1. Muchos clítoris (2015), 2. El origen de la noche, 3. Hypsiboas punctatus, 4. Xapiri (2014).

En busca de lo sagrado: arte en la Universidad Nacional

'El origen de la noche' es la nueva muestra del Museo de Arte de la Universidad Nacional. Sonido, tiempo y territorio ancestral se concentran en el choque entre la globalización y las luchas de los indígenas por preservar su identidad a través del medioambiente.

2016/09/29

Por Camilo Hoyos Gómez* Bogotá

En 1993, alrededor de 30.000 indígenas de las comunidades siona, secoya, cofán, waorani y kichwa de la Amazonía ecuatoriana presentaron una demanda contra Chevron Texaco Company en la que le exigían responder por el daño derivado de la explotación del petróleo en la cuenca amazónica. La demanda llegó dos años después de que Judith Kimerling publicó Crudo amazónico, un informe en el que explicó con suficiente claridad la manera como Texaco había convertido la selva amazónica en un vertedero de desechos tóxicos durante más de 26 años. Si a comienzos del siglo XX la prensa llamó a la amazonía colombo-peruana “El paraíso del diablo” refiriéndose a las prácticas de Julio César Arana en la explotación del caucho, a finales del mismo siglo se refirió a la Amazonía ecuatoriana como el “Chernóbil amazónico” gracias a las empresas petroleras. Es evidente que el capitalismo es uno de los grandes enemigos de la selva amazónica.

La Constitución ecuatoriana de 2008 declaró al estado como “plurinacional e interétnico”, y en el preámbulo, su búsqueda por el sumak kawsay, expresión de la cosmovisión kichwa cuya traducción más precisa es vida en plenitud. Hay un evidente ejercicio de inclusión política y social. El artículo 71 del capítulo séptimo del título II llama a la naturaleza también con el nombre de Pacha Mama, lo que incluye y reconoce a las comunidades nativas. En este crisol en el que se baten el capitalismo, la constitucionalidad y la interculturalidad, la artista Ursula Biemann se acercó a los kichwa de Sarayaku y produjo Forest Law (2014), en que reflexiona acerca de las acciones de los indígenas por velar por la preservación del medioambiente: una acción jamás emprendida con tal envergadura por la cultura occidental. Al interesarse en este proceso, Biemann mostró un camino para recuperar a la selva de sus viejas imágenes colonialistas y de explotación. Hay mucho para aprender, parece confirmar Biemann, del esfuerzo indígena por mantener intacta la naturaleza.

Este es el eje sobre el cual se movió la exposición Selva cosmopolítica (2014), curada por María Belén Sáez de Ibarra, en el Museo de Arte de la Universidad Nacional. Propuso observar la selva y el conocimiento derivado de ella desde la amenaza del cambio climático, de la explotación petrolera y de la resistencia de las comunidades nativas por la hibridación. Tanto Selva cosmopolítica como El origen de la noche. Sonido, tiempo y territorio indígena se concentran en el choque entre la globalización y las luchas de los indígenas por preservar su identidad a través del medioambiente. Se concentran en el choque entre el capitalismo voraz y la noción de lo sagrado en la naturaleza. Vivimos un momento histórico en que la selva es vivida de manera sagrada como espacio de intercambio de saberes, pero también apetecida como alacena de materia prima, cuya explotación generará riqueza y supervivencia a las poblaciones de la ciudad. ¿Qué hay del espacio sagrado? Cualquier cristiano rechazaría que levantaran el mármol de la Basílica de San Pedro en Roma para buscar minerales, o que los desechos de sus visitantes estuvieran a la vista de quienes van a rezar (ejemplos así podemos sacar de cualquier templo religioso). Hace falta un poco de empatía para comprender la dimensión real del problema.

En una de las primeras escenas de El abrazo de la serpiente, el viejo Karamakate observa detenidamente, durante largos segundos, la selva. Desde una de las salas de Avenida Chile, en plena calle 72 bogotana, me pregunté por qué Karamatake observaba tan concentradamente y, sin embargo, resultaba invisible para mí. Nosotros, lectores urbanos de ciudad, no tenemos la mirada para comprender ese sentido que habita la selva. No se trata de motivos de culpa, pero sería (y es) motivo de estupidez pretender que por no verlo yo, resulta invisible o ilegible para todos.

Esta serie de exposiciones ponen de manifiesto que para las comunidades amazónicas la selva es semiótica: es el lugar del intercambio de conocimiento. En el corto que acompaña el libro Hee Yaia Keti Oka (El territorio de los jaguares del Yuruparí), realizado por la Asociación de Capitanes y Autoridades tradicionales Indígenas del río Pirá Paraná (Acaipi) y la Fundación Gaia Amazonas, los chamanes descendientes de los abuelos anaconda lo explican: ellos son los guardianes de los órganos de la selva, es decir, de sus lugares sagrados, de los que depende el equilibrio cosmogónico, porque allí se concentra el sistema de pensamiento indígena. Si el occidental en el mejor de los casos busca el conocimiento en los libros, el indígena amazónico lo hace en su entorno natural: en la luz, en las lomas, en los ríos, en las plantas. La protección del entorno natural implica la supervivencia de su identidad. Es una afirmación bastante obvia, pero, sin embargo, no ha sido valorada como debería en nuestro entorno político. Sin más, en el reciente Congreso Internacional de Geología, a comienzos de septiembre de 2016 en Ciudad del Cabo, se llegó a la conclusión de que hemos pasado de la edad geológica del Holoceno al Antropoceno: es decir, pasamos a una edad en que la actividad humana ha hecho daños irreversibles a la Tierra. Pero el capitalismo hace oídos sordos a esto.

