Portada del libro.

'Opiana': una experiencia paradójica

El escritor colombiano Nicolás Suescún, quien falleció en abril de este año, construye una distopía en la cual sus habitantes “entregados al opio y al ocio más absoluto, no sentían la menor curiosidad por el mundo exterior” en su única novela.

2017/05/22

Por Álvaro Castillo Granada

“(…) captar lo que vi y sentí allí, y lo que sigo sintiendo, lo que sigo recordando, lo que sigo viendo en mis sueños. Para pintarla a Ella y traerla de nuevo a mi vida, aunque sea en la imaginación”: esta es la aventura en la cual nos sumergimos los lectores al abrir la primera página de Opiana (El Áncora Editores, Bogotá, 2015), la única novela de Nicolás Suescún (Bogotá, 1937-2017). Ya el autor nos había dibujado, a lo largo de sus libros de cuentos (El retorno a casa, El último escalón, El extraño y Oniromanía) y su antinovela (Los cuadernos de N) una manera de ver y estar en el mundo: extraña, fantástica, cotidiana, absurda, gris en la cual los personajes deambulaban por entre las páginas para pasar, después, a formar parte de los sueños y pesadillas que nos habitan a los lectores. Una experiencia paradójica, difícil de transmitir con palabras cuando se nos piden razones, pero comprensible, habitable, cuando cerramos el libro y dejamos que nuestra vida se pueble por otras que, no por ficticias, son menos reales. Su capacidad de sugerencia hace que esas historias se transformen en incógnitas e interrogantes que hacen que, como lectores, nos instalemos y traslademos a otra parte. Y, en este caso, ese otro lugar se llama Opiana, “una ciudad del Oriente en la ribera de un río ancho y perezoso, construida al pie de una colosal Torre, y siempre cubierta por una densa niebla”.

Fiel lector de George Orwell, Nicolás Suescún construye una distopía en la cual sus habitantes “entregados al opio y al ocio más absoluto, no sentían la menor curiosidad por el mundo exterior”. ¿Cómo llegó a Opiana? ¿Cómo salió de ella? ¿Por qué? Son las preguntas que intenta responder el personaje a partir de dos posibilidades: el viajero que ve y el viajero que escribe para volver a ver. Como toda utopía es posible leerla a través de la confrontación del mundo en el cual habitamos. Hay en ella una profunda y descarnada mirada a la sociedad y a la división del trabajo en la cual nos movemos.

En ese lugar, “donde nadie me conocía, pude mostrarme mejor, realmente como era, sin necesidad de llevar esa máscara que me fui haciendo a la largo de mi vida, hasta ser más la máscara que el hombre tras ella”, el viajero/narrador la encuentra a Ella y viven una historia de amor afuera y en medio de todo. En los márgenes. Ni en las neblinas del opio, ni en las conversaciones de los filósofos, ni en el desgarrador trabajo cotidiano.

Ese amor, esa búsqueda de ese amor, nos conduce a increíbles aventuras que no son más que un llamado a volver al pasado para vivir el presente. Este es el tiempo del amor con Ella. El hoy. No el mañana.

Opiana es un libro escrito con delicadeza de orfebre y de artista. Una pequeña joya de artesano (comparable a La historia de Rasselas, de Samuel Johnson, y Tamerlán, de Enrique Serrano). Un libro que puede ser leído en voz alta y saborear cada una de sus palabras. En esta novela, Nicolás Suescún logró lo que siempre buscó: la belleza en medio de la vida cotidiana. Esa que habitamos todos los días…

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