Patti Smith en la portada de su álbum Horses. La imagen es de Robert Mapplethorpe, fotógrafo y expareja de Smith.

Orinando en el río: los libros de Patti Smith

Si algo confirma Patti Smith en su último libro, 'Devotion', es algo en lo que por años ha venido insistiendo: que su vida no es la de una rock star. Que si algo ha querido ser en este mundo es una escritora.

2017/12/12

Por Sandro Romero Rey* Bogotá

Eran las 4 de la mañana y estaba feliz y borracho cuando oí por primera vez una canción de Patti Smith. Yo vivía, con las melodías contadas, en la ciudad de Cali. Estaba en una fiesta en el apartamento del director de cine Luis Ospina. En un momento, su novia se acercó al tocadiscos y puso la banda sonora de la película Times Square, que yo aún no conocía. Cuando sonó el pianoforte con las notas iniciales de la canción Pissin’ in the River, pensé que me había muerto y que estaba entrando, en aquel instante, a la perfección celeste. Mi cerebro tuvo un súbito cruce de cables y pensé que la novia de Luis, la artista Karen Lamassonne era, en realidad, Patti Smith. “Vamos al río Cali”, le insistí. “Quiero verte orinar”. Inútiles fueron sus explicaciones para demostrarme que ella no era Patti Smith. Pero la canción era tan bella, la madrugada tan profunda y las botellas de vodka tan heladas, que terminamos debajo del Puente Franco, mientras el sol de los amanecidos iluminaba el chorro de mi Patti Smith de ocasión, justo en el instante en el que la Policía nos exigió documentos. Los agentes del orden eran dos caleñitos medio negros y medio embalados, dispuestos a llevarnos a lo más profundo de sus mazmorras. Pero uno de ellos nos dio una oportunidad, gracias a la reconocida cultura de los policías locales. “¿Vos no sos cantante, ve?”, le preguntó el agente a Karen, que se subía los calzones, sinvergüenza, sin vergüenza. Ella le respondió con el corito de Gloria, la canción creada para el grupo Them que todo el mundo cree que es de Patti Smith, pero que, en realidad, es de Van Morrison. Los policías se entusiasmaron y sacaron media de guaro de uno de sus bolsillos posteriores. Bebimos a gusto. Pronto los llevamos a la fiesta y el resto de los invitados se encargó de que los policías se sintieran como en casa. Pissin’ in the River sonó muchas veces en las fiestas de Ospina y, de hecho, no me emocionó tanto cuando la oí en la película Times Square. La música a veces pertenece a determinados lugares y, si nos la sacan del contexto, se vuelve plato de segunda mesa.

Finalizando el mes de septiembre de 2017, Patti Smith ha lanzado el libro Devotion, como parte de la serie denominada ¿Por qué escribo?, basada en conferencias impartidas para la Universidad de Yale. Allí, la intérprete de Pissin’ in the River confirma lo que, por años, ha venido insistiendo: que su vida no es la de una rock star. Que si algo ha querido ser en este mundo sin esperanzas es una escritora. Y así lo ha demostrado en sus hermosos libros autobiográficos (en español sobreviven en las librerías Éramos unos niños y M. Train), en los que se revela el alma fascinante y atormentada de una poeta, mezcla de actriz y mártir, seguidora de William Blake y de Jean Genet, de Arthur Rimbaud y de Roberto Bolaño, de Allen Ginsberg y de Oscar Wilde, al mismo tiempo que le confiere el mismo estatus, en el parnaso de los creadores, a Bob Dylan, Michael Stipe, Kurt Cobain o John Lennon. No. No está muy lejos Pissin’ in the River del confesionario sagrado de Devotion. En el fondo se trata de la misma ceremonia: una canción compuesta y publicada en 1976 para Arista Records en el álbum Radio Ethiopia, que tiene conexiones profundas con la literatura (el álbum está dedicado, junto a Brancusi, al siempre presente Arthur Rimbaud).

