Thurston Moore, vocalista de Sonic Youth, en Madrid en 2010. Foto: Juan Naharro Gimenez

Sonic Youth: no futuro

En el número de agosto de la revista británica Sight & Sound, el vocalista de la banda de punk neoyorquino publicó un decálogo cinematográfico dedicado al género que marcó su vida, en el que incluyó la ópera prima de Víctor Gaviria. Acá, repasamos las películas de la lista, en una especie de curaduría sobre curaduría.

2016/08/23

Por Sandro Romero Rey* Bogotá

Supongo que a buena parte de la humanidad le gusta hacer listas: de películas favoritas, de canciones preferidas, de países visitados, de novias o novios antiguos. Cada cual traza sus nostalgias como puede o como quiere. Lo curioso es ver listas de seres humanos que deberían estar en las listas y no haciéndolas. Es el caso de Thurston Moore, el cantante, guitarrista, compositor y cofundador de la banda estadounidense Sonic Youth, quien se encargó hace poco, sin temblarle la mano, de comentar sus diez películas favoritas del punk entre las que se cuenta, para que sufran los escépticos, una película colombiana. Pero no nos adelantemos, para que este asunto no se nos desbarate como un concierto en el cbgb. Para comenzar, es preciso recordar que la lenta desaparición de Sonic Youth indica que lo peor para un grupo con semejante nombre ha sido el paso del tiempo. Aunque la leyenda indica que la banda se llamó, en un principio, Fuckin’ Youth, es evidente que la impronta y lo que significó para la música de los años ochenta tiene que ver con una vehemente confusión entre el desmadre y el misterio, entre la agresividad y la tristeza. Es decir, con la inmadurez como triunfo. No en vano Sonic Youth representó, de alguna manera, una suerte de asidero, de modelo de (mal) comportamiento para el grunge de los años noventa y agrupaciones inmarcesibles como Nirvana los tuvieron como reyes y como compañeros de ruta.

Pero la vida sigue y Thurston Moore se separó de Kim Gordon, su compañera de lechos y deshechos. Sonic Youth desapareció en 2011, tras 30 años de actividades y su música, horror, comenzó a convertirse en un peligroso pasadizo de la nostalgia. Atrás quedaron las intensas experiencias de 16 álbumes de estudio en los que hubo de todo, desde desgarramientos hasta sofisticadas melodías de 20 minutos, desde colaboraciones imborrables hasta álbumes de culto, buscados por los coleccionistas más aguzados y desocupados. Por eso, cuando leí en el número de agosto de la revista británica Sight & Sound que Thurston Moore había hecho su menú de películas imprescindibles para entender los garabatos de su existencia, no pude evitar una risita de triunfo y, por qué no, de complicidad. El lector perdonará, pero fue inevitable pensar en que, años atrás, en 2008, yo había publicado un libro bautizado Clock Around The Rock, con el cacofónico subtítulo Crónicas de un fan fatal (Aguilar). En él, había un capítulo, a la sazón exhaustivo, en el que hacía la lista de mis films imprescindibles de la historia del rock, texto denominado “Las películas de la isla desierta”. Al leer la lista de Thurston y encontrar un par de coincidencias, me sentí muy contento y, por un momento, tomé una decisión a la ligera. Bien es sabido que los acontecimientos definitivos de la existencia hay que pensarlos dos veces antes de realizarlos pero, en este caso, el entusiasmo me pudo. Conseguí el número telefónico de Thurston Moore y lo llamé para que intercambiáramos experiencias cinéfilas. Craso error. Mr. Moore se negó de plano con un silencio de ultratumba punkera.

