Flyers y dibujos de Ramiro Meneses de los años ochenta, de su época punk.

Ramiro Meneses: mis años de punk

Un cuarto de siglo después del estreno de la película Rodrigo D: No futuro, su protagonista, el vocalista y baterista de la banda Mutantex, recuerda la escena punk del Medellín de los años ochenta.

2016/08/23

Por Ramiro Meneses*

Lo primero que había que arrojar eran los sentimientos: nada debía importar en este cambio de ideas, en esta traición evolutiva del rock; cabellos largos, camisas hindú, inciensos, collares de bambú, la psicodelia analgésica, el celoso amor de los años setenta, todo lo empaqué y lo mandé a la mierda. No más rock como lo conocía, no más bailes con guitarras de aire, no más movimientos epilépticos con la cabeza, no más ropa con flores, no más pelos largos ni pensamientos bonitos y edulcorados, solo realidad, realidad y desazón.

Las noches de Medellín eran todas idénticas. Nada se movía, ni los rockeros, ni los amores, ni el agotamiento de las emociones ajenas, nada. Pasaban los días y entre hongos venenosos y riesgos con cacao sabanero, se iban las horas a dormir hasta el día siguiente. La hierba se mezclaba con el cuero del pielroja y lo demás seguía allí como un fiel centinela cuidando que el tiempo no avanzara.

Los viernes se volvieron más importantes que los sábados, porque los sábados eran de recuperación. Estaba agotado. Los dioses no existían porque no eran piadosos y su comportamiento esclavista los alejaba de los mortales como yo, los buses de Manrique siempre estaban llenos y sus pasamanos vivían manoseados por honestos y deshonestos.

El punk de Medellín nació en los conciertos hechos en salas de cine, talleres de mecánica y parqueaderos, hasta allí llegaron a escupir los primeros punks, los que estábamos más cerca mirábamos pero tratábamos de no aprender ese comportamiento bajo de gargajear al otro en señal de amistad (sin embargo, triunfó; algunos no pudimos resistirnos y ganó el deseo de ser infectados y separados del combo sano). Los nuevos enfermos nos veíamos más interesantes y repulsivos. Para mi mamá, vecinos, allegados y conocidos, éramos simplemente rockeros. Para nosotros, éramos los nuevos mutantes urbanos, estaba llegando el cambio y el tedio se convirtió en el padre adoptivo.

Empezaban los años ochenta en el barrio Manrique, caminaba directo al colegio en el que estudiaba, nunca me desviaba y nunca llegaba tarde, esa era mi manera de retribuirle a mi mamá su esfuerzo por mantenerme en el carril de los buenos estudiantes. Eran las 11:45 de la mañana, mi única molestia era sentirme uno más en la familia de los uniformados con educación, así que chupé un dulce y me entregué a la rutina de estar vivo. Detrás de mí, pasando la puerta del colegio, estaba Arroyave Omar Alonso, nombre completo memorizado con todo y apellido, así me lo aprendí desde primaria y así lo recitábamos de tanto escuchar el llamado por lista del profesor. Él traía la noticia, estaba muriendo en su casa una batería abandonada por un grupo de música tropical.

Me preguntó: “¿Hey, vos le jalás a los tarros?” Y la respuesta fue el primer ensayo de la banda. Me separaban de Omar entre 50 y 70 calles de diferencia, con subidas y bajadas, escaleras y atajos. Pese a eso, para mí caminar era interesante y más si llevaba entre mis manos un cuaderno lleno de letras y un par de palos que poca gente sabía para qué servían. Al fondo de alguna calle estrecha y sudorosa estaba la casa de Omar, clavada en la montaña, arrullada por la quebrada que pasaba más abajo, a los pies de su construcción.

La batería que tenía tocaba imaginarla: carecía de platillos y estaba pegada con angustia, sus pedales eran parte del desorden y los parches estaban destemplados, pues la palabra afinación nunca estuvo en los ensayos. Omar había construido su instrumento con un diapasón de guitarra acústica, anexado a un trozo de madera heavymetaltallada, en su abdomen sobresalía un micrófono mal herido que había sido incrustado a la fuerza, de las entrañas de este innoble huían dos alambres que hacían conexión con el parlante afónico de una grabadora de doble casete, y de ella nuestros quejidos.

Basados en los primeros sonidos nos autodenominamos Abortos Fetos de Puta, un nombre sincero pero no muy convincente. Luego apareció en la lista Fornicar L.T.D.A., pero Omar brincó y yo seguí en la búsqueda. ENTES parecía el indicado, Omar lo rechazó: tanto cambio no era bueno, pero eso hacía parte del nombre final de la banda. Después de tanto vagar el resultado fue Mutantex. La x era por la rutina misma del punk, sonaba raro pero se veía bien, eso era lo importante, impactaba, eso creíamos nosotros, aunque, honestamente, era una letra que no hacía falta, nunca le encontré sentido.