Pero la vida de Patti Smith se enganchó muy pronto a la consolidación del punk neoyorkino de los años setenta y, también, lo que había construido junto al artista Robert Mapplethorpe, cuando ambos eran Just kids (así se llama, en realidad, Éramos unos niños), se transformó en una confusión de jeringas y botellas astilladas en el CBGB, mientras una segunda rebelión se instalaba en los surcos de los acetatos del mundo. Por culpa de la música, o gracias a ella, conocimos en Cali o en Adis Abeba, en Londres o en Buenos Aires, la poesía aullada, susurrada, llorada, agitada, del Patti Smith Group. En mi caso, los álbumes fueron apareciendo en la casa de Ospina y Karen, y los oíamos hasta el cansancio, con una extraña identificación por una joven, hermosa, desencajada y andrógina que, a pesar de la basura de su entorno, poseía la voz de los ángeles y la figura de una actriz que representaba múltiples papeles sin dolor y sin rodeos.

En aquel tiempo, el rock no solo entraba por los oídos, sino también por los ojos. Eran muy importantes las carátulas de los acetatos y en el caso de Patti Smith no fue una excepción. La tapa de Horses, su primer álbum, le dio la vuelta al mundo y, hoy por hoy, es considerada una de las imágenes más hermosas de la historia de la música del podrido siglo XX. La foto, Patti vestida de hombre, hermosa y desafiante, fue tomada por un artista que, desde su cuna, había asumido que la vida y el arte eran una sola cosa. “Robert me hizo pensar como artista”, reconoce siempre Patti Smith, cuando recuerda los días en los que llegó sin cinco centavos al Nueva York de 1967 y conoció al joven Mapplethorpe, tan joven y tan pobre como ella. El relato de sus andanzas y de la búsqueda de sus respectivas identidades está narrado, de manera impecable, en Just kids y no voy a repetirlo. Sin embargo, me parece curioso establecer una conexión entre el citado libro de memorias de Patti, el documental Mapplethorpe: Look at the Pictures (Sascha Bailey, Randy Barbato; 2016) y la hermosa película/testimonio titulada Patti Smith: Dream of Life (Steven Sebring, 2008). Si se trata de juntar las piezas de las tres experiencias, se pueden llenar huecos y vacíos que entre unos y otros, por decisión o por olvido, parecieran escurrirse entre los dedos de sus creadores. Es curioso que, en Éramos unos niños (utilicemos el título en español, para no enredarnos en el ovillo de las citas), Patti Smith construye su propia biografía alrededor de la figura del futuro fotógrafo de las cloacas galantes. Si queremos jugar a los detectives, el libro de Patti fue publicado en 2010. Por el contrario, en el documental de Bailey–Barbato, la cantante y poeta apenas es una rápida presencia en los años de iniciación del artista homenajeado. El hecho es que Éramos unos niños nos da una pista esencial: Patti Smith y Robert Mapplethorpe se construyeron como una pareja necesaria que inventó su propio castillo de objetos en los cuartos sucios de Brooklyn, en las puertas cascadas del Village o, mejor, en la habitación sagrada del Hotel Chelsea, donde se filmarían, pintarían, se fotografiarían e inventarían su imagen, como otros en distintos momentos, pero en los mismos colchones manchados.

