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  • Jaime Acosta, Luis Ospina, Carlos Mayolo, Ute Broll y Eduardo Carvajal en el rodaje de Cali: de película (1973).
  • Sandro Romero Rey y Luis Ospina en el apartamento de este, en Bogotá.

Luis Ospina, el fantasma de la libertad

Los 208 minutos del más reciente documental de Luis Ospina están soportados en la idea de la muerte. Pero la muerte del realizador convierte a Todo comenzó por el fin en un entorno elegíaco, y cada sonrisa o cada material de archivo es una mueca lánguida ante la insoportable evidencia de aquel que pronto va a desaparecer. Un perfil de un hombre que decidió prolongar su agonía para darle paso al éxtasis del reconocimiento.

2015/10/23

Por Sandro Romero Rey* Bogotá

Finalizando el mes de noviembre de 2012, el asunto se complicó. Luis Ospina, el director de cine caleño, había tenido su corazón ad portas del infarto y, tras salir airoso de la prueba, debió regresar a la clínica a someterse a nuevos exámenes. Allí se supo que era víctima del gist, una nueva modalidad de cáncer de consecuencias impredecibles. Ospina había ganado una convocatoria de Proimágenes Colombia para la realización de un documental sobre su generación, el cual tendría el título no tan provisional de Todo comenzó por el fin. Pero la situación de su salud alteró todos sus proyectos. Cumplió con sus obligaciones como director artístico del Festival Internacional de Cine de Cali (un viejo sueño hecho realidad desde 2009) y se internó en la clínica. Fue operado por primera vez, pero el oncólogo no dio muchas esperanzas de una recuperación definitiva. Ante la posibilidad de un desenlace fatal, Ospina escribió a las directivas de Proimágenes explicando que, en caso de que muriese en la siguiente intervención quirúrgica, su película debería ser terminada por Rubén Mendoza (el realizador de largometrajes emblemáticos del cine colombiano reciente, como La sociedad del semáforo o Tierra en la lengua, entre otros) y quien esto escribe. Yo no conocía a Rubén, salvo por sus películas y, sobre todo, por su trabajo como editor de Ospina en los documentales La desazón suprema: retrato incesante de Fernando Vallejo y Un tigre de papel. Así que, cuando recibimos la noticia de boca de su director, Rubén y yo nos sentimos como si nos acabaran de responsabilizar de la saga de Misión imposible. Me fui para Barcelona, a terminar mis estudios doctorales, y mientras tanto Ospina, acompañado de la artista y cómplice Lina González, se sometió a todos los rigores de la batalla final contra el cáncer.

Antes de escribir este artículo, Sandro Romero entrevistó a Luis Ospina en su casa. Vea aquí la conversación en video.


Corría el año 2013. Una noche, recibí la noticia de una fuente confiable: la muerte de mi amigo Luis Ospina era irremediable. La operación, programada para cuatro horas, había durado ocho y el paciente no reaccionaba. Su corazón latía a pulsaciones no recomendables, a duras penas respiraba y en la unidad de cuidados intensivos se preparaban para que la cama en la que yacía Ospina fuese ocupada por un nuevo agonizante. Colgué y me fui a caminar sin rumbo fijo, sin tener con quién hablar y sin tener tampoco ganas de hacerlo. ¿Para qué? Con la única persona con la que he conversado, de manera descarnada, sobre la vida y la muerte, era con don Luis. La idea de su muerte me dejó en estado de suspensión y todavía no cabía en mi cabeza su horrorosa evidencia. Mientras caminaba por las callejuelas de Poble Sec, sin tener la fuerza suficiente ni para beber una copa, comencé a recordar quién había sido Luis Alfonso Ospina Garcés en mi vida y todo lo que había representado. No. No era capaz de llamar a Rubén Mendoza y preguntarle cómo íbamos a abordar la conclusión de su largometraje generacional, simplemente porque me consideraba un intruso en esa película y, así hubiera colaborado en su gestación a través de conversaciones interminables, Todo comenzó por el fin era el proyecto de un artista que pocas veces escribió guiones para sus documentales, que los fue armando con su exclusiva inteligencia, su memoria de otro mundo y su indeclinable sentido del humor.

