Baptist Town, Estados Unidos. Un mural dedicado a Robert Johnson. / El legendario compositor y guitarrista Robert Johnson (1911-1938).

El Misisipi de Robert Johnson

Según cuenta la leyenda, el guitarrista Robert Johnson vendió su alma al diablo en un cruce de caminos para alcanzar la gloria. Su historia, hoy un mito fundacional de la música norteamericana, inspiró a Sandro Romero Rey a recorrer la ruta del blues en Estados Unidos para conocer el lugar donde el joven Johnson realizó el pacto faustiano.

2016/12/09

Por Sandro Romero Rey* Bogotá

A los jóvenes todo nos llega tarde: tenía 11 años la primera vez que oí una canción de Robert Johnson, gracias a los Rolling Stones. Estaba incluida en el álbum Get Yer Ya-Ya’s Out! de 1970. Yo no había terminado de nacer. Cuando volví a identificar el mismo tema, en la película Gimme Shelter, con las lentas imágenes de Mick Jagger en primer plano comenzó, sin saberlo, mi amor por el blues. A los 11 años, uno no puede ser especialista de nada, sino tan solo un curioso imprudente. Con los años, fui descubriendo que el crédito “Johnson” estaba escondido en algunas de las canciones que hicieron feliz mi adolescencia (las de Led Zeppelin, las de Cream). Es muy probable que no exista corazón sensible sin conmoverse con los solos de la canción Crossroads (compuesta por Johnson) del álbum Wheels Of Fire (ahora me desayuno con la noticia de que el solo de Eric Clapton en dicho tema es uno de los diez mejores de todos los tiempos). Así que, cuando uno se emociona hasta paroxismos insospechados con estas músicas de los mil demonios, no queda más remedio que averiguar un poco más al respecto.

No voy a contar la historia de Robert Johnson, porque la leyenda de aquel muchachito asesinado en 1937 a los 27 años (sí: el primero del famoso “club de los 27”, junto a Jimi, Janis, Brian, Amy, et al) por un lío nunca explicado, nos ocuparía un libro entero. Lo importante aquí es que el entusiasmo por su misterio se consolidó en mi vida, muchos años después, cuando vi la película Crossroads del director Walter Hill (no confundirla, por favor, con la película debut de Britney Spears). Allí se cuenta la historia de un chico (Ralph Macchio) que va en busca de un tal Willy “Blind Dog” Brown (muchos de los héroes del blues se llaman Blind y algo más). Cuenta la leyenda que Robert Johnson, en dos sagradas jornadas, grabó en Texas 29 canciones que se convertirían en himnos de la música negra norteamericana. En la película, el joven y el viejo músico huyen hacia el sur de Estados Unidos, al delta del Misisipi, para descubrir el cruce de caminos donde Robert Johnson le vendió su alma al diablo y pudo convertirse en un músico perfecto. Según lo registraba mi mala memoria, el viaje del film tenía como objetivo encontrar la canción número 30 que había desaparecido sin dejar rastros. Es posible que me equivoque. El argumento que leo en internet no es el mismo de mi memoria. En lo que sí no me equivoco es en el recuerdo final del duelo de guitarras entre el pequeño Macchio y el demonio interpretado por Steve Vai. Pero no nos desviemos por la autopista de los entusiasmos lejanos.

