Los líderes políticos de Inglaterra y Estados Unidos en los años ochenta, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, arquitectos del neoliberalismo.

Una fe utópica y milenaria

Donald Trump no es ningún accidente. Para el periodista británico George Monbiot, es el resultado directo de las condiciones que ha generado el dominio implícito y poco visible del neoliberalismo, una ideología que, por encima de cualquier otra, ha dejado la esfera de las ideas para convertirse en una realidad global.

2016/10/26

Por Sandra Borda G.* Bogotá

Hace un tiempo fui moderadora de un debate entre candidatos a la alcaldía de Bogotá. Ya estábamos llegando al final de la discusión y leí una pregunta del público que les pedía a los candidatos que dijeran si continuarían con el modelo de recoger basuras en la ciudad que había implementado Gustavo Petro y que tantos problemas jurídicos y políticos le trajo, o si tenían en mente una forma distinta de hacer funcionar este servicio. El hoy alcalde de la ciudad, Enrique Peñalosa, afirmó que quería regresar al modelo pre-Petro y que deseaba un papel más activo del sector privado. Como moderadora, contrapregunté cómo lograría entonces evitar que los precios por la prestación de este servicio volviesen a ser tan altos.

El entonces candidato a la alcaldía no pudo ocultar su molestia y contestó con una frase que hasta hoy tengo bien guardada en mi disco duro: “Eso es pura ideología”, vociferó. Ese episodio lo continúo teniendo muy presente no solo porque me sorprendió que el entonces candidato se parara de la mesa después de la incomodidad que le generó la pregunta para pedirles a los organizadores del debate que lo acabaran en ese mismo momento, sino porque me llamó poderosamente la atención la acusación casi inquisitorial de que lo que había hecho Petro era un error porque había sido producto de lo que el denominó “pura ideología”.

Entonces entendí que Peñalosa, como muchos otros políticos en este país, se piensan a sí mismos como seres sin ideología, como gerentes pragmáticos, dueños de fórmulas que producen resultados concretos, como técnicos no contaminados por paradigmas anticuados y mandados a recoger. Son seres asépticos, que saben muy bien cómo funcionan las cosas, que han estudiado hasta la saciedad (o que aparentan haber estudiado hasta la saciedad) y tienen totalmente amaestrado el negocio de las causas y los efectos.

Este tipo de nuevo político cree que está muy por encima de los debates ideológicos, que la cuestión de los modelos de desarrollo enfrentados y la confrontación este-oeste ya está en algo superada y que estamos todos muy liberados del yugo de las doctrinas y los paradigmas. Claro, este nuevo protopolítico pasa por alto que su devoción por el libre mercado, por la privatización, por la intervención controlada y disminuida del Estado son solo creencias transformadas y presentadas como simples “fórmulas que funcionan”. En los noventa esto era “neoliberalismo” y tenía una fama atroz; hoy ya ni siquiera tiene nombre y la mayoría de nosotros lo acepta como un hecho cumplido, como un destino inevitable y como la receta que logra los resultados más aceptables.

En otras palabras, el libre mercado es hoy una idea tan aceptada, tan difundida y tan poco discutida como la idea de la democracia, la de la soberanía, la no-intervención o los derechos humanos. Todas estas ideas o grupos de ideas tienen sus problemas particulares: ninguna de ellas es perfecta, pero en una parte mayoritaria del mundo hemos llegado a la conclusión (acertada o equivocadamente) de que a pesar de su imperfección, es lo que hay…

Este es justamente el punto de partida del periodista inglés George Monbiot en su colección de ensayos titulada How Did We Get Into this Mess? Politics, Equality, Nature. Justo en la introducción a esta colección lo señala con gran claridad: “La ideología que ahora gobierna nuestras vidas (…) no solo es muy esporádicamente desafiada; sino que además es raramente identificada”. Su insistencia en este punto no puede ser más oportuna:

“El neoliberalismo se ha vuelto tan penetrante que rara vez lo reconocemos como una ideología. Parece que aceptamos la proposición neoliberal de que esta fe utópica y milenaria (que sugiere que el libre mercado despojado de la intervención gubernamental responderá a las necesidades humanas) no es más que una descripción de una fuerza neutral y natural —casi un tipo de ley biológica, como la teoría de la evolución de Darwin”.

Visibilizar este fenómeno de lo que bien podría denominarse la absoluta normalización e internalización de la idea del libre mercado es un ejercicio analítico que contiene un poder explicativo enorme. Pero antes de evaluar sus implicaciones, quiero dejar en claro que mi discusión (a diferencia de la discusión de Monbiot) no necesariamente desemboca en una demonización de la idea del libre mercado. De hecho, me parece que la contribución sobre su normalización e internalización es mucho más interesante, más sofisticada y menos fácil que la que tiene lugar en algunos de los ensayos en los que se dedica a demostrar cómo muchos de los males de la sociedad internacional contemporánea son resultado de este reinado indisputado del neoliberalismo.

