Salzburgo o Ciudad-Castillo de la Sal, a orillas del río Salzach, en Austria. / Thomas Bernhard en la Navidad de 1957.

La Salzburgo de Thomas Bernhard

Una peregrinación a la ciudad de Thomas Bernhard, una tormenta de nieve que oculta para siempre la fascinación con los peregrinajes literarios. Un viaje de una noche de invierno que termina con la huida al día siguiente para siempre del lugar del autor de 'El malogrado'.

2016/12/09

Por Fernanda Trías* Lima

1.

Se sabe que los escritores solemos ser fetichistas y propensos a los rituales. Visitamos tumbas, colgamos fotos de escritores muertos, atesoramos primeras ediciones; la dedicatoria de un autor admirado eleva el libro a objeto de culto y qué decir de las bibliotecas. Es común oír a un escritor afirmar que no podría vivir sin la suya. Los libros se acumulan en las paredes, incluso aquellos que nunca, ni en un millón de años, volveríamos a leer. Con el tiempo nos vamos convirtiendo en seres pesados, no móviles, porque cualquiera que alguna vez haya transportado una biblioteca a otro país, sabe lo que eso implica. Pero cuando la vida y sus caprichos te han convertido en una vagabunda, difícil aferrarse a esa carga. No sé en qué punto de mis seis mudanzas a distintos países extranjeros abandoné todo fetichismo. Primero se fueron los objetos, comprados en infinidad de viajes; luego los libros y, finalmente, los rituales. Las peregrinaciones literarias fueron perdiendo interés para mí como si se tratara de un desprendimiento natural, el último rito que me unía a los objetos sagrados. Las peregrinaciones, es decir, el turismo literario, eran el residuo de esos libros que me negaba a acumular, el polvillo de una obra en construcción.

¿Qué buscamos cuando hacemos una peregrinación literaria? A comienzos de 2013 escribí una novela breve, La ciudad invencible, que tenía como punto de partida la ciudad de Buenos Aires, donde viví dos años. Uno de los capítulos de ese texto comienza así:

Otra no busques, no hay

La literatura de Buenos Aires es Buenos Aires. No se puede buscar, como no se puede encontrar nada dentro de una caja vacía más que la caja misma. La peregrinación a la casa donde nació Borges, al Parque Lezama, al departamento de la Pizarnik fue, para mí, tan inútil como desilusionante. Un edificio blanco, petiso, que no dice nada; una calle que ha perdido su encanto; un puerta verde, nada más que verde.

La literatura de Buenos Aires siempre sucede en otra parte, se está escribiendo en otros barrios, quién sabe cuáles, en los piquetes, en las fruterías de los paraguayos, en los apagones, mientras la comida de Navidad se pudre, huele la carne, corren los chinos a comprar bolsas de hielo para no perder la leche y las patys congeladas. Tal vez la escriban los nietos de esos mismos chinos, los que por las noches apagarán las heladeras para ahorrar electricidad. No hay que buscar la literatura; mucho menos la frase. A lo sumo se busca lo que está detrás de las palabras.

El título hace referencia a uno de mis poemas favoritos, “La ciudad” de Konstantino Kavafis (No hallarás otra tierra ni otro mar / La ciudad irá en ti siempre. Volverás / a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez), puesto que toda peregrinación es, en definitiva, una peregrinación interna: hacia la propia ciudad, hacia la propia idea de dios, hacia uno mismo.

En su prólogo a El discurso vacío, el escritor uruguayo Mario Levrero (1940-2004) incluyó el siguiente poema:

He visto a Dios

cruzar por la mirada de una puta

hacerme señas con las antenas de una hormiga

hacerse vino en un racimo de uvas olvidado en la parra

visitarme en un sueño con el aspecto repulsivo de una babosa gigantesca;

he visto a Dios en un rayo de sol que oblicuamente animaba

la tarde;

en el buzo violeta de mi amante después de una tormenta; en la luz roja de un

semáforo

en una abeja que libaba empecinadamente de una florecita miserable, mustia y

pisoteada, en la plaza Congreso;

he visto a Dios incluso en una iglesia.

