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La corona

"El mundo está sintiendo nostalgia de coronas": Antonio Caballero sobre 'The Crown', la serie de Netflix dedicada a la vida de la reina Isabel II.

2018/01/23

Por Antonio Caballero

Me dicen que la serie de televisión The Crown, que sigue paso a paso la larga vida funcionarial de la reina Isabel II de Inglaterra, es apasionante. No la he visto. Pero sinceramente no lo creo. Apasionante puede ser una película sobre la vida de su remota predecesora Isabel I, la “Reina Virgen”, con sus amantes decapitados y sus fastuosos trajes renacentistas, sus piratas y sus guerras de religión. O sobre la de casi cualquier otra reina de la historia: Cleopatra de Egipto, Isabel la Católica, Catalina de Rusia. Pero ¿la de esta sosa reina insignificante de sombreritos redondos de colores pastel?

Creo que no han llegado todavía al episodio en que manda asesinar a su nuera, la princesa Diana, en París. A ver si lo muestran. Pero salvo ese detalle, lo más cinematográficamente tremebundo que ha hecho Isabel II en su larga vida burocrática ha sido el desnucamiento con sus propias manos de un faisán al que había herido de un tiro de escopeta en los bosques de caza de alguno de sus palacios, indiscretamente filmado con teleobjetivo por un paparazzi indiscreto. A ver si muestran eso también.

En un artículo entusiasta la revista Semana explica que lo más fascinante de la serie de televisión consiste en que demuestra que la reina Isabel habla perfecto inglés. Yo había oído decir eso mismo, como un elogio, de Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, de Jawaharlal Nehru, primer ministro de la India, del rey Juan Carlos de España. Y sin duda es un mérito notable para cualquier extranjero. Pero ¿lo es para una señora nacida y criada en Inglaterra, y que cuando viaja a las excolonias británicas del Commonwealth solo se expresa en inglés? Sinceramente tampoco lo creo. Creo que lo que pasa es que le admiran todo, los sombreros de flores, la cartera en la que según es fama no lleva nunca ni llaves ni dinero, el acento inevitablemente inglés, por una sola razón: porque es reina. Es la última reina viva que queda en el planeta.

No hablo de reinas en un sentido metafórico: reinas de belleza, “reinas” de la cocaína, reinas del Carnaval de Barranquilla. La única reina de verdad que queda es Isabel II de Inglaterra, dándole la razón póstumamente al rey Faruk de Egipto, que cuando fue derrocado vaticinó que pronto no quedarían en el mundo sino cinco reyes: el de Inglaterra y los cuatro de la baraja. Está, me dirán, la de Holanda: pero es de nacionalidad argentina, y eso no es serio para una reina. La nueva reina de Tailandia, que va a las fiestas de su marido desnuda. La de Suecia, la de Jordania, la de España. Pero son reinas consortes. No son ellas las que llevan la corona, sino sus maridos. Ahí está el detalle. Si la serie sobre la reina Isabel II importa es porque no es sobre la reina, sino sobre lo que la reina encarna y representa: “the Crown”. La Corona. El mundo está sintiendo nostalgia de coronas.

Claire Foy interpreta a la reina Isabel II en la serie The Crown. Netflix.

Fíjense en esta foto: no solo en los brocados de seda escarlata de los  tronos, ni en los cortinajes de terciopelo con borlas de pesado hilo de oro, y ni siquiera en la corona de diamantes de la reina: los fastos de la corona que impresionan al turista. Sino en la divisa del escudo real, con su león y su unicornio: “Dieu et mon droit”. Está en francés porque los monarcas ingleses no aprendieron a hablar inglés sino muy tarde, a mediados del siglo XVI: a lo mejor viene de ahí la reflexión de Semana sobre lo sorprendentemente bien que lo pronuncia la de ahora, sin acento. “Dieu et mon droit”: “Dios y mi derecho”. Eso es lo que impresiona y atrae, no solo al turista, sino al ciudadano. Nada puede haber más contrario al principio democrático que semejante afirmación arbitraria: un resonante “porque a mí me da la gana”, tomando a Dios por garante. Pero es precisamente esa arbitrariedad antidemocrática la que últimamente se han puesto a añorar los pueblos, o por lo menos los televidentes.

De ahí el empeño por fundar nuevas casas reales: en el Kazajstán de los Nazarbáyev, en la Cuba de los Castro, en la Corea del Norte de los Kim, en el Congo de los Kabila, en el Perú de los Fujimori, en los Estados Unidos de las dinastías frustradas de los Kennedy y de los Clinton y de los Bush, y en donde ahora se cocina la candidatura presidencial de Ivanka Trump. Y en Colombia, por supuesto.

Muy pronto la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución francesa será sustituida oficialmente por la revista Hola.

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