Retrato del filósofo Michel de Montaigne, por Daniel Dumonstier. Hoy el cuadro está en el Musée Condé (Chantilly, Francia). Print collector / Getty Images.

Viaje hacia Montaigne

El escritor Pablo Montoya fue al castillo de Montaigne en busca de una imagen más próxima de su admirado ensayista. Esa imagen, los célebres escritos y el relato del recorrido se mezclan con distintos niveles de la vida íntima, la obra y las interpretaciones y lecturas que se han hecho de este autor francés a lo largo de la historia.

2017/12/12

Por Pablo Montoya* Saint-Michel de Montaigne

Para Sara Montoya y Eduardo Suárez

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Burdeos quedó atrás y las tierras del Périgord aparecieron como un eco lejano de lo que fueron en el siglo XVI. Iba por fin, y así se cumplía un sueño de mi adolescencia, hacia el castillo del pequeño hombre montaña. Allí, en esa morada de letras y de soledad, arquetipo de la única utopía que me satisface del todo, se habían escrito los textos más luminosos de un siglo sombrío. Iba tras una imagen más próxima de Montaigne. Aunque reconocía que era suficiente con la presencia de sus Ensayos en mi biblioteca de Medellín, y algunas de sus frases que me han acompañado sobre el dolor, la muerte, el placer y la amistad. Mientras la primavera se deslizaba más allá de la ventanilla del coche, me sentía cubierto por una suerte de entusiasmo juvenil. Recordaba que en las coordenadas del viaje siempre ha habido un espacio para las peregrinaciones cuyos destinos no son los dioses ni las vírgenes, sino la admiración por un hombre que ha enseñado a descubrir el mundo y a conocer mejor a los otros.

En Burdeos habíamos tenido tiempo, con Sara y Eduardo, para respirar la atmósfera del siglo XVIII, acomodada sin rimbombancia a los adelantos de la modernidad. Un tranvía sosegado se hundía en las calles por donde Stendhal paseó su asombro. “Burdeos es, sin ninguna duda, la ciudad más hermosa de Francia”, escribió en sus notas de viaje el autor de La cartuja de Parma. En ciertas esquinas, presenciando el abrazo que prodiga el río Garona con las fachadas de la antigua aristocracia del corcho, yo comprendía algo de esa belleza única. Pero sabía que estas edificaciones magníficas tenían su origen en la esclavitud de la cual Francia fue siempre el más exquisito e ignominioso ejemplo. La belleza de Burdeos, en verdad, tenía algo de suciedad trágica. Y confirmaba aquella frase de Balzac que hay en Sarrasine, según la cual detrás de una riqueza honorable siempre se esconde un crimen cenagoso. Habíamos tenido tiempo, incluso, para ver la casa donde Goya vivió sus últimos años entre la vergüenza de sentirse humano y la nostalgia por una España que, pese a su condición represiva, le hacía una falta atroz. Goya, de algún modo, y mucho más que Stendhal y Balzac, me conducía a Montaigne. Ambos padecieron el horror de guerras que se justificaron con homilías religiosas y discursos nacionalistas. Los dos tuvieron que soportar el bullicio con que la sangre gusta vestirse en tiempos de masacre. Ambos se asfixiaron con los aires corruptos que acompañaron las decisiones de los gobernantes de entonces. Los dos quisieron esconderse no solo de la estulticia que caracteriza a quienes pregonan la guerra, sino de cualquier presencia humana así esta hubiera querido ser generosa. Misántropos a su modo, Goya y Montaigne intentaron escapar de la barbarie sabiendo que en ellos habitaba la misión de revelar los mecanismos con que los hombres se aniquilan entre sí.

Estaba sumergido en los grabados de Goya, donde se denuncia el sinsentido de la guerra, sus ridículos patriotismos de convento, la siempre crueldad y sus cinismos recomenzados, cuando aparecieron los espléndidos viñedos de Saint-Émilion. Sentí un alivio que me hizo pensar en los muchos de este tipo que debió gozar Montaigne, cuando dejaba atrás los oficios en la alcaldía de Burdeos y se introducía en sus terrenos, que eran como una entrada al complejo panorama de sí mismo. La tierra era fresca ese día de junio y me parecía fácil comprender por qué Montaigne vio en ella su mejor consuelo. De pronto, se me presentó el autor de los Ensayos conversando con la naturaleza más que con los hombres. Lo vi dialogando con los amaneceres del solsticio y sus atardeceres estivales, con las noches del otoño donde chapotea con melancolía una vitalidad que pronto habrá de morir para darle entrada a la mudez del invierno. Lo vi mirando los pájaros y las arañas y concluyendo que todos los esfuerzos humanos jamás lograrán reproducir ni el nido de los unos ni la tela de las otras. Sabía, no obstante, que el eco de las campañas humanas jamás abandonó a este francés de origen hispánico. Pero si por él hubiera sido, se habría resuelto en un retiro sin palabras. Es muy posible incluso que Montaigne hubiera querido ser un campesino distante de la reflexión. Una de esas existencias simples para quien, como lo dice el Áyax de Sófocles, “la vida más dulce consiste en no pensar en nada”, y no el hombre que fue. Ese humano destinado a la soledad y en cuya conciencia habría de arraigarse el Que sçais-je? de una humanidad anclada en las delicias y las torturas del individualismo.

