Diana Bustamante y Apichatpong Weerasethakul en el Festival de Cine de Cartagena de Indias 2017. Crédito: Pablo Andrés Monsalve.

El salto del FICCI

El Festival Internacional de Cine de Cartagena es un punto de encuentro de una industria cada vez más en ascenso que se reconoce también en su tradición para lo bueno y para lo malo. Y es un evento necesario para que sigamos promoviendo los diversos puntos de vista en un mundo diverso y para disentir en paz. Este es el editorial de la edición 138 de 'Arcadia'.

2017/03/24

Por Revista Arcadia

Durante la inauguración de la más reciente edición del Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI), en el Centro de Convenciones de Getsemaní, los murmullos invadieron la sala. Estaban sentados, juntos, Pastor Alape y Humberto de la Calle, para el estreno de El silencio de los fusiles, de Natalia Orozco. El documental, de unas dos horas, se mete con el proceso de paz –solo con el proceso, no con el contexto y más bien poco con los antecedentes– de dos antagonistas históricos. Como se documentó la historia de esas conversaciones desde su inicio secreto en 2010, era obvio que aparecieran personajes como Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, a quienes la gente aplaudió o chifló a voluntad. En la oscuridad, seguramente, la directora general, Lina Rodríguez; la de programación, Diana Bustamante, y el curador, Pedro Adrián Zuluaga, sintieron que habían logrado tocar una fibra sensible a través del viejo arte de proyectar películas: daban en el blanco de abrir el evento con un documental que no dejaba indiferente a nadie. Por fortuna, la cosa no pasó de los murmullos y aunque la resistencia a que las Farc expliquen sus motivos y hablen como ciudadanos ante una cámara aún es mucha, la película logró que las discusiones se dieran en otros términos: los del cine.

El FICCI lleva 57 años realizándose en Cartagena. Cuando comenzó, en 1960, de la mano de Víctor Nieto, era un pequeño encuentro de directores, actores y gente de la industria del cine. En 1962, comenzó a premiar películas del ámbito iberoamericano. Ese año, el premio fue para la película El pagador de promesas, del brasileño Anselmo Duarte. El evento se consolidó hacia 1969: ganó El dependiente, del argentino Leonardo Favio, quien comenzaba a convertirse en un ícono de la canción latinoamericana con su vozarrón atormentado. En los años setenta vinieron Paul Morrissey a estrenar Sangre para Drácula, Roman Polanski y Jack Nicholson; en los ochenta, Barbet Schroeder; en los noventa, Werner Herzog. La historia la han contado Andrés Caicedo, Luis Ospina, Hugo Chaparro y Sandro Romero, entre otros, en sendas crónicas. “Se murmuró que Greta Garbo fue a Cartagena, pero nadie pudo verla porque siempre estuvo sola”, dice Chaparro en una de ellas.

Víctor Nieto Jr. tomó la posta de la programación en los años setenta. Era un apasionado y entusiasta que hizo mucho por darle aire al festival y llevarlo al mundo. Es célebre la historia de Luis Ospina, quien cuenta que en el Festival de Cannes de 1978 Víctor Jr. y el fotógrafo Hernando Guerrero se metieron en el cuarto del director alemán Rainer Werner Fassbinder, y terminaron tomándose unos tragos con el autor de El miedo devora el alma. Este los invitó a su cumpleaños, unos días después en París, en donde Ospina conocería a Barbet Schroeder, director de La virgen de los sicarios y Barfly, entre muchas otras.

Tras la era dorada, que tuvo gran cuota de caos en los ochenta y noventa, el festival comenzó a decaer. A pesar de su aura y de que todos hablaban de ella, la pesada sombra de nuestra realidad se cernió sobre el evento y poco a poco comenzó su ocaso. Al mediar la primera década del siglo XXI el festival se había convertido en la trasescena de los premios India Catalina a la televisión colombiana. Un buque varado en la bahía amurallada.

En 2008, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar. La llegada a la dirección de la economista Monika Wagenberg le devolvió algo de ese pasado –mitificado o no– y lo modernizó. Eso quiere decir que lo incluyó en el mundo. Que le quitó un poco ese aire de evento local encerrado en sus propias veleidades y lo volvió incluyente.

Hace apenas dos semanas terminó la edición 57, y más allá de las apabullantes cifras que citan todos los medios –número de películas, asistentes, etc.– y que no le dicen nada a nadie, es bueno dejar dicho que se trata, sin duda alguna, de un festival que ha sido capaz de conseguir un lugar y de recuperar el aura cinéfila que tuvo durante décadas. El FICCI hoy es un punto de encuentro de una industria cada vez más en ascenso que se reconoce también en su tradición para lo bueno y para lo malo. Y es un evento necesario para que sigamos promoviendo los diversos puntos de vista en un mundo diverso: de películas como la colombiana Amazona, de Clare Weiskopf y Nicolás van Hemelryck, a la china Ta’ang, de Wang Bing, el FICCI logra cumplir su promesa publicitaria de “tocar” a sus espectadores, jóvenes estudiantes en su mayoría que están allí dispuestos todos los años a meterse cinco días a ver cine para comprender el mundo. En Colombia vamos a tener que encontrar más puntos de encuentro como estos para disentir en paz. Los festivales culturales (ferias del libro, festivales de cine, ferias de arte, etc.) son una estupenda oportunidad para eso.

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