Algunas de las fotografías de #transputamierda, de Federico Ríos, publicadas en Instagram.

#Transputamierda: postales desde la lejanía

“Trans” es el sufijo que está en el nombre de varias compañías de transporte. “Puta mierda”, para los colombianos, un lugar que queda lejos. Un proyecto en Instagram, del fotoperiodista Federico Ríos, denuncia precisamente eso: lo inaccesibles que son ciertas zonas del país, lo remoto de sus cotidianidades. Esta es la historia del proyecto y el fotógrafo.

2017/08/25

Por Adrián Atehortúa* Bogotá

Colombia es un país hecho de antípodas y a cualquier antípoda, aunque no lo sea estrictamente, se le llama “la puta mierda”. La primera vez que Federico Ríos estuvo en la puta mierda fue, cree él, cuando hizo la primera comunión. Era 1992, tenía 11 o 12 años, vivía en su Manizales natal y sus papás le dieron de regalo un viaje al mar: Cartagena o San Andrés. Él solo tenía que decidir. Días después, cuando tenía que confirmar el destino, Ríos dijo que ninguno de los dos. Lo había pensado mejor y quería ir al Amazonas.

Su papá, que sabía lo que él quería, empacó maletas y en noviembre de ese año se fueron juntos a un viaje que a Ríos todavía le saca sonrisas. “Hicimos cosas que ni se deberían contar: viajes por el Amazonas de noche, buscar cocodrilos con cazadores ilegales... A mí lo que me gustaba era eso: la selva, las aventuras, no las playas ni el mar”, recuerda Ríos en el estudio de su casa, en Medellín. Recuerda también, en especial, que en ese viaje conoció a Kápax cuando todavía era un macancán, vio a indígenas en taparrabo con las tetas al aire –cosa que no esperaba ver así nomás– y tocó por primera vez una anaconda.

Cortesía: Federico Ríos

Cuando regresó, de todas esas cosas que vio en el Amazonas trajo fotos que sus padres no se demoraron en revelar y que lo hicieron muy popular entre los compañeros del colegio: Ríos había ido hasta un lugar que parecía sacado de Kalimán, Tarzán o El libro de la selva. Así se imaginaba que era la selva antes de ir a la selva, y las postales que constataban lo increíble de su relato de viaje maravillaban a los demás.

Eso era, definitivamente, lo que le gustaba. A los 12 años, Ríos ya sabía que prefería la selva con sus sorpresas salvajes aguardando a la vuelta de un árbol que las comodidades de las playas y los hoteles de lujo; ya sabía acampar, pescar y hacer fogatas por su cuenta en las laderas del Nevado del Ruiz, sabía cómo escaparse de clase para internarse en el bosque de su colegio y quedarse horas tomando fotos. Y ante todo, tenía clarísimo que quería ser fotógrafo.

Así cree que nació, inconsciente e incipientemente, TransPutaMierda, el proyecto personal con el que le cuenta al mundo las antípodas inverosímiles de Colombia a las que va una y otra vez por trabajo. Hoy esa es prácticamente su vida. ¿Cómo explicar qué es “la puta mierda”? Ríos encontró la mejor manera de hacerlo en sus fotos. Y hoy –muchos años de fotos, aventuras y comemierdismo después– Federico es, sin duda, el fotógrafo documental más destacado de la última generación en Colombia. Su obra es el fotoperiodismo puro y duro que ya casi no se publica en los medios impresos del país, pero sí en portadas y especiales gráficos de The New York Times, la revista Time, El País de España, Folha de São Paulo, Stern de Alemania y otros espacios de primer orden de la prensa mundial.

Sus “aventuras” actuales también son de otro calibre. En medio de una tarde frenética de sol radiante sobre el Valle de Aburrá, Ríos repasa los momentos más relevantes de toda esa bitácora hecha de imágenes que están vivas en su cuenta de Instagram y Facebook. Está descalzo y toma uno, dos vasos de cubalibre helado que prepara meticulosamente.

Cortesía: Federico Ríos.

“¿Es normal encontrarte en casa?”, le pregunto. “No, la verdad es muy anormal”. Lleva diez años trabajando en o para grandes medios nacionales, pero desde que decidió ser freelance, hace cinco, Ríos siempre está en otro lugar, y generalmente ese otro lugar es un paraje inaccesible para el viajero corriente. “La vida de freelance es una angustia tenaz constante. Le envías una serie de fotos a un editor y preguntas ‘¿Qué hacemos con esto?’, y te dicen “No, nada, no hay plata’. ‘Pero, mierda, es algo importante, es contundente, es bueno, es algo que hay que mostrar, ofréceme algo’. ‘No, no tenemos nada para ofrecer’. Es una realidad que se abarca prácticamente a todos los fotógrafos del país”.

Y es que no es fácil la vida del fotógrafo en Colombia, tampoco lo fue para él. Empezó su carrera en Textos, un diario que publican por los días del Festival Internacional de Teatro de Manizales, por Adriana Villegas, una profesora de su universidad que vio algo en sus fotos. Ese fue prácticamente su debut en los medios y lo recuerda con especial orgullo.

