Crédito John Angelillo / AFP Photo.

Trump y la nueva oposición

Sandra Borda analiza las opciones que tiene la oposición demócrata estadounidense bajo el gobierno de Donald Trump.

2017/01/24

Por Sandra Borda

Muchos analistas están dedicados a intentar predecir lo que será y lo que hará el gobierno Trump. Algunos sugieren que la cosa será peor de lo que ha anunciado y otros más bien parecen pensar que el ejercicio del poder lo moderará y lo terminará convirtiendo en un presidente como cualquier otro. Sin grandes penas y sin grandes glorias. De cualquier forma, creo que la llegada de Trump al poder implicará un reto enorme para la otra mitad de estadounidenses que no votaron por él y que, de una forma u otra, sienten que sus derechos se encuentran seriamente amenazados por el discurso político del nuevo presidente. ¿Qué alternativas tiene la oposición política y social a Trump? ¿Qué posibilidades tienen de restringir en forma significativa las ya célebres tendencias autoritarias del presidente?

Es muy probable que el Partido Demócrata se convierta en un catalizador de esa oposición. Tarde o temprano, muchos de los movimientos sociales que les tienen alergia a los partidos políticos se darán cuenta de que intentar oponerse efectivamente al gobierno no tendrá mucho futuro si los esfuerzos se fragmentan y cada cual jala para su lado. Además, después del fracaso en las elecciones, las figuras de la izquierda del Partido Demócrata han cobrado fuerza y se han hecho cada vez más visibles. Esto puede atraer sectores escépticos de la institucionalidad partidista y contribuir a unificar el partido como uno de oposición.

Pero a partir de allí es que la pregunta sobre la estrategia a seguir se vuelve difícil de contestar. El camino más fácil es optar por la ruta que escogieron los republicanos durante la administración Obama: bloquear, bloquear, bloquear y bloquear. Al menos, en el interior del Partido Republicano, la cosa funcionó electoralmente hablando y logró –de eso no hay duda– debilitar al gobierno Obama y sacar a los demócratas del poder ejecutivo. El problema es que el votante demócrata es distinto y frente a los daños que ha producido la polarización política, particularmente después de una campaña presidencial tan ruda, muchos estadounidenses están esperando que las heridas sanen y poder avanzar. Si los demócratas adoptan el rol de obstruccionistas, esta decisión les puede salir cara y puede costarles lograr la mayoría en el Congreso en las próximas elecciones.

Otro sector de los movimientos sociales y de los demócratas ha sugerido una estrategia de resistencia civil y se rehúsan a “normalizar” la figura de Donald Trump. Según ellos, se trata de un presidente ilegítimo, elegido con ayuda de una potencia rival extranjera (Rusia), con un discurso político que se sale de los cánones de civilidad de la conversación política como la conocen los estadounidenses, y que, además, ni siquiera ganó el voto popular. Este sector dice no estar preparado para dar el paso hacia un reconocimiento pleno de Trump como nuevo presidente. Esta estrategia tiene el mismo problema de la anterior y otro adicional: puede servir para debilitar al nuevo presidente pero es una estrategia que no es sostenible en el largo plazo. Equivale a cruzarse de brazos, a no ir a la inauguración, a desafiar decisiones y ya. Solamente puede ser de utilidad si la resistencia se transforma en propuestas y si se dan escenarios en que dichas propuestas puedan adelantarse a pesar de la voluntad política del ejecutivo. Tal es el caso, como lo ha mencionado Arlene Tickner, de la labor que pueden adelantar los gobiernos locales gracias a que se trata de un país federado en el que los estados cuentan con un margen de autonomía importante.

Y finalmente, están los que pasarán la página e intentarán convivir con el nuevo gobierno y acomodarse buscando no ceder demasiado. The New York Times, por ejemplo, apoyó vocalmente a Hillary Clinton, pero fue también el primer medio en invitar a Trump a sus instalaciones (justo después de la elección general) para iniciar un momento de distensión en la relación con el nuevo presidente. Los medios viven del acceso y como seguramente probará CNN, no tenerlo puede derivar en un costo enorme en términos de audiencia. Sin embargo, en los próximos cuatro años mantener el balance entre acceso e independencia puede resultar ser un objetivo muy difícil (si no imposible) de lograr.

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