Virgen de la silla (1513- 1514), una de las obras ma´s conocidas de Rafael.

Rafael para todos

Los días 15, 16, 17 y 18 de junio se proyectará una película que recorre más de 50 obras del maestro del Renacimiento. Es una oportunidad para conocer a un artista como pocos, por su sensibilidad al color, la armonía y la condición humana.

2017/05/22

Por Halim Badawi* Bogotá

Casi todos hemos tenido un Rafael en casa. Cuando digo Rafael, me refiero a Rafael Sanzio, el gran artista del Renacimiento, contemporáneo de Leonardo y Miguel Ángel, autor de una larga y perdurable iconografía religiosa. En el apartamento de mi madre siempre estuvo colgada una pequeña reproducción de la Virgen de la silla (1513-1514), una de las obras maestras debidas a su pincel, cuyo original se conserva en el Palacio Pitti, en Florencia. En este pequeño cuadro aparecen en escena la Virgen María, el niño Jesús y San Juan Bautista. Como en todas las obras de Rafael, sorprende la viveza de los colores y la delicadeza de las miradas entre los personajes que conforman la escena: la Virgen María mira profundamente al espectador del lienzo, mientras Jesús, cargado sobre los brazos de María y con la cabeza recostada en la suya, mira hacia otro lado, como lo haría cualquier madre con su hijo. Jesús tiene la mirada perdida, con ojos de apapacho, de sentirse pleno en el consentimiento materno; mientras que San Juanito, primo y amigo de Jesús, mira a los dos con una mezcla de devoción y quién sabe si de envidia, de envidia por no recibir, en ese preciso instante, el infinito amor de la madre.

La escena emerge de un fondo casi negro, en el que los colores de las túnicas de los integrantes de la composición (rojo, amarillo, azul y verde) aunadas a las pieles rozagantes, potencian la riqueza cromática, la vivacidad de los colores y la armonía de la composición. La Virgen tiene un turbante puesto sobre su cabeza, como lo haría una mujer de su propia época: hay que tener en cuenta que los antiguos maestros (ya fueran del Renacimiento de cualquier otro momento de la historia del arte clásico), Rafael incluido, añadían a sus personajes vestimentas lujosas contemporáneas del pintor (no contemporáneas de los retratados), lo que no solo les permitía dignificar a los integrantes de la escena con atuendos suntuosos, sino que ponían al espectador del cuadro en una posición empática con los retratados (los vestidos de su época puestos en los santos de su devoción), como queriendo decir que los vestidos de los santos podrían ser los míos, que ella podría ser mi madre y que el niño podría ser mi hijo, o incluso yo cuando era niño.

Todo lo anterior, sumado a un sentido magnífico de la composición, hacía que el espectador vibrara en sintonía con la obra. También habría que decir que, a diferencia de los vestidos de la antigüedad bíblica (ese tiempo sin tiempo, eterno, en el que transcurren los pasajes del Nuevo Testamento), debían ser comúnmente de cortes sencillos y monocromos, que no permitían a un talentoso artista del Renacimiento como Rafael hacer un despliegue vivaz de sus fabulosas habilidades técnicas y de su ingenio: a diferencia de los vestidos que suponemos pertenecientes a la época de la Virgen María o de Jesús, los vestidos contemporáneos permitían al artista dar rienda suelta a su creatividad mediante la elaboración de pliegues, texturas, transparencias y contrastes llamativos de colores.

Pero no solo en mi casa materna había reproducciones de cuadros de Rafael. En donde una vecina había una Madona con el niño; en la capilla de mi barrio había dos angelitos de Rafael (esos que forman parte de la Madona Sixtina, un cuadro pintado por Rafael en el siglo XVI). Así mismo, como recordaba la artista colombiana Beatriz González en una entrevista hace poco para Arcadia, cuando ella hizo la Primera Comunión, el regalo de sus padres fue un marco de vidrio bombé con la Ascensión de Cristo, también de Rafael.

Sorprende la popularidad de un artista italiano como Rafael en el contexto latinoamericano, un artista que emergía en tiempos en que apenas los conquistadores europeos arribaban a América. Sorprende la amplia difusión de Rafael a través de la decoración de las casas, los libros de grabados y las iglesias. Tal vez esta situación se deba a la facilidad comunicativa de sus pinturas y a su capacidad de generar empatía entre el espectador y la obra, la capacidad de hacer sentir al visitante que las vírgenes y santos no pertenecen a un universo distinto al nuestro, y que no necesariamente deben estar en posiciones hiératicas, serias o impasibles. Rafael nos muestra que todos los santos y todas las divinidades pasaron por el mundo, y fueron de carne como nosotros, personas que vivieron y tuvieron sentimientos. Rafael y otros tantos artistas (desde los del Renacimiento hasta otros posteriores, en especial los del Barroco, como Caravaggio, José de Ribera o Bartolomé Esteban Murillo) entendieron que su pintura sería más exitosa mientras más lograran acercar la divinidad a la humanidad, mientras más lograran poner como modelo de vida humana a esos personajes que, para algunos, podían resultar misteriosos, perfectos y sublimes.

Próximamente Cine Colombia, en su ciclo de grandes artistas, presentará el largometraje Rafael: El maestro del Renacimiento. Sea esta una oportunidad para que todos conozcamos quién era ese maravilloso artista, creador de un amplio repertorio de imágenes, esas que vemos con frecuencia en distintos lugares, en la calle, en la casa de la abuela, en restaurantes o en librerías, imágenes que habitan nuestra cabeza pero que, con frecuencia, no sabemos por qué están ahí.

*Crítico de arte.

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