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Hay un apunte de Julien Gracq, a propósito de las guerras religiosas del siglo XVI, que me vino a la cabeza cuando entrábamos a la vía que conduce a la localidad de Saint-Michel-de-Montaigne. Gracq dice, en Capitulares, que no se presenta en la literatura francesa del Renacimiento un pathos épico en el que se enaltezca el heroísmo de esas batallas cristianas. Gracq parece pedir una suerte de “Marsellesa” renacentista a las sucesivas matanzas que hubo entre católicos y protestantes. Es verdad que en las obras de esa época aparece una sociedad preocupada más por el tontillo, el jubón, el corsé y las medias de seda. Son narraciones o versos en los que un abanico de caballeros y mujeres galantes se pasea por los castillos del Loira y sus bosques circundantes y cree amar al ritmo polifónico de los madrigales de Palestrina y de Lassus. Los trágicos, de Agrippa D’Aubigné, desde el lado protestante, rompen ese idílico paisaje. Y la queja escrita, con tonos de venganza atrabiliaria, da cuenta del rostro sanguinario de esos años. A D’Aubigné le producía placer la guerra y las desgracias de su entorno le eran una forma excitante de aventura. Pero ante el tono resentido que envuelve a Los trágicos, está el otro lado de la cara, ese otro pathos, manifiesto en Montaigne. D’Aubigné fustiga a los culpables de las masacres cometidas contra los hugonotes, estimula a los de su partido religioso a mantener su fe y ataca a los católicos que habrán de padecer un eterno castigo después del juicio final. En los Ensayos no existe por ninguna parte este enardecimiento sin pausa. Montaigne m5uestra interés por la guerra en la medida en que en ella se encuentran motivos, caracteres y circunstancias que ayudan a revelar mejor la condición de los combatientes. Como dice Emerson a propósito de la manera en que se habla en los Ensayos: “Montaigne nunca grita, ni protesta, ni ruega; no hay en él debilidad, ni convulsiones, ni superlativos; no quiere salirse de sí mismo, ni hacer cabriolas, ni aniquilar el espacio y el tiempo”. Su obra, por tal razón, es un reflejo más inteligente de las luchas religiosas. D’Aubigné dejó la espada por la pluma y esto parece no sentirse en su obra. Montaigne, en cambio, jamás tomó tal arma y supo que lo suyo era mermar el furor desde la pluma y no insuflarlo. Su actitud ante la guerra se nutrió del relativismo que habría de acompañar sus principales elucubraciones.

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Relativismo, fundado en el respeto y la tolerancia, que es quizá su máximo aporte a un siglo lacerado por las iras de la Reforma y la Contrarreforma. Y es verdad que una actitud de este tipo, a veces acomodaticia de un hombre de la alta sociedad que se movió con mesura entre la barbarie de su tiempo, molestó a muchos que militaban en un bando o en otro. Montaigne tenía prosapia judía por parte de su madre, el protestantismo le despertaba respeto, pero hizo confesión pública de su catolicismo por comprensibles razones de seguridad. Gracias a esta compleja circunstancia, en tanto que tenía la sangre y el linaje atravesados en los dos bandos, Montaigne ofrece una comprensión de los conflictos civiles de la Francia del siglo XVI más abierta y por lo tanto más perenne. Además, concluía yo, mientras bajaba del coche y leía en el monumento de piedra A la gloire de Michel Eyquem de Montaigne, no puede haber marsellesas en épocas en las que ninguno de los grupos en pelea enarbola la libertad del pueblo.