Años después, en 2004, y cuando tenía 24, se aventuró y se fue a Bogotá. Vivía de arrimado en la sala, el sofá o el colchón de algún conocido mientras intentaba encontrar algo. La primera vez volvió a los nueve meses a Manizales con las manos vacías. Consiguió un trabajo como diseñador, todo el día en un escritorio. Le daba para vivir, pero infeliz. Cuatro años después, en 2008, se lanzó de nuevo al ruedo y regresó a Bogotá para no volver bajo ninguna circunstancia. Tocó puertas, portafolio en mano, y se las abrieron en El Espectador. Allí pasó sus primeros dos años hasta que llegó a El Tiempo, donde pasó dos años más. De ahí, pasó a trabajar como corresponsal para Efe desde Medellín. “Yo creo que todo lo aprendí haciendo. La labor diaria es la que te forja. Es decir, hay técnica, pero aprender a enfocar es algo que aprendes en un día. Salir a diario, tener compañeros buenos, gente a la que le importa la fotografía y quiere compartir su conocimiento es lo que te hace pensar. Y en el camino te enfrentas a dilemas éticos: ¿está bien tomarle una foto a un indigente dormido?, ¿está bien tomarle una foto a un candidato presidencial sacándose un moco o que me abre la puerta de la casa y está descalzo?”.

Cortesía: Federico Ríos.

En esos años su salario nunca llegó a tocar los 2 millones de pesos. Para entonces ya había conocido a Estefanía, su esposa, con la que ahora tiene dos hijos. En 2011 vivían a distancia, ella en Bogotá, él en Medellín. Un día pidió un aumento o un traslado –quería cualquiera de las dos cosas–. Le dijeron que no y él renunció sin tener nada a mano, excepto una cosa: un proyecto personal que le daba vueltas en la cabeza desde hacía tiempo y del que nadie sabía, excepto sus padres y su esposa. Había alquilado un cuarto en un rincón de la Comuna 13 de Medellín y desde ahí empezó a documentar lo que pocos mostraban en ese entonces, pero que ha pasado siempre: las drogas, los combos, la violencia, la juventud sin futuro, el asesinato nuestro de cada día.

Fueron meses difíciles, sin trabajo estable e intentando que un medio publicara la historia de la comuna, en la que trabajó casi un año, hasta que logró abrir una puerta en El País de España. La mañana del 9 de abril de 2012, cuando pasaba su luna de miel en Barcelona, reconoció inmediatamente en un kiosco una foto suya que ocupaba la portada de una edición dominical de El País, justo el día que empezaba la Cumbre de las Américas que se haría en Cartagena. La imagen: un retrato en primer plano del Bola, uno de los jóvenes pandilleros que siguió en la Comuna 13, mitad luz y mitad sombra, empuñando un revólver que apuntaba a su rostro. El titular: “Ya no hay virgen para los sicarios”.

La polémica se desató y en Colombia los medios empezaron a preguntar incrédulos quién era el fotógrafo que había puesto el dedo en la llaga. De ahí en adelante sus fotos se convirtieron en un referente. Ríos seguía teniendo claro cuáles eran las fotos que le gustaba hacer. Solo fue cuestión de unos meses para que en 2012 empezara su nuevo golpe, algo casi tan inédito como ignorado en los medios del país. Por muchos meses y con mucha cautela, de nuevo por su cuenta y como el más secreto de los proyectos, cogió la mochila y se internó meses en selvas, páramos, trochas, ríos y toda suerte de lugares salvajes para retratar a las Farc. Los parajes no son revelados por obvias razones, pero las imágenes son contundentes. Están, de nuevo, en medios internacionales como The New York Times o Stern, de Alemania.

Detrás de todos sus proyectos periodísticos está una ruta personal que sentía que debía mostrar y que ha encontrado su mejor lugar en internet. De eso se dio cuenta así: “Iba en una lancha por el río San Juan –dice mientras ve la foto– y me di cuenta de que no iba solo. Ahí va el lanchero, van pelados que atraviesan el río para ir a la escuela, o una mujer con su hija recién nacida que atraviesa el río para hacerle el registro civil. Lo que para mí era una aventura para ellos era su cotidianidad y eso nunca se cuenta”.

El hashtag es #TransPutaMierda y se ven cosas como estas: dos profesoras que llevan dos días a lomo de mula atravesando, por enésima vez, una trocha intransitable para ir a mercar a Urrao, Antioquia; un inodoro que nadie usa a la orilla de un río que el Estado puso como haciendo presencia en un lugar perdido; una retroexcavadora que roe sin piedad un pedazo de selva para encontrar oro; diez mulas cargadas con 120 kilos de combustible que atraviesan un río para surtir la retroexcavadora. Así: 919 imágenes y contando.

Ese es el lado más B de la historia de Federico, pero también el más cotidiano y el más publicado. Desde algún lugar del Putumayo, y días después de escribirle, vía chat responde: “Colombia es una incertidumbre, una lucha de cada día para llevar comida a la mesa, un país fragmentado o frágilmente unido. Sobre todo, un país inmenso, más que en el territorio, en la percepción temporal o física de recorrerlo. Un gran desafío para el cuerpo y la cabeza. Es que innumerables veces los campesinos más pobres de las regiones más remotas me han ofrecido comida y un lugar para dormir, me han ayudado, me han compartido su conocimiento de trochas y ríos para cruzar el país como lo he cruzado. En esas personas siempre veo el país esperanzador que quiero ver”.

Una explicación de la puta mierda. Y luego se despide diciendo: “Bueno, me voy del palo en el que hay señal”. El chat se corta.

*Periodista. Ha escrito para SoHo, Semana, Esquire El mercurio.

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