A Ospina lo conocí en fotos, en los años setenta y luego, en camisetas rayadas, en la puerta del Cine Club de Cali. No éramos amigos, nunca nos saludamos, ni nos cruzamos una sola palabra. En esa época conocí a Andrés Caicedo, a quien uno podía acercársele a preguntarle cualquier cosa sobre la programación de su templo y, con ellos, rondaba de vez en cuando Carlos Mayolo (una borrasca que cruzaba las calles de Cali en un jeep sin puertas, devorándose la ciudad con sus agites) y el resto de los que, a la postre, configurarían eso que hoy por hoy se llama “El grupo de Cali”. Caicedo se suicidó el 4 de marzo de 1977 y el luto ha durado 38 años. Cuando apareció la novela ¡Que viva la música!, unos meses después de la desaparición de su autor, el mundo cultural de la capital del Valle se sacudió con un libro contundente que, como consuelo de los envidiosos, se consideraba un fenómeno local, con el cual nadie, fuera de nuestras fronteras, se iba a sentir identificado. Al parecer, Caicedo había muerto con su suicidio. Yo seguí con mis asuntos teatrales y literarios, pero sabía que con ellos, de alguna manera, estaba parte de mi destino. Dos años después, viajé por primera vez al Festival de Cine de Cartagena. Allá estaba Ospina, acompañado de su novia, la artista Karen Lamassonne. Ese año, antes de la película inaugural (Midnight Express, de Alan Parker, que detesté), se proyectó, en el Teatro Cartagena, el falso documental codirigido por Mayolo y don Luis, titulado Agarrando pueblo, desde la cabina, con pésimo sonido, en una copia de 16 mm. La experiencia no fue la mejor. Lo que sí fue lo mejor es que, gracias al festival, me hice amigo de Ospina, en una fiesta en la discoteca La Escollera. De inmediato, nos unió un tema común: la cinefilia. Admiré sin contemplaciones su erudición asfixiante y corroboré nuestros gustos comunes: el rock, los juegos de palabras, Cabrera Infante, las viejas películas, el amor por la ciudad de Cali. Ese año, comenzamos nuestra larga carrera con los excesos, apoyados en la felicidad de conocer a Fassbinder, a Román Chalbaud, de juguetear con el fotógrafo Hernando Guerrero y de consolidar la amistad con Víctor Nieto Jr., alma y nervio de la cita cartagenera de la década del ochenta.


Jaime Acosta, Luis Ospina, Carlos Mayolo, Ute Broll y Eduardo Carvajal en el rodaje de Cali: de película (1973). Foto: Archivo Luis Ospina.



Cuando Ospina regresó a Cali, me fui convirtiendo en un visitante regular de su casa en el barrio Versalles. Allí vi, por primera vez en mi vida, en una copia de Betamax, el Ciudadano Kane, de Orson Welles. Comenzaba a consolidarse el video casero y los cinéfilos precoces agradecíamos la posibilidad de descubrir clásicos tan obvios pero que, si no se veían en copias en celuloide, simplemente no se conocían. En el sancta sanctorum de Ospina llegaban los adelantos tecnológicos de todo el mundo (y las revistas y los discos importados y las mejores fiestas) gracias a su locación privilegiada, con piscina (“si piensa en piscinas, acuérdese de Ospina”…), sala de proyección y cómodas sillas para la conversación nocturna. No sé cuánto tiempo pasaría, pero en esa época comenzó Caliwood. Yo había visto, una detrás de otra, las películas de Ospina con Carlos Mayolo y (él no se acuerda, pero yo sí) le propuse, desde ese momento, que quería escribir un libro sobre su trabajo (¡en una época en la que ni siquiera había filmado su primer largometraje!) El proyecto literario no cuajó, pero sí coincidió con el boom de las filmaciones locales. Primero, por las malogradas aventuras de Pascual Guerrero (El lado oscuro del nevado y, sobre todo, Tacones). Poco a poco, fueron apareciendo las extrañas alimañas que configurarían la ficha técnica del cine de nuestra generación. Todos quisieron pegarse a la carreta de las posibilidades, menos Ospina. Si algo lo caracterizó en la vida fue una regla no patentada de nunca trabajar por obligación y, sobre todo, de nunca traicionar sus convicciones. Comenzando la década del ochenta, regresó Carlos Mayolo de Europa y, luego de varios años de compartir créditos como directores (Oiga vea, Cali de película, Asunción, Agarrando pueblo), decidieron que cada uno buscaría en solitario su destino. “Quiero hacer una película sin vos”, le dijo, en caleño, Mayolo a Ospina. “¿Muda?”, le respondió su viejo mejor amigo.

