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El cáncer y Carles Puyol

Mario Jursich ahonda en la ideología del llamado “pensamiento positivo”.

2017/04/22

Por Mario Jursich Durán

A los libros de autoayuda o al coaching podemos endilgarles multitud de males —prosa infecta, cursilería, falsedades a granel—, pero ninguno tan pernicioso como la difusión sistemática, a lo largo y ancho del mundo, de un embeleco llamado “pensamiento positivo”. Contra lo que suele creerse, el pensamiento positivo no es una noción neutra y amable, con la cual todos estamos más o menos de acuerdo. Al contrario: es, en el sentido más crudo de la palabra, una ideología.

No niego que lo anterior puede sonar exagerado; en últimas, la “base doctrinal” de lo que propone gente como Chopra o Coelho se reduce a una sola premisa, tan simple —o tan elemental— que parece un despropósito hablar en términos tan recios. Sea como sea, Coelho sintetizó esa premisa cuando escribió, en El alquimista (1988), que “si quieres algo, todo el universo conspira para que realices tu deseo”. Expresado sin tanta rimbombancia, lo que sus palabras significan es que, así no sepamos cómo, los pensamientos tienen incidencia directa sobre el mundo real. Basta que yo quiera que el mundo me sonría para que el mundo me sonría.

Paulo Coelho.

En la actualidad es imposible discutir estas cosas. Media humanidad está convencida de que los pensamientos negativos producen resultados negativos, mientras que los positivos se materializan en forma de éxito, dinero y salud. De ahí que valga la pena invertir tiempo y dinero en ser optimistas, ya sea mediante las lecturas adecuadas, la asistencia a cursos de “reprogramación neurolingüística” —según parece, el pesimismo es más tozudo que un clavo— o el simple y sencillo trabajo de concentrarse en lo que uno desea.

Probablemente sea esta apabullante aceptación la que impide ver que el pensamiento positivo no solo mantiene una relación simbiótica con el capitalismo más turbio —el de los pastores evangélicos, por ejemplo, para quienes “Dios quiere que prosperes”—, sino que es en sí mismo un instrumento magnífico para ocultar lo incómodo.

Si alguien duda de mis palabras le sugiero fijarse en dos campañas publicitarias muy recientes, una del Grupo Aval para promocionar un seguro en caso de cáncer, y otra del World Business Forum para hacerle eco a la próxima visita de Carles Puyol a Colombia.

Es llamativo que en la primera nunca se hable de cobertura y en cambio se abunde sobre los supuestos beneficios que trae el cáncer. Vemos a mujeres que saltan en paracaídas, hacen rafting y mencionan orgullosísimas el empoderamiento de su vida. Ángela Infante, una de ellas, nos informa que el “cáncer es un premio”, pues “te enseña a vivir”; Natalia Mejía, igual de audaz, añade que “es un maestro” y que “nos vuelve infinitamente creativos”.

Lo de menos es que esos discursos produzcan un efecto involuntariamente cómico. (Si el cáncer fuera en efecto “una bendición”, todos saldríamos corriendo a que nos inocularan células cancerosas vivas.) Lo que subleva es que repitan casi calcadas las frases de The Gift of Cancer: A Call to Awakening (2004), el libro que dio inicio a una larga serie de supercherías médicas y a una no menos extensa lista de infundios religiosos. (Por ejemplo, que “el cáncer es tu conexión con la Divinidad”.) Yo me pregunto si no es inmoral acudir a esos argumentos con el fin de vender un seguro.

A mí me agrada Carles Puyol porque fue un corajudo defensa del Barcelona y un perfecto caballero de la cancha. (Qué diferente su actitud a la del insoportable Gerard Piqué.) Esos pergaminos, sin embargo, no lo dotan de ninguna autoridad especial para explicarles a personas que sí saben de industria cómo gestionar una empresa, mucho menos si viene a moler un tema tan trillado como “El capitán y su equipo: valores y atributos de un gran líder”.

Dale Carnegie, uno de los padres del pensamiento positivo, popularizó en los años treinta del siglo pasado la idea de que gestionar una empresa era, en esencia, lo mismo que capitanear un club deportivo. La clave del asunto, según él, estaba en motivar a los empleados como si fueran jugadores. (Suya es la expresión “lecciones desde la cancha”.) Es posible que entonces la analogía tuviera algún sentido, pero hoy, en un entorno de empresas hiperconectadas, es una solemne pamplina. Lo mismo cabe decir de su convicción según la cual “incluso en ámbitos tan técnicos como el de la ingeniería, un 15% del éxito económico se puede atribuir a los conocimientos profesionales, y el otro 85% a la destreza en ingeniería humana”. Con esa receta, una compañía contemporánea solo está abocada al fracaso. Me pregunto si el modesto desempeño de las empresas nacionales, su prácticamente nula contribución a la ciencia y la tecnología, no es producto de que dos generaciones de directivos se la hayan pasado leyendo libros de autoayuda y creyéndose cosas como que “hay que vivir en permanente estado beta”.

Dije más atrás que el pensamiento positivo era una eficaz herramienta para ocultar lo incómodo. Cuando uno llama al call center de World Business Forum, se entera de que ir a las charlas del excapitán del Barça vale once millones de pesos. Supongo que ahí está claro a quién ayuda la autoayuda.

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