El origen de la noche propone un acontecimiento de la experiencia indígena en detrimento de un acercamiento a partir de la razón. Es decir: el visitante se somete a la experiencia de la lengua indígena, que le permite compartir la noción de sagrado a partir de la voz (entiéndase lo sagrado libre de su condición religiosa: consiste en el contacto con una realidad trascendente que supera en complejidad de sentido lo cotidiano, el mysterum tremendum del que habla Rudolf Otto). La exposición gira en torno a la instalación de sonido El origen de la noche (16 canales de audio, 22 parlantes, y un loop de una pieza de 140 minutos), de Diana Rico y Richard Décaillet (con colaboración de Miguel Navas), que reproduce ininterrumpidamente cantos, rezos y relatos de mitos que son propiedad colectiva ancestral de las naciones indígenas andoque, huitoto, tatuyo, barasano, wayúu, kogui y tubú, prestados (o más bien rescatados) de archivos privados y públicos. Son los rezos y cantos de la noche, del yagé, del mambeo, de la gente del hacha de piedra, del origen de la candela, del amanecer, de los jaguares de Yuruparí y de la yuca dulce y del tabaco. Se reproducen voces del pasado: el rezo al mambe por el mayor Hernando Fisi Andoque, grabado por Jon Landaburu en 1969, en que se narran en primera persona las experiencias de las caucherías en la zona de Araracuara en el Amazonas, traducido por su nieto Fisi, chamán andoque; también el sonido del maguaré y los rezos del mayor huitoto Reynaldo Giagrekudo, quien cuenta su retorno a La Chorrera desde el Perú luego de la guerra colombo-peruana. Muchas de estas palabras testimoniales que reconocen el terror del pasado, junto con los cantos y rezos, son formas de pensamiento comprendidas por el diálogo con la selva. Son relatos de videntes. La palabra hablada es mágica en la medida en que revela un conocimiento sagrado. El visitante tiene la oportunidad de experimentar, en completa oscuridad, los cantos chamánicos ancestrales.

Porque la plataforma en la que se reproducen puede ser una de las más arriesgadas propuestas de la exposición: la recreación o traslación del espacio de una maloca para así buscar lo sagrado y mágico a través de la lengua. No se trata de un artificio de la cultura del espectáculo: los chamanes andoque, barasano y uitoto rezaron la sala del museo para que pudiera recibir la palabra sagrada. El trabajo de la instalación se llevó a cabo siempre contando con la aprobación de los miembros de las comunidades, con quienes el trabajo de colaboración comenzó desde hace más de un año.

La sala que acoge la instalación se convierte así en una maloca. Está en completa oscuridad para que el visitante pueda concentrarse en el sonido. No hay imágenes: entrar es un ejercicio de concentración y apertura de la conciencia. El visitante participa de lo que serían las sesiones de mambeo en las malocas de la selva, en que la comunidad se deja llevar por las palabras de café y tabaco de sus sabedores. Seis tenues luces delimitan el espacio central, que es donde escuchamos los cantos y los rezos a través de los parlantes; pero en el otro perímetro, el exterior al centro, escuchamos sonidos que parecen ser de la selva. El visitante se dará cuenta de que atravesó un espacio cargado de una extraña magia que resonará una vez tome de nuevo la calle 26 o la carrera 30. No es una visita pasiva: se trata de involucrarse, de reflexionar en torno a nuestra anquilosada y pétrea dimensión cultural del otro nativo.

La invitación es también a reconocer el modelo indígena que entiende su propia existencia en relación con la salud del medioambiente. Si la selva requiere de su biodiversidad para existir, las sociedades también necesitan de su diversidad cultural para mantener un equilibrio. El ejercicio de traslación semiótica de la selva a nuestras propias comunidades occidentales deja en evidencia que la globalización, si bien aspira a la hibridación, también pone al alcance distintos mecanismos para preguntarse por viejos paradigmas de modos de vivir la vida. Las demás piezas de la exhibición se hacen eco de las voces en la oscuridad: doce pantallas reproducen el archivo científico de más de 15.000 fotografías de flora y fauna amazónicas del biólogo Juan Manuel Rengifo; las fotografías de Claudia Andújar, que vivió durante más de 20 años con la comunidad yanomami del Amazonas; 80 fotografías de Jesús Abad Colorado que muestran la lucha por la supervivencia cultural de pueblos indígenas, y la instalación de la artista Carolina Caycedo, que propone desaprender la mirada que tenemos sobre el paisaje selvático. Para cerrar el circuito, una pieza audiovisual de formato extendido, del colectivo 4Direcciones, que proyecta una selección de películas y documentales de temática indígena, tomada de más de 140 archivos públicos y privados. Terminar por aquí es ideal para darles rostro a las voces que sonaron en la oscuridad. En esto consiste el acontecimiento de la experiencia amazónica que propone El origen de la noche.

Prográmese para ir más de una vez, hay cómodos puffs y preciosos butacos para dejar pasar el tiempo indígena escuchando sus cantos; déjese llevar por la magia del ritual de la palabra hablada que es la experiencia de la selva. La maloca trasladada es un espacio donde se pueden dejar atrás los ruidos urbanos. Desde nuestros andenes aturdidos por carros y buses pitando no logramos imaginar los afluentes del río Cahuinarí, las riberas del Pira Paraná o las sesiones de mambeo selva adentro. Aproveche. La exposición juega a ser portal a otros modos de pensamiento.

*Escritor. 

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