V.S. Naipaul nació en Chaguanas, Trinidad y Tobago, en 1932.

V. S. Naipaul: Salir de las tinieblas

Desplazado por la corrientes migratorias del Imperio británico, el escritor de ascendencia india nació en la isla de Trinidad, en 1932. Su condición colonial, así como su desarraigo, han marcado su obra literaria, en la que la agudeza y el desprecio conviven en un esfuerzo por alumbrar las miserias de la condición humana.

2017/04/22

Por Javier Ortiz Cassiani* Cartagena

Tu luz brillará con más intensidad si imaginas el mundo de donde provienes como un lugar de tinieblas. Cuando el escritor V. S. Naipaul salió de Trinidad en 1950 a estudiar Literatura en Oxford con una beca oficial, ese territorio —donde había nacido, en 1932— estaba bajo el control de los británicos, e India —la tierra de sus abuelos— apenas llevaba tres años de haberse independizado de ese mismo imperio. Su vida y su carrera literaria, que en su caso son lo mismo, estarán marcadas por esta situación.

India era un lugar remoto, y lo poco que sabía de la dolorosa migración de sus antepasados al Caribe lo había leído, sin tomar conciencia de ello, en algunos de los cuentos y relatos que escribía su padre —un periodista autodidacta y escritor de poco éxito—. Trinidad tenía aproximadamente 400.000 habitantes; 250.000 eran gente negra, descendientes de los esclavos que habían traído del continente africano para laborar en las plantaciones, y 150.000 eran migrantes de India, hindúes y musulmanes, que llegaron a finales del siglo XIX con la promesa de un contrato de cinco años para trabajar en una hacienda y un pasaje de regreso o una pequeña parcela de tierra para los que preferían quedarse.

Aquel joven de nombre impronunciable, Vidiadhar Surajprasad Naipaul, con apenas 18 años, de repente se encontraba con sus ambiciones literarias y sus complejos, en pleno corazón del imperio. El mundo que dejaba atrás le resultaba oscuro y hasta vergonzante, y esa oscuridad se convertiría en los temas que dominaría como escritor.

La literatura que llegó a sus manos, aquella que había leído en la isla, sucedía en otros escenarios que no se parecían en nada a lo que él conocía. Charles Kingsley, Aldous Huxley, Somerset Maugham, Charles Dickens, Julio Verne dibujaban un mundo que no ocurría en su espacio, que le era ajeno. Para él, sin embargo, nada le daba más luz que la influencia del cine. Sin la posibilidad de ver en la pantalla grande la producción de Hollywood en los años treinta y cuarenta, sin ninguna duda, “habría sufrido una indigencia espiritual”, aseguró.

Los mejores estudiantes podían acceder a cuatro generosas becas financiadas por el gobierno colonial. Enviaban un examen desde Inglaterra que luego iba de vuelta para ser calificado. Quien obtenía la beca podía estudiar en cualquier universidad del Imperio británico. De modo que hasta allá llegó becado para adelantar estudios de inglés en Oxford, sin otra pretensión que dominar el oficio de la escritura. Pero nada ocurrió en tres años, no encontraba la voz que le diera el impulso a sus letras. No se hizo escritor en Oxford. Ni los autores ni el inglés que estudiaba ni la ciudad le significaban nada, no ocurría la epifanía, en aquellos días no hubo magia.

Tampoco la hubo en los días siguientes. Triste y sin dinero, llegó a Londres con 6 libras en el bolsillo, y en la espalda, el mismo terco deseo de ser escritor. Dormía en un oscuro sótano, pensaba en las distintas formas de narrativa, en la ficción, en la novela, se abrazaba a su sueño melancólico, y después de largos meses de depresión, encontró la fórmula, el camino inédito a su escritura: ese mismo mundo de las tinieblas de donde había salido.

La oscuridad de la calle donde vivió en Puerto España le abrió la puerta de su narrativa. Allí estaba su mundo hablando para él, el mismo mundo oscuro, mientras empezaba por fin a escribir con fluidez, sin obstáculos. No se cuestionaba, no pretendía caer en asuntos que le resultaran demasiado complejos —como los problemas raciales o sociales—, no se hacía muchas preguntas, no perdía tiempo con explicaciones empalagosas, por fin, V. S. Naipaul solo escribía. Cuando la inspiración llegó a su final estaba justamente poniendo la última letra de lo que sería su primer libro y, para entonces, lo había logrado, era un escritor.

Así nació Miguel Street —su primera novela—, que, sin embargo, fue publicada varios años después, en 1959. Una vez encontró la fórmula de su escritura, no se detuvo. En 1957 publicó El curandero místico, una de sus obras más destacadas. Siguieron títulos como Los simuladores, En un Estado libre, Guerrillas, Un recodo en el río, El enigma de la llegada, Un camino en el mundo, Media vida y otras tantas. Su obra se mete, sin remilgos, en los mundos que tienen que ver con su propia vida. Un recuerdo melancólico de India, que es el lugar de donde vienen sus antepasados, un territorio compartido con los descendientes de negros esclavizados llevados a Trinidad desde África, la historia familiar, la casa donde nació en Chaguanas, la vida en Puerto España, la calle, la tierra y las oscuridades de todos sus días son los matices que alimentan su obra.

