Donald Trump en Akron, Ohio, el pasado 22 de agosto.

Armas, religión y basura

Detrás del mito de que Estados Unidos siempre ha sido una sociedad igualitaria, pulula una enorme y frustrada masa de blancos pobres en buena medida ignorada desde la fundación del país. Dos nuevos libros, uno histórico y otro testimonial, arrojan luz sobre esa población que podría convertir a Donald Trump en presidente.

2016/10/26

Por Alejandro Lloreda* Bogotá

A los estadounidenses por lo general les incomoda hablar de clases sociales. Como el autoproclamado país de la clase media, el término se siente de alguna manera ajeno. Fue hasta hace relativamente poco que el tema de la desigualdad volvió al debate político. Antes, la pobreza estaba íntimamente ligada a la raza, porque cuando se hablaba de pobreza en Estados Unidos, por lo general se estaba hablando de las comunidades afroamericanas o latinas. Sin embargo, siempre ha existido, quizás opacada por las discusiones de esclavitud y racismo, una clase blanca pobre, que ha merecido todo tipo de apelativos: hillbilly, clay eater, redneck, white trash. Basura blanca.

Nancy Isenberg busca contar la historia de esta clase blanca pobre en White Trash: The 400 Year Untold History of Class in America. Isenberg es historiadora de la independencia —su anterior libro fue una biografía de Aaron Burr—, y comienza su relato con la inmigración británica a las 13 colonias iniciales de la costa este. Estas no solo fueron pobladas por los puritanos virtuosos que llegaron a la Nueva Inglaterra en el Mayflower. También llegaron, y en especial a los estados del Sur, blancos pobres, sin profesión ni propiedad: lo que en las colonias españolas llamaban ‘blancos de orilla’.

Contrario al mito de que Estados Unidos fue desde un comienzo una sociedad igualitaria, en varias de las colonias se trató de importar el sistema de clases inglés. El filósofo John Locke, por ejemplo, fue accionista de la empresa que creó la colonia de Carolina del Norte, y redactó su constitución de 1669. En esta se diseñó una jerarquía social rígida, con títulos nobiliarios, y una clase de blancos libres situados “encima de los esclavos africanos, pero debajo de la aristocracia”.

Al momento de la independencia influyeron los ideales de la ilustración, pero como demuestra Isenberg, los padres fundadores no eran liberales en el sentido contemporáneo. La mayor parte eran de la clase alta, como Washington y Jefferson, y compartían las preocupaciones y los prejuicios intelectuales de la época. En cuanto a la pobreza, su principal inquietud era cómo evitar la pereza y la inmoralidad entre los pobres. Hasta el célebre Benjamín Franklin, editor y científico hecho a pulso, compartía el interés en la pseudociencia de la eugenesia para mejorar la ‘raza’ americana.

La estructura social variaba de estado a estado, pero a medida que aumentaba la distancia de la costa, el sistema de clases era menos rígido. Hacia los montes Apalaches, en lo que era entonces la frontera agrícola, se establecieron comunidades de blancos pobres. La llegada a la presidencia de Andrew Jackson en 1828, nacido en una de estas poblaciones de frontera, marcó un cambio al ser el primer ‘hombre del común’ en llegar a la presidencia después de los fundadores patricios .

Después de la guerra civil y con la expansión al oeste a través de los land grants, o entregas de tierra federal a los colonos que extendieron la frontera, se abrió una válvula de escape para la pobreza rural. Sin embargo, en el ‘destino manifiesto’ había pocos negros, y aún menos latinos. Las 40 acres y una mula que les prometieron a los afroamericanos después de la guerra civil nunca se materializaron. Por el contrario, el Homestead Act de 1862 entregó y tituló millones de hectáreas a granjeros blancos creando la clase media rural americana.