Esas críticas me atrajeron mucho menos porque hoy son lugares comunes. Igual, después del Brexit y del plebiscito colombiano uno podría sentarse a cuestionar las bases de la democracia electoral, pero poco lograría porque, simplemente, es lo que hay. Nadie se ha inventado un fórmula con menos defectos, y las propuestas anteriores fallaron estruendosamente y sin que nadie pudiera evitarlo. Igual sucede con los derechos humanos (normas que uno podría criticar por individualistas y basadas en un concepto absolutamente occidentalizado del ser humano), la soberanía (principio que en ocasiones protege los abusos de los estados contra sus ciudadanos) y otros muchos que hoy hacen parte de la enredada red de la gobernanza global.

En cambio, me parece que hacer un análisis sobre las implicaciones de no reconocer esta ideología como tal, como un grupo dominante y ya casi aplastante de ideas indisputadas es una tarea mucho más interesante. Es más, la pregunta sobre cómo un grupo de ideas logra semejante nivel de consenso en lo internacional, un consenso tan profundo que nos lleva a un escenario en que ni siquiera podemos reconocer las leyes del libre mercado como una propuesta ideológica sino que más bien lo pensamos como una realidad dada y no sujeto de debate es una pregunta a la que recientemente se han dedicado con fervor los académicos de las relaciones internacionales desde las esquinas constructivistas y liberales.

En este corto espacio y solo para empezar la discusión, una implicación de este argumento sobresale en la actual coyuntura: creo que lo que para unos es la inexplicable y exótica aparición de Donald Trump en el escenario de las elecciones presidenciales estadounidenses es entendible y explicable gracias a las condiciones que ha generado el dominio implícito y poco visible de la ideología del libre mercado en Estados Unidos. Trump es, tal vez, la versión más extrema del político de la realidad posible en el escenario de esta nueva era posideológica.

Una de las narrativas más poderosas que ha utilizado la campaña del candidato republicano ha sido la de su condición de outsider, un hombre que no se ha contaminado de la clase política tradicional estadounidense (a la que sí pertenece Hillary Clinton) y que, al contrario, es un “hombre de empresa”, un “hombre de negocios”. Noten la similitud con la narrativa del “alcalde gerente”, el técnico que simplemente “sabe cómo hacer las cosas” sin enredarse en ideologías y viejos paradigmas. Trump es un hombre libre de las tóxicas ideas políticas y prefiere más bien alimentarse de sesgos raciales y de género que lo ponen muy en sintonía con la intuición (no la ideología) del votante promedio estadounidense. Más básico y natural y menos ideológico no se pone.

La idea que ha tratado de vender la campaña republicana es que la mejor opción para gobernar al país no es un político sino un empresario, una persona que ha demostrado su capacidad de amasar fortuna y generar empleo. Alguien que domina las reglas de libre mercado y que sabe bien cómo moverse por ese laberinto. Alguien que, además, sepa cómo saltar los obstáculos que la clase política tradicional le ha puesto a la libertad de transar: cuando The New York Times reveló que Trump lleva más de una década sin pagar impuestos, también quedó claro que no es un evasor ni ha cometido ningún delito. Sencillamente, quedó claro que es hábil a la hora de buscarle huecos a la normatividad tributaria. Si los impuestos son una intromisión del Estado en el funcionamiento del libre mercado, la propuesta de Trump es buscar cómo evadir esta “restricción a su libertad empresarial” sin delinquir.

Habrá quien diga que Trump, en su propuesta económica (si se le puede llamar así), es proteccionista y que, por tanto, no puede ser hijo del tiempo neoliberal pero posideológico del que habla Monbiot. Aquí hay que tener en cuenta un par de cosas: la primera es que esta ideología siempre ha estado plagada de contradicciones y hasta de grandes hipocresías, como señala Monbiot. Por esa razón, a Trump no le cuesta gran trabajo hacer dialogar a su yo empresarial con su yo populista: puede pedir proteger a la industria automotora estadounidense frente a la competencia internacional, y al mismo tiempo puede sugerir acabar con el Obamacare y reemplazarlo por una reforma sanitaria que estimule más la libre competencia.

La segunda es que, en el argumento de Monbiot que evalúo aquí haciendo uso del surgimiento de la figura de Trump como candidato presidencial con opciones, la plataforma es lo que menos importa. Lo clave es que esta nueva aceptación inconsciente de las reglas del libre mercado como parte de la gobernanza global y local permite un fácil tránsito hacia la consolidación de este tipo de apolíticos asépticos y aparentemente desideologizados. Un mundo que parece haber superado las ideologías, aunque sea un mundo profundamente sumido en el dominio y a veces dictadura de una sola de ellas, es el espacio perfecto para políticos-empresarios, políticos-gerentes, políticos incapaces o sin deseos de reconocer el marco conceptual en el que se enmarcan los manuales de instrucciones que traen en el bolsillo y que prometen ser la fórmula secreta para hacernos más ricos y más felices. Si los políticos de antes nos vendían humo con sus ideologías, por lo menos en ese entonces podíamos identificar el humo cuando lo veíamos. Hoy, ya ni siquiera lo vemos y tiene más cara de ser el mismísimo aire que respiramos.

*Periodista.

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