En 1961 publicó Una casa para Mr. Biswas, y desde entonces cada año aparecía en la baraja de nombres candidatos a ganar el premio Nobel, que obtuvo por fin en 2001, cuando algunos ya habían perdido las esperanzas. La obra, considerada por la crítica una pieza magistral de la literatura contemporánea, está inspirada en la vida de su padre, Seepersad Naipaul, quien luchó por encontrar un lugar en el mundo y una casa decente donde vivir con su familia. Algún día, entre las tantas cartas que se cruzó con su hijo, cuando V. S. Naipaul vivía en Oxford, le pidió que le ayudara a conseguir un editor en Inglaterra para sus escritos. Esa petición quedó siempre como una deuda, un saldo en rojo. Por alguna razón Naipaul la desatendió, quizá impregnado por su propio deseo de encontrar su voz y la posibilidad de publicar sus propios libros. No hablaron más de esa posibilidad y a su padre lo sorprendió la muerte en la isla, en 1953, cuando apenas tenía 47 años.

No hay nada más difícil que sacarle a Naipaul un nombre o un título que revele sus influencias literarias. Más allá de algún reconocimiento a los escritos de su padre y a El Lazarillo de Tormes, que le ayudó a encontrar el ritmo para sus primeros textos —como ha reconocido en una que otra entrevista y en su libro Leer y escribir—, su egolatría no le permite hablar de influencias. Allí está precisamente su obsesión por alumbrar con su luz literaria los mundos oscuros, en tinieblas. África, India y el Caribe son solo la oscuridad, de la que bebe para desarrollar su obra y en esa empresa no reconoce acompañante. “Me he movido solo —dijo— siempre por intuición. No tengo sistema literario o político”.

Sin embargo, la sombra o la luz de Joseph Conrad parece dar vueltas en su escritura. Quizá porque Naipaul ha confesado su admiración por este escritor, y quizá, en parte, porque de alguna manera se ve reflejado en él. Conrad venía del mundo miserable de Polonia y se formó como escritor en el seno de la gran nación inglesa. Su obra más celebrada es El corazón de las tinieblas y, no en vano, uno de los libros de viajes de Naipaul, de la trilogía sobre India, se llama Una zona de oscuridad.

V. S. Naipaul es, básicamente, un desarraigado. Un hombre sin lugar. No es de India, pero tampoco se reconoce como parte del Caribe. Para él, la vida en Trinidad parece apenas el escenario donde sintió el peso de su condición de minoría étnica. Muchas veces, cuando le preguntaron por qué no vivía en Trinidad, dijo, con extrema naturalidad, que no se puede escribir literatura a golpe de tambor. Eso mismo ha dicho cuando le han preguntado por la narrativa africana de Chinua Achebe y Wole Soyinka. Pero Naipaul tampoco es inglés. A pesar de sus ademanes aprendidos y su cosmopolitismo redomado, y pese a que fue reconocido con el título honorífico de Sir por la Corona británica, su físico delata el origen. No es raro que en Londres pudiera sentir alguna vez el temor a ser agredido por un grupo de radicales en alguna estación del metro.

Es posible que Naipaul exagere sus maneras más que el resto. Él es el nuevo, el que viene de la colonia, de esa colonia que reconoce oscura, él es el que tiene que demostrar que es otra cosa más allá de ser un descendiente de indio, que arribó de una isla del Caribe que produce caña de azúcar y es habitada por gente negra. Norbert Elias, en El proceso de la civilización, ha dicho que eran las clases emergentes las que tenían que demostrar con mayor rigor y exageración el grado de civilización al que habían llegado.

Cuando escribió El enigma de la llegada, ya era un faro. Una luz incandescente y aturdidora. Entonces quiso ser uno más de la tribu inglesa y vertió al principio de ese libro una prosa bucólica —como los escritores clásicos de Inglaterra— describiendo setos, hayas y abedules en la campiña inglesa, solo para terminar hablando de la miserable Trinidad y de su infancia atestada de negros. Sobre esto, Derek Walcott, en el ensayo “El sendero del jardín: V. S. Naipaul”, dijo: “Aunque él rechace a su tierra, a sus propios fantasmas, la tierra sabe perdonar en todas partes y no rechaza a nadie”. Walcott lamentaba en Naipaul el infinito desprecio al mundo negro. Para él era un hombre herido por Trinidad, que fue salvado por Inglaterra. Pero un hombre que ha pagado un precio por esa salvación.

Ese desprecio que descubre Walcott en la obra de Naipaul es el de un escritor que renuncia a cualquier condescendencia. No hay indulgencias en su escritura. Es descarnado, con una prosa precisa, sin artilugios, y allí precisamente está la gracia para mostrar la complejidad y las miserias de los seres humanos. Acaso su afán por saltarse los códigos y estar ausente de las pretensiones de lo admisible lo lleva, con su profunda inteligencia y su aguda observación, a revelar una realidad que a muchos se les escapa en el ansia de negociar el lenguaje con aquello que se considera políticamente correcto.

Naipaul construye una historia no oficial de India, pero no es necesariamente edificadora. Todo lo contrario. Habla de la India sucia, de su fastidio por el sistema de castas y de los miserables que defecan en las vías de los trenes. “No sé por qué se escandalizaron, pensé que solo estaba contando cosas que todos sabían, cuando escribo no pienso en el impacto que va a generar lo que escribo”, dijo hace poco tiempo en una entrevista.

“El mundo es como es; los hombres que no son nada, que se convierten en nada por su propia inacción no tienen cabida en él”. Así comienza la novela Un recodo en el río, ambientada en África, y la biografía autorizada que sobre él escribió Patrich French tomó su nombre de allí: El mundo es como es. Quizá, Naipaul es un hombre tan obsesionado con la luz que no le importa alumbrar sus propias miserias con ella. Le abrió todos sus archivos a French y no le cambió ni una coma a una biografía que además de sus méritos, lo mostró como un maltratador, ególatra, misógino y sádico. Quizá, como Proust, es un convencido de que el verdadero ser humano no se revela en las convenciones formales y en las escenas cotidianas de la vida, sino en “las secreciones de su más íntimo ser, escritos en soledad, para uno mismo, y que luego se ofrecen al público”.

*Historiador.

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