Como era mediodía, hubo que esperar hasta el inicio de la tarde para ingresar a los dominios del castillo. Deambulamos por las callejas buscando un sitio para comer. Saint-Michel-de-Montaigne parecía un lugar atrapado en un ayer remoto y, si no fuera por la vasta luminosidad que se regaba por sus rincones sin nadie, uno se creería extraviado en coordenadas propias para el hastío de los burgueses que describe Baudelaire en Las flores del mal. No era difícil reconocer que el atractivo de estos parajes era la sombra que antaño había transitado por ellos. Sonreí ante el gesto de anteceder al apellido de un hombre laico con el adjetivo santo. Porque así fuera verdad que Montaigne hiciera sonar religiosamente las campanas del avemaría y asistiera a misa todos los días, era cierto también que su inclinación a la lascivia fue tan ostensible como distante la posibilidad de entronizar sus hábitos católicos. Era evidente que el poblado se llamaba así porque su santo era ese ubicuo Saint-Michel de la santería europea. Pero, empujado por suposiciones lúdicas, me pregunté si Montaigne no formaba parte de alguna hagiografía apócrifa que yo desconocía. Nada extravagante me parecía que su vida se hubiera convertido en paradigma para un grupo de admiradores avisados en el combate de la tolerancia contra la animadversión. Y es que el tema de la religiosidad de Montaigne es uno de los relieves más sugestivos de su personalidad. Su cristianismo fue lábil sin duda. Las reflexiones sobre la muerte que penetran sus ensayos, por ejemplo, están despojadas de la preocupación por el más allá que tanto atormenta a los que obedecen preceptos eclesiásticos. Meditar en la muerte, escribe en “Filosofar es aprender a morir”, “es meditar por adelantado en la libertad, y quien aprende a morir ha desaprendido a servir. No hay mal alguno en la vida para quien entiende que la privación de la vida no es un mal. El saber morir nos libra de toda sujeción y toda restricción”. No es el cielo y sus querubines, sino la tierra y los hombres lo que intentó descifrar Montaigne. En su vida social fue un católico practicante, hasta tal punto que la muerte lo alcanzó cuando seguía desde su lecho de enfermo la elevación del cáliz. Pero su catolicismo perteneció a las esferas del pragmatismo social y no a las del convencimiento íntimo. En su imaginación, Montaigne fue completamente pagano. Se dejó llevar lo más libremente que pudo y no hay libertad más ociosa que su escritura, por las geografías del ensueño. Fue tan nómada en sus observaciones que en sus frases pinta el paso y nunca la permanencia. Prefirió la verdad humana de los poetas romanos que la divina dictada por los escribas semitas. Su sensibilidad y su sabiduría estaban ancladas más en Lucrecio y en Ovidio que en Moisés y en Salomón. El regusto estoico de sus consideraciones no provenía del arrepentimiento angustioso de Pablo de Tarso, sino del sosiego aristocrático de Séneca.

Montaigne se sintió mejor acompañado con las críticas de Cicerón que con los señalamientos de Agustín. De entre los hombres renacentistas que se pronunciaron contra los fanatismos de su época, y ahí están como baluartes Erasmo, Moro, Bruno y Rabelais, la de Montaigne es tal vez la voz que se escucha con más claridad en nuestros tiempos. El problema de la religiosidad de los humanos, lo dice con frecuencia en sus Ensayos, incumbe a la esfera individual y no a la colectiva. A los dioses es mejor celebrarlos en el silencio de los habitáculos privados y no al aire libre en medio de multitudes enardecidas.

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Fue entonces cuando recordé a Pascal y a otros escritores que mantuvieron contacto con los Ensayos. El autor de Pensamientos no quiso a Montaigne, ni estilística ni moralmente. Le reclamó su lentitud, la paciencia, el regodeo para escribir sobre todo lo que estuviese a su disposición. Pascal miró con recelo al bovino yo masticador de palabras que había en Montaigne. Y no es arduo imaginar el rechazo de Pascal hacia aquellas reflexiones en las que se habla del caprichoso miembro viril que se enhiesta y languidece cuando le da gana, de las flatulencias advenedizas que atentan contra la dignidad de sus dueños, de los mocos y las guisas con que estos deben limpiarse. Descartes, en cambio, se nutrió del escepticismo de Montaigne para liberarse de él. Partió del “Qué sé yo” del gascón y, con una buena dosis de geometría, matemáticas y filosofía pirrónica, llegó al “Pienso, luego existo”, que es de donde arranca nuestra arrogante modernidad. Rousseau también, de algún modo, abominó de Montaigne. Consideró su sinceridad postiza. Una especie de sensatez escénica cuyo personaje principal es ese yo desmesurado y los telones de fondo su castillo, su región y su país. El pedagogo de la Ilustración previno contra el escepticismo de un Montaigne que se avenía, soportándolas y a veces justificándolas, con las inequidades sociales. En El Emilio o la educación, Rousseau se va lanza en ristre contra el autor de los Ensayos. Para Rousseau no hay entre los hombres relativismo moral, que era lo supuesto por Montaigne. Lo que existe, según este, son hábitos culturales diversos, pero un mismo esquema moral inherente a todos los hombres. La relación entre ambos pensadores, desde esta perspectiva, es conflictiva. Sin embargo, los dos coinciden en la importancia que tiene la educación del niño en cualquier proyecto social de educación. Al decir que no es un alma, ni es un cuerpo lo que se educa, sino un hombre, Montaigne despliega enteramente su humanismo pedagógico. El centro de su enseñanza es muy sencillo, pero siempre peligroso para los reaccionarios sistemas educativos de todos los tiempos: dejar que el niño se forme a sí mismo, que sea lo suficientemente libre como para que pueda ser. De estas premisas, por supuesto, han bebido las más audaces propuestas educativas, desde la del mismo Rousseau hasta la de Bertrand Russell. Pero representarnos a Montaigne como un acartonado profesor de moral es equívoco. Como dice Lanson, uno de sus mejores comentadores, lo que le interesa a él es simplemente la autonomía de la conciencia. Una conciencia en la que predominen no solo la imaginación y el entusiasmo, sino también, y sobre todo, la razón y la voluntad. En fin, Montaigne dice lo indispensable en su corto ensayo “De la educación de los niños”. Rousseau, en cambio, pareciera no terminar nunca con las páginas que edifican su catedral didascálica. Con esas pocas páginas que escribió Montaigne, y este es uno de los méritos de su escritura y el gran rasgo estilístico que pocos han igualado, resulta más precursor escribiendo sobre la educación a finales del siglo XVI, que Rousseau haciéndolo más de un siglo después.

