Gonzalo Castellanos V.

Perestroika taurina

Parece que vuelven las corridas taurinas a Bogotá. Retornarían luego de cuatro años durante los cuales no falleció por síndrome de abstinencia ninguno de los pocos aficionados que subsisten en la ciudad.

2016/09/29

Por Gonzalo Castellanos V.

Parece que vuelven las corridas taurinas a Bogotá. Retornarían luego de cuatro años durante los cuales en la abandonada plaza donde los ladrillos se raspan para preparar basuco no murió a pinchazos un solo toro ni tampoco, que haya noticia, falleció por síndrome de abstinencia alguno de los pocos aficionados que subsisten en la ciudad.

Hasta se oía entre los casi extintos versados taurófilos, sin claudicar a la fascinación de Eros y Tánatos, que casi era de celebrar no volver a ese aquelarre arribista, a ese cortejo de políticos vestidos con presunción de inocencia, funcionarios en escalada, financistas estafadores, exhibicionistas y comerciantes de todo, con los que se colmaron mayoritariamente los tendidos (aunque bien considerado, con otras posturas, acaso esa haya sido realidad perdurable de sol a sombra).

Pero es que una Corte así manda (que regresen las corridas). Poco interesa precisar cuál de tantas con jueces que se encumbran amos de la incertidumbre. Igual que la Chimoltrufia, ¡¡como digo una cosa digo otra!! Así que un día deciden derechos de los animales; otro, de las personas; luego, de las cosas; más tarde, los recursos públicos; ahora, cultura y tradición; luego, los niños; mañana, minorías; el viernes, mayorías; la semana entrante, la tolerancia; solo un cigarro; cero licor; más pensiones para ellos y los suyos. Golpes de conveniencia.

Para no “hablar desde la barrera”, tomo la libertad de una puntada personal: desde la infancia me enamoraron las largas toreras, los naturales citando de frente; practicaba de salón el repertorio de quites; conocía con hondura los tipos de astados, pelajes, el peso de los toros y su crianza. Este era mi animal predilecto (más que los leones), y los toreros ídolos (tanto como Tarzán). Sabía historias con nombres de unos y otros: Islero, Avispao; Dominguín, Rafael de Paula, El Cordobés. En los setenta ya había visto torear a El Viti, a Palomo o a El Puno, a quien incluso con 7 años me llevaron a entrevistarlo en ese programa televisivo Minimonos con Pepón. Cómo no: fue mi padre, cronista y taurino, quien volcó cuanto él mismo sabía de sangre y arena. Ambos nos ilusionamos con verme vestido de luces y con baño de sangre; íbamos a las tientas (claro, puede decirse que a esa edad solo se está a tientas), pero, ¡¡precaución!!, no conviene juzgar con criterios de hoy los hechos del pasado (sincronía). Igual que otras familias entonces, al lado de los toros había iniciación en el romancero de la Guerra Civil española, en el heroísmo republicano y la brutalidad franquista; cante jondo y pasodobles. Como los toreros y Tarzán, también se hicieron ídolos Lorca y Miguel Hernández; así que la entrada a la incipiente militancia nada ajena al deslumbramiento taurino vino impulsada desde entonces por las andadas de Malraux, Enrique Lister o de Valentín González, “El Campesino”.

La última vez que asistí a una lidia, diría que unos 20 años atrás y con razonado desgano, sucedió algo (o lo único) significativo de la tarde: allí estuvo Pambelé ¡¡Noquea a ese toro, noquéalo como yo noqueé a Peppermint Frazer!! Un toro tras otro Pambelé fue convirtiéndose otra vez en gloria y, solo cuando recibió la ovación esquiva por años, se marchó dejando a esa concurrencia anodina en su salsa, en su sangre de albero.

Tanta tinta, generalmente tonta, escrita en tiempos de restricción para volver a lo mismo: si no se torean desaparece la raza; a las gallinas también las torturan; cómo se hace paté de hígado de ganso; por qué hablar de toros si hay violadores; hacerlo en medio de la guerra (o de la paz); los taurinos son criminales en potencia; solo los vegetarianos pueden protestar, patrimonio cultural, tradición, crueldad.

Voces y voces que se convertirán en fata morgana, en alimento del poder mimético de la violencia. Bueno sería dejar las cosas como están. Ya no es tiempo de toros para la lidia en ninguna parte. Y sin las corridas (de toros) nadie muere de abstinencia.

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