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Ciberconversación entre dos escritores extraviados

¿Puede la literatura representar un mundo cada vez más virtual? En 2006, la revista en línea Slate, invitó a los autores norteamericanos Gary Shteyngart y Walter Kirn a debatir el tema. Algunos extractos de su conversación.

2010/03/15

Por Slate

¿Cuál es el papel de la ficción en la era de internet? Por “internet” entendemos no solo la web, sino también la noción de conectividad permanente. Hoy, la posibilidad de que alguien no lo encuentre a uno cuando lo necesita es mínima, y nuestra experiencia del mundo ha ganado en fluidez, dejándole poco espacio a la soledad y a la concentración. ¿Cuáles son las consecuencias de estas consideraciones para la novela? ¿Han evolucionado las convenciones narrativas? Y si no fuera así, ¿deberían hacerlo? Para debatir estas preguntas invitamos a los novelistas Gary Shteyngart y Walter Kirn. Shteyngart es el autor de Absurdistán (Alfaguara), un viaje surrealista e hilarante en un mundo de identidades fluctuantes y de choques culturales. Kirn, por su parte, es autor de The Unbinding, una novela publicada en el sitio de Slate, con la que buscaba explorar los alcances de escribir en soportes electrónicos.

De: Walter Kirn

A: Gary Shteyngart

Asunto: La Odisea en 2006

Fecha: Martes 10 de octubre de 2006 18:57

Gary:

En esta época de redes, la vida toma caminos insospechados y recorre mucho terreno casi sin tocar la tierra. Mi mañana transcurrió en varios continentes. Entré en contacto con decenas de personas. Abordé temas tan variados como el amor y la guerra y estuve a punto de perder mi identidad. Fue una odisea en el tiempo y el espacio, y debería ser el tema de una novela, pero no me siento aún en capacidad de escribirla. No sabría cómo situar las escenas, pues carecen de decorado. No sabría cómo describir a los personajes, pues a la mayor parte no los conozco en carne y hueso (y lo que han querido revelarme de sí mismos hay que tomárselo con reservas). Y algo peor, cuando me acuerdo de esta mañana me doy cuenta de que sucedió entre bastidores, lo cual me hace dudar de ser el protagonista de mi propia historia.

Voy a tratar de ser un poco más preciso. Algunos minutos después de despertarme le envié un texto por celular a una mujer que amo y que vive la mayor parte del tiempo en Colorado (yo estoy en Montana, a mil kilómetros de distancia, y me doy cuenta de que nuestra historia de amor se desarrolla esencialmente en lo etéreo, por cable), y esperando su respuesta leí y respondí varios e-mails (de editores neoyorquinos que jamás he visto), escuché en la radio satélite un reportaje en directo desde Bagdad (en donde creo que está uno de mis amigos en combate, aunque no sé si aún está vivo); luego marqué un número de emergencia (¿en India, quizá?) para avisar que trataron de obtener mis datos bancarios de manera fraudulenta (alguien en Brasil, me informaron), y después me fui a un café en donde tuve que gritar para que me sirvieran pues la mesera no paraba de hablar por celular. Después fui al gimnasio, vi en televisión nuevas informaciones sobre Bagdad y volví a preguntarme por qué mi novia no había devuelto mis llamadas. Una hora más tarde, en el momento en el que escribo estas líneas, no sé aún en dónde andará ella. Eso quizá se deba a que la última vez que nos vimos, ella se puso a espiar mi celular y leyó un mensaje de texto de una mujer de Portland que apenas conozco pero por el tono y la hora —las dos de la mañana— daban para pensar que era algo íntimo (¡qué mierda!).

He aquí lo que veo venir: este nuevo mundo me desconcierta como novelista y como individuo. Y esta desorientación ocurre porque pienso (y leo y escribo) aún de manera lineal, pero vivo en círculos sin fin. Pasan muchas cosas todos los días, todo ocurre al mismo tiempo y, sin embargo, en un sentido, no pasa nada. Es difícil poner en escena una jornada en la que solo se han interpretado signos electrónicos.

Nuestro problema es que la vida ya no se parece a una historia. Las cosas se cruzan pero no progresan. La gente se comunica sin tener contacto. Los decorados se desplazan sin cambiar.