Lección aprendida. Si no puedes jugar acompañado, juega en solitario, tal como nos lo enseñó en su momento el camino de Onán. Tomé la lista de Thurston Moore y la comparé con la mía, tratando de encontrar algunas conclusiones, tanto cinéfilas como musicales. En primer término, saltaba a la vista un título común: The Filth And The Fury (2000), el documental definitivo sobre los Sex Pistols, la era Thatcher y el mito de Sid Vicious. Aunque el cantante de Sonic Youth considera que The Filth And The Fury es la respuesta al Great Rock And Roll Swindle que el mismo director, Julien Temple, realizase en 1980, creo que allí se encuentran otros secretos circunstanciales que propiciaron la existencia de ese tesoro. A mi modo de ver, The Filth And the Fury es el producto de la restauración de una extensa y exclusiva entrevista con Sid Vicious, la cual sirvió de columna vertebral para construir un fresco sobre “el corto verano de la anarquía del punk inglés”, las batallas del glam, la escena musical de Shepherd Bush o Clapham Junction, en fin, sobre los años setenta en la contracultura de Britannia. Julien Temple es un nombre emblemático en la historia del rock en el cine y a él le debemos desde prodigiosos videoclips de los Rolling Stones, hasta películas desconcertantes como Absolute Beginners, con el mismísimo David Bowie en el reparto, lo cual uno, en definitiva, no entiende. Por fortuna, existe The Filth And The Fury, no solo para mis coincidencias con el inmenso Thurston Moore, sino para considerarla como la obra maestra del venerable Julien Temple.

No recuerdo muy bien (cito de memoria, pero mi memoria aún se mantiene firme) si el héroe de Sonic Youth ha realizado su lista considerando algún orden particular, pero creo que, en este momento, esa progresión es un asunto menor. Lo importante es reseñar los títulos, sazonarlos con ligeros comentarios y tratar de contrapuntear, cómo no, con mi pobre lista de viejo rockero de otros lustros. El decálogo de Mr. Moore comienza, sin equivocarme, con Ladies And Gentlemen, The Fabulous Stains (1982) de Lou Adler, el productor de la película de culto (para muchísimos; no tanto para mí) The Rocky Horror Picture Show (1975). Sin ir más lejos, el crítico valenciano Eduardo Guillot en su libro Rock en el cine (La Máscara, 1999) la considera “obligatoria”. Y no es para menos: un coctel compuesto por Diane Lane, Laura Dern, miembros de The Tubes, de The Clash y de los mismísimos Sex Pistols, solo puede dar como resultado una delicia generacional. Por este lado, estamos de acuerdo.


1.Control (2007), de Anthony Corbijn, trata sobre Ian Curtis, vocalista de Joy Division / 2. (Arriba) Rodrigo D.: No futuro (1990), de Víctor Gaviria, es la única película colombiana de la lista / 3. (Abajo) Pussy Riot: A Punk Prayer (2013) cuenta la historia de la famosa banda rusa

Como también lo estuvimos en el documental sobre las Pussy Riot (Pussy Riot: A Punk Prayer de Mike Lerner y Maxim Pozdorovkin; 2013), una frenética mirada sobre las contestatarias líderes sacrificadas en el infierno de la intolerancia post-soviética. En este momento, pensé, que yo puse en mi listado un título que Mr. Moore había omitido de su selección: el denominado The Decline of the Western Civilization (1981) dirigido por Penelope Spheeris, el cual descubrí en los años dorados del Festival de Cine de Cartagena, cuando el desaparecido Víctor Nieto Jr. se encargaba de proyectar, a medianoche, las películas imposibles en cualquier cartelera convencional. En este caso, sobre la podrida experiencia de la escena punk de Los Ángeles. Este film, prohibido y exacerbado, tuvo dos secuelas (una, de 1987, sobre los sonidos de la Costa Oeste de los Estados Unidos y otra sobre los grupos hardcore) y, hasta hace muy poco, lo hubiera considerado como el mejor (o peor, según de dónde se le mire) ejemplo de la experiencia del escupitajo, la sangre, las guitarras desafinadas y los insultos convertidos en una obra de arte.

Lovedolls Superstar (1986), de David Markey, me intoxicó con el pecado capital de la envidia, puesto que no la conocía. Para colmo, descubrí que se trataba de una extensión de la ya mítica (me había prohibido volver a utilizar esta gastada palabra, pero aquí me tienen) Desperate Teenage Loverdolls de 1984. Corrí a llenar mis baches y me encontré con una experiencia típica de las ficciones del punk: sobreactuaciones, edición descontrolada, sonido cacofónico y humor de mala leche. Es una curiosidad, a no dudarlo, pero no me arrepentí de no haberla incluido en la lista de mi cementerio sagrado del cine sobre el rock.

Pero la quinta película de la lista es la que justifica estas líneas para los lectores colombianos: la presencia de la película Rodrigo D.: No futuro (1990) del director paisa Víctor Gaviria. Ya se ve venir la pronta canonización, por parte de la crítica contestataria, de la obra del director de La vendedora de rosas, por su película La mujer del animal que, en su momento, anunciamos a través de una entrevista a su realizador en Arcadia (2015/08/21). Este es, considero, el momento perfecto para recordar la ópera prima del gestor de los grandes extremos audiovisuales de Latinoamérica. Nunca pensé que Rodrigo D.: No futuro estaría en la lista de Mr. Moore. En la mía figuraba como “una mezcla de Quadrophenia, Accatone de Pasolini y The Decline of the Western Civilisation”, pues la respeto tanto como el cariño y la admiración que he sentido siempre por Gaviria, desde nuestros ya lejanos tiempos en los que ayudábamos a inventar el cine en la televisión colombiana. El punk en Medellín es una institución secreta, como lo debe ser todo lo que se inventó en las cloacas de la marginalidad. La película de Víctor saca a la luz una colección de frustraciones que terminan convertidas en una celebración cinematográfica. Sin embargo, ironías del destino, el tiempo se encarga de darle la razón al título del film: No futuro es ahora, de manera literal, un testimonio del pasado. ¿Alguna vez se pensó que en el punk habría cabida para la nostalgia?

We Jam Econo: The Story of the Minutemen (Tim Irwin, 2005), We Are The Best! (Lukas Moodysson, 2013), SLC Punk (James Merendino, 1998) y Shellshock Rock (John T. Davis, 1979) complementan el menú de Thurston Moore. Hasta allí llegaron las coincidencias, porque entramos en un territorio de purista, de fanático integrante de una cofradía excelsa, de cultores de films incunables, los cuales he valorado en el territorio del olvido, por culpa de urgencias y de pasiones que no parecen acercarse a las urgencias cinéfilo-musicales del caballero de Sonic Youth. Pero el film que cierra el conjunto sí coincide a plenitud con mis pasiones y aplaudí a rabiar la feliz correspondencia. Se trataba, se trata, de Control (2007) de Anthony Corbijn, la película sobre la vida y el suicidio de Ian Curtis y su paso por Joy Division. En otras ocasiones he reconocido que prefiero mil veces los documentales sobre música a esa tendencia frustrante de las biopics (películas biográficas) en la que las reconstrucciones terminan desdibujando lo que pretenden homenajear. Todo lo contrario sucede con Control, verdadera obra maestra de la música y del cine, la cual brinda una luz de esperanza hacia las posibilidades de la ficción cuando pretende abrirse camino en las tortuosas evidencias de la realidad.

Terminando este artículo, recibí la inesperada llamada de Thurston Moore quien, con un inglés de las cavernas, me preguntó sin coqueterías acerca de la lista de mis películas favoritas. Tartamudeando, le recité: Gimme Shelter, The Last Waltz, Quadrophenia, Hail, Hail, Rock And Roll!, Woodstock, The Song Remains The Same, 200 Motels, Stop Making Sense, Don’t Look Back, Let It Be, Jailhouse Rock, Almost Famous, Let The Good Times Rock… y me detuve. Al otro lado de la línea, habían colgado.

*Dramaturgoy periodista.

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