Antigua residencia de Laureano Gómez, en la carrera 15 n.º 37-15.
  • Antigua residencia de Gustavo Rojas Pinilla, en la carrera 15 n.º 37-36, en el barrio La Soledad, de Bogotá

Teusaquillo: un vórtice de memoria y olvido

El barrio resultó ser la localidad con menor abstención de Bogotá, y en ella el Sí dobló al No en el plebiscito, seguramente expresión de nuevos habitantes ligados a la academia, las ONG, el arte y la cultura, junto con antiguos vecinos o sus descendientes. Un ensayo sobre la memoria de una localidad con una centralidad simbólica y geográfica en el país.

2016/11/22

Por Hernán Darío Correa* Bogotá

Tanto el Sí como el No del plebiscito pasado están envueltos en una paradoja típica de nuestra historia: ambos se propusieron como tales para olvidar el conflicto, el uno para perdonar, y el otro para perpetuarlo, pero los dos, en el caso de la votación en Bogotá y las grandes ciudades, desconociendo o queriendo ignorar las formas urbanas específicas que este también tuvo, sobre la base de que habría sido un fenómeno exclusivamente rural.

Dicha paradoja resulta ser, tal vez, un correlato de aquel aserto sobre la negación del cuerpo, ese espacio de la memoria por excelencia, en los impersonales edificios de una ciudad que impone por definición la intemporalidad y el aislamiento cuando se propone como refugio, como escenario de la modernización y del progreso ininterrumpidos, de la atomización y del individualismo exento de responsabilidades;1 y nos aboca a la pregunta por la memoria urbana del conflicto, y la revelación de su presencia en los espacios de ese cuerpo colectivo que son los barrios.

Con preguntas sobre los escenarios actuales donde se levantó el debate sobre la paz, y qué tanto han cambiado detrás de la continuidad de las fachadas urbanas; y también por la presencia directa del conflicto armado en nuestras calles, dentro de iniciativas de construcción de paz como Paz/Haremos, 52 habitantes de Teusaquillo y La Soledad nos propusimos desde hace tres meses juntarnos y reconocernos como Otros respecto de lo que éramos como vecinos cuando se inició el ciclo de violencia que ahora intentamos superar como país, convencidos de que solo rescatando la doble narrativa de lo sucedido en nuestras calles, y de los cambios que se han vivido a lo largo de ese medio siglo, podremos afincar los profundos anclajes que exige el edificio de la paz, más allá de escuchar la necesaria memoria que ha atesorado el campo sobre todo aquello.2

Y en esa búsqueda, que inicialmente se figuró como paulatina y progresiva, nos tomó por asalto a comienzos de septiembre la agenda del plebiscito, como se sabe precipitada y afanosa después de cuatro años de discusiones discretas y, si se quiere, herméticas en torno a la construcción de los acuerdos de paz de La Habana. Y así nos precipitamos al vórtice del último mes, colmado de zozobra, entusiasmo y sentimientos encontrados en medio de sucesos políticos y de movimientos ciudadanos como Pazalacalle, que también nació y se reproduce en las calles de La Soledad.

Y en ese vórtice, ha aparecido el pasado como un fardo que arroja su peso sobre la conciencia de los vivos, y al mismo tiempo nos permite adueñarnos de un recuerdo tal como este relampaguea en un instante de peligro.3 ¿De qué otra forma se pueden asumir las asambleas nocturnas de Pazalacalle realizadas en el Park Way todas estas semanas, cuyos ecos han retumbado una y otra vez sobre la casa de enfrente, donde vivía Mariano Ospina Pérez, presidente de Colombia al momento de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, o sobre la sede del Partido Conservador, en el otro costado de la avenida, cuya otra fracción política, la laureanista, se propuso en aquellos años “hacer invivible la República”, como ahora sus herederos políticos e ideológicos del Centro Democrático para, según ellos, proteger la tradición, la familia y la propiedad privada?

