La chica danesa (2015) recibió cuatro nominaciones a los premios Óscar.
  • Nova Dubai (2014), del director brasileño Gustavo Vinagre.

Otras sexualidades, ¿mismo espectáculo?

El cine con personajes elegebeté tiene un largo recorrido a sus espaldas, pero se ha intensificado en los últimos años. Y la televisión se ha sumado para hacer más visibles las sexualidades alternativas. Lejos de ser una tendencia uniforme, estas películas y series se debaten entre lo moderado y lo radical, el centro y la periferia.

2016/10/26

Por Pedro Adrián Zuluaga* Bogotá

La inclusión de un niño transexual en el elenco de Modern Family es más que la señal de una conspiración internacional de la ideología de género. La identidad transgénero es la menos comprendida de las sexualidades alternativas, quizá porque pone en crisis, de forma rotunda, nuestra precaria noción de normalidad. El gesto de la popular comedia es un paso más de ese abrir de puertas y ventanas que está sacando del secreto y la vergüenza sexualidades históricamente confinadas. El sacudón a esta forma de la hipocresía social lleva varios años, pero nunca como hasta ahora parecía haber hecho mella profunda en las narrativas del cine y la televisión mainstream.

El cine, agobiado por su deseo de respetabilidad, pero capaz de contrabandear lo perverso y lo diferente, vivió su propia salida del clóset, paralela a aquella de los movimientos por los derechos civiles de la comunidad elegebeté, que tuvo su mayor floración en la década de los sesenta y cuyo breve verano de la anarquía terminó con las primeras señales de la epidemia del VIH-sida. Las “sucias” peliculitas experimentales de Andy Warhol y de todo el underground neoyorquino y californiano definieron con sus gestos provocadores un vocabulario que hoy, varias décadas después, parece haber colonizado ciertos lugares del centro. ¿Cuál es el precio de ese desplazamiento de los márgenes, con su aura de experiencia exclusiva e iniciática, a esta nueva forma de aprobación? ¿Qué se gana y qué se pierde en la transacción?

Blow Job, uno de esos filmes experimentales de Warhol, se atrevió a mostrar, en 1964, una mamada. La verdad solo vemos los gestos de placer de DeVeren Bookwalter, mientras el segundo a bordo en el forcejeo se mantiene fuera de cuadro. Años después, la secuencia inicial de My Own Private Idaho, de Gus Van Sant, rinde un homenaje explícito al atrevimiento fundador del dios del (arte) pop. Pero mientras Blow Job es una película áspera e incómoda, por el silencio, duración y monotonía del plano, la secuencia filmada por Van Sant avanza impulsada por la música y los cortes e introduce elementos imaginativos que la hacen no solo tolerable sino glamurosa.

Así que, cuando se celebra la actual proliferación de ficciones y documentales sobre las sexualidades no normativas (¿y hay alguna sexualidad que sea normativa siendo el deseo el lugar de la imaginación y la libertad?) hay que preguntarse no solo qué se está mostrando sino cómo. La comunidad elegebeté organizada sabe muy bien la diferencia. Detrás del reclamo que se le hacía a una película como Dallas Buyers Club, por haber escogido a Jared Leto para el papel de travesti y no a un travesti real, hay varias contradicciones que abren interesantes debates sobre arte y representación. Por una parte, ese reclamo constriñe la autonomía del hecho estético y promueve el mito del arte comprometido; y sabemos que en ese juego entre arte y compromiso casi siempre es el primero el que sale mal librado. La discusión, no obstante, alerta sobre el peligro de las representaciones idealizadas, distanciadas o falsas, que siembran más prejuicios de los que erradican.

Las recientes películas y series televisivas sobre gais, lesbianas y personas transgénero se mueven en este inestable equilibrio. Abordar temas inquietantes manteniendo el statu quo narrativo y estético, o desafiar doblemente lo establecido: no solo mostrando otras formas de vida y sexualidad sino llevando a otros lugares el lenguaje audiovisual. En el primer grupo resaltan películas como Carol, de Todd Haynes, y The Danish Girl, de Tom Hooper. Dos filmes que coinciden en ir atrás en el tiempo para crear referentes de orgullo y emancipación y mostrar cómo sus personajes enfrentaron con vehemencia y entereza la negación social de su derecho a amar o ser diferentes.

Una mujer que reivindica su amor por otras mujeres en el caso de Carol y un hombre que descubre en lo femenino lo esencial de su ser y lleva ese llamado interno hasta las últimas consecuencias, en The Danish Girl. La cosecha de premios y nominaciones de ambas películas y la notoriedad de sus figuras principales, Cate Blanchett en Carol y Eddie Redmayne en The Danish Girl, hace suponer, con un exceso de ingenuidad, que se trata de un aval de estas dos celebrities, un espaldarazo hacia una forma de vida largo tiempo enclaustrada y titubeante. Son filmes que favorecen la identificación y la catarsis, el ajuste entre una realidad opresora y la justicia poética de la representación. Algo similar se podría decir de About Ray, de Gaby Dellal, donde una adolescente (Elle Fanning) descubre su identidad masculina, en un drama familiar protagonizado también por Naomi Watts y Susan Sarandon.

