertos dilemas que en el documental quedan truncos. Digamos que uno comprendería mejor la insatisfacción de Meikle con la vida burguesa si se nos contara que su primer marido no fue un “Alberto” a secas, sino Alberto Guarnizo, uno de los principales áulicos del tristemente célebre Alberto Santofimio; o que podría encuadrar con mayor exactitud la drogadicción de su hijo Diego si estuviera al tanto de que Jimmy Weiskopf, el padre, no es un hippie cualquiera sino un magnífico cronista del “bejuco del alma”. (A los curiosos les recomiendo que busquen Yajé: un nuevo purgatorio, el libro donde Weiskopf narra las búsquedas interiores en que gente como él y Meikle estaban empeñados en los años ochenta.)

Con lo anterior no trato de hacerle reparos artificiales a un documental que me ha gustado mucho; apenas busco subrayar que el clima hogareño del mismo nos vela involuntariamente que el malestar con la maternidad no es un asunto exclusivo de Clare Weiskopf, sino un rasgo distintivo de las actuales artistas y escritoras colombianas. Que yo sepa, nadie ha señalado que Amazona es el último eslabón de una cadena inaugurada por la cantante Andrea Echeverri en 2004 con un disco que lleva su nombre y al cual también pertenecen las producciones Ella es otro cuento, de Zully Murillo, y las Canciones de sol y luna, de Marta Gómez; las novelas Los niños, de Carolina Sanín, y La perra, de Pilar Quintana; los trabajos periodísticos Mi padre y otros accidentes, de Paola Guevara, La cruzada de la leche, de Margarita García Robayo, y Un amor líquido, de Carolina Vegas, además de los performances María de los silencios y Virgen de los lirios, de la artista antioqueña Evelín Velásquez.

Estas obras son muy diferentes entre sí, pero todas comparten un interés en la maternidad que es multifacético y poliédrico: algunas autoras piensan el embarazo como una epifanía; otras, como una fuente supurante de preguntas depresivas. Algunas quieren recuperar las viejas nanas para dormir bebés; otras, echarle un vistazo al mundo de la lactancia; y otras más, interrogar ciertas figuras litúrgicas para explorar los límites de una supuesta identidad femenina.

Lo que distingue a Amazona de estas obras es que su protagonista se define a sí misma como una apóstata de la maternidad. No se trata tanto de que Valerie Meikle abjure de haber tenido cuatro hijos –algo que más bien reivindica en varias partes del documental–, como de que una mujer deba sacrificar su libertad en beneficio de la descendencia. Aunque en el mundo masculino el abandono de los hijos es una práctica cotidiana, en las mujeres esa decisión continúa siendo un tabú: se asume que, pase lo que pase, las madres deben obedecer al imperativo biológico y moral de cuidar a sus crías.

Por eso mismo, no me sorprendió que al final de la función el público recompensara con un prolongado aplauso a Valerie Meikle, incluso si estaba en radical desacuerdo con sus posturas. Eso en parte es consecuencia de la cálida destreza con que su hija la interroga en el documental, pero sobre todo del hecho incontestable de que Meikle no sea una cínica. Acostumbrados a que los antiguos hippies se hayan convertido en una macabra caricatura de sí mismos, habituados a que personajes como Manuel Vicente Peña hayan pasado de organizar el Festival de Ancón a ser amanuenses del paramilitarismo, reconforta oír que una florecita rockera persiste en sus convicciones, por más impopulares que estas sean.

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