White Trash tiene un vacío importante en el tratamiento de la clase trabajadora urbana. Asume que el ‘white trash’ es principalmente rural, sureño, y de etnicidad scots-irish, pero ignora las grandes inmigraciones irlandesas, italianas, alemanas y polacas de finales del siglo xix. Estas poblaciones, también blancas, construyeron las grandes industrias americanas —acero, petróleo, automóviles—, y desarrollaron las ciudades manufacturares del noroeste y el denominado rust belt: Chicago, Cleveland, Detroit.

Isenberg se enfoca en las zonas donde no llegó la industria, y en esta clase blanca pobre y rural que más adelante consolidó una identidad hillbilly independiente y reconocible. Esta comenzó a entrar a la cultura popular con novelas como Las uvas de la ira o Para matar a un ruiseñor, con cantantes como Elvis Presley y Dolly Parton, con las series Los duques de Hazzard y Los Beverly ricos y con políticos como Jimmy Carter y Bill Clinton.

Pero a partir de los años ochenta, en las zonas en las que estaba desapareciendo la industria, nació una nueva clase blanca pobre posindustrial. Geográficamente es más dispersa y culturalmente más diversa que los hillbillies de los Apalaches, se extiende desde el Nueva Jersey de Bruce Springsteen hasta los trabajadores de automóviles de Detroit. La componen los trabajadores de cuello azul de industrias intensivas en mano de obra que han sido automatizadas o reubicadas a México o a China. Estos son los mismos que fueron demócratas, afiliados a los sindicatos del AFL-CIO, y que consideran el Nafta firmado como Bill Clinton la máxima traición a la clase trabajadora.

Otro libro para leer este año, y que ayuda a entender lo que está pasando en esta temporada electoral y en la clase trabajadora americana, es Hillbilly Elegy: A Memoir of a Family and Culture in Crisis, que se publicó hace unos meses. El autor, J. D. Vance, cuenta la historia de su familia, nacida en la pobreza rural de Kentucky, y que inmigró a la zona industrial de Ohio en busca de trabajo.

Vance se define como un hillbilly orgulloso, pero describe sin agüero a una comunidad que se echó a perder entre el desempleo, la violencia doméstica y el alcoholismo. Vance escribe como un sobreviviente que logró salir adelante, gracias a su abuela, que lo sacó adelante cuando su mamá estaba luchando con la drogadicción, y a los infantes de marina que le dieron la disciplina para ir a la escuela de derecho de Yale.

Hillbilly Elegy es un retrato magistral de los votantes que abandonaron el partido demócrata por Richard Nixon. Sentían, como dice Vance después de trabajar en un supermercado y ver a sus vecinos revender lo que compraban con ‘food stamps’, que la gente abusaba de los programas de bienestar del gobierno. Esta población blanca ha sentido desfavorecida desde el Civil Rights Act, la gran reforma impulsada por Lyndon B. Johnson en los años sesenta. Está hastiada de los programas de acción afirmativa que ayudan a las minorías. Siente que sus impuestos se van en programas sociales para los negros, los latinos, los homosexuales. Y, al mismo tiempo, las élites políticas firman tratados para acabar con las fábricas y enviar trabajos al extranjero. ¿Quién —se preguntan— va a ayudarle a un hombre blanco heterosexual?

La respuesta para muchos es Donald Trump.

Quizás es irónico que el candidato de la pobreza blanca sea un billonario neoyorquino casado con una inmigrante eslovena, pero, dirán, a caballo regalado no se le mira el diente. Después de despachar a una serie de precandidatos republicanos que tocan guitarra (Mike Huckabee), van a misa los domingos (Ted Cruz), o tienen un largo pedigrí republicano (Bush III), Trump barrió en las primarias con el apoyo del electorado blanco y está a un paso de la presidencia. No los representa, no es como ellos, no los dejaría —como insiste Obama— vivir en uno de sus clubes de golf, pero dice lo que piensan.

¿Y qué piensan?