En efecto, en esta localidad de Teusaquillo vivieron hace ya muchos años las personalidades públicas cuyas decisiones incidieron en el complejo curso de los conflictos nacionales aún vigentes, tales como Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez, Gustavo Rojas Pinilla, Jorge Eliécer Gaitán o Julio César Turbay, entre muchos otros. Y aún más, esta localidad ha sido escenario de hechos directos de violencia sucedidos desde entonces, como la oleada de atentados dinamiteros contra las sedes políticas durante los años ochenta y noventa por parte de Pablo Escobar; la toma de la Embajada de la República Dominicana en la carrera 30 con calle 47 por parte del M-19, movimiento que nació como tal a partir del asedio de tanques de guerra a la casa de la familia Rojas Pinilla en la carrera 15 con calle 37 en abril de 1970, ante la afluencia de gente popular que protestaba por el robo de las elecciones presidenciales; el vil asesinato de Jaime Garzón, enfrente de Corferias; la invasión con tanques de guerra de la Universidad Nacional en 1968, por entonces un parque de la localidad aún no aislado por las actuales cercas que lo circundan, ordenada por el mismísimo presidente de la república, Carlos Lleras Restrepo, lleno de rabia por las protestas estudiantiles que lo habían denunciado en la Facultad de Derecho; o el entierro de Gaitán en abril de 1948 en su propia casa del barrio Santa Teresita, donde después de haber sido exhumado fue sembrado recientemente de pie bajo un árbol en el actual Centro del mismo nombre; o las tensiones y hechos de violencia vecinal en la 35 con 17 alrededor de los albergues de los paramilitares recién desmovilizados dentro de la farsa de justicia y paz de la primera década de este siglo, entre muchos otros sucesos cuyos fantasmas palpitan bajo un olvido interesado o inconsciente que se figuran como lejanos al conflicto armado.

Y ni qué decir de las fronteras de la localidad, enmarcadas en su costado sur por el Cementerio Central y las fosas comunes de abril de 1948; al occidente, por la avenida 68, por donde han desfilado todos los 20 de julio unas fuerzas armadas ostentosas bajo un violento lenguaje estigmatizador del enemigo interno; y al oriente, por el monumento al inmolado símbolo de la paz de comienzos del siglo XX, Rafael Uribe Uribe, a la entrada del Parque Nacional, donde además se agolpó la multitud el día del entierro de Gaitán, cuyas palabras volvieron a resonar este año en la Plaza de Bolívar como ese fantasma urbano que habita el imaginario nacional desde hace casi siete décadas. En efecto, durante este mes de octubre de 2016, en otra marcha del silencio impulsada por los jóvenes de Pazalacalle, aquella oración por la paz que se recordó explícitamente en algún momento es una perfecta expresión del actual clamor nacional:

“Señor Presidente: serenamente, tranquilamente, con la emoción que atraviesa el espíritu de los hombres que llenan esta plaza, con esa emoción profunda os pedimos que ejerzáis vuestro mandato, el mismo que os ha dado el pueblo, en favor de la tranquilidad pública. Todo depende de vos; sabemos que quienes anegan en sangre este país cesarían en su pérfida siega. Esos espíritus de mal corazón cesarían al simple imperio de vuestra voluntad. Amamos hondamente a esta patria nuestra y no queremos que nuestra nave victoriosa navegue sobre ríos de sangre. Señor Presidente: No os reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra patria no siga por caminos que nos avergüenzan ante propios y extraños. ¡Os pedimos tesis de piedad y de civilización! Señor Presidente: Os pedimos cosa sencilla para la cual están de más los discursos. (…) Pedimos pequeña cosa y gran cosa: que las luchas políticas se desarrollen por cauces de constitucionalidad. (…) Sólo os pedimos la defensa de la vida humana, que es lo menos que puede pedir un pueblo. En vez de esta ola de barbarie, podéis aprovechar nuestra capacidad laborante para beneficio del progreso de Colombia”.

Orgullo, y vergüenza, escribí en un trino de Facebook para denotar el vigor de esa protesta juvenil de hoy engendrada desde las calles de La Soledad y proyectada nacionalmente, pero también la patética repetición nacional: porque en Colombia se trata, efectivamente, de fantasmas urbanos, de ciclos de repetición, y de patéticos juegos de memoria, y de olvido.

Dentro de ellos, como aquellos relámpagos de que habló Walter Benjamin, lo mejor de nuestras actuales imaginación ciudadana y creatividad artística se ha alternado para cubrir sucesivamente dicha plaza con el manto de las lápidas efímeras pero inolvidables de Doris Salcedo, y el grito unánime de varias marchas de miles de jóvenes citadinos, de campesinos, indígenas, afrocolombianos, víctimas y mujeres de todos los confines del país; la lectura de la novela Los ejércitos, de Evelio Rosero, durante todo un día frente al Capitolio, y el surgimiento de los jardines de los mártires de la UP o de las plantas florecidas sobre la palabra Acuerdo sembradas por #AccionesPorElacuerdo; o para dar vida al campamento por la paz que ha ocupado la Plaza de Bolívar desde el 3 de octubre, ahora amenazado soterradamente por una Alcaldía Mayor incómoda con tantos fantasmas redivivos…