Con todo, es Voltaire quien mejor comprendió a Montaigne. Hasta tal punto que si se quiere hablar de alguien que haya llevado hasta la perfección la enseñanza estilística de los Ensayos, se puede decir que es el autor del Cándido quien posee ese privilegio. En el ejercicio de la fresca indecencia y en la rebeldía jubilosa, Voltaire se lo debe todo a Montaigne. La conclusión que le da Martín a Cándido, al final de su travesía por tantos mundos insensatos, “el hombre ha nacido para vivir en las convulsiones y la inquietud, o en el letargo y el tedio”, parece sacada del ensayo sobre “La inconstancia de nuestras acciones”. El “propio jardín” al que accede el candoroso discípulo de Leibniz, no es más que una extensión de los jardines de Montaigne. Y no parece nada exagerado decir que Flaubert fue una suerte de Montaigne, igualmente aislado y escéptico, aunque contaminado por la baba nihilista, el fracaso y el hastío de la burguesía francesa decimonónica.

El castillo de Michel de Montaigne. El edificio fue reconstruido en el siglo XVIII. 12 / UIG / Getty Images.

El restaurante que encontramos estaba vacío. Nos atendió una dama del Périgord que se interesó por nuestro origen. Al saber que veníamos de regiones atribuladas por la violencia, pareció compadecerse de nosotros. Muy rápido nos dimos cuenta, mis compañeros de viaje y yo, de que ella nos daba una suerte de consolación, muy al estilo del señor de estas tierras, que para nada nos incomodó. Antes, dijo ella, también por estos lados hubo caos y penuria. Ninguno de nosotros preguntó la exactitud de ese antes y el tipo de desórdenes a que se refería la anfitriona. Si hablaba de los duros tiempos en los que la peste y las convulsiones cristianas lo asolaron todo, o de los días de la guerra mundial donde una buena parte de los franceses de bien eran eficaces colaboracionistas, o si era una de esas crisis económicas en las que los paisanos de Montaigne creen estar siempre sumergidos. Cominos pastel de arenque y terminamos con un vino extraído de las cavas del castillo que veníamos a visitar. Después nos percataríamos de que la morada del escritor goza de un andamiaje especial (postales, afiches, libros, vinos, porcelanas, lápices y separadores) para que el turista salga de su visita contento de las virtudes no solo intelectuales de su lejano propietario, sino del negocio magnífico que representan sus terrenos. Con alusiones a la guerra colombiana, que le narramos a la señora del restaurante –ella era inquieta y su atención merecía una glosa–, imaginé uno de esos sinsentidos propios de la cultura. Supuse que un buen libro de cabecera para nuestros guerreros más reconocidos (el presidente Uribe, el guerrillero Tirofijo, el paramilitar Mancuso) eran los Ensayos. De hecho, alguna vez había visto una fotografía del presidente Mitterrand con un Montaigne de La Pléiade en sus manos, cuando hacía campaña para uno de sus periodos gubernamentales. Si un líder socialista lo había leído y lo promulgaba como libro de cabecera para sus faenas políticas, incluso si Henri IV, que quizá fue menos culto y cosmopolita que Mitterrand, lo tenía como su consejero permanente en medio de las turbulencias, ¿por qué los “grandes reformadores sociales de Colombia” no podían consultarlo? La pregunta quedó flotando en el patio donde el sol nos caía como una grata caricia. Sara y Eduardo me miraron como si yo estuviera desbarrando. Pero, para mantener sin máculas nuestro sibaritismo, que ese día era compacto y limpio, cambiamos de tema y brindamos por un Montaigne que pudiera estar lo más alejado posible de los intemperantes de toda laya. Reconocí, sin embargo, que este brindis no correspondía del todo a la vida y a la obra de Montaigne. Es usual representarse estas esferas de su acción como distantes de las colectividades en conflicto y solo cubiertas por la indiferencia y el egoísmo. De hecho, así vieron a Montaigne Michelet y muchos otros románticos: como alguien que gemía por las contrariedades del mundo desde una amargura de retirado achacoso. Cuando lo que respira en sus escritos es uno de los humanismos más abiertos y cosmopolitas en la historia de todas las civilizaciones. No se olvide que en una época en que todos los gentiles hombres mantenían sus castillos cerrados y vigilados por temor a la guerra, Montaigne dejó abiertas las puertas y siempre recibió a los visitantes. En todo caso, para una inteligencia como la suya, las sentencias de Sexto Empírico –“No decido nada”, “no puedo comprender”, “a todo razonamiento se opone otro igual”, “esto puede ser o no ser”, “suspendo mi juicio”– tenían mucho de sabiduría. Pero ¿a los tres energúmenos dirigentes colombianos qué pueden ofrecerles?

