El gobernador nazi de Polonia Hans Frank, durante los juicios de Núremberg.

Por el derecho a existir: 'Mi legado nazi' de Philippe Sands

Durante una visita a Ucrania, Sands se estrelló de frente con su pasado: descubrió que su historia estaba ligada a los nazis y a los términos ‘genocidio’ y ‘crímenes de lesa humanidad’. El abogado británico convirtió sus descubrimientos en un libro y ahora nos recuerda su importancia. Lleva su historia al Hay Festival de Cartagena.

2017/01/24

Por Philippe Sands* Londres

En la primavera de 2010 recibí una improbable invitación a una ciudad en el oeste de Ucrania: la Facultad de Derecho de la Universidad de Leópolis (también conocida como Lviv y Lemberg) me pidió que diera una charla de mi trabajo sobre los ‘crímenes de lesa humanidad’ y los ‘genocidios’, incluyendo casos en los que yo había estado involucrado, mi trabajo académico sobre los Juicios de Núremberg y las consecuencias duraderas de estos.

Desde hace mucho tiempo había sentido fascinación por los procedimientos y los mitos de Núremberg, el momento que dio origen a nuestro sistema de justicia internacional moderno: hasta 1945, el Estado era libre –según la ley internacional– para tratar a su gente como quisiera, pero ese año todo cambió con la adopción de la Carta de las Naciones Unidas (que reconoce la idea de derechos humanos para todos) y la creación del Tribunal Militar Internacional (un hecho inédito a nivel mundial).

Y sin embargo había otra razón por la que acepté la invitación de visitar Leópolis: me ofreció la oportunidad de viajar por primera vez a la ciudad donde mi abuelo materno, León Buchholz, nació en 1904. Yo sabía que él se había mudado a Viena durante la Primera Guerra Mundial y que en 1939, después de que los nazis invadieron Austria, se había mudado a París, que fue donde lo conocí. Al igual que muchos que han pasado por un periodo de conflicto y trauma –algo que la gente de Colombia conoce demasiado bien– esa fue una época de oscuridad y dolor de la que él nunca quiso hablar. Así que yo no sabía nada sobre su juventud en Leópolis o de las circunstancias de su salida de Viena junto a mi madre.

La invitación a Leópolis provocó un verano de investigación. Por primera vez abrí puertas que arrojarían luz sobre mi historia familiar –las circunstancias en las que mi familia salió de Viena, las que llevaron a mi abuela a quedarse allí hasta 1941, el devenir de otros miembros de mi familia–. En el transcurso de seis años –en una improbable historia detectivesca familiar–, rastreé archivos en ciudades a lo largo y ancho del planeta, contraté a un detective genealógico en Viena y aprendí que tenía familiares desconocidos. Incluso descubrí la identidad y la historia de la increíble señora que salvó la vida de mi madre, Miss Tilney, una misionaria evangélica de Norwich, Inglaterra. ¿Por qué emprendí esta búsqueda? “Lo que nos atormenta no son los muertos –escribió el psicoanalista Nicolas Abraham– sino las grietas que dejan dentro de nosotros los secretos de los otros”.

Al tiempo que destapaba mi historia familiar, la charla que di me llevó por un camino secundario, uno que exploraba los orígenes de dos conceptos legales que emergieron hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. Descubrí que los términos ‘genocidio’ –que exige la protección de grupos– y ‘crímenes de lesa humanidad’ –que busca el bienestar de individuos– tenían lazos con Leópolis. El judío Rafael Lemkin, un fiscal penal polaco, había huido de Varsovia en septiembre de 1939 hacia Estados Unidos en el más tortuoso de los viajes, y allí acuñó la palabra ‘genocidio’ en el otoño de 1944. Un año después, insertó su invención en el procesamiento de los acusados nazis en Núremberg, dándole un efecto práctico a su idea de que ‘los ataques contra grupos nacionales, religiosos o étnicos deberían ser crímenes internacionales”. Al mismo tiempo, a Hersch Lauterpacht, un académico de la Universidad de Cambridge que había nacido cerca de Leópolis, se le ocurrió poner el término ‘crímenes contra la humanidad’ dentro del Estatuto de Núremberg, así dando efecto a su idea de que “el ser humano individual… es la unidad final de toda ley”. Lauterpacht, también judío, es considerado por muchos como el abogado internacional más importante del siglo XX, uno de los creadores de nuestro sistema moderno de derechos humanos.