La fascinante prehistoria de Patti Smith y de Mapplethorpe, antes de que este último se convirtiera en el ángel del semen, de las flores y del fist fucking, no la conocía en el Cali ardiente de los años ochenta. Conocía, eso sí, los discos de Patti Smith. Por supuesto, Horses, que fue, es y seguirá siendo el Sgt. Pepper’s… de la época. Pero luego llegó Radio Ethiopia, el contundente Easter, el delicado Wave, el militante Dream of Life. Y, más adelante, cuando Patti desapareció por casi una década, la recuperamos en Gone Again, Peace and Noise, Gung-Ho, Trampin’, Twelve, Banga. “La vida es una aventura de nuestra propia creación, interpretada por el destino y por una serie de accidentes afortunados y desafortunados”, escribe Patti para justificar su promiscuidad artística, su paso de la música a la literatura, de la pintura a la fotografía, del cine a la militancia política. Uno podría construir su propia biografía, siguiendo los pasos sobre las huellas de Patti Smith porque, en el fondo, estamos todos metidos en el mismo saco generacional. Cuando viajé, en 1989, a Nueva York, para el Steel Wheels Tour de los Rolling Stones, dos retrospectivas engalanaban la ciudad: la de Jean-Michel Basquiat, muerto por sobredosis de heroína en 1988, y la de Robert Mapplethorpe, fallecido meses atrás por complicaciones a causa del sida. El impacto de esas imágenes y la confusión provocada por la enfermedad de nuestros tiempos coincidieron con los recuerdos y con la asociación de datos en una cabeza desordenada: Pissin’ in the River y Horses, los falos eyaculando y la portada de Wave, las nuevas militancias y las causas perdidas. Todas a una, estaban unidas por imágenes de Mapplethorpe sin saber a ciencia cierta que eran de Mapplethorpe y, sobre todo, que hubiese una conexión esencial con la música y con la sensibilidad de Patti Smith.

Ahora, la vida se acaba y lo que se consideraba el moho de las alcantarillas se ha convertido en el triunfo de una generación fascinada con su propio balance: “Cada generación se traduce a sí misma”, dice Patti Smith en Dream of Life, a través de T. S. Eliot. En el documental sobre Mapplethorpe (ahora se anuncia una biopic del fotógrafo, para 2018, dirigido por Ondi Timoner) se devela la colección del artista y el culto sagrado de curadores y profesionales, tomando con pinzas los restos de su obra. Por su parte, 2016 nos recibió con el triunfo del bufón de la corte, con el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, que produjo un revuelo en el alma de los biempensantes, como si el portero del edificio se hubiese ganado la lotería. Dylan armó su show de silencios y dilaciones, luego enviando a Patti Smith a la ceremonia, para que ella cantase una emotiva versión de A Hard Rain’s A-Gonna Fall. El momento es inolvidable y creo que se trata de uno de los ejemplos de stage fright más importantes en la historia reciente. No era para menos. Patti Smith se había disfrazado de Dylan, a conciencia, como otros (y otras) lo hicieron en la estupenda película I’m Not There, de Todd Haynes. Dos meses antes, Patti Smith había leído en público, durante tres horas, la versión integral del De profundis, de Oscar Wilde, en la mismísima cárcel de Reading donde el escritor irlandés recibió el golpe definitivo. Nunca le tembló la voz a Patti. Pero, interpretando a Dylan, al genio que le salvó la vida en la pobreza y en el desarraigo de sus lutos, no pudo con tantas catedrales encima y tuvo que ofrecerles disculpas a los reyes de Suecia. Nunca la ceremonia pudo ser más hermosa e intimidante.

Casi un año después, Patti Smith ha lanzado Devotion y la línea trazada por sus libros se consolida como otros de sus actos de creación. Su letra escrita no es mejor ni peor que sus álbumes gloriosos. Son, simplemente, la continuación de una fascinante micción que no cesa. En la película Dream of Life, Patti confiesa cómo orinó en una botella para soportar un vuelo africano que no se sabía cuándo terminaba. Ahora, en Devotion, la poeta, la cantante, la escritora organiza un libro compuesto por sus testimonios vitales, siguiendo la ruta de sus secretos, complementándolo con un relato (Devotion) y un breve texto final. Me he sumergido en este viaje por varios días y he regresado a mi juventud inconclusa, al río Cali, a la retrospectiva de Karen Lamassonne, a unos textos que se leen como canciones. Y he sido feliz. En el fondo, el viaje con Patti Smith es el mismo que siguen sus fluidos en la canción que me signa: “Orinando en el río / viendo cómo se levanta / dedos tatuados más allá de mí / voces fascinantes voces / voces desde el mar haciendo señas…”.

*Escritor, docente, realizador. Autor de Género y destino (U. Distrital, 2017).

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