La soprano letona Kristine Opolais en Rusalka, que se podrá ver en salas el 25 de febrero y el primero de abril.

Castas divas

La Metropolitan Opera presenta dos óperas clásicas de Verdi y Dvorák sobre el amor, protagonizadas por las sopranos Kristine Opolais y Sonya Yoncheva.

2017/02/24

Por Jaime Andrés Monsalve* Bogotá

Estrenadas con 50 años de diferencia la una de la otra, La Traviata, de Verdi, y Rusalka, de Dvorák, son, a su manera, historias de amor. Sus protagonistas, si acaso tienen algo más en común que su búsqueda de la redención a través del amor mismo, han cometido el pecado de dejar de ser lo que alguna vez fueron, por buscarlo. La cortesana Violetta de la ópera de Verdi pretende dejar atrás un pasado de prostitución; mientras que Rusalka, todo lo contrario, peca al pretender su descenso al mundo de los mortales siendo una ninfa inmortal.

La condición de los dos personajes reviste otra similitud razonable que llama la atención: Violetta interrumpe de tanto en tanto sus intervenciones, doblegada por la horrible tos de la tuberculosis; mientras que Rusalka, por voluntad propia y como sacrificio ante su deseo de ser mortal, se ve obligada a enmudecer. Causa cuando menos curiosidad esta situación tan particular en el arte que más relevancia le ha dado a la voz humana.

Una historia real y otra de la mitología eslava, respectivamente, inspiraron la creación de estas dos óperas. Como es común en la escena lírica, a ambas heroínas las espera la oscuridad al final del camino. Para Violetta, con su deceso; para Rusalka, en su transformación en espíritu de muerte. Dicen David Pogue y Scott Speck en su muy útil y didáctico Ópera de la serie …Para dummies, que “la divisa de la ópera parece ser: ‘ninguna buena acción queda sin castigo’”. Y los destinos de Violetta y Rusalka no hacen sino comprobar esa premisa.

“Traviata”, en la más literal de sus traducciones significa “extraviada”. Pero a la hora de definir a la protagonista de la pieza lírica verdiana por excelencia, según nos lo hace visible el musicólogo húngaro András Batta, puede funcionar mejor el sinónimo “perdida”. En su enciclopédico volumen Ópera: Compositores, obras, intérpretes, es enfático al poner de relieve el moralismo del que hace acopio Verdi al situar el pasado de Violetta como una anécdota de la cual no hay que enterarse mucho más. “Mera excusa y soporte para la subsiguiente tragedia de la protagonista –asegura Batta–, el objeto verdadero de la trama operística es la historia de un amor emocionado y purificante con un final trágico determinado por las convenciones sociales y el propio pasado de la protagonista”.

En Violetta, alter ego de la Margarita Gauthier de Dumas, hay dos mundos que luchan entre sí: el de la burguesa que vive entre lujos gracias a los favores que concedía en el pasado, y aquella otra que cede ante la posibilidad del amor. La tensión entre ambas se desata en favor de la libertad, aunque poco podrá hacer con ella quien está condenada por la enfermedad mortal. Aun así, conocemos desde el primer acto su declaración de principios, el aria Sempre libera: “¿Qué hacer? / ¡Vivir en los torbellinos / de la voluptuosidad, y morir de placer! / ¡Vivir! ¡Vivir! ¡Ah! / Sí, debo, siempre libre / gozar de fiesta en fiesta. / Quiero que mi vida pase siempre / por los caminos del placer”.

En su estreno en Venecia en 1853, Verdi decidió que los personajes de La Traviata –que se proyectará en salas de Cine Colombia en vivo el 11 de marzo y en diferido 6 de mayo– deberían estar vestidos a la usanza del momento, como cualquier asistente. La incomodidad de un público que pareció verse frente al espejo influyó en el estrepitoso fracaso de esa primera función. Estaba claro que su tiempo llegaría, y llegó, un año más tarde, con los vítores recibidos en la misma ciudad, pero en otro teatro, tras ciertas revisiones al libreto y con un radical cambio de elenco.

Fue el éxito de Verdi el que siempre tuvo en la cabeza Dvorák al escribir Rusalka, básicamente porque era su momento de encontrar una pieza que le garantizara fama y prestigio. Y lo logró, en tanto que hoy sigue siendo la ópera número uno del repertorio checo, en especial por su momento más esperado: su popular Mesícku na nebi hlubokém, la Canción de la luna, cantada por su protagonista, cuarta hija del Espíritu del Agua, a la bruja Jezibaba, para que le conceda el don de ser transformada en mortal y así tener una oportunidad con el joven príncipe del que se ha enamorado. “Dime, ¿dónde está mi amor? / Dile, Luna plateada, / que es mi brazo quien lo abraza / para que se acuerde de mi / al menos un instante”, canta la esperanzada ninfa, hasta ese momento convencida de que encontrará la felicidad entre los humanos. Mientras, como un leitmotiv (apropiación de las enseñanzas de Wagner por parte de Dvorák), tras cada escena el Espíritu del Agua, su padre, estará augurando la desgracia con la letanía “Mi pobre y pálida Rusalka… ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!”.

La joven soprano Kristine Opolais, quien encarna a la protagonista en la temporada del Metropolitan, se ha hecho mundialmente famosa por ese papel. No por nada Anthony Tommasini de The New York Times la calificó como “adorable” y destacó su caracterización, “vocalmente lustrosa y dolorosamente vulnerable”.

Valga la pena recordar que una de las fuentes de donde bebió Dvorák a la hora de decantarse por la historia de Rusalka fue La sirenita, cuento de Hans Christian Andersen basado en la leyenda eslava. Huelga decir que la ópera, y con ello hablamos en plural y no exclusivamente de Rusalka, tiene todo cuanto se le pida, menos un final a lo Disney.

*Periodista musical.

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