¿Dónde está lo que buscamos, cuando hacemos una peregrinación literaria? Dice el diccionario etimológico que el vocablo latín peregrinatio significa “viaje al extranjero” y que recién en la época cristiana adquirió el significado de “viaje a un lugar de culto”, cuando la piadosa Egeria narró su peregrinación a la Tierra Santa y escribió, así, el primer diario de viaje conocido. La idea de peregrinación siempre incluye un trayecto largo y un camino escabroso. La peregrinación sería entonces el sacrificio del caminante, pero también durante ese camino plagado de dificultades, el peregrino va conectando con el objeto de su devoción. El camino se convierte en una suerte de conversación tête à tête, un momento íntimo, y es por eso que la comunión o el homenaje ocurren antes de llegar al punto final. Al igual que Ítaca, el lugar al que se peregrina no te ha engañado, solo te ha dado el viaje.

2.

Pero en diciembre de 1999, aún no había vivido en otro lugar excepto Montevideo, mucho menos presagiaba el periplo internacional en el que se convertiría mi vida a partir de 2004. Entonces, mi relación con Montevideo era turbulenta, por decir lo menos. Al igual que Bernhard con Salzburgo, y con toda Austria, yo podía decir de mi ciudad: “No nos une el amor sino el espanto” (“Buenos Aires”, J.L. Borges). Y fue desde allí, desde el espanto, el aislamiento y la incomprensión, que quedó sellada una amistad de ultratumba entre ese autor austríaco, fallecido en 1989, a los 58 años, y una escritora uruguaya inédita de 23.

Yo quería recibir el nuevo siglo, o mejor, el nuevo milenio, lejos de la ciudad espantosa. Mi primer viaje a Europa comenzó en Londres y siguió hacia París, Barcelona, Roma y Berlín. Para entonces ya había leído 13 de las 19 novelas que dejó Bernhard, maestro prolífico de las letras alemanas, y me pareció apenas lógico agregar un pequeño desvío a mi tour de grandes ciudades: Salzburgo, la ciudad odiada por Bernhard. Podría haber peregrinado a su tumba en el cementerio de Viena o a su casa-museo en las afueras de Ohlsdorf, donde además se puede observar un par de sus zapatos italianos. Pero no. Yo quería ver, sentir, la otra ciudad, Salzburgo, la ciudad donde vivió desde los 12 años, la ciudad que le había quebrado el alma e inoculado ese rechazo purulento que él drenó con especial saña en su hermosa serie autobiográfica: El origen, El sótano, El aliento, El frío, Un niño. Salzburgo, el orgullo nacional, con su majestuosa arquitectura barroca, símbolo de la sofisticación en el arte, ciudad de Mozart que también acogió a Paracelso y a Stefan Zweig, representaba para Bernhard la hipocresía y la perversidad del catolicismo y del nacionalsocialismo (“la asquerosa perversidad de su espíritu pervertido”). Lo que Salzburgo prefiere olvidar es el descontento de Mozart, que lo llevó a abandonar la ciudad e instalarse en Viena; que Paracelso fue tachado de simple “curandero”; y que los libros de Stefan Zweig se quemaron en la Residenzplatz bajo las órdenes del llamado “Goebbels de Salzburgo”.

En una fecha imprecisa de enero de 2000, salí para Salzburgo en un tren que se iba adentrando en un paisaje cada vez más helado. Había reservado una habitación en una casa de familia y al llegar me recibió una mujer gorda de mejillas rojas que contrastaban con la blancura del cuarto. Sin ornamentos en las paredes, una habitación amplia, monacal, cuyo único exceso de comodidad se manifestaba en el abultado edredón blanco de plumas de ganso. Dejé mi mochila y decidí salir a caminar un poco; quería aprovechar las últimas horas de luz para subir hasta el castillo y ver de arriba la ciudad hecha de cúpulas. Salzburgo era pequeña, pulcra, de calles de adoquines; ningún elemento parecía fuera de lugar y eso le daba un aspecto a casita de juguete. Perfecta, como me lo esperaba, y con ese aire provincial de cualquier ciudad chica. Al cruzar el centro, una tienda de ropa me llamó la atención: en la vitrina, tres maniquíes sin cabeza vestidos con trajecitos grises, la falda por debajo de la rodilla, el saco anticuado y sin forma, con hombreras. Parecían estar ahí desde antes de la Segunda Guerra. Ojalá hubiese recordado en aquel momento el viejo proverbio: ciudad chica, infierno grande. Pero un infierno de nieve y frío, no de llamas y tridentes.