Pasarían las décadas y el tiempo me enseñaría a peinar plateadas canas. Pero la oportunidad la pintan calva. A lo largo de mi vida me había llenado de pecados y veía poco probable llegar al crossroads sin vender mi alma. Así que decidí hacer un pacto con la abogada del diablo: antes de irnos al infierno, deberíamos encontrar el famoso cruce de caminos que había inmortalizado la música, el cine, la literatura. El viaje, sin embargo, tiene sus riesgos, ya que corres el peligro de una nefasta eternidad. Por fortuna, la abogada del diablo supo protegerme del maligno para vivir la aventura sin las consecuencias del arrepentimiento. “Lo mejor –dijo ella– es relajarse y gozar. Déjate llevar”. Así lo hice. En un verano infernal quemé mis naves y partí con la abogada a Estados Unidos de América, siguiendo la ruta del blues. La regla: estaba prohibido pelear y solo nos detendríamos donde nos llamara la música. Comenzamos en Nueva York, visitando el Teatro Apollo de Harlem, donde todos los grandes intérpretes de la música negra habían pisado su escenario sagrado. Por desgracia, no había función esa noche pero, en la mañana, nos sirvió de guía el legendario (todos los que tienen que ver con el rock y sus primeros padres son legendarios) Billy “Mr. Apollo” Mitchell que nos hizo acariciar “el árbol de la esperanza”, un viejo tronco que le trajo la suerte a Smokey Robinson, a Michael Jackson, a James Brown. Si lo que se busca son raíces sonoras, lo mejor es quedarse a vivir en la capital del mundo. Allí visitamos el edificio Dakota, donde mataron a John Lennon, fuimos a un concierto de otro mundo con otro legendario (bueno, también podríamos llamarlo el mítico y estaríamos acordes con los adjetivos de moda), el irlandés Van Morrison. En fin, nos pusimos nuestras galas para ver a Tony Bennett y Lady Gaga en el Radio City Music Hall, paseamos por St. Mark’s Place, donde se filmó el video de “Waitin’ On A Friend”, de los Stones, y se fotografió la tapa del álbum Physical Graffiti, de Zeppelin. Y ni nos imaginamos que David Bowie estaría preparando sus maletas finales cuando atravesamos los andenes de Lafayette Street. Pero Nueva York no era nuestro destino final.

Días después, tras perder las conexiones, tomamos un avión para besar Chicago. Ir al 2120 South Michigan Avenue, donde quedaban los míticos, los legendarios estudios de Chess Records, es anticipar el encuentro con el crossroads. Allí grabaron todos los grandes del rhythm and blues (Little Walter, Chuck Berry, Etta James y un larguísimo etcétera, lugar inmortalizado en un tema instrumental de los Stones y en la película Cadillac Records, de Darnell Martin). En la actualidad, hay un modesto museo cuyo guía es… ¡el nieto del legendario Willie Dixon! Chicago es la ciudad donde la historia del blues se consolidó. Allí llegaron los grandes intérpretes del Delta (no hay que confundir el delta geográfico del Misisipi con el delta musical del Misisipi: son lugares muy distintos) y allí demostraron sus respectivos genios gracias, entre otros, a la visión de los hermanos Chess, judíos polacos que supieron exprimir el limón de sus jugos musicales. Con la abogada del diablo fuimos de la Ceca a la Meca, de la casa abandonada de Muddy Waters al Buddy Guy Club (donde, una noche antes, ¡habían ido de visita los Rolling Stones, a escuchar al hiperlegendario Jimmi Johnson de 86 años!), de las fronteras del oscuro barrio de Bronzeville a las ruinas del Checkerboard Lounge (una vez más los Stones: allí tocaron con Muddy Waters en 1981; hay un hermoso registro), del Kingston Mine al Green Mill donde Al Capone cuadraba sus cuentas. Chicago es fascinante, pero había que seguir y la abogada del diablo sabía que nuestros días estaban contados.

Volamos a Atlanta. Allí nos esperaba una amiga de otros tiempos: la querida artista KLM. Ella, infatigable, preparó algunos sándwiches y 200 canciones. Sin pérdida de tiempo, calentó los motores de su nave y pronto nos vimos atravesando el estado de Georgia. Cruzamos como una tromba el estado de Alabama (a lo lejos, vimos los estudios de Muscle Shoals, donde se había grabado lo mejor de la música de los sesenta-setenta, incluidas Wild Horses y Brown Sugar), hasta llegar al estado de Misisipi donde, según cuentas, estaba el crossroads. ¿Estaba? No es tan fácil. Hay cientos, miles de crossroads. Los cruces de caminos, por lo demás, han sido reivindicados por cada lugareño como “el verdadero” lugar de iniciación de Robert Johnson. De hecho, la posible tumba del autor de Love In Vain existe en tres lugares distintos y hay que escoger alguna de ellas para tener el acto de fe, aceptando que allí reposan sus restos. Lo mismo sucede con el punto de encuentro entre Mr. Johnson y el diablo que le enseñó sus acordes. Según averiguó KLM, el sitio simbólico está en la ruta hacia Clarksdale, un pueblo perdido, a 104 grados de temperatura en el verano, donde los seres, al parecer, se esconden debajo de la tierra.