Notablemente, ambos hombres estudiaron en la Facultad de Derecho de la Universidad de Leópolis y tuvieron a los mismos profesores. Ambos desempeñarían papeles claves en los juicios de Núremberg y en el consecuente desarrollo de la ley internacional, incluida la adopción en diciembre de 1948 –en dos días seguidos– de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio (el primer tratado moderno de derechos humanos) y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Curiosamente, los que me invitaron a dar la charla no estaban al tanto del pasado que compartían ambos hombres, o del papel crucial que jugó Leópolis, conocida como la Ciudad de Leones (en un maravilloso ensayo de 1946, el poeta polaco Józef Wittlin describe la “esencia de ser leopoliense” como “una extraordinaria mezcla de nobleza y picardía, sabiduría e imbecilidad, poesía y vulgaridad”).

Mientas las coincidencias seguían aumentando –me enteraría de que Amalia Buchholz, mi bisabuela, y Hersch Lauterpacht nacieron y vivieron en la misma calle (Lembergerstrasse) en el pequeño pueblo de Zolkiew, cerca de Leópolis, también conocida como East West Street [calle oeste este]– me sumergí con incluso mayor ahínco en conocer los terribles eventos que descendieron sobre Leópolis después de 1939, y así me encontré con la ruin influencia de un tercer hombre: Hans Frank, el abogado personal de Hitler y gobernador general de la Polonia nazi, quien había visitado la ciudad en agosto de 1942 para dar un discurso que desencadenaría el asesinato de más de 100.000 judíos y polacos. Entre ellos estaban los amigos, familiares y profesores de Lemkin, Lauterpacht y mi abuelo. Tres años después, Frank era el acusado número 7 en Núremberg. Por un simple giro del destino, sería procesado por Lemkin y Lauterpacht, quienes solo se enterarían hacia el final del juicio que el hombre frente a ellos era el responsable por las muertes de todos sus familiares, así como la de mi abuelo.

Lo que comenzó como una charla terminó convertido en una doble historia detectivesca –East West Street [que Anagrama publicará este año]– sobre las vidas entrelazadas de tres abogados, y el descubrimiento de la historia de mi abuelo. Es difícil imaginar una historia más improbable. Durante siete años me topé con una multitud de hechos y coincidencias, tan atractivas como el amor musical que compartían los abogados. Sus diarios, letras y notas hacían referencia a conciertos a los que asistían y a compositores que admiraban. Particularmente interesante resultó el descubrimiento que, en el verano de 1946, cuando los juicios de Núremberg se acababan, Lauterpacht y Frank –fiscal y acusado del mismo caso– encontraron ánimos en la misma pieza de música, La pasión de San Mateo de Johann Sebastian Bach. Qué extraordinario, pensé, que dos hombres, en lados opuestos de la Sala de Tribunal 600 de Nuremberg, encontraran consuelo en el mismo espacio musical.

Los juicios de Núremberg fue el momento en el que ‘genocidio’ y ‘crímenes de lesa humanidad’ se volvieron parte de la ley internacional, si bien pasarían más de 50 años antes de que alguien fuera procesado en una corte o tribunal internacional por esos crímenes. Los eventos en Yugoslavia y Ruanda precipitaron el cambio y permitieron la creación de la Corte Penal Internacional. De ese modo, las ideas de Lauterpacht y Lemkin informan mi trabajo cotidiano, en cortes y en salones de clase. También afectan nuestras vidas políticas. Si no fuera por sus esfuerzos, nuestro derecho a ser protegidos por nuestras cualidades humanas individuales -o por el hecho de pertenecer a un particular grupo- estaría infinitamente disminuido. Por inadecuadas que sean esas protecciones, hoy estamos más protegidos que nuestros predecesores.