Cuando iba subiendo la pendiente hacia el castillo, empezaron a caer los primeros copos. El frío me había entumecido las piernas, pero el esfuerzo de trepar movía la sangre y generaba un cosquilleo molesto. En esa lucha interna entre mi sangre y el rigor invernal de Salzburgo se resume todo. Las piernas aceleraron el paso y el aliento me faltaba, porque el aire, convertido en hielo, me congelaba los pulmones. Sin embargo, la ciudad que iba dejando atrás se veía hermosa. Una belleza por cierto ordenada, armónica, como si incluso la estética debiera acatar órdenes; una belleza muerta. Tuve mi primer atisbo de lo que Bernhard había descrito como “un cementerio en la superficie hermoso, pero bajo esa superficie en realidad horrible (…), un museo de la muerte, frío y expuesto a todas las enfermedades y vilezas”.

Llegué a la cima y, aunque era temprano en la tarde, el castillo ya estaba cerrando. Tuve que conformarme con mirar Salzburgo desde allí. Lejos de esa imagen pacífica de copos gordos que caen parejos, la ventisca entorpecía la vista panorámica y arañaba el aire con sus garras blancas. Había algo perturbador en la urgencia con que los guardias del museo quitaban el cartel, clausuraban ventanillas y cerraban las puertas. Para el momento en que llegué nuevamente a la base de la colina, el viento empujaba la nieve en todas direcciones y no se distinguía el pavimento de la calle de lo que había sido el andén. No quedaban huellas de autos, tampoco de pisadas. Mis botas hacían crujir el hielo, pero el ruido del viento que me golpeaba la cara y la ropa empezaba a cubrirlo todo.

Caminé más rápido; podía intuir que la cosa se estaba poniendo fea. Crucé el puente sobre el río Salzach, que cortaba la ciudad en dos, y recién entonces noté que yo era la única persona en la calle. De pronto, todas las ventanas tenían cerrados sus postigos de madera. Ningún comercio abierto, ningún lugar donde refugiarse. Escondí la nariz dentro de la bufanda para calentarla con mi aliento. No sentía las orejas, tampoco, y la nieve se me metía en los ojos cuando intentaba identificar el camino de regreso a la casa. Todo estaba sepultado; no se veían los carteles con los nombres de las calles y la ciudad se había hundido en una monotonía irreconocible. La nariz y las orejas empezaron a dolerme con un dolor nuevo: detrás del entumecimiento latía un ardor con pinchazos cortos pero lacerantes. Tal vez fuera así que se anunciaba la necrosis. Imaginé mi cara cayéndose a pedazos sobre la nieve. Quedaba claro que la tormenta estaba anunciada y que todos se habían preparado para ella. ¿Por qué la mujer de la casa no me lo advirtió? Por mezquina, pensé con odio, por maldad. Ahora no tenía sentido pedir auxilio ni golpear puertas. Los habitantes de Salzburgo mirarían hacia otro lado (estaba segura), mientras hacían tintinear sus tazas de chocolate caliente. Sentí que no podía respirar, tal vez por el frío extremo, el miedo o por esa claustrofobia que le generaba a Bernhard esta ciudad malvada con sus seres malvados: “Su inhumana atmósfera provoca ahogo y nada más que ahogo”.