Que la inmigración mexicana está desbordada. Que el terrorismo islámico está a la vuelta de la esquina. Que los tratados de libre comercio han acabado con sus trabajos. Que las élites políticas los abandonaron. Que se necesita un empresario, con capacidad de ejecución, para terminar con el desangre presupuestal de Washington.

Trump no es el primer populista en la historia de los Estados Unidos. William Jennings Bryan en el siglo XIX movilizó a los pequeños agricultores en contra del patrón oro. En los años treinta, Huey Long, un gobernador de Louisiana que tenía más en común con un populista latinoamericano como Juan Domingo Perón que con cualquier político americano, prometió convertir a “cada hombre en un rey”.

Tampoco es el primero en aplicar lo que el historiador Richard Hofstadter llamó en un famoso ensayo publicado en 1964 el “estilo paranoico en la política americana”. Cuando Trump insiste que Obama no nació en Estados Unidos, está minando una larga veta de teorías de la conspiración masónicas, vaticanas, judías y comunistas. 

Lo importante es que está indignado. Porque detrás de la retórica del sueño americano está un grupo grande de lo que los encuestadores llaman ‘angry white males’. En vez de girar a la izquierda por intereses económicos, como se podría esperarse con un tradicional análisis de clase, ahí sí marxista, este grupo ha buscado cada vez manifestaciones más radicales de la derecha.

En esto hay un paralelo importante con con lo que está sucediendo en Europa. Desde el ukip que forzó el Brexit, hasta el Frente Nacional de Marine Le Pen, hay un mosaico de partidos de ultraderecha cosechando votaciones importantes entre la clase obrera. Con las variaciones nacionales que apliquen, son partidos que tienen su base electoral en comunidades posindustriales que fueron de izquierda, y que se sienten amenazadas por la inmigración.

Los políticos, tanto en Europa como en Estados Unidos, no han sabido cómo reaccionar. Hace ocho años, el entonces candidato Obama metió la pata diciendo que es una clase “amargada, que se agarra de las armas y la religión”. Hillary, por su lado, describió a los votantes de Trump como una “canasta de deplorables.”

Es fácil caricaturizar el drama actual de los blancos pobres: Nascar, Asociación Nacional del Rifle, violencia doméstica, embarazo adolescente y obesidad. En esto hay mucho desconocimiento. Es más probable que las élites americanas conozcan Nueva York o San Francisco que los parques de caravanas en Kentucky. En eso, el libro de J. D. Vance es sumamente valioso: presenta una ventana a la vida actual de millones de americanos que se sienten dejados atrás.

El eslogan de la campaña de Trump —“Let’s make America great again, o ‘hagamos a América grande otra vez’”— está hecho a la medida de su electorado. Las encuestas muestran que ningún grupo poblacional es tan pesimista sobre sus prospectos económicos como el de los blancos pobres. Ocho años de un presidente afroamericano, cosmopolita y educado en Harvard han terminado de alborotar la rabia de la clase blanca trabajadora. Se sienten traicionados por el partido demócrata y por las élites republicanas. Están indignados con el establecimiento, con los políticos y los partidos. Y a Trump se le puede acusar de todo menos de comportarse como un político.

¿Cuánto va a durar esto? Es difícil decir. Por un lado, las tendencias económicas estructurales que han llevado a este momento populista en la historia estadounidense —la transformación de una economía industrial en una economía de servicios— no van a desaparecer. Si antes el debate era alrededor del Nafta, ahora es acerca de la firma del TPP. Por el otro lado, la confrontación política en Washington y la parálisis legislativa que tanto frustra al electorado no da señales de cambio. Pase lo que pase el 8 de noviembre, las condiciones para el populismo, tanto de derecha como de izquierda, están dadas. En cualquier caso, estos dos libros ayudan a entender mejor a la ‘basura blanca’, quizás el grupo poblacional que mayor impacto va a tener en esta elección.

*Politólogo e historiador. 

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