Los eventos actuales ponen de manifiesto cuánto queda por hacer. Un veneno compuesto de xenofobia y nacionalismo corre hoy por las venas del mundo. Lo veo en mis viajes al centro y al este de Europa; a Hungría, a Polonia, a Ucrania, donde quienes vieron mi película My Nazi Legacy (Mi legado nazi) me habrán visto en un lejano campo observando a gente vestida con uniformes de la SS celebrando la creación de la 14.ª División de Granaderos Waffen-SS. Lo veo en el Brexit del Reino Unido, un paso hacia una identidad política en la que un exaclalde de Londres ofensivamente evoca a Hitler como un simpatizante del sionismo y otro –hoy ministro de asuntos exteriores del Reino Unido– sugiere que la Unión Europea y Hitler de alguna manera tienen objetivos en común, al tiempo que se refiere al presidente Obama como mitad keniano. También lo veo en Estados Unidos, en la elección de Donald Trump.

‘Genocidio’ y ‘crímenes de lesa humanidad’ nos ofrecen un medio para abordar estos nuevos desafíos. Ambos términos han coexistido durante siete décadas. Esta doble existencia refleja nuestra doble identidad: como individuos y como miembros de grupos. Ambos merecen completo respeto, y protección ante la ley.

Y, sin embargo, el futuro de ambos conceptos –y de la idea de los límites del poder del Estado, y de las cortes internacionales donde los crímenes internacionales pueden ser investigados y procesados– no puede darse por sentado. El extraordinario ‘momento de 1945’ presenció el nacimiento de la idea de la justicia internacional, uno que llevó a la creación de la Corte Penal Internacional en una fecha tan reciente como 1998, un órgano que se enfrenta a serios retos. Si 1945 fue sobre el final de la impunidad, acontecimientos recientes sugieren que gobiernos de todo el mundo están nuevamente dispuestos a sacrificar la idea de la justicia en el yunque de la conveniencia. En el Reino Unido, por primera vez, una política de asesinatos selectivos a ciudadanos británicos comprometidos con actos de terror en Irak y Siria ha reemplazado la idea de que esas personas deben ser juzgadas por un tribunal de justicia. El conflicto con el Estado Islámico ha planteado la pregunta de si un tribunal como el de Núremberg puede desempeñar un papel útil, o si en cambio no sería mejor –en un ejercicio de conveniencia política– simplemente matar a quienes hayan participado en actos ilícitos (un camino que se sugirió y que se rechazó en 1945).

El papel que puede desempeñar la justicia se me hizo evidente recientemente, cuando escribí un perfil para la revista del Financial Times sobre Jan Kizilhan, un doctor alemán que ha establecido un programa para asistir a mujeres y niñas yazidí que han sido esclavizadas, torturadas y violadas por individuos asociados al Estado Islámico. Kizilhan llevó a 1.100 de ellas a Alemania para que recibieran tratamiento médico y psicológico. Para él, hay una conexión entre la posibilidad de justicia y el futuro bienestar de las víctimas. Caracterizar esas atrocidades como un genocidio es el primer paso, y él les ha dado la bienvenida al Parlamento Europeo, a la administración Obama y –eventualmente y frente a la oposición del Gobierno de Su Majestad– al parlamento del Reino Unido para el uso de esa palabra. “Llamarlo un genocidio –me dijo el doctor Kizilhan– reconoce la identidad del grupo, lo que se le está haciendo, y su derecho a existir”. Llevar a los perpetradores a un tribunal es una forma de impartir justicia.

Sin embargo, no es la única manera. He visto cómo Colombia intenta lidiar con sus problemas recientes, y la necesidad de balancear el deseo de avanzar con la necesidad de impartir justicia y de responder por los terribles hechos que han ocurrido. Otras partes del mundo se han enfrentado a lo mismo: en Sudáfrica, Camboya, Chile, Irlanda del Norte. No hay respuestas sencillas para preguntas complejas. No obstante, de una cosa estoy seguro: por imperfectas que sean, por inadecuadas que sean las ideas y las instituciones que surgieron del ‘momento de 1945’, no podemos darle la espalda a lo que entonces se creó. El reto ahora es ver cómo mejorarlo y amoldarlo a la miríada de situaciones que nuestro mundo y sus múltiples comunidades hoy enfrentan.

*Abogado y autor de Mi legado Nazi

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