Porque en este mes de vértigo la ciudad se ha ido desentrañando de una memoria represada, y ha venido asumiendo acciones colectivas ejemplares, tal vez como una forma de transformar las existencias acomodadas y aisladas que alimentan esos fantasmas irredentos, y volver sobre los fueros de antiguas causas sociales. Hasta el punto de que al preguntarle por estos asuntos a Clemencia Guzmán, vecina y gestora de la iniciativa Paz/Haremos, periodista, historiadora y defensora del patrimonio urbanístico de la localidad de Teusaquillo, me dijo: “Esta localidad ha sido un espacio de desplazados desde siempre. Armenios y judíos alrededor del parque Armenia, expulsados de sus tierras euroasiáticas a comienzos del siglo XX por las masacres en Turquía y los progromos del zarismo, se afincaron en esas vecindades donde aún se levanta la que era la sinagoga de la ciudad, hoy sede juvenil cristiana; los vascos alrededor del actual Palermo y del parque Guernika de la carrera 19 con calles 48 y 49; los alemanes del ‘barrio de los nazis’, entre la avenida 28, la calle 34 y el actual Colsubsidio”; a lo cual habría que agregar, para no citar sino otro caso, y otra época, la inmigración en el mismo barrio Palermo de tolimenses expulsados de su tierra por la Violencia de los años cincuenta, analizada en los tempranos años setenta por el sociólogo Carlos Castillo.4

Y dichas acciones han supuesto potenciar esos espacios urbanos y de integración de la vecindad que son los jardines, símbolos de una ciudad contemporánea que marcó desde su fundación en aquellos años cuarenta hitos panamericanos aún visibles en nombres como los parques Brasil, en la calle 39 con carreras 17 y 18, Ecuador, en la misma calle 39 con 29, o de la Revolución Francesa, al costado de la avenida 28 antes de su empate con la carrera 30, entre muchos otros, los cuales se erigieron como espacios de la ciudad jardín que diseñó Karl Brunner, y ahora están colmados al mismo tiempo de fantasmas en trance de ser redimidos por la memoria y la decisión de paz, por acciones colectivas de integración y de renovación política, y también por furtivas proyecciones de sentimientos tristes que aún inspiran a unos pocos que optaron por el olvido para reproducir la guerra, y vierten odio y rabia manifiestos en la forma como algunos han desgarrado los carteles del Sí en varios restaurantes y cafés del vecindario, o con la que arrancaron las cintas blancas con que abrazamos los árboles del Park Way con mensajes de paz. Pero muy a su pesar, las transformaciones ya son palpables en esas acciones semanales enfrente del monumento del Almirante Padilla, y anunciaron su contundencia en los mismos recientes resultados electorales del plebiscito: Teusaquillo resultó ser la localidad con menor abstención de la ciudad, y en ella el Sí dobló al No en el plebiscito, seguramente expresión de nuevos habitantes ligados a la academia, las ONG, el arte y la cultura, junto con antiguos vecinos o sus descendientes, que aún recuerdan…

La pregunta entonces se refiere a si los vecinos de todas las edades y condiciones que estamos saliendo a las calles podremos seguir ofreciendo una senda de paz desde una permanente dinámica de convivencia que se ha recreado de forma cotidiana en los parques, pero que ahora se desdobla en voluntad pública de transformación ciudadana, haciendo sentir su voz semanal en las asambleas de Pazalacalle, o en las iniciativas simbólicas de Paz/Haremos. Porque allí, en esa potente expresión ciudadana, aún hay y habrá duras luchas, o sordas y pequeñas disputas por los símbolos en torno a los caminos de la paz que sobrevendrán después de sortear la configuración del nuevo acuerdo.

Entonces se librará entre muchas otras una batalla de fondo, tal vez la más duradera si sabemos adelantarla y ganarla: la que desata los cuerpos y su memoria en sus interacciones con la ciudad y con los congéneres; la que libera las tensiones en los parques y jardines convertidos en escenarios de integración, de convivencia y de acciones colectivas que empiezan a desvanecer fantasmas una vez identificados, y le recuperan un lugar a la verdad como aliento que disipa el olvido, impide la guerra y genera nuevos protagonismos políticos y al mismo tiempo sociales, desde una localidad que podría seguir mostrando cómo rescatar un cuerpo personal y colectivo que se hace político justamente porque recuerda, afronta, grita, delibera en los espacios públicos, decide y sana sus heridas…

*Sociólogo.

1. Richard Sennet, Carne y piedra, El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, Alianza Editorial, 1997.

2. Ver los Informes de la Comisión de Memoria Histórica sobre las masacres y en general la violencia de las últimas décadas, que salvo los tomos dedicados a las comunas de Medellín y la Operación Orión, no han enfocado las memorias urbanas en torno al conflicto armado.

3. Parafraseando a Carlos Marx, de su El 18 Brumario de Luis Bonaparte; y a Walter Benjamin, en su VI tesis de filosofía de la Historia, en Ensayos escogidos, Buenos Aires, Sur, 1967, respectivamente.

4. “Palermo: un barrio de clase media”, en Carlos Castillo, Vida urbana y urbanismo. Biblioteca Básica Colombiana, n.º 30. Bogotá, Instituto Colombiano de cultura, 1977.

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