¿Puede la literatura representar el mundo? ¿Puede expresar lo que quiere decir habitar en él? Las películas de cine han renunciado a hacerlo. Lo mejor que pueden hacer es mostrar a gente yendo y viniendo mientras hablan por teléfono o mostrar a alguien tecleando y luego aquello que aparece en la pantalla. Los novelistas, que tienen acceso a lo invisible, deberían estar preparados para hacerlo mejor. ¿Pero cómo? Me pregunto si la solución no está en los orígenes del género. Pienso en las novelas epistolares como Clarise Harlowe (1748), de Samuel Richardson. Esa fue una manera de ser revolucionario en una época en que la novela descubrió que nos comunicábamos en ráfagas estilizadas con el sesgo de técnicas particulares. Eso es más verdad hoy que nunca. Los mails, las llamadas, los sitios web y los videos, en el fondo no son más que cartas, y han superado por mucho a las viejas conversaciones. Son, desafortunadamente, LA conversación.

Por supuesto, una manera de enfrentarse a la era de internet es quitarle todo aquello en lo que está sostenida, como lo hizo Cormac McCarthy en la posapocalíptica La carretera (Mondadori): destruir todas las antenas, los cables de fibra óptica, los routers wi-fi y las pantallas de cristal líquido, y desnudar la tierra de todo para no dejar sino lotes polvorientos recorridos por lacónicos nietzchieanos con los pies desnudos y a la búsqueda de un litro de agua potable. El problema es que eso solo se puede hacer una vez.

Walter

  

De: Gary Shteyngart

A: Walter Kirn

Asunto: Bienvenido a la era de la novela MySpace

Fecha: Miércoles 11 de octubre de 2006 12:26

Querido Walter:

En este nuevo mundo fragmentado, desestabilizado, en levitación, no es sorprendente que tú y yo no sepamos muy bien cuál es nuestro lugar como escritores.

Una de las primeras novelas que me dio luces sobre el mundo que vendría fue Still Holding, de Bruce Wagner. Fue en 1997, y yo ni siquiera tenía correo electrónico. Lo que más me interesó de la novela fueron esos correos electrónicos hilarantes, llenos de superficialidad que intercambian una banda de obsesos sexuales que gravitan alrededor de Hollywood. El libro es un fascinante diluvio de informaciones sobre cualquier cosa: relojes de lujo, exterminadores de animales, digresiones muy cómicas sobre la psiquiatría y la sífilis... Me acuerdo de haber pensado: ¿es así como viviremos? Casi diez años después es así, en efecto, como vivimos.

La novela de Wagner es premonitoria e inteligente de principio a fin. Pero hay que plantearse una pregunta: ¿quién tiene la paciencia y las ganas de leer estos libros (casi siempre larguísimos), cuando tantos norteamericanos ya están absortos en sus viajes electrónicos en Wikipedia? En una sociedad enmudecida por el egoísmo y la imperiosa necesidad de hacerse valorar en los fuegos fatuos de la tele-realidad o en la pantalla palpitante de una consola de Nintendo o en MySpace, ¿quién tiene la empatía necesaria para viajar al espíritu de alguien más? ¿Quién tiene ganas de interesarse en el malestar del otro? ¿Quién tiene ganas de conocer los sufrimientos de una sociedad lejana? Los numerosos lectores del libro de Cormac McCarthy del que hablas quizás estén encantados de que todo nuestro mundo haya sido eliminado con su visión apocalíptica. ¿Qué podemos hacer?

Gary

 

De: Walter Kirn

A: Gary Shteyngart

Asunto: ¿Quién tiene aún necesidad de “una verdadera naturaleza”?

Fecha: Miércoles 11 de octubre de 2006 16:58

Gary:

Una solución podría ser la de los cineastas austeros de Dogma, que solo filmaban con cámara en mano, con luz natural y que no incluían música a menos que en una escena un actor prendiera un radio o tocara una flauta. Podríamos proclamar una nueva doctrina, el “tele-fundamentalismo”, y purgar nuestras ficciones —y quizá también nuestras vidas­— de toda tecnología de comunicación, que cada día se parecen más a tecnologías del aislamiento. (La novia que espió mi celular aún no me llama). Después podríamos volver a escribir escenas clásicas en las cuales la gente se reuniera en un cuarto a hablar o se metieran a combatir en un campo de batalla.

The Unbinding, la novela en línea que escribí para Slate en la primavera de 2006, fue mi pequeña tentativa de captar el mundo tal como se nos presenta hoy: como fragmentos imbricados y reveladores. El texto consistía en cuchicheos en lo etéreo (diarios íntimos en la red, cuentas de cobro, listas de libros prestados y el punto de vista era el omnisciente Gran Hermano cabalgando sobre un satélite). Los elementos no estaban amontonados al azar, sino un poco como las partes de un expediente que alguien hubiera hecho sobre los personajes principales. Esta estructura invitaba a los lectores a imitar al agente del FBI de la novela, a escarbar en la basura buscando conspiraciones, a escuchar conversaciones, o a alertar sobre complots.