Para llegar a Clarksdale hay que tomar la famosa Highway 61 que Bob Dylan inmortalizó en su álbum canónico de 1965, el Highway 61 Revisited, donde suena, entre otros prodigios, su Like A Rolling Stone. KLM aceleró su vehículo, mientras la abogada del diablo y yo nos guiábamos por los mapas de la emergencia. Habían pasado más de 12 horas sin detenernos (tan solo para hacernos fotos en la casa natal de Tennessee Williams). Cualquier desmayo podía suceder si no tomábamos un respiro. Estábamos a punto de desfallecer, cuando un monumento de guitarras eléctricas hizo que nos detuviéramos: en el cruce entre la Highway 61 y la 49 estaba la evidencia. Era el lugar del viejo pacto. “Es allí”, dijo la abogada, entre lágrimas. “Pero en este libro dice…” intenté alegar. “Es allí y punto”, la apoyó KLM. Entre mujeres siempre se apoyan. En efecto, allí era. Pero el monumento de azules guitarras y el siglo XXI no le ayudaban en nada a mi nostalgia. La cuna del blues no podía ser aquel impreciso cruce de caminos donde ya no hay polvo sino asfalto.

Pronto lo confirmamos: los verdaderos rastros de la génesis del blues están en Clarksdale donde, en efecto, pareciera que no viviese nadie, sino placas conmemorativas: a W.C. Handy (otro “padre” del blues, nacido en 1873, 38 años antes que Robert Johnson), a Wade Walton, o las ruinas de barberías y del Blue’s Club, donde la mierda petrificada de sus baños indica que allí no se canta desde hace más de un siglo. Por fortuna, almas locales, como la del actor Morgan Freeman, se han encargado de construir sitios como el Ground Zero Blues Club, para perpetuar la memoria de un sonido que sigue vivo gracias a las grabaciones que lo volvieron eterno.

Walkin’ Into Clarksdale”, dije para mis adentros, parafraseando un álbum olvidado de Robert Plant y Jimmy Page. El día que llegamos al pueblo era domingo. Es muy probable que sus habitantes estuviesen cantando en las iglesias, porque el blues es un asunto de dios y el diablo en la tierra del sol. Así que caminamos en silencio, como si la vida se hubiera detenido. Lo mejor: visitar el Delta Blues Museum (mucho más hermoso y auténtico que el de Memphis, Tennessee, donde habitan más míticos y más legendarios). Las puertas se estaban cerrando y un lejano olor a marihuana nos indicó que el día estaba terminando a mediodía. Pero nos dejaron entrar, ni más faltaba, gracias a los buenos oficios de la abogada del diablo. Allí hay de todo lo que necesita el fanático: las guitarras del cantante Son House, la lápida del reverendo Fred McDowell (el autor de You Gotta Move, con su nombre mal escrito), la reconstrucción de la cabaña donde nació McKinley Morganfield (el futuro Muddy Waters) y, sobre todo, el carro-grabadora de Alan Lomax, el musicólogo que salvó del olvido las glorias sonoras de sus primitivos pobladores. Y, claro, chaquetas, sombreros, púas, amplificadores, junto a la colección de armónicas de Sugar Blue, quien acompañó a los Stones en dos de sus álbumes gloriosos. Al salir, la abogada y KLM descubrieron el Riverside Hotel, donde murió Bessie Smith y donde vivieron Ike Turner o Duke Ellington. Igual, nos cruzamos con el New Roxy, donde cantaba Sam Cooke y, para completar, identificamos los mejores paisajes narrados en el libro The Chitlin’ Circuit And The Road To Rock’N’Roll, de Preston Lauterbach, verdadera guía de la epopeya de los músicos negros de Norteamérica.