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Entramos a los terrenos del castillo. A lado y lado los viñedos se sumían en la tarde apacible. Avanzamos hasta llegar a la pequeña rotonda de la cruz y divisamos la torre del retiro. La visita estaba programada para una hora más tarde. Decidimos, entonces, recorrer los jardines. Una luz suave, como si fuese un susurro emitido por un dios indolente, se regaba por las ramas de los cedros y los pinos. Pájaros sin nombre, indiferentes a nuestros pasos, revoloteaban y nos hacían reconocer sin problemas que ellos eran los verdaderos habitantes de estos parajes. En algunos rincones, las enramadas favorecían una sombra que invitaba a que paráramos, nos recostáramos en los montículos de hierba recortada, y nos diéramos a pensar en todo y en nada. Eso y no otra cosa, en efecto, era lo que había practicado Montaigne en sus caminatas por los alrededores de su castillo: discurrir sobre todo y sobre nada, que es lo propio de los ociosos. Perseguir, como más tarde lo haría Nerval, imágenes inasibles que constituyen el centro de las fantasías. Pasamos por el parterre de los tréboles y luego alcanzamos el mirador. Había una banca y desde allí contemplamos el valle del Lidoira. Amplio, de un verde radiante, inteligentemente domesticado. A lo lejos vimos el castillo de Mathecoulon, que había sido del hermano menor de Montaigne, y un poco más a la izquierda las ruinas de la morada señorial de los condes de Foix-Candale, hugonotes poderosos y cultos que formaban parte de los amigos queridos del escritor. El paso por los jardines de Montaigne me hizo sentir con fuerza el carácter epicúreo de muchas de sus consideraciones. Montaigne prefería mil veces el goce al martirio. Reconocía que el contorno inolvidable de la existencia era el placer, no desbordado pero sí medido con dosis ondeantes de una languidez sin orillas. Aunque sé que no se puede desdeñar la frugalidad a la que lo empujó su enfermedad de la piedra y sus frecuentes males intestinales. De sus lectores, quizá fue André Gide quien se sintió más próximo a esta inclinación a la delicia. En su prefacio a los Ensayos, Gide indaga por ese punto en que la voluptuosidad y la temperancia de Montaigne se abrazan en una especie de sabiduría aristocrática. A Gide, que le gustó provocar sus días con conclusiones hedonistas, le parecía ostensible el homosexualismo de Montaigne. Se basa en el ensayo “De la amistad” para desentrañar, como si fuese una primicia muy propia de sus Alimentos terrestres, el vínculo afectivo que Montaigne tuvo con su amigo La Boétie. Y es verdad que si hay una plenitud amorosa en los Ensayos es en estas palabras en que reside uno de los más hermosos homenajes a la amistad que la literatura ha forjado. Previsible, por lo demás, es el hecho de que el psicoanálisis se haya topado allí con una inquietante inversión del eros. Pero las conocidas palabras: “Si me preguntaran por qué amé a mi amigo, contestaré del único modo que ello puede expresarse: porque él era él y yo era yo”, sobrepasan las lindes de la perversión psicológica. Frente al erotismo de Montaigne, prefiero más bien recostarme en las palabras de Ezequiel Martínez Estrada cuando explica que aquel se reviste de una verdad trascendental con rasgos de “divinidad omnipotente, omnisciente y omnívora”. Verdad de la que hablaron Empédocles, Epicuro y Lucrecio y que Montaigne, siglos después, se encargó de susurrar en estos jardines.

Ilustración del Castillo de Montaigne (Velines, Francia). Journal Universel, n.º 641, volumen XXV, 9 de junio de 1855. Getty Images.

Los otros humanos que cruzan los Ensayos, a excepción de Marie de Gournay, se oscurecen si los comparamos con La Boétie. A su padre lo admira y le agradece los esfuerzos que hizo por darle la educación más esmerada. Montaigne aprendió primero el culto latín que el plebeyo francés. La servidumbre, que desconocía los correctos usos de ambos idiomas, tenía prohibido hablarle al niño que andaba de aquí para allá leyendo Las metamorfosis, de Ovidio. Había otra orden que consistía en que una espineta bien afinada debía sacarlo de su dormir plácido. En cuanto a su madre, su esposa y su hija, que fueron las reales compañías en su aislamiento, están opacadas, minimizadas, casi olvidadas en su libro. Gide asegura que no hay ninguna consideración sobre la mujer en los Ensayos que no posea el sesgo de la injuria. Alfonso Reyes piensa más o menos lo mismo en su texto “Montaigne y la mujer”. El mexicano dice incluso que la idea que tuvo aquel de las féminas fue la más vulgar. Quizás haya algo de verdad en esto. Pero “injuria” y “vulgaridad” son palabras excesivas. Es cierto, como dice Reyes, que Montaigne detesta a la mujer pedante y cree que el elemento femenino es torpe para la ciencia. Que su sabiduría es tan solo un asunto que reside en su lengua escurridiza. Que, al compararlas con el sentimiento afectivo que le ofreció La Boétie, ellas resultan veleidosas para la amistad. La conclusión de Reyes es que al gentilhombre le faltó en su juventud una verdadera mujer, circunstancia que otorga a sus escritos un acento misógino indiscutible. Pero Montaigne, y él mismo lo confiesa en varios de sus ensayos, tuvo mujeres en su juventud. Los goces prodigados por ellas fueron muchos e inolvidables. Lo que pasa es que no dejó que la pasión de sus sentidos o la exacerbación de sus sentimientos se volcaran en sus escritos. Como buen escéptico, Montaigne supo domeñar los alborotos del amor. Reyes, como si estuviera pidiéndole peras al olmo, busca relatos amatorios y perfiles de celestinas galas en los Ensayos. Y termina reprochándole a su ensayista admirado su mayor encanto, es decir, ese escepticismo que actúa como un antídoto eficaz contra los deliquios del corazón.

