Crédito: José Navia Lame.

Memoria y resistencia

En Toribío, Cauca, en aquel país donde se ha vivido la guerra, se han silenciado los fusiles. Hace un mes, los nasa realizaron su segunda minga de muralismo como un ejercicio de resistencia con más de 60 pintores. La paz es posible en el terreno del conflicto, así las ciudades a veces le den la espalda a esa Colombia que pocos conocen.

2016/10/26

Por José Navia Lame* Bogotá

La chiva, repleta de pasajeros, avanza perezosa por una carretera de tierra y cascajo que serpentea entre abismos y montañas. Adentro suena un mix de cumbias peruanas. Algunos palmotean. En el capacete viajan en algarabía unos diez indígenas jóvenes. Llevan bastones de madera con cintas de colores y chalecos marcados en la espalda: Kiwe Thegnas (guardianes del territorio). En las nueve bancas de la chiva se apretujan unos 60 pintores. Hay un argentino y siete mexicanos. Llegaron hace cinco días con la alucinante idea de pintar sus murales en esta tierra de picachos y neblina.

Hace más de una hora que salimos de Toribío, un poblado indígena del Cauca que cobró notoriedad por resistir a más de 700 ataques de la guerrilla en los últimos 36 años. Los rebeldes dinamitaron el cuartel de policía y destruyeron medio pueblo en cuatro ocasiones. Los pobladores terminaron por acostumbrarse al ruido de los disparos de los francotiradores o de los comandos que bajaban de las montañas a hostigar la guarnición policial.

Pero hace dos años se silenciaron los fusiles. El gobierno y las Farc, cuyos guerrilleros controlan algunos de estos cañones, mantienen un cese bilateral del fuego como parte de un proceso de paz. Los indígenas nasa, dueños de este territorio, aprovechan la calma para trabajar y hacer fiestas. Ayer bailaron hasta la madrugada en la vereda El Sesteadero y el próximo fin de semana habrá un concierto de despecho en el resguardo de San Francisco.

Ese ambiente festivo se siente, incluso, dentro de la chiva. Por los parlantes se oye ahora el himno del pueblo nasa. La letra se refiere a su lucha milenaria por el territorio… “Y seguiremos peleando mientras no se apague el sol”. Una llovizna menuda apacigua el polvo de la carretera. Hacia el oriente se siluetea una cadena de picos azulosos. Un chorro de aguas cristalinas se precipita por la ladera al entrar a una curva. “Esto está padrísimo, jefe”, dice uno de los mexicanos, que ya se calentó la garganta con Yu’ Beka Nasa, la marca de aguardiente que fabrican los indígenas.

Atravesamos el corregimiento de Tacueyó y seguimos de largo hacia la vereda La Playa. En otros tiempos esta fue zona de combate. A mi lado viaja, contemplativa, Yira Yaya. Es artista plástica de caballete y vive en La Calera, cerca de Bogotá. Vino a pintar, en un muro de 12x6 metros, el rostro de cinco líderes nasa ya fallecidos, algunos de ellos asesinados, como Benjamín Dindicué y Cristóbal Secué.

La llovizna ha amainado cuando llegamos a La Playa. En este recorrido visitaremos algunos lugares donde los artistas pintaron sus murales en la última semana. La convocatoria se llama “Minga de muralismo del pueblo nasa, los colores de la memoria y de la resistencia”. Luego le agregaron un lema que busca cambiar la percepción que el país tiene de esta tierra: “Toribío no es como lo pintan, sino como lo pintamos”.

La Playa es una vereda de casas de ladrillo y bahareque construidas a lado y lado de la carretera. Sus habitantes cultivan hortalizas y crían vacas, cerdos y gallinas. Sobre la fachada del colegio, junto a la vía sin pavimentar, resalta el mural de Óscar Arango, un artista de Cali. El rostro de un niño, una anciana y un hombre de ceño adusto dominan la parte superior de la pared. La mujer se llama Salvadora Silva. Es la más anciana de La Playa. Tiene 103 años y aún les da de comer a las gallinas y camina por el pueblo apoyada en un bastón rústico de madera. El hombre es Honorio Chate, un líder indígena y actual presidente de la junta comunal. Las mujeres de la vereda ayudaron a pintar el maíz capio, el colibrí, la flauta y las palabras Wet Wet Fxizenxi, que completan el cuadro. “Esta pintura es un homenaje a nuestros mayores, que son quienes guían a la comunidad y les enseñan las tradiciones a los niños”, explica un líder indígena a través de un megáfono.

Diez minutos después nos trepamos a la chiva y nos devolvemos hacia Tacueyó. Allí está prevista la segunda parada. En un muro del colegio pintaron un guardia indígena de casi 6 metros de alto. Al fondo hay otra pintura gigantesca de Quintín Lame, uno de los mayores líderes nasa. Murió en 1967 en Ortega (Tolima), adonde huyó hacia 1920 perseguido por la policía y por los terratenientes caucanos. El colegio lleva su nombre. Muchas cosas del territorio nasa se llaman Quintín Lame; pero no he conocido el primer niño nasa que lleve ese nombre. Quintín solo hay uno.

