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Unas palabras de Humboldt para Brigitte Baptiste

Roberto Palacio, columnista invitado de 'Arcadia', responde a una entrevista con la bióloga colombiana publicada en este mismo medio.

2017/05/22

Por Roberto Palacio

Es tocante lo poco que a algunos de nuestros científicos les gustan las explicaciones científicas. Somos una sociedad en la cual en medio del desespero de que la cultura popular no pueda adoptar elementos de una visión científica, hemos optado por que la ciencia hable como le gusta a la cultura popular y a la corrección política.

Es el caso de Brigitte Baptiste (BB), la directora del Instituto Alexander von Humboldt en sus declaraciones ante este medio y en la FILBo 2017. Uno no puede poner a la ciencia a decir lo que uno quiere para indicar que las tomas de posición personal son “naturales”. No debato las elecciones de vida; pero la ciencia no versa sobre ellas. O, si se quiere, ese es justamente mi punto. “Se nos olvida que la función de la naturaleza es producir diferencia”, dice BB. Su propia diferencia con respecto a los demás debe caber dentro de esta forma de diversificación, de donde se sigue que la naturaleza nos da una gran enseñanza de tolerancia. Suena como una lección digna de nuestros niños. Pero quizá la primera lección debería ser la de la corrección científica, la de ser precisos y puntuales al no jugar con la ambigüedad en la palabra “diferencia”, error que se ha cometido con la biología ya muchas veces. Una cosa es hablar de diferencia en el concepto de “diversidad biológica” y otra en términos de género. Con los mismos elementos del argumento de BB podemos decir que en la sociedad es correcto que el grande se coma al chico; lo hemos visto de mil maneras en la naturaleza. Se trata de un error tan célebre que tiene un nombre: la falacia naturalista, la tentación de darles validez ideológica o social a los comportamientos que creemos leer en la naturaleza.

Claro que la naturaleza crea diversidad –aunque no la que menciona BB–. En biología se habla de diversidad en el sentido de cantidad de especies en un ecosistema, de variaciones dentro de una misma especie. Ha de entenderse, por cierto, que esa diversidad se resalta sobre el fondo de una red de similitudes. Cuando se revisan los diarios de Darwin en su viaje a las Galápagos, es justamente esta la pauta que progresivamente lo llevó a la teoría de la evolución: la diferencia en medio de una matriz común. Muchas especies compartían patrones; una cabeza, cuatro miembros. Debían haberse desprendido de un linaje común. De allí la idea de que son modificaciones de un mismo tema.

Tiene razón BB en un punto, aunque curiosamente lo usa en sentido contrario: la ciencia nos expone a hechos que causan incomodidad. Uno de ellos, por ejemplo, aquel contra el que arguyó la feminista Ruth Bleier: la diferencia que la neurología había encontrado entre el cerebro de los hombres y el de las mujeres en la década del noventa. A Bleier no le gustaba la afirmación de que no somos idénticos, de allí que la ciencia debía ser errónea. Pero como bien lo ha señalado la filósofa norteamericana Susan Haack: cuando no nos gusta un resultado científico refutémoslo por las pruebas y los hechos, no porque sea contaminante de una ideología sagrada. A la naturaleza le importa un bledo nuestra corrección política… o si nos vestimos de hombres o de mujeres.

Hay que ser más cautos; hace mucho las ciencias físicas se encaminan a hacer comprensibles las sociedades humanas a la luz de las grandes preguntas de la biología, como lo hace E.O. Wilson en la Conquista social de la Tierra. Wilson ha explicado, por ejemplo, el intrincado juego de fuerzas que se deriva del hecho de ser egoístas y altruistas al tiempo, un resultado evolutivo dada la manera en que somos seleccionados tanto como individuos como a nivel grupal. La dinámica resultante explica mucho de lo que nos define: la manera en que jugamos buscando ganar pero actuando como equipo; las interacciones en el trabajo. Y también, cómo no, por qué un grupo de primates homínidos se sientan juntos a comer, a rezar o a escuchar una conferencia en un auditorio atestado.

Podríamos bien enseñarles también a nuestros niños esta visión integrada de la ciencia natural y social. BB cree que es inadecuado o imposible:

“Me causa perplejidad cuando tratamos de llamar a los comportamientos humanos naturales o antinaturales, porque cómo podemos juzgar lo natural en lo humano, con qué criterio. Por ejemplo, la tecnología no es muy natural, ni mucho de lo que hacemos. ¿Es natural tener religión? ¿O este auditorio?”.

Si se quieren lecciones para los niños, el mismo Humboldt tenía unas bastante valiosas. En su Esquema para una descripción física del Universo da pasos en una dirección contraria a la de la directora del instituto que lleva su nombre; los fenómenos humanos son naturales:

“Al hacer un estudio de los fenómenos físicos, no solo en sus aspectos materiales sino en su influencia intelectual sobre el avance de la humanidad, encontramos que el resultado más noble e importante es el de las conexiones (...) es la percepción de estas lo que exalta nuestras visiones y ennoblece nuestros gozos”. 

Ha pasado el tiempo en que una visión del hombre hermanado con otras especies era denigrante y por una vez en la historia de las ideas, si lo que se quiere es tomar de la biología una lección, no es preciso esconderse para decir que somos un hilo más entre los muchos que tejen la vida. En esta visión, como lo diría el genetista Richard Dawkins, también hay grandeza.

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