Esta foto hace parte del archivo personal de Llinás. No recuerda quién se la tomó, dónde estaba ni cuántos años tenía.

La pregunta difícil de Rodolfo Llinás

Un relato sobre el proceso detrás de la escritura, sobre lo que llevó al autor a escribir este libro, sobre las piezas claves con las que fue construyendo su propia versión del neurocientífico más importante que ha tenido Colombia.

2017/12/12

Por Pablo Correa* Bogotá

Tenía la intención de escribir, a la par de la biografía de Rodolfo Llinás, un diario sobre el proceso de escritura del libro. No por ínfulas de escritor, sino porque tengo mala memoria e intuía que el camino iba a ser largo. Terminé el libro después de tres años de robarles tiempo a los amigos, a la familia, a mi novia; de rematar los días de trabajo en El Espectador con unas horas extra en mi casa; de invertir los fines de semana, los festivos y las vacaciones que pedía para avanzar un poco más rápido. El diario, en cambio, murió en la segunda entrada. Pero al menos alcanzaron a quedar plasmadas las primeras impresiones de lo que pretendía con el proyecto.

La primera entrada, del 13 de abril de 2015, tres meses después de que me embarqué en la biografía de Llinás, la escribí tras reunirme con Liliana Ramírez, mi profesora de Literatura de la Universidad Javeriana. Había leído en su clase Hasta no verte Jesús mío, de Elena Poniatowska, y me había quedado una profunda impresión de las texturas que se pueden lograr mezclando literatura y periodismo.

La nota de ese día dice: “Me habló sobre la necesidad de contemplar la construcción de las subjetividades y posiblemente también de la memoria. Ambos temas, ampliamente abordados desde la literatura, atraviesan las neurociencias. El cerebro y el mito del yo es precisamente eso, una crítica desde las neurociencias a las nociones tradicionales del yo. Más aún, un reclamo para que sean destruidas las nociones más arraigadas en nuestra cultura. La biografía de Llinás puede ser eso también”.

Después de la reunión con Liliana, salí directo a comprar la biografía que escribió Poniatowska sobre su esposo, Guillermo Haro, el padre de la astronomía mexicana. El universo o nada fue el precioso título que la Princesa Roja le puso a su libro. En las semanas siguientes sumé otras biografías a la pila de libros por leer: una de Einstein, otra de Tesla, una de Turing, una autobiografía de Santiago Ramón y Cajal. Gravitando sobre todas estaba The Stranger Man, sobre Paul Dirac, que había devorado unos meses antes.

La segunda y última nota de ese diario, escrita el 15 de abril, dice: “Leo a Llinás y pienso que a nuestra cultura, a nuestro sistema educativo, les toma demasiado tiempo interiorizar los nuevos paradigmas de la ciencia. ¿Qué consecuencias tiene seguir pensando en forma dualista la mente y el cerebro? ¿De qué manera pueden cambiar la vida propia, la ética, las costumbres, entender estas nuevas ideas? ¿Son necesarias?”.

Ahí murió mi intento de autorreflexión. La lista de tareas para escribir la biografía se tragó ese propósito y se tragó mi vida por tres años. Tenía que buscar a los familiares de Llinás, rastrear datos genealógicos, recopilar su material científico, buscar amigos y contradictores, visitar lugares significativos.

Arturo Alape, autor de El Bogotazo, un viejo sabio y gruñón que murió hace unos años, nos decía a sus alumnos de la Javeriana que la forma de los libros la va dictando la investigación. Esa idea me ayudó a esperar con paciencia una arquitectura para el mío. No fue un plan premeditado. Fue surgiendo a la par de la investigación, como lo pregonaba Alape. Después de las primeras lecturas y entrevistas, tuve un plan cada vez más claro.

La otra enseñanza que me dejó Alape es que en el ejercicio de reportería existen, en algún lugar, a veces escondidos, personajes que son guardianes de la memoria. Tuve la suerte de no tener que buscar mucho para encontrar al mío. Al tocar la puerta de Patricia Llinás, la hermana menor de Rodolfo, descubrí instantáneamente que ella sería mi guía en los laberintos de la memoria familiar y casi personal de él. El tapete de su casa, frente al que nos sentamos a hablar por horas, es la piel de un oso polar que compró su papá en un viaje a Canadá en los años cuarenta, y en el cuarto del fondo de su apartamento guardaba desde el carné universitario de su hermano hasta un libro de psiquiatría de su abuelo.

Patricia ha sido maestra de teatro por más de 30 años y esa formación dramatúrgica resultó una brújula para navegar en la memoria familiar buscando claves de lectura para entender la personalidad y el trabajo de su hermano. Recuerdo que al final del primer encuentro me dijo: “Te voy a enseñar a querer a los Llinás”. Patricia abrió frente a mí un baúl de recuerdos que me permitieron reconstruir esa esfera familiar.