Personajes transgénero y deseo entre mujeres aparecen de nuevo en el centro de las series Transparent y Orange Is the New Black. Sus tiempos permiten un desarrollo complejo de personajes y transformaciones que hacen ver a las películas, unitarias y comprimidas, como simples esbozos. El look documental de Transparent o los elementos sombríos en medio de la vitalidad narrativa de Orange Is the New Black son apenas algunas de las razones para decir que en estas dos series hay más energía e incorrección política y estética que en Carol o The Danish Girl.

Radicales libres

Los giros más radicales en la representación de sexualidades alternativas están ocurriendo en otros escenarios. Películas sin concesiones que tienen su nicho en los nuevos santuarios del cine: los festivales. En la primera escena de Nova Dubai, una película brasileña de 2014, un hombre lame el ano de otro hombre. El plano no da lugar a dudas: allí hubo un acto real que la cámara capta sin ningún disimulo, pasando por alto los habituales subterfugios con que el cine no pornográfico muestra el sexo. Nova Dubai es una película provocadora y visionaria; en ella, el sexo es el lugar desde el que un grupo de jóvenes del Estado de São Paulo se rebela, desafiante, frente a la uniformidad capitalista representada en la industria inmobiliaria. El filme, dirigido por Gustavo Vinagre, ensancha el repertorio de lo erótico y pornográfico sin quedar reducido a los circuitos de distribución e imaginación del porno.

Lo distinto que traen a escena Nova Dubai y otras películas pequeñas como la argentina La noche, de Edgardo Castro, estrenada en el último Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, es su forma de transgredir los límites de lo que se ha considerado respetable. Atreverse a mostrar más sin caer en el ostracismo de la pornografía o en el nicho restringido de la vanguardia artística. Las dos películas muestran una sexualidad por fuera de las normas y las convenciones y, a su vez, lo hacen con una mirada renovadora que retoma el furor político y estético de las vanguardias del pasado. No ocultan los cuerpos con juegos de luces y sombras, elipsis narrativas o movimientos de cámara. Con frecuencia se trata de cuerpos lejanos del glamour y los ideales olímpicos de la pornografía y la publicidad. Son cuerpos otros, en el pleno sentido de la palabra, con la marca de los años y la vida.

En Nova Dubai hay sexo entre jóvenes y viejos. En La noche, orgías en las que participan hombres, mujeres, travestis y transexuales. La diversidad que estas películas muestran va más allá de la cosmética que neutraliza cualquier incomodidad, a lo Gaspar Noé. No se trata, pues, de hombres que se acuestan con hombres en la flor de su belleza y juventud, dignos de una foto de perfil en Tinder o Grindr. Ni de mujeres que tiran entre ellas bajo el asedio de una cámara que las encuentra bellas y deseables, como en La vida de Adèle, de Abdellatif Kechiche. Estos dos filmes producen una alteración perceptible cuando se ven en el espacio ritualizado, y casi siempre conservador, de las salas de cine. En Nova Dubai y La noche, el sexo introduce un principio de caos y desorden que pone en crisis el poder y su necesidad de control. Es un lugar de resistencia política en un mundo donde escasean las utopías colectivas.

El sexo bien vale la muerte

En el sexo no heteronormativo, ajeno a la reproducción biológica, se intensifica otro tipo de extrañeza: la relación sexo-muerte. Una película contenida en lo formal como El desconocido del lago, del francés Alain Guiraudie, mostraba el instinto autodestructivo del personaje principal, un joven que tiene contactos sexuales —mostrados de forma muy explícita— a cielo abierto y que parece recordarnos lo que aprendimos de Foucault: que el sexo “ejerce sobre todos bastante fascinación como para que aceptemos oír cómo gruñe allí la muerte”. Esa música disonante también se escucha en filmes de directores como el argentino Marco Berger (sobre todo en Ausente) o el portugués João Pedro Rodrigues. La ópera prima de este último, O fantasma, inauguró el Ciclo Rosa 2005, en Bogotá. El ambiguo deseo erótico del personaje principal y su viaje por una Lisboa nocturna y desapacible en busca de un fantasma, fue recibido como una agresión por la mayoría del público progre que asistió ese día al evento en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán.

¿Contribuyen estas películas oscuras —precisamente las más interesantes en términos cinematográficos— a comprender mejor las sexualidades otras, o a que se les acepte en el diurno, ilustrado y satisfecho consenso de las mayorías? Me temo que no, pero dispensar tranquilidad no es una inversión digna del arte. La profilaxis implicaría expurgar al sexo de lo heterogéneo que está en su base. Una cosa es la militancia elegebeté, que juega no pocas veces a normalizar y aplanar, y otra la representación descarnada o poética de todo lo que está en disputa en la imaginación erótica y pornográfica. La feliz irresponsabilidad con que cierto cine contemporáneo exhibe los cuerpos, las mucosas y los fluidos sí aporta a que en la agenda “política” de la diversidad se recupere, justamente, el lugar del sexo. Después de todo, el sexo y el teatro de sombras que convoca son la experiencia donde estamos, de manera más definitiva, con nosotros mismos: paradójicamente, fuera de sí.

*Periodista y columnista de Arcadia.

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