Así, mientras Mayolo se acomodaba en el mundo (asistente de Fuga y Tacones, realizador de cortos y comerciales), Ospina se preparó para rodar su ópera prima, que terminó siendo el polémico largometraje Pura sangre, estrenado, cómo no, en Cartagena, en 1982. En esa ocasión comencé a escribir sobre el cine caleño: un diario de rodaje titulado “Pura sangre en circulación”, publicado en la desaparecida revista Caligari. Pasarían tres años antes de que el director volviera a ubicarse detrás de las cámaras. La pesadilla de sacar un film en Colombia era tan grande que, después de Pura sangre contarían 17 años antes de que Ospina volviese a dirigir un largometraje argumental. En 1985, codirigió, junto a Jorge Nieto, el imprescindible corto (mitad documental, mitad puesta en escena) En busca de María, sobre el rodaje de la primera película colombiana de largo aliento. Mientras tanto, fue el editor de Carne de tu carne, el film del llamado “gótico tropical” de Mayolo, y se preparó para que el video golpease a sus puertas creativas. Sí. Fue el video el que salvó a Luis Ospina del desasosiego. Uno tras otro, vinieron los documentales de largometraje, en una época en la que no se sabía muy bien qué salida podrían tener semejantes engendros (Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos; Antonio María Valencia: música en cámara; Ojo y vista: peligra la vida del artista… y un larguísimo etcétera, que puede ser consultado en www.luisospina.com, una página web que es, en sí misma, parte de su obra audiovisual).


Sandro Romero Rey y Luis Ospina en el apartamento de este, en Bogotá. Foto: Alejandra Quintero.



Mayolo concluyó su noviazgo con los 35 mm., a través de su largometraje La mansión de Araucaima (de la que Ospina también sería su editor), mientras que el creador de Pura sangre consolidaría su trabajo como un realizador de documentales únicos en la historia del audiovisual colombiano. Desde trípticos locales (Al pie, Al pelo, A la carrera) hasta elegías visuales (Adiós a Cali), desde retratos hablados (Fotofijaciones) hasta “canciones de cuna para los muertos” (Nuestra película, sobre los últimos días del pintor Lorenzo Jaramillo). Y, como “un golpe de dados jamás abolirá el azar” el destino ayudó a que Ospina terminase su periplo caleño con la serie de diez capítulos denominada Cali: ayer, hoy y mañana (1995), donde concluye su historia de amor audiovisual, al menos por un tiempo, con nuestra ciudad amada. Mientras tanto, Ospina y yo unimos esfuerzos para la escritura y para la organización de la obra póstuma de Andrés Caicedo. Juntos organizamos los libros Destinitos fatales, Ojo al cine y colaboramos en buena parte de los textos, traducciones y memorabilia que hoy por hoy se conocen del autor de los Angelitos empantanados.

Terminando el milenio, casi todos los que trabajábamos en el cine caleño nos fuimos a vivir a Bogotá. Ospina no fue la excepción. Y, en su nuevo búnker de la calle 45, gestaba proyectos documentales (Mucho gusto) con su nuevo largo de ficción (el thriller Soplo de vida, estrenado en 1999). Una nueva época comenzaría cuando se preparaba para cumplir los 50 años. Pero quizás sus trabajos de mayor reconocimiento, los que consolidaron su proyecto creativo, vendrían, unos años después, de la mano del documental (Fernando Vallejo; Un tigre de papel…) y su nombre sería asociado al de un clásico eternamente juvenil, contestatario, dueño de herramientas y lenguajes únicos, con los cuales podría codearse con los mejores representantes del género en el mundo. Hasta que, en 2007 moriría, en tristes condiciones físicas y espirituales, nuestro amigo Carlos Mayolo. Es muy probable que, desde ese momento, naciese la idea de hacer una película que contase la aventura de nuestra generación (no es casual que, ese mismo año, yo publicase el libro Andrés Caicedo o la muerte sin sosiego que, corregido y aumentado, se convirtió, en 2015, en Memorias de una cinefilia: Caicedo, Mayolo, Ospina, coincidiendo con la aparición de TCPEF). Aunque, si uno se pone a hilar delgado, el asunto debió haber nacido, como una premonición, gracias a la obsesiva capacidad que tenía Ospina para guardarlo todo. No solo en sus anaqueles y en sus bibliotecas, sino en su prodigiosa memoria. Nada se le olvidaba. En los tiempos gloriosos en que pasábamos días y noches enteras entre fiestas y escaletas, con Mayolo solíamos llamar a Ospina a su casa, cuando internet no soñaba con hacer de las suyas, para que nos recordara quién era el editor de las películas de Buñuel en México o, qué se yo, el nombre del director de fotografía de Four Friends. Siempre contestaba, dormido o despierto. Su memoria impecable ha puesto en tela de juicio la vieja teoría de que las drogas acaban con la unidad sellada. En su caso, le ha servido para multiplicar su retentiva. Al mismo tiempo, su humor y su capacidad publicitaria para titular los acontecimientos de la vida se volvieron legendarios entre sus amigos. A pesar de que nunca se quiso “vender” a ninguna agencia, Ospina se ha encargado siempre de ponerles nombres a nuestros libros, a nuestras películas, a nuestras equivocaciones. Y, sin quererlo, Ospina y yo terminamos siendo cómplices para que la vida no nos moliera a golpes, protegidos en conversaciones eternas donde compartíamos silencios y terminamos autodenominándonos “Abelardo y Tito”, parodiando el legendario programa de televisión en el que dos dinosaurios de la cultura hablaban de lo que nunca se les había perdido.