Los temas de las canciones retrataban el esputo diario, los paliativos genéricos de la religión, la falsa política, los amigos débiles y usados, los hijos del sexo, las miradas acusadoras, la rabia social y la fuerza desmedida de los sedimentos de la policía de la época, cualquier sensación de ahogo me ayudaba con el lapicero y el renglón, hice más canciones que tareas.

Yo no sabía tocar la batería, pero amaba la música. Cada sonido me ampliaba la mueca en el pensamiento, era mi oportunidad de enterrar la bandera colombiana y la del mundo, y reemplazarlas por un trapo anárquico y roto, era el momento de sabotear lo que era y para lograrlo manchaba con mi voz el estado humano.

Fuimos la única banda punk con solo dos integrantes, pero a nuestro lado se batía una generación de punks Medallo, todos sobrevivientes de un sistema amañado y trivial. Música punk criolla hecha con rabia y desespero, salida de los malos deseos y de las sobras arrojadas por el culo de la Medellín de los años ochenta. Mutantex se dio a conocer como la mayoría de las bandas, gracias a las grabaciones caseras registradas en los casetos, y a las caminadas tan hijueputas que se metían los Punkys de un extremo a otro de la ciudad.

El único concierto grande que hicimos fue en una iglesia del barrio Buenos Aires y que terminó con tres días de cárcel. En camiones de ganado nos llevaron al F-2. La policía, mientras estábamos encerrados, nos robó las botas industriales porque se parecían a las militares, creo que les producía placer, a mí también, alimentaba la ira. A las 3:00 de la madrugada, nos mojaban las celdas, eso nos hacía más punks. El episodio pasó a la historia y la historia arrojó leyendas para los que lo contaron a otros.

Fue una caminada de más de tres horas regresar a casa descalzo y con los pies en llamas. Con cada paso que daba trituraba una nueva letra, un motivo para seguir masticando las estrategias de vida.

Entre los años 1980 y 1984, la violencia era otra, menos cruel y descarnada, existían los pistolocos, no los sicarios, no había delincuencia aparente, y caminar para conseguir la música era un placer. Aún en ese entonces no corríamos el riesgo de morir entre las balas o desintegrados por alguna bomba, eso vino después, los torcidos y las motos, al igual que la ropa de marca, dañaron un tercio del parche. El exilio del combo era más sencillo, lo demás, un simple mito de ciudad.

El parche era uno de los más numerosos, entre 70 y 100, hombres y mujeres, sin crestas, pues lo importante estaba en la crítica y en la emoción de fecundar una idea distinta que cuestionara el porqué y el para qué en los demás. Llevar botas, el pelo con cresta, 20 aretes en las orejas, no eran sinónimos de punk: lo importante era el conocimiento de las bandas, haberlas escuchado y tenerlas en el caseto. Filosofar acerca de las ideas existenciales era más que suficiente para una buena conversación que por lo general sucedía en las noches, en una misma esquina del barrio o en el parque principal, las opciones eran pocas. Los bares no existían.

Los bailes se hacían con la luz apagada y allí dando saltos poseídos, golpeábamos los cuerpos unos contra otros rotando los encuentros sin venganza hasta que terminaba la canción, nadie gritaba, nadie se quejaba, todos nos conocíamos desconociéndonos. Llevar la ropa rota y descosida era la manera de romper con el consumo industrial y material. Se escuchaba un solo género y no nos permitíamos distracciones con otros ritmos, aunque, la verdad, las reglas no podían existir pues siempre las rompíamos todas.

La falta de inglés y la búsqueda por encontrar las traducciones fieles para entender de qué hablaban las canciones de los gringos e ingleses solo ayudó a la desinformación. Nos conformamos con una interpretación pobre, pero eso nos dio una visión particular del movimiento y de la escena.

Con los años llegaron los “aparecidos” y con ellos, la ruina. Los “aparecidos” eran de dos clases. El primero, sin nada en la cabeza pero con la indumentaria de un punkero insolente (desatinado), problemático suelto, y el segundo tenía muchos elepés, apariencia de niño bueno, pero más cruel y agresivo que el anterior. Los dos perdían el respeto al hablar, pero con ninguno se podía entrar en discordia. Su epidemia se convirtió en guerra y con el pasar del tiempo fueron reclutados y adiestrados para el terror.

Los bailes, el pogo y los conciertos ahora contaban con papas explosivas, armas de fuego, bates, piedras, chuzos y rudeza. Llegaron las crestas, los taches, las puntillas y las hachas, se veía la sangre, los golpes dejaron de descansar entre canción y canción, la música salía con tuberculosis, los punks se extinguían antes de morir. Abortar era fácil pues no había un compromiso con ningún movimiento. La saliva ahora tenía menta y perico, aparearse con la muerte era una fórmula desesperada y esperada por muchos.

Otros seguimos preñados con la misma irritación, acomodándose para el recuerdo de una generación punk del no futuro que dio su alma a este cuento, y que sobrevivimos… porque nos dio la gana.

*Cantante, actor y productor

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