La tormenta desató el resto de su furia con unos truenos y relámpagos violentos. En mi vida había visto rayos así. Parecían raíces de árboles incandescentes. Creí entonces que iba a morir, siendo yo lo único que se movía en la ciudad. Un rayo me dejaría fulminada, una silueta negra, un hoyo en la tierra de Salzburgo, la tierra de Thomas Bernhard. Salzburgo quería sepultarme y yo me batía a duelo como lo había hecho el propio Bernhard, él con su tos tuberculosa y sus palabras implacables, yo con mi garra charrúa. En ese momento reconocí los tres maniquíes sin cabeza en sus trajes de tweed. Calculé el ángulo en que los había visto en el camino inverso y me arriesgué por una calle angosta que era apenas un vacío. Un trueno me retumbó en el pecho y enseguida un rayo refulgió detrás de las vías del tren elevado. Fue gracias a ese destello que pude orientarme; la casa quedaba justo frente a las vías, unas dos o tres cuadras más adelante.

Esa noche ni siquiera deshice la mochila. Conocí el calor desaforado de las plumas de ganso y, a la mañana siguiente, ante la sonrisa falsamente amable de la mujer de mejillas coloradas, dejé Salzburgo para siempre.

3.

Escribo esta crónica desde un hotel modesto en el barrio San Isidro de Lima. Mi habitación no tiene ventana, o la tiene, pero es una ventana ciega cubierta por un muro. El bochorno limeño se vuelve más denso aquí dentro, porque la falta de ventilación tampoco permite que el vapor de la ducha y la humedad del verano se vayan del todo. El cielo de Lima, famoso por estar siempre encapotado, eterno gris “panza de burro”, se abrió para recibirnos y nos asestó sus golpes de fuego durante toda la semana. Ahora, en el aire recalentado de mi habitación, con los brazos ardidos y untados en crema, aquella experiencia cercana a la muerte por hipotermia en la ciudad de mi escritor favorito resulta fantasmagórica.

Esta ciudad también está cargada de fantasmas, entre ellos, tres de los poetas que más admiro: José Watanabe, Blanca Varela y Jorge Eduardo Eielson. Vinimos a “Lima la horrible” (como la bautizó el poeta César Moro y la popularizó Sebastián Salazar Bondy en su libro Lima la horrible, 1964) al encuentro de escritores ‘Lima imaginada‘, proyecto hermano de la ‘Bogotá contada‘ de Idartes. ‘Lima imaginada‘, una larga peregrinación grupal por los lugares icónicos de la literatura limeña, me ha vuelvo a confrontar con mi incapacidad para emocionarme ante los bares, casas, barrios, playas y malecones que frecuentaron tantos autores célebres. Ellos pisaron estas mismas piedras, me digo, intentando tensar el nudo de la emoción. ¿No debería sentir algo?

Me emociona, sí, una flor silvestre y maltrecha que alguien dejó sobre la estatua del poeta Antonio Cisneros, pero me quedo fría en el bar Cordano, donde Allen Ginsberg bebió con el mítico Martín Adán. Frente a esa misma vitrina antigua, ahora repleta de sándwiches de pollo, Martín Adán criticó la literatura beat y Ginsberg intentó defenderse diciendo que al menos sus pies no olían a arañas muertas (luego le dedicó el poema “To an Old Poet in Peru”). ¿No debería sentir algo al pararme frente a la casa que perteneció a César Moro y que Eielson intentó comprar a toda costa, con la intención de volver al Perú? No lo logró, y esa frustración terminó de alejarlo de su tierra para exiliarse de manera definitiva en Italia.

Yo también regreso frustrada a mi habitación de hotel, preguntándome si acaso es posible encontrar a Eielson incluso en esa casa de Barranco, en esos muros anhelados e inaccesibles. Me siento a escribir sobre mi peregrinación a Salzburgo (mi peregrinación frustrada), y casi por azar me topo con esta cita: “Guárdese, Gambetti, de visitar los lugares de los escritores y poetas y filósofos; después, no los comprenderá en absoluto”. Thomas Bernhard, Extinción.

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*Escritora uruguaya. Su más reciente libro es No soñarás flores (Laguna, 2016).

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