En realidad, la época de Montaigne fue asfixiantemente masculina. Las mujeres estaban destinadas a la economía doméstica y a las labores de la crianza. Desconocer esta dimensión aplastante, que tornaba turbio el espíritu femenino, es algo que no podía pasar desapercibido para un observador minucioso de su tiempo como lo fue Montaigne. No obstante, muchas de sus anotaciones otorgan a las mujeres una altura jamás planteada hasta entonces. Pensaba, por ejemplo, que la gran deferencia ente las mujeres y los hombres reside en la educación impartida. Formular esto, en el siglo de una Contrarreforma ferozmente misógina, es toda una osadía que señala en dónde se instalan las inequidades sexistas. No hay modelos de amor humano más valerosos que aquellos descritos por Montaigne cuando se refiere, para citar solo un ejemplo entre varios, a las mujeres de Weinsberg en su ensayo “Por medios diversos se llega a un fin semejante”. Ellas son las únicas a las que se les respeta la vida y todos los hombres serán pasados por las armas en el sitio que les inflige Conrado III, en 1140. Las mujeres reciben la orden de que salven de sus casas todo lo que sobre sus cuerpos puedan cargar. Las mujeres salen entonces con sus hijos y sus esposos sobre las espaldas. Y viéndolo bien, su relación con la señorita de Gournay ayudará mucho a que su obra proponga, en el siglo XVII, una defensa de ideales claramente feministas. A mí me basta, pues, evocar las palabras que Montaigne escribió a su fille d’aliance, “Envuelta en mi soledad y retiro, la considero como una de las mejores prendas de mi ser. Nadie más que ella existe en el mundo para mí”, para no despeñarme por ese odio a lo femenino que algunos ven en Montaigne.

Por fin entramos a la torre. Lo primero que me sorprendió fue el tamaño de los marcos de las puertas. Todas las que comunican con los diversos aposentos (la capilla, la alcoba y la biblioteca) deben sortearse con cuidado para no darse de topes con los dinteles. Ya sabía que Montaigne no era ni siquiera mediano. “Soy de talla algo inferior a la media, defecto que no solo implica fealdad, sino desventaja”, dice en el ensayo “De la presunción”, que es donde aparecen en serie sus defectos. Sin embargo, el alcance de ese engorro lo percibí cuando íbamos subiendo por la torre y pasábamos de una habitación a otra. Extraña constatación esta: pasar de la imagen literaria de un hombre montaña a la de un señor bajito que construyó sus límites privados a semejanza de su estatura. Había vestigios, bastante deteriorados, de las pinturas que adornaron su capilla. Algo de húmedo hipogeo, con exhalaciones de musgo, flota en el recinto donde Montaigne tantas veces, en compañía de los suyos, buscó algún consuelo a sus males físicos. Una especie de tronera acústica permitía que desde el segundo nivel, en su tálamo de agonizante, él pudiera seguir la misa diaria. La cama es una réplica casi exacta de la que fue la suya. En realidad, lo único conservado de sus muebles es el baúl donde Prunis encontró, hacia finales del siglo XVIII, los manuscritos del viaje a Italia. En esa “maleta”, con incrustaciones de hierro, se supone que Montaigne guardó sus libros preferidos durante los meses que estuvo persiguiendo las termales para sus riñones aporreados. La inminencia de la muerte cuántas veces no bajó y subió por ese agujero que puede ser visto ahora como una graciosa invención de trama amorosa o de persecución gótica. Recordé, de pronto, mirando su relieve oscuro, la que es una de las referencias más impresionantes a la muerte escritas por Montaigne: “Me sumerjo, la cabeza baja, estúpidamente en la muerte, sin considerarla y reconocerla, como en una hondura muda y oscura, que me devora completamente de un salto y me aplasta en un instante con un poderoso sueño lleno de insipidez y de indolencia”.

Retrato de Montaigne. Se desconocen la fecha y el autor. API / Gamma - Rapho via Getty Images.