En sí mismo, no había nada de revolucionario, porque los lectores siempre razonan como detectives. El autor de novelas populares seduce a millones de lectores con verdades escondidas y los hace sentir afortunados. El novelista más serio les da a sus miles de lectores verdades que saltan a la vista y los hace sentir... viejos. En The Unbinding, una de esa verdades que saltan a la vista le concierne a la intimidad y a la individualidad. Yo esperaba que esa verdad fuera particularmente apropiada para nuestra época de comunicación intensa, y sin embargo, de gran aislamiento.

Si recuerdo bien, pensé lo siguiente: es imposible robar el alma, controlar el cerebro o introducirse sin permiso en el espíritu de seres que están desprovistos de ellos. Seres (¿podemos seguir llamándolos humanos?) que parecen muy emocionados con la idea de liberarse en YouTube o Meetic de eso que aún les queda de su vieja naturaleza. Después de todo ¿quién tiene aún necesidad de “una verdadera naturaleza”? Pero nosotros, los novelistas, tenemos aún necesidad de verdaderas naturalezas para dotar a nuestros personajes de ellas. Y para que los lectores puedan, de manera vaga, predecir cómo se comportarán cuando nosotros los acorralemos en situaciones de las que no se puedan salir mandando un simple mensaje de texto. Por eso yo sueño con la austeridad de Dogma, depurar mi ficción hasta que no quede nada más que seres humanos.

Walter

 

De: Walter Kirn

A: Gary Shteynghart

Asunto: El radiante futuro de la ficción

Fecha: Viernes 13 de octubre 2006 11:47

Gary:

Me di cuenta escribiendo The Unbinding que la red es, en efecto, una aldea global. Una aldea puritana, acorralada y palpitante, en la cual los habitantes enmascarados esperan con piedras en las manos lapidar a los orgullosos y los pretenciosos. En la medida en que nosotros como literatos tenemos esas dos características, sobre todo cuando comenzamos, internet no es un buen lugar para crecer. Pero, si sabemos mantener un perfil bajo, internet abre otras perspectivas, tanto formales como de otra índole, de las cuales me di cuenta escribiendo aquí, en el sitio de Slate (acusando los golpes de los lectores). Los resumo rápidamente:

Vínculos hipertextuales. Pueden enriquecer el relato de la era de internet si son utilizados temáticamente y musicalmente.

Retroalimentación. Como The Unbinding apareció por episodios que escribía en tiempo real, pude tener contacto con lectores que me enviaban mensajes y pedirles su opinión sobre la dirección que debía tomar la historia. Eso creó alrededor del libro, aún sin terminar, una especie de taller flotante, un círculo de críticas y de colaboradores cuyos aportes influyeron imperceptiblemente sobre su curso.

Temporalidad. Contrariamente a una novela de papel, una novela web no debe esperar un año para ser editada, impresa, encuadernada, comercializada y distribuida. Puede ser escrita y leída en la misma temporalidad cultural y política. En The Unbinding, por ejemplo, el protagonista va a ver una película el mismo viernes de su estreno en las salas de la vida real y el lunes siguiente la comenta, en el mismo momento en que todo el mundo estaba hablando de verdad de esa película mientras se tomaba un café. Solamente en internet puede hacerse algo así.

Multimedia. Teóricamente, The Unbinding habría podido tener sonido, imágenes y muchos otros enlaces a los cuales los novelistas no están acostumbrados. Por eso no me pareció que valiera la pena utilizarlos. Pero alguien que tenga más talento que yo (y un poco más de presupuesto) podría hacerlo con éxito, con la condición de que ese material funcione de verdad para el relato.

Te oigo lamentarte, Gary. Te oigo quejarte en un café del Greenwich Village. ¡Vuelve, Turgueniev! ¡Consuélame, Gogol! Sin embargo, yo creo que seremos capaces de estar a la altura. De acuerdo, tendremos que atravesar algunas décadas difíciles en las que nos sentiremos desorientados y humillados mientras asimilamos las nuevas reglas, y sí, seguramente estaremos extenuados, pero veo un arco iris brillar a lo lejos, y allí veo una novela estupenda. Seguro que no se parece a las novelas de hoy en día, pero será interesante leerla, estