Remedios Zafra es filósofa. Entre sus libros se encuentra Un cuarto propio conectado. Maria Teresa Slanzi / Cortesía Anagrama.

El fin de la vida real

Remedios Zafra fue galardonada con el Premio Anagrama de ensayo 2017. Hablamos con ella sobre su obra “El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital”.

2018/01/23

Por Gabriela Bustelo* Sevilla

Dos mujeres han sido galardonadas sucesivamente con el Premio Anagrama de Ensayo. En 2016, entrevistamos a Patricia Soley-Beltrán en Madrid. Este año nos trasladamos a Sevilla para hablar con Remedios Zafra, escritora, filósofa y profesora universitaria, sobre su ensayo “El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital”.

Usted dice que en la era digital la “democratización creativa” convierte al trabajador cultural en un entusiasta precario. ¿El problema de la cultura occidental no es más bien la (por llamarla de alguna manera) “epidemia de democracia”, que nos convierte a todos en escritores, periodistas, blogueros o, en definitiva, en opinadores culturales?

En los años noventa, cuando llegaron las redes, una de las palabras que caracterizaba el poder cultural de Internet era la “horizontalización”, el hecho de que si antes unos pocos producían para muchos, ahora todos podemos tener esa opción. En España, las generaciones que nos educamos en la transición vimos que podíamos rebasar la expectativa de tener que repetir la vida de nuestros padres. La suma de varias generaciones con expectativas creativas ha tenido mucho que ver en conformar un escenario donde, de pronto, todos producimos. Internet ha sido el escenario que ha convertido ese contexto en una tormenta perfecta.

¿Y la epidemia de democracia nos condena al fracaso por un exceso de población mundial, que ya rebasa los 7.000 millones de personas?

En España se nos llena la boca de la palabra “democracia” para responder todas las preguntas. Todos tienen conceptos distintos de democracia, que no coinciden pero quien defiende lo hace como si el suyo fuera el más íntegro. En el contexto de las redes, la democracia a menudo vira hacia la oclocracia, entendida como ese gobierno ya no formado por unos ciudadanos relativamente informados, sino por una muchedumbre.

En principio, podría parecer la sublimación de la democracia, en la que todos pueden al menos opinar sobre cómo se hacen las cosas.

La horizontalidad de Internet y de las redes trae a escena dos asuntos relevantes en cuanto a la lectura negativa de lo democrático, que son el exceso y la velocidad. La producción cultural es tan excesiva que se colapsa en sí misma, generando una saturación brutal e incluso una ceguera, porque no se sabe cómo enfocar esa abundancia. Las empresas que detentan el poder en el contexto contemporáneo gestionan ese exceso, visibilizando determinadas cosas. Lo que tiene un valor cultural va a ser visualizado previo a pago. Pero también existen unos nuevos sistemas de valoración de la cultura, muy relacionados con esta entrada masiva de creadores en el mundo contemporáneo, que nos parecía algo positivo pero ha resultado ser una especie de estrategia fatal. Lo que nos aporta es un atosigamiento, una imposibilidad de gestionar este exceso.

Podría decirse, además, que también se ha puesto en tela de juicio el propio concepto de la cultura, que era una atalaya, porque el intelectual que la producía estaba subido en una torre social, económica y mediática que la horizontalidad de las redes ha derribado, ha desenmascarado a la cultura como a una impostora.

Quienes antes no tenían acceso a la cultura, ahora lo tienen. Cuando la élite privilegiada, que siempre había sido “la Cultura”, sufre una caída al fango, digamos, donde conviven de igual a igual un Youtuber con un creador tradicional, cambia por completo el concepto de la cultura.

La globalización, entendida como proceso de democratización mundial, significa que hoy son los millones de ciudadanos, quienes tienen un smartphone o un portátil (no las rancias élites intelectuales), quienes deciden qué consideran cultura, qué cultura van a consumir durante los siguientes años y en qué formato quieren recibirla. Todo parece indicar que la cultura posterior a la revolución informática no va a ser la que ha sido hasta ahora. ¿Estamos ante una metamorfosis del concepto mismo de la cultura?

La cultura no es algo estático. Me gusta y me interesa el concepto de ‘poshumano’, que tiene mucho que ver con el de transformación de la cultura. Nos encontramos en un punto de inflexión con el que Internet tiene mucho que ver. Cuando hablamos de globalización, hablamos de Internet. Internet está creando un punto sin retorno en lo que antes considerábamos cultura, pero desde el punto de vista antropológico, eso que llamamos “la Cultura” nunca ha excluido a la cultura popular. Ahora Internet parece dar visibilidad a esa voz denostada.

De hecho, esa denostada “cultura popular” parece estar empequeñeciendo o engullendo a esa cultura elitista anterior.

La antropología ha conseguido poner sobre la mesa el etnocentrismo que nos ha hecho creer que “cultura” era solo lo que se hacía en Occidente y, además, solo lo que hacía una élite determinada. Ese cuestionamiento transgresor se hizo en el siglo XX. Ahora se produce ese otro nuevo punto de inflexión en que cualquier persona puede producir culturalmente y, además, de igual a igual. En Internet hay una convivencia de obras de todo tipo con un nuevo criterio hegemónico, que es el de “lo más visto”. Pero cuando ese “lo más visto” coincide con “lo más valioso”, las nuevas producciones de obras clásicas pueden acabar, por ejemplo, en un video de YouTube.