El tercer piso, el lugar de la librairie, ofrece una cercanía inmediata con la literatura. Ahí está la suprema impronta de Montaigne, el apasionado de las letras, el lector gozoso, el escritor para quien la materia de los Ensayos era su ser fugitivo. A pesar de que todo lo que uno ve sea apenas una opaca huella de lo que realmente fue, la librairie despliega con intensidad el encanto de la creación literaria. Como dice Adolfo Castañón, ella es un “espacio de ecos y resonancias”, un libro en el que se ha tallado en piedra la palabra “Duda”. Ya no están los libros, que fueron más de mil y ahora se encuentran dispersos por las bibliotecas públicas y privadas del mundo. Hay una copia de un escritorio de la época, de una pluma, de unos manuscritos. El baúl de sus viajes está en uno de los rincones, iluminado por un fanal tembloroso en forma de tridente. Desde las cuatro ventanas cardinales el espectáculo de la naturaleza, en días luminosos, debió ser, más que consolador, embriagante. El que contemplamos esa tarde parecía marcar nuestro recorrido por la morada con una grata complicidad. Desde esas ventanas Montaigne veía “abajo el jardín, el corral, el patio y la mayor parte de las dependencias de la casa”. Yendo y viniendo por su alta torre divagaba, anotaba, dictaba, se paseaba por entre sus impresiones como si fuera un pastor de sueños. Seguía así lo que una de las inscripciones marcadas en el techo le insinuaba: “A la libertad, a la tranquilidad y a los placeres”. Desde el techo me llegaba el eco de su propia sabiduría que es, si abogara por una síntesis prosaica, una amalgama de pensamientos extraídos de la literatura romana, griega y judía. Mirábamos el juego de las 57 citas trazadas en forma regular sobre las vigas, esa lúdica de palimpsesto de palabras ocultas tras otras, y reconocía en ellas el núcleo de esa obra que tanto ha servido para que algunos hombres no desfallezcan en medio de la mediocridad colectiva.

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“¿Y los escritores de allá como lo ven?”, preguntó Eduardo cuando salimos de la torre. Mientras oteábamos la fachada del castillo, que es propiedad privada y por lo tanto no se visita, discurrimos por algunas referencias. La pregunta podría plantearse de otro modo: ¿qué buscamos los latinoamericanos en Montaigne? Cada quien acude a los grandes libros según su propia brújula. Es verdad que lo hemos leído presionados por el papel que el intelectual ocupa en las sociedades occidentales. Nos sumergimos inquietos por las maneras en que el individualismo ha evolucionado, lúcido y ofuscado, a partir de esa frase dicha por él: “Yo soy la verdad”. Pero acudimos también porque nos interesa conocer su posición, y la de los europeos, sobre los otros, es decir sobre nosotros. La lectura de sus Ensayos siempre prodiga una suerte de lenitivo estoico. Y ahí está como muestra el epígrafe de “La canción de la vida profunda” de Porfirio Barba Jacob: “El hombre es cosa vana, variable y ondeante”. Curiosa paradoja, por lo demás, imaginar al poeta colombiano, inclinado a todas las perdiciones, apoyándose en la mirada tranquila del francés. Pero, igualmente, Montaigne señala posturas adecuadas. Propone rumbos increíbles para el siglo XVI, que aunque renacentista fue extremista. Una transparencia intelectual que creo, apoyándome en lo dicho por Sainte-Beuve, merece que todos los ciudadanos de América la lean. Frente a la relación entre Europa y el Nuevo Mundo, sus reflexiones siguen siendo de una actualidad indiscutible. Para ese hombre, retirado en su propiedad, no existían bárbaros. Donde la civilización europea veía salvajes que era necesario cristianizar, él apreciaba otras formas de cultura, válidas y dignas de respeto. Donde los otros buscaban y encontraban centros y periferias, y toda la gama de yerros que suscita este tipo de interpretación, él proponía mesura en el acercamiento y relativismo en los conceptos. La palabra que funda Montaigne es la “alteridad”. Él fue uno de los pocos europeos que no fueron racistas en un tiempo en que toda Europa practicó este hábito mental hasta el paroxismo. Sus ensayos “De los Caníbales” y “De los coches” son el paradigma más esclarecedor de cómo Europa debió acercarse al continente recién descubierto. Bartolomé de las Casas, ya lo sabemos, no supo comprender a los indios de América. Lo deseó con intensidad, pero la moldura de su pensamiento dominico impidió que sus ojos se separaran de lo religioso. De las Casas compadeció a los indígenas y luchó con denuedo, y esa lucha siempre será motivo de admiración porque fue hecha casi solitariamente en medio de los años más genocidas de la historia, para que fuesen tratados con benevolencia y evangelizados con dulzura. Pero de la visión religiosa del obispo de Chiapas sobre los indígenas a la visión laica del burgués de Périgord hay una gran distancia. Los dos contribuyeron, sin embargo, a que, ayudados por Platón y otros tantos utopistas de después, se edificara la exótica visión del Buen Salvaje que tanto ha afectado la comprensión de los indígenas de América. Con todo, entre la mirada de Montaigne y los indios no hay ningún dios y en cambio sí el relativismo humano de sus observaciones. En este sentido, y si se tiene en cuenta su concepción de la barbarie, “llamamos barbarie lo que no entra en nuestros usos”, Montaigne es el padre de la antropología, de la etnología, del mejor multiculturalismo que han practicado algunos en las sociedades occidentales. Los jóvenes franceses de la década de los sesenta del siglo XX modelaron su espíritu anticolonialista y su comprensión de los otros con la lectura de los Ensayos de Montaigne. Una de las novelas emblemáticas del Mayo del 68, Viernes o los limbos del Pacífico, de Michel Tournier, se aproxima a Robinson Crusoe y a Viernes a partir de un tratamiento nuevo en el que el pensamiento de Montaigne se une, maravillosa propuesta del narrador francés, con la antropología estructuralista de Levi Strauss, el psicoanálisis de Lacan y la economía política de los neomarxistas. Es este Montaigne, igualmente, el que va a recuperar Alejo Carpentier al escribir su cuento “Semejante a la noche”, en el que se comparan las conquistas de una España católica y cerril a las que propone una Francia humanista modelada por algunas ideas condensadas en “De los coches”. Del mismo modo, Montaigne y sus referencias a ciertas prácticas indígenas del Brasil con sus prisioneros de guerra, resuena con nitidez en la obra maestra de Juan José Saer, El entenado. Pero, más allá de Montaigne como fondo de algunas obras literarias, los escritores latinoamericanos, y quizás sus mejores ensayistas, han bebido de esas aguas mansas pero profundas. El gran ensayo escrito en América, desde Baldomero Sanín Cano hasta Octavio Paz, muy poco le debe a España y a su espíritu burocrático, politiquero y confesional. En cambio, casi todo, la ironía, el humor, los matices epicúreos, la descreencia, la crítica literaria y el estilo fundado en el yo, ha sido Montaigne quien nos lo ha otorgado. Alejo Carpentier gustaba citar al ensayista para explicar en qué debía consistir el objetivo de toda vida: “No hay mejor destino para el hombre que el de desempeñar cabalmente su oficio de hombre”. Borges, que de Francia quiso al autor de La canción de Rolando, a Diderot, a Hugo y a Verlaine, sugirió decir Montaigne en lugar de pronunciar la palabra amistad. Alfonso Reyes piensa que él es una especie superior de la alegría. Juan José Arreola lo considera el modelo supremo que se abstiene, aquel que cree en la convivencia pacífica y critica todas las formas de la crueldad humana. Augusto Monterroso se escapó de la Guatemala militar con los Ensayos como único equipaje. Pero quien mejor se ha aproximado entre nosotros a Montaigne, quien ha dialogado con él con más intensidad, es Ezequiel Martínez Estrada. En su estudio preliminar a los Ensayos, dueño de una claridad sorprendente, estremecido por pasajes donde Montaigne aparece en su verdadera dimensión histórica, literaria, filosófica, pedagógica, antropológica, hay una frase digna de resaltar: “Montaigne no es una moda de escribir, sino una manera de ser el hombre”.