“¡Todos a la chiva, compañeros. Regresamos a Toribío!”, grita uno de los organizadores. Son casi las 2:00 de la tarde. En voz baja dice que apenas visitaremos unos seis o siete de los 60 murales que se hicieron este año en el municipio. Con un pie en el estribo del carro explica que esta jornada de muralismo no es una aventura de pintores locos que se vinieron a pasear a estas montañas, ni un capricho de los indígenas. “Es un acto político”, sentencia.

Horas después, Breiner Ortiz, el coordinador general de la minga, me explica que los nasa han encontrado petroglifos escondidos entre el monte: “Nuestros ancestros marcaban en las rocas los sitios sagrados y los límites del territorio. Nosotros hacemos lo mismo con los murales. Es un acto de resistencia y de ejercicio ancestral de gobierno sobre esta tierra”.

Además de delimitar el territorio, los murales de los nasa son la respuesta a las imágenes de ‘Manuel Marulanda’ y ‘Alfonso Cano’ que las Farc pintan con plantillas y aerosol en las fachadas de las casas y muros del pueblo. Lo hacen de noche para no confrontar con la Guardia Indígena. Los guerrilleros mataron a dos guardias nasa en 2014, luego de que estos les impidieron instalar una valla con propaganda del grupo insurgente en la vereda El Sesteadero.

Hace tres años, cuando las Farc disparaban casi a diario contra el cuartel de policía, los indígenas organizaron la primera jornada de muralismo. En esa minga pintaron, incluso, las trincheras de la fuerza pública. “Menos bazuca, más yuca”, se leía en las ruinas de una casa destruida por los ataques con explosivos.

Pero este año, los dibujos reflejan la tranquilidad que se respira en el poblado. Hay imágenes cosmogónicas en las que se advierten el agua, el trueno, el Sol; otras hacen referencia a las montañas y a lagunas sagradas. Las demás están dedicadas al proceso de resistencia y a líderes emblemáticos, como Marden Betancur (asesinado en Jambaló por el ELN) o el sacerdote nasa Álvaro Ulcué Chocué (muerto por dos sicarios en Santander de Quilichao).

Para que estos elementos formaran parte de los dibujos, los pintores asistieron a charlas sobre cosmovisión nasa, contexto político y a un ritual con los the walas (guías espirituales). La ceremonia se hizo alrededor del fogón, que es el lugar donde, según los nasa, los mayores les enseñan el pensamiento de su pueblo a sus hijos.

Después de escuchar esas charlas, Franck Salvador Atonal, de San Pablo del Monte (Tlaxcala, México), decidió pintar en la pared de la casa de la cultura unas manos tocando una flauta de carrizo. Usó texturas y diseños que, además, remiten al rayo, al Sol, la Luna y la laguna. “Trato de pintar la comunión hombre naturaleza y ayudar con el arte a reforzar la identidad de las comunidades”, dice.

La chiva entra a Toribío por una pendiente que cruza frente al cuartel de policía y a una trinchera de sacos de arena. Las paredes del búnker y de la garita están marcadas por balazos y esquirlas. Son los dibujos y las texturas de la guerra. Lenguaje de fusiles y tatucos.

Atravesamos el pueblo espantando motos con la corneta y seguimos hacia el resguardo de San Francisco, donde —nos anuncian— hay más murales alusivos a la resistencia. De pasada, vimos otras pinturas. Una anciana de piel apergaminada, arco iris, aguas cristalinas que descienden de los páramos, duendes, mariposas y colibríes de Jesús Pancho, el más reconocido pintor de estas montañas, rostros embozados de los guardias que protegen el territorio, manos empuñando bastones, más indígenas muertos en la guerra.

En el casco urbano y en las veredas del municipio hay unas 200 pinturas. Es una gigantesca galería con obras dispersas en medio del monte. Algunos murales sobreviven, desteñidos y descascarados, de la primera minga, en 2013. Otras son pinturas hechas por los estudiantes del Cxapik, la escuela de artes del resguardo.

San Francisco lo recorremos a la carrera porque el firmamento amenaza lluvia. Luego nos metemos por una trocha cenagosa hacia la escuela de Agroecología. Aquí, un colectivo de jovencitas de Bogotá llamado Animalditas pintó zarigüeyas, armadillos y un puerco espín con botas pantaneras.

Al caer la tarde, los pintores se sentaron en círculo sobre un pastizal para hacer un balance de la minga. Todos ofrecieron participar en la siguiente jornada de murales. La mayoría llegó con temor debido a las noticias de la guerra; pero después de cinco días en estas montañas, se van convencidos, según dijeron, de que este es un territorio mágico donde siempre habrá pinturas de paz, aun en medio de la guerra.

*Periodista.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.