Los años se fueron y las estrechas complicidades cambiaron. La muerte de Mayolo, las distancias con los viejos amigos, el final de los entusiasmos pretéritos, hicieron que Ospina endureciera su impaciencia y se convirtiese en un ser de afanes y de decisiones radicales. Así, se empeñó en sacar adelante un festival de cine para la ciudad de Cali y, contra envidias y amenazas, logró consolidarlo. Pero no quiso diseñar un festival de alfombras rojas o de concesiones comerciales con la televisión. Al contrario, ha fortalecido un festival de películas que no se podrían ver en Colombia en otras circunstancias, como lo es el BAFICI en Buenos Aires o el FICUNAM en México. Y en ese mapa de fronteras irreductibles, nació la idea de Todo comenzó por el fin. La frase la habíamos utilizado, en 1984, para una película que nunca se rodó (El pobre Lara o las exigencias del delirio) y apareció sin permiso en una de mis obras de teatro. Pero la anécdota del título es apenas un pequeño detalle ante la avalancha poética que se respira en sus imágenes. El film se va armando en la medida en que se va viendo, puesto que a la saga de nuestros mártires locales (Caicedo, Mayolo) se le suma la enfermedad terminal de Ospina, quien filmó y dejó que sus amigos lo grabaran en la clínica, mientras sucedía lo impredecible. Es indudable que Todo comenzó por el fin sería otra película si el cáncer no hubiese hecho su aparición de convidado de piedra. Los 208 minutos del documental están soportados en la idea de la muerte. Pero la muerte del realizador convierte a Todo comenzó por el fin en un entorno elegíaco y cada sonrisa o cada material de archivo es una mueca lánguida ante la insoportable evidencia de aquel que pronto va a desaparecer. Las imágenes filmadas por Eduardo “la Rata” Carvajal, inéditas y escondidas (antiguos rodajes, fiestas interminables), saltan a la luz para establecer el retrato de cómo se inventó el cine en una ciudad que parecía diseñada solo para la rumba, los deportes o la venganza. Uno a uno, van desfilando los testimonios visuales diseñados como actos de supervivencia: los home movies del papá de Luis, el almuerzo que indica el reencuentro de los viejos amigos, los videos incunables de Andrés Caicedo, los improvisados making of de la Rata, las viejas películas restauradas, los juegos cinéfilos para hablar de las enfermedades, los poemas, la música de melodrama, las bromas insustituibles, el suspense de la vida y muerte del gestor del engendro. Al final, el desconcierto feliz.

Y una vez más, el fantasma de lo local o de lo universal empezó a rondar entre los curiosos. ¿Sería o no sería universal Todo comenzó por el fin? La misma pregunta que cayó sobre la obra de Andrés Caicedo y que, hoy por hoy, traducido a cinco lenguas, adaptado y estudiado en pantallas y universidades del mundo, ha lanzado un prodigioso mentís a los que no soportaron la persistencia de su suicidio. La invitación a que el documental de Ospina tuviese su première en el Toronto International Film Festival (TIFF) del pasado mes de septiembre, demostró que el interés no estaba limitado al de unos pocos buenos amigos. En octubre se le ha rendido un homenaje en el Japón, en el Yamagata International Documentary Film Festival, luego vendrán los festivales europeos, los mexicanos, los chilenos, cómo no, los argentinos. Luis Ospina parece que ha debido prolongar su agonía para darle paso al éxtasis del reconocimiento. Recuperado del cáncer, obsesionado por exprimir su obra hasta las últimas consecuencias, pareciera que la vida le hubiese dado una nueva oportunidad para las celebraciones.

Dos días después de mi caminata por Poble Sec esperando la noticia fatal, me resistía a la idea de la desaparición de mi amigo. Recibí entonces una llamada en la que se me dijo que su corazón había recuperado su ritmo y que el paciente, apenas despertó y le quitaron las correas que lo mantenían atado a la cama de cuidados intensivos, reaccionó inconsciente dándoles patadas a las enfermeras. “Es el síndrome de abstinencia”, pensé. Y sonreí para mis adentros. Fue el momento en el que me serví una dosis doble de Macallan y, como James Bond, brindé por los amigos inmortales.

*Escritor y dramaturgo

 

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