El intelectual Eduardo Cote Lamus, uno de los fundadores de la revista Mito.

Una preocupación

"El antiintelectualismo es una actitud derrotista, no insumisa. Empobrece el arte y el humor y quiere que muchos mundos, de todos los que pueden coexistir, se esfumen de la mente".

2016/05/24

Por Carolina Sanín

Me descorazona oír por ahí y leer diariamente, en la prensa nacional, en blogs y en las redes sociales, que se usa y se entiende la palabra “intelectual” como un insulto. “Los intelectuales”, dicen, y es como si se refirieran a los enemigos públicos. Trato de imaginar a qué creen que aluden quienes dan a la palabra una connotación peyorativa. Quizás con “intelectual” quieran decir pedante o presuntuoso, o aburridor, rancio, “poco chévere”. A veces usan el término con un alargue: “pseudointelectual”, y no parecen referirse a alguien falsamente intelectual —que es lo que el prefijo significa— sino creer que refuerzan el insulto, como con el adverbio “so” en “so idiota”.

Me parece claro que el ataque a la intelectualidad no pretende reivindicar otros saberes, sino, simplemente, atacar el uso esforzado y decidido de un instrumento. Se percibe como desmedida y como fraudulenta la dedicación al trabajo del pensamiento, que consiste, simplemente, en detenerse a mirar las cosas: la paz y la guerra, las artes, la naturaleza, el lenguaje, los libros, los deportes, los dioses, la política, a los reyes y a los youtuberos, los trabajos y los días; en no aceptar sin conocer y preguntar.

Los intelectuales tratan de encontrar sentido, de establecer relaciones, de dar razones o de reconocer que no las hay. Además de juzgar, procuran ver cómo las cosas pueden mirarse unas a otras y unas en otras. El intelectual no deja de disfrutar de los objetos ni de la vida, como la opinión ligera parece creer. Disfruta intensamente demorándose en la contemplación de la realidad y dudando de ella. Hace que el mundo dure más que lo que dura, hace que lo que tiene alrededor exista en distintos planos, y que cada interés se extienda a otros intereses. Trata de hacer que unas cosas entren en las otras. Su trabajo es emocionante.

Quizás el desprecio hacia los intelectuales procede de la noción de que todo el mundo debe pensar poco y mirar poco: lo mínimo necesario. Quizá quien es exigente en sus gustos y en su discurso comete una especie de traición contra la cómoda mediocridad —y contra la mayoría—, como ha sugerido David Roa. Quizás el intelectual es un esquirol en una huelga de inconsciencia y pereza. Quien ataca a los intelectuales por intelectuales delata poca fe en sí mismo, pues renuncia a reconocer la capacidad de entender lo simple y lo complejo. Ridiculizar la intelectualidad no es rebeldía contra el academicismo, ni siquiera contra la academia. Implica sometimiento a los poderes de facto. El antiintelectualismo es una actitud derrotista, no insumisa. Empobrece el arte y el humor y quiere que muchos mundos, de todos los que pueden coexistir, se esfumen de la mente.

También es costumbre nacional decir de quien muestra alguna novedad o alguna sofisticación en su juicio que “se hace el intelectual” o es “intelectualoide”. ¿Por qué cuesta tanto creer que la complejidad del discurso no es una pose? ¿Por qué no creer en la evidencia de que hay ideas, y que las ideas están en la cabeza de los humanos? ¿Será que los colombianos creemos que la intelectualidad es algo que no nos merecemos porque pertenece a gente distinta o mejor que nosotros —gente de otro lugar o de otro tiempo—? ¿Nos pasa con los intelectuales como con la educación pública, la salud pública, o los políticos interesados por el bien común?

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