¿Satisfechos? Claro que no. Había que regresar al crossroads y mirar hacia el horizonte. Si vas en busca del blues, el camino debe continuar en Memphis. Estábamos exhaustos, pero decidimos buscar un hotel en Tennessee, porque KLM debería regresar a la realidad de Atlanta. Llegamos cuando el sol estaba desapareciendo y vimos el atardecer frente al río. A decir verdad, yo no estaba para paisajes y supliqué que no perdiéramos el tiempo en postales, porque quería conocer Graceland, la mansión donde vivió y murió el Rey del Rock’n’Roll. Cuando llegamos, era de noche y traté de saltar las rejas con notas musicales que protegen el templo, al igual que el protagonista de la película argentina El último Elvis. Pero mis amigas no me dejaron y me encerraron en el Days Inn, un motel al frente de Graceland, con fotos de Su Majestad y piscina en forma de guitarra. Al día siguiente, fuimos al museo Presley, una suerte de Disneylandia de la música, con las tumbas del genio y de sus padres y abuela (en el llamado “Jardín de la meditación”), rodeando establos, osos de peluche y salones de otros tiempos, con miles de discos de oro y platino, columnas griegas, leones de yeso y oficinas congeladas, monumento a eso que antaño llamaban kitsch y que ahora es la evidencia del triunfo de la banalidad. Un par de horas después, corrimos al Sun Studio, una construcción sencilla y prudente, donde el joven Elvis Presley, de la mano del productor Sam Phillips, grabó sus primeras obras maestras. Allí hay afiches y consolas, con acetatos astillados en el piso, recordando las iras del gestor de Elvis Aaron, cuando las tomas no eran de su agrado. Y claro. Uno no puede evitar echarle una mano al micrófono con el que se grabó That’s Alright (Mama) porque en ese objeto, de alguna manera, está la síntesis de todo: del 2120 South Michigan Avenue, de Clarksdale, del cruce de caminos, del góspel o de la devil’s music.

Tan felices estábamos que tomamos de nuevo la carretera para llegar, en un nuevo atardecer, a la casita en Tupelo (Misisipi) donde había nacido el pequeño Elvis, en un helado invierno de 1935. Media hora después, nos esperaba el camino a Atlanta. Durante el trayecto, nos detuvimos en distintos crossroads y en todos encontramos vestigios de ese particular macondo del blues. No existe un crossroads como no existe la casa de la familia Buendía. Existe, eso sí, la música. Y sus intérpretes, sus bares, Beale Street en Memphis, el B. B. King Club con su Blind Mississippi Morris o el Clermont Lounge en Atlanta, con sus reinas ensopadas en ginebra, como reza la canción Honky Tonk Women, aplastando las latas de cerveza con sus tetas. Yo estaba satisfecho, pero la abogada del diablo insistió en que el viaje no era completo si no le rendíamos culto a alguna mujer. “Nos falta la casa de Ma Rainey”, dijo, feminista. Al día siguiente, tomamos la ruta de Columbus, en las cercanías de Atlanta. No nos tomó mucho trabajo encontrar la morada de la madre del blues en los años veinte. Cuentan las malas lenguas que Ma Rainey era analfabeta, negra, fea y lesbiana. Pero fue una eficaz empresaria, dueña de teatros, agente de músicos, paciente administradora de “el circuito del chunchullo” (la triste broma viene de las rutas que hacían los negros por las carreteras norteamericanas, haciendo hogueras para alimentarse de las peores vísceras, porque en los hoteles no los recibían). Ma Rainey venció la dieta del chunchullo. Como la vencieron los cientos de músicos que se inventaron un sonido que trascendió fronteras, para luego convertirse en el folklore del planeta Tierra.

Tras su retiro de los Rolling Stones, el bajista Bill Wyman se ha dedicado, entre otras actividades, a la escritura. Uno de sus libros (con documental de complemento) es el prodigioso Blues Odissey. A Journey To Music’s Heart & Soul (DK Publishing, 2001). Allí se da cuenta de la gesta sonora que nació en las cloacas de un país excluyente y terminaría en los cielos de la universalidad. De alguna manera, el Premio Nobel a Bob Dylan es un reconocimiento al cruce de caminos donde la música y la literatura descubrieron que, en el fondo, son rutas a la felicidad o a la tristeza, construidas con las mismas piedras de lo que hoy por hoy llamamos Arte. El tiempo ha seguido su curso, pero los homenajes no cesan: Greil Marcus escribió uno de los más grandes libros sobre la historia del rock titulado Like A Rolling Stone: Bob Dylan At The Crossroads; Martin Scorsese produjo siete documentales sobre la historia del blues en todos sus extremos; Eric Clapton ha grabado dos álbumes con apoyos audiovisuales en homenaje a Robert Johnson; Keith Richards se quita el sombrero ante sus maestros, en su película Under the Influence; los Stones se reinventan, 54 años después, con el álbum de covers titulado Blue & Lonesome. Al parecer, el pacto con el diablo en el cruce de caminos no es una leyenda sino la constatación de una evidencia: la certeza de que este mundo sería un lugar inhabitable si no lo hubiera calentado el demonio con sus canciones inmortales.

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*Escritor. Su libro más reciente es Memorias de una cinefilia (Siglo del Hombre, 2015). 

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