El afiche de la película.

'Mi amor': el rey que nos toca en suerte

La directora francesa Maïwenn se introduce en el complejo mundo de una pareja que cree que el amor basta para sobrevivir. Tras un accidente esquiando, su protagonista, Tony, recuerda una tumultuosa relación que casi acaba con los dos amantes.

2016/09/29

Por Margarita Posada Jaramillo Bogotá

Quienes la miren con poca profundidad, creerán que esta es una película sobre la crisis de los 40 de un hombre guapo y exitoso. Quienes la vean con ojos más agudos, entenderán que Mi amor es sobre los padres que nos tocan en suerte, y quizá también sobre los padres que nos toca en suerte ser, de acuerdo con la pareja que escogemos para procrear, si es que existe consciencia alguna en esa escogencia de que la mayoría de las veces se da en un abrir y cerrar de ojos bajo el efecto eufórico que produce el amor o, mejor, el enamoramiento. Me atrevería a decir que mucho puede haber de la experiencia de la directora, Maïwenn, con su exesposo, el aclamado director Luc Besson, a pesar de que su relación tuvo lugar cuando ella era una joven de 17 años y hoy tenga 40.

Durante dos horas conoceremos a Georgio (Vincent Cassel), un hombre de espíritu libre, con un historial importante de relaciones con modelos y jovencitas, y a Marie Antoniette (Emmanuelle Bercot), una abogada hecha y derecha, lista para embarcarse en la relación seria que le dé las bases para formar un hogar. De entrada se nota que tienen vidas muy diferentes, pero ¿quién no cuando ni siquiera se han conocido?

Así, en ese estado de absoluta alegría y enamoramiento, ella misma nos predice, como si fuera un narrador omnisciente de ópera, lo que está por venir, mientras recita unas palabras que parecen demasiado pesadas para la media hora de historia “chico sensacional conoce chica sensacional” que llevamos viendo: “El amor no es nada cuando es nuevo, limpio y puro. El amor, antes de la tormenta, no es una decisión, es un decreto. Cuando suceda la ocasión, el accidente, la oportunidad, estén ahí, parados. Encuentren la palabra o la acción, la mirada. En este instante, confía en mí, no desapareceré”.

El eje central de la película es una lesión de rodilla después de un accidente esquiando que hace que Tony, nuestra protagonista, atraviese con la memoria su enrevesada y terca historia de amor con el padre de su hijo, un hombre arrollador que a las pocas semanas de conocerla la lleva a vivir con él, y a las pocas semanas de vivir con él le dice que quiere un hijo suyo, y a las pocas semanas de embarazarla le propone matrimonio, y a las pocas semanas de casarse empieza a darse cuenta de que la concatenación de decisiones aparentemente frívolas y alegres que tomó van en contra de su estilo de vida y de su libertad.

Y así como todo lo que subió tan rápido y nos pareció tan natural y de esperarse, van pasando otros cambios separados por semanas (estos sí nos parecen estrepitosos y bruscos) a través de los cuales Georgio, nuestro galán en cuestión, intenta retractarse de a poco de haber formado un hogar. Y entonces veremos también a una Marie Antoniette desdibujada, iracunda, tratando de mantener a toda costa una relación de la que el otro se zafa paulatinamente. Lo curioso de esta historia de amor es que no se resquebraja de un momento a otro, pues Georgio empieza a salirse progresivamente del castillo de naipes como queriendo no hacer ruido ni tumbar ninguna carta, pero quien las coge todas y las tira al suelo es ella, que llena de ira intenta obligarlo de una u otra forma a ser el papá de su hijo, aunque en el fondo lo quiere es que sea su marido. Los actos desesperados de cada uno de los amantes no los contaremos aquí para que el espectador pueda sorprenderse, al igual que lo hacen ellos cuando se dan cuenta de que el otro es un desconocido cuyas pasiones son completamente opuestas, a pesar de que en ambos haya una clara tendencia a consumir drogas, unas de fiesta y otras de droguería, pero drogas al fin y al cabo.

“No me conociste en una biblioteca”, le dice a su pareja el increíble Vincent Cassel encarnando a Georgio. “No eres tú, no soy yo. Somos los dos juntos”, contesta Marie Antoniette cuando empieza poco a poco a rendirse y a soltar, para luego volver a creer que hay alguna fórmula bajo la cual pueden estar juntos sin destruirse. Los vemos inventar fórmulas y fórmulas para no matarse (una casa aquí, la otra allá, dejar de ver a esta persona, dejar esta droga, tomar esta otra, divorciarnos, amenazarnos, volver a vernos, no vernos este fin de semana), y todos sus esfuerzos acaban siendo en vano, como también acaba siendo en vano el esfuerzo de odiarse o ignorarse porque, de tanto pulso, ya el amor es parte de una cicatriz que los mantiene atados.

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