Una edición en inglés, del siglo XVI, de los Ensayos. Universal History Archive / UIG / Getty Images.

De pronto, al lado nuestro, vimos un gato estirado en el suelo. Amodorrado bajo el calor de la tarde, se dejó acariciar por las manos de Sara. Los demás visitantes ya se habían ido y solo quedamos nosotros como si hubiéramos caído en un espejismo del tiempo y del espacio. Porque hubo una especie de incremento en los resplandores de la luz. Algunos grillos sintieron la fisura climática y aumentaron el tono de sus voces. Nada se movía en el ámbito del castillo y sus alrededores. Los árboles acentuaron el brillo del verde primaveral. El tiempo pareció detenerse y un amplio silencio devoró los pocos sonidos que se percibían. Miré hacia la torre y la puerta estaba entreabierta. La sombra de Montaigne se prolongó bajo el dintel. Vi al hombre como si estuviera buscando algo. Era de escaso pelo, de ralos bigotes y barba en forma de perilla. Toda su vestimenta era blanca. Los calzones, las medias, las zapatillas, el cuello de encajes y su capa. En jornadas así, recordé, Montaigne vestía ese color que, junto al negro, eran los que prefería para los trajes. El felino se desperezó todavía más y se incorporó. Montaigne no pidió excusas, pero sí sonrió con displicencia cuando pasó por entre nosotros. Parecía decirnos que siguiéramos gozando el sosiego de la tarde. Tomó al gato entre sus manos y se fue rumbo a los jardines. Alcancé a notar que enredaba sus dedos en el pelo suave del animal. Supuse que iba diciéndole al oído, feliz de estar al lado de él: “Ya sabes que no sé nada, que no sabré nada, que no soy apto para el saber.”

Texto leído, en su versión francesa, en el evento literario mayor del año Francia-Colombia, realizado en la Biblioteca del Arsenal de París, el 15 de noviembre de 2017.

*Escritor.

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