Pero hay un choque cultural casi cómico. Un ejemplo claro es el Premio Nobel de Literatura que le han dado a Bob Dylan, que ha producido una enorme indignación entre la cultura occidental de vieja guardia. Me refiero a que hay una tenaz resistencia a aceptar como cultura todo lo que realmente es cultura.

La forma de entender la cultura clásica, en el sentido de una cultura que genera una autoridad, convive con otra forma de entender la cultura mucho más participativa y transgresora. Todo esto coexiste, a su vez, con las formas de profesionalización que aún no se han asentado, con la cultura no pagada, con las aficiones convertidas en cultura y demás. Hay una convivencia, pero creo que también hay una gran confusión.

Este sería el enfoque positivo del efecto de las redes sobre la cultura, porque su libro es una denuncia y, en ese sentido, puede considerarse una visión negativa.

La lectura negativa tiene que ver con la transformación o delegación del valor cultural en “lo más visualizado”. Este criterio de “lo más visto” permite insertarse en la velocidad contemporánea y gestionar el exceso. La velocidad que caracteriza la convivencia de tantas obras distintas es muy negativa para la cultura porque la primacía de “lo más visto” solo se sostiene aceptando esa lógica de la velocidad que hace que las cosas cada vez duren menos, que un libro dure apenas dos días.

El concepto del aplazamiento es importante en su ensayo, donde sostiene que en la era digital la labor cultural la hace casi gratuitamente un ejército de personas dopadas de entusiasmo que anhelan un placer o un pago eternamente postergado.

La vida contemporánea es un aplazamiento constante. Como escribo en El entusiasmo, los trabajadores entusiastas, que van encadenando prácticas temporales, se acomodan a la excusa de que “en el futuro llegará algo mejor”. Con esa ilusión, con ese espejismo de que el trabajo auténtico llegará dentro de unos meses o dentro de un año, aplazan el objetivo mientras van cumpliendo años; y ese futuro, que era el que les movilizaba, al final contribuye a seguir encadenando esa lógica de la ansiedad.

¿Esa democratización del entusiasmo que usted ve en clave negativa no podría tener una lectura positiva, en tanto que cada vez más personas se culturizan y acceden a una educación? Antes solo el entusiasmo enlatado e individual de un Paco Umbral, o de un Joaquín Sabina, o de un Muñoz Molina se veía recompensado. Solo llegaba, digamos, a un puñado de entusiastas.

Eso es lo que yo retrato de manera singular en El entusiasmo: cómo esa expectativa cultural de generaciones que queríamos dedicarnos a la creación, de pronto nos encontramos con un contexto en el que el mundo laboral, por supuesto, no da cabida ni respuesta a esa masa de personas creativas. Lo que te encuentras habitualmente es una multitud de trabajos desglosados en prácticas con nombres eufemísticos, a veces en inglés, tipo “beca” o “contrato de prácticas”. Te encuentras con una multitud de ofertas de trabajo que piden dedicar horas al día, cada vez más horas al día, bajo fórmulas muy bonitas de contratos que incrementan tu currículum, pero muy mal pagados, o incluso, por los que tienes que pagar tú, además teniendo que competir con los que eran tus amigos.

Una competitividad disparatada y obligada con nuestros amigos, y a veces incluso contra nosotros mismos…

El tema de la competitividad es clave porque una de las características del capitalismo es la pérdida de los vínculos morales entre las personas, y esto lo estudia bien Marcel Mauss en su Ensayo sobre el don, cuando habla de las formas de intercambio no capitalistas. En otras culturas, los intercambios conllevan algún tipo de vínculo o pacto moral. La ruptura de esta forma de intercambio es la apuesta por el individualismo de la sociedad capitalista contemporánea.

En su libro caracteriza esa aceleración como algo propio del sistema político occidental imperante, que es el capitalismo. ¿Esa velocidad es una imposición política o una contingencia del sistema?

Si observamos otras culturas, vemos que la prisa no forma parte de ellas. En antropología es fácil identificar determinados grupos humanos donde los tiempos son totalmente distintos. Por eso a menudo digo que la prisa es un invento capitalista. Creo que la velocidad es una característica de las pautas ilógicas del capitalismo por lo siguiente: el intercambio libre de mercancías prescinde de vínculos éticos, de vínculos morales entre las personas. Para aumentar la oferta y la variedad en circulación, la velocidad contribuye a gestionar esa grandísima masa de productos y de productores que formamos parte del capitalismo.

Lo nuevo vende y obliga a envejecer a gran velocidad lo que era nuevo ayer, y así sucesivamente.

Exacto. Por eso la caducidad es una de las características del capitalismo. Solo la velocidad permite poder ver ese exceso de información y ese exceso de obra. La velocidad, decía Pierre Bourdieu, casa bien con el capitalismo contemporáneo porque se apoya en ideas preconcebidas. Para poder pensar sobre las cosas que nos llegan a través de los medios se necesitaría hacer una parada.

La reflexión que usted añora y refleja como un desiderátum en su libro.

Así es. La reflexión está cada vez más excluida, de una manera radical, de nuestras prácticas de vida, para seguir con esa inercia de vivir como vivimos porque todo el mundo lo hace. De modo que nos vemos obligados a vivir en un presente continuo. Es una cuestión muy tramposa: cómo la cultura está transformando nuestra forma de vivir el tiempo y está anulando, de hecho, lo que era nuestra vida real.

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