Sandra Borda.

La opinión no es negocio de mujeres

"El que el campo de la opinión y el debate sea masculino genera dinámicas de grupo que hacen que el trato con las pocas mujeres que trabajan en este oficio transite fácilmente de una condescendencia a veces mal denominada “caballerosidad”"

2016/06/28

Por Sandra Borda

Quisiera aquí construir una reflexión sobre el papel que jugamos las mujeres en los escenarios de opinión y análisis en los medios de comunicación en Colombia. Me anima el mismo proceso de aprendizaje que animó todas las reflexiones sobre los medios que he escrito acá, inspirada en mi experiencia como analista en ellos y como consumidora de los mismos. Nada más.

Lo primero que hay que decir es que en Colombia no hay datos duros sobre participación en medios de comunicación desagregados por género. En Estados Unidos sí hacen esa tarea e identifican la proporción de corresponsales, de presentadores y de analistas en cada medio e incluso, cuánto tiempo al aire es ocupado por hombres opinadores/analistas y mujeres. Observen, por ejemplo, los datos más recientes de participación por género en los principales medios de Estados Unidos.

La gran mayoría de estos estudios aterrizan en la misma conclusión: el campo de la opinión es dominado por hombres, mucho más claramente en medios de tendencia conservadora pero también, en alguna medida, en medios liberales. Sin tener datos concluyentes en la mano y a punta de oír y ver medios con bastante frecuencia, creo que esa tendencia puede ser la misma en Colombia, si algo, mucho más pronunciada. Pero, insisto, lo ideal sería que pudiese respaldar esta afirmación con datos.

Fuente: Fortune.com

Justamente por ser un espacio donde prima la presencia de hombres, las reglas del juego de la discusión entre opinadores han sido creadas por ellos mismos y esto hace que, debido a su ingreso tardío a estos espacios, la participación de las mujeres esté atravesada por obstáculos difíciles de superar. Hay ejemplos claros de cómo jugar en este tablero inclinado nos depara a las mujeres la peor parte. Déjenme mencionar el más obvio de todos: si un opinador hombre sube el tono de voz para callar a su contrincante en el debate, la audiencia lo considera normal y hasta una muestra de contundencia. El costo de que una mujer levante la voz en medio de una discusión es para ella enorme: la interpretación de la audiencia en la gran mayoría de las ocasiones es que es histérica, que tiene que calmarse, o que “está en sus días”. Así, si la norma es la interrupción e intentar silenciar al otro a punta de subir el tono de la voz, funciona para ellos pero no para nosotras.

Creo que las opciones son tres: a) Las analistas podemos intentar “portarnos como hombres”, ser abrasivas, reaccionar con fuerza y pagar el costo que acabo de describir, b) podemos decidir callar y esperar a que nos den el turno para hablar, cuestión que la audiencia interpreta como complicidad con el intento masculino de dominar la conversación y, por tanto, con falta de carácter, y c) podemos tratar de encajar en el estereotipo masculino del ideal de mujer analista: autoexcluirnos de las conversaciones alrededor de temas “duros” (o decir una estupidez o dos para no desencajar) y dedicarnos a los “suaves” (género, niñez, familia, moda), evitar confrontar y siempre sonreír. Enojarse nunca, emputarse jamás. Adoptar, en otras palabras, el papel de la analista Stepford (de las Stepford Wives), la mujer recatada pero conversadora, perfecta y obediente.

El que el campo de la opinión y el debate sea masculino genera dinámicas de grupo que hacen que el trato con las pocas mujeres que trabajan en este oficio transite fácilmente de una condescendencia a veces mal denominada “caballerosidad” (que resulta en muchos casos un tanto artificial), a unos ejercicios de complicidad de género que al reafirmar la identidad grupal masculina terminan dejando a las mujeres en condición de externas o excluidas. Entonces, por más de que se intente superar las dinámicas de género en la conversación, el espíritu de grupo hace que sea difícil para los hombres controlar las agresiones y las descalificaciones hacia aquello que descansa “fuera” de su identidad grupal. Los primeros objetos de esas agresiones son las mujeres.

Y como si esto fuera poco, en un espacio dominado por hombres y por sus reglas, la dificultad que experimentamos nosotras en nuestro intento por ajustarnos termina siendo interpretada como una manifestación de debilidad: somos emocionales/sensibles, no tenemos la piel gruesa, no soportamos la crítica y no sabemos discutir.

La conversación no es equilibrada ni equitativa y todavía asumimos que tener una mujer en las mesas de trabajo resuelve el problema mágicamente. Si queremos que las reglas del juego cambien, una mujer no basta: es necesario buscar la paridad. Solo así es posible que las reglas del juego cambien y, de esa forma, construir una conversación verdaderamente incluyente.

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