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Muhammad Ali

"Desde Jasón hasta Batman, lo que define a un héroe no es que gane todas las batallas; las victorias suceden porque el héroe busca y descubre, recobra o construye su verdadera identidad: su nombre real y libre. También Muhammad Ali renegó del nombre que primero le dieron. Se dio otro, por el que quiso que el mundo lo conociera".

2016/06/28

Por Carolina Sanín

En una famosa entrevista, se le pregunta a Malcolm X: “¿Cuál es su nombre real?”. Él responde: “Malcolm. Malcolm X”. Replica, entonces, el entrevistador: “¿Ese es su nombre legal?”, y Malcolm X dice: “Hasta donde me atañe, es mi nombre legal”. Después de fracasar con los adjetivos de “real” y “legal”, el otro le pregunta si ha ido a un juzgado para declarar su cambio de nombre. Malcolm X explica detenidamente que no es apropiado que un negro lleve el apellido que un amo blanco le dio a su ancestro, como a su propiedad. “¿Cuál fue el apellido de su padre?”, pregunta el entrevistador insistente. Malcolm X responde: “Mi padre no conocía su apellido. Lo obtuvo de su abuelo, que lo obtuvo de su abuelo, que lo obtuvo del amo. Los nombres reales de nuestro pueblo fueron destruidos durante la esclavitud”. El inquisidor pasa, finalmente, a la segunda pregunta. Malcolm X ha ganado: ha resistido a través de la elocuencia y, expresando su verdad, ha esquivado el ataque. No ha pronunciado el nombre que lo distorsiona.

Desde Jasón hasta Batman, lo que define a un héroe no es que gane todas las batallas; las victorias suceden porque el héroe busca y descubre, recobra o construye su verdadera identidad: su nombre real y libre. También Muhammad Ali renegó del nombre que primero le dieron. Se dio otro, por el que quiso que el mundo lo conociera; vivió de acuerdo con él, y lo defendió dando y esquivando golpes y haciendo poemas.

Ali peleó por el privilegio de pelear cuanto quería. Cuando le preguntaron por qué se disponía a volver al ring después de haberse retirado del boxeo, repuso: “Porque ahí está”. Peleó por el reconocimiento de su singularidad y, simultáneamente, de su ejemplaridad: “Soy América. Soy la parte que no reconocerán. Pero acostúmbrense a mí: negro, seguro, altanero; mi nombre, no el de ustedes; mi religión, no la suya; mis propias metas. Acostúmbrense a mí”. Peleó también por el derecho a no pelear en una guerra injusta y ajena, la de Vietnam. Y todas esas luchas estuvieron enmarcadas en una mayor, por la prerrogativa de decir él mismo quién era y no dejar que fuera otro quien lo hiciera. Se definió como “el más grande”, “el rey del mundo” y “lo más bonito que ha habido”. Mientras lo golpeaba en el ring, le preguntó repetidamente “¿Cómo me llamo?” a su contrincante Ernie Terrell, quien no había desistido de llamarlo por su antiguo nombre de esclavo en vez de referirse a él por su nuevo nombre de profeta. Su soberbia no fue desmedida, sino infinita; estaba sometida a la infinitud de Allah. Por eso podía decir: “No soy creído; estoy convencido”.

Quizá sobra decir que es coherente que su deporte haya sido el boxeo, en el que cada peleador busca, al evadir los golpes contrarios, desmentir la presunción del adversario, que cree poder ubicarlo y saber cuánto espacio ocupa. Como en las luchas sociales, en el boxeo se trata de conquistar el propio lugar y de ausentarse de los lugares previstos para hacerse presente en los inesperados.

Muhammad Ali es uno de mis ídolos. También lo es de mi padre, que respeta la desobediencia por sobre todas las demás virtudes, y lo fue de mi abuelo materno, que me enseñó a disfrutar el boxeo. Me gusta honrar mi herencia masculina a través de la compartida devoción por quien fue el más viril, el mejor macho entre los machos. Pero a través del reclamo de Muhammad Ali, también me conecto con mi legado femenino. El rechazo de Ali al nombre impuesto me recuerda que ninguno de quienes nacimos en esta cultura tiene el apellido que le corresponde: nuestro apellido debería ser el de nuestra ancestra más remota, transmitido a través de generaciones de mujeres; ese, y no el paterno, sería el nombre verídico y natural que nos relacionaría con nuestra raíz, pues la paternidad, a diferencia del vientre del que se nace, es una presunción. Así como sucedió con los nombres de los africanos esclavizados, el nombre real de todos los nacidos en las culturas patriarcales y patrilineales, blancos o negros, hombres o mujeres, se ha perdido entre la legión de apellidos del amo celoso.

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