El otro gran pivote para la reconstrucción de la vida de Llinás estaba en manos de su escudera en la Universidad de Nueva York. Mary Clarke, quien lo ha acompañado por varias décadas, guardaba un archivo digital en el que estaban organizadas, año por año, todas sus publicaciones científicas; desde 1962 hasta 2015. Son más de 500 artículos. Revisar lo que había ahí me tomó varios meses, pero resultó ser un gran tesoro. La historia de las ideas de Llinás está codificada en ese lenguaje científico árido, envuelta en datos, ecuaciones y gráficos, pero al final de cuentas lo que encontré fueron documentos historiográficos valiosísimos. Son textos con fechas exactas. Contienen nombres de colaboradores. Tienen datos científicos precisos. Son exhaustivos y están concatenados cronológicamente. Mientras los leía iba emergiendo ante mí el plano entero de sus búsquedas científicas que apuntaban siempre a la misma gran pregunta: cómo emerge la conciencia del tejido nervioso. El neurofilósofo David Chalmers la llama “la pregunta difícil”. Si uno toma sus anécdotas de niño y adolescente, así como su trabajo científico por más de 50 años, se encuentra con un personaje “poseído”, en busca de uno de los secretos más esquivos de la biología.

Entrevisté a Llinás en repetidas ocasiones. Lo visité en Nueva York y también en el laboratorio de Woods Hole, Massachusetts, donde se refugia cada verano para seguir trabajando sin pausa durante sus vacaciones. Nos vimos un par de ocasiones en Bogotá y lo atormenté con preguntas por teléfono varias veces. Conocí a su círculo de personas más íntimo. Viajé hasta el desierto de Arizona para buscar a un comerciante de venenos de araña que en algún momento le vendió uno que le permitió descubrir los canales de calcio tipo P en las neuronas. Busqué a sus discípulos y a sus contradictores. Pasé un par de días en Iowa, en la mitad de la nada, donde comenzó su carrera. Mis herramientas siempre fueron las del periodismo, las que he aprendido a usar en 13 años de trabajo en El Espectador, y que básicamente se reducen a preguntar con curiosidad y un interés sincero por el otro.

Llinás no es un tipo fácil. Es temperamental. Es caprichoso. Es intimidante. Las preguntas sobre ciencia siempre estuvo dispuesto a resolverlas. Las preguntas más íntimas las rehuyó con astucia. Herman Moreno, uno de sus discípulos, describió a Llinás como un hombre que intenta “aislarse de la condición de humano. El tipo se pone una coraza”. Siempre estuve frente a esta coraza. De nuevo, fueron personas cercanas a él quienes me abrieron ventanas a esas habitaciones más íntimas.

En una de esas habitaciones sigue viviendo un niño curioso de 80 años. En otra, un padre amoroso. Cuando le permití ver el primer borrador, hizo muy pocas observaciones sobre sus ideas y trabajos científicos. En cambio refunfuñó en los párrafos en los que se revelaba alguna debilidad o rasgo personal que no coincidía con su autoimagen. El libro, creo, deja abiertas esas ventanas para que el lector saque sus propias conclusiones. Pero en ciencia, como ocurre en el arte, no tiene mucho sentido mezclar la personalidad con la obra. Las ideas de Llinás deben ser juzgadas en un tribunal en el que no existan prejuicios.

Sin embargo, la vida familiar, personal y la labor científica de Llinás resultaron más fascinantes de lo que esperaba. Sus antepasados fueron guerreros y médicos, algunos con rasgos que rayaban en la desmesura. Su vida personal está repleta de anécdotas insólitas, como cuando intentó aislar cerebros de animales de sus cuerpos para verificar si mantenían conciencia y los directivos del National Institute of Health de Estados Unidos, de los que recibía financiación, le ordenaron suspender esos trabajos. Pero lo cierto es que en Colombia hemos admirado a Llinás sin saber exactamente por qué. Sin saber, por ejemplo, que sus descubrimientos en neurofisiología llevaron a un cirujano suizo, Daniel Jeanmonod, a operar algunos pacientes con trastornos mentales, como esquizofrenia, con resultados sorprendentes, que al menos ameritarían una discusión más allá del silencio en que han permanecido envueltos.

Llinás, como lo anotó el ministro Alejandro Gaviria durante el lanzamiento del libro, no encaja en la figura del intelectual periférico principalmente porque hay “un atributo de su personalidad que resalta sobre los demás: el arrojo, la seguridad en sí mismo. Llinás es la antítesis del intelectual periférico. No tiene miedo. No es Caldas temblando ante Humboldt”. Al reconstruir su trayectoria científica, desde que buscó al matemático italiano Carlo Federici en la Universidad Nacional, siendo un adolescente, para aprender los rudimentos del cálculo proposicional, hasta su amistad con el codescubridor del ADN, James Watson, con Noam Chomsky y en su momento con John Eccles, ganador del Premio Nobel de Medicina, queda claro que Llinás siempre se ha sentido de la misma altura intelectual que todos ellos. Y creo que ahí hay una lección para nuestro famélico sistema de ciencia y tecnología. Llinás diría, reviviendo una frase de uno de sus primeros maestros en neurociencias: “Lo que un bruto puede hacer, otro bruto también lo puede hacer. Hágalo”.

En su libro El cerebro y el mito del yo, Llinás escribió a propósito del cerebro: “Si aceptamos que se trata de un sistema cerrado y único, ello implica que es una forma diferente de expresar todo. En otras palabras, la actividad cerebral es una metáfora para todo lo demás. Tranquilizante o no, el hecho es que somos básicamente máquinas de soñar que construyen modelos virtuales del mundo real”.

Aspiro a que este libro, que no es más que un intento por divulgar las ideas y descubrimientos de Llinás, contribuya a que nuestra cultura y sistemas educativos integren con un poco más de apremio esta frontera científica. Y, en el caso del lector, que las ideas de Llinás sacudan sus nociones más arraigadas del yo.

*Periodista científico. Editor de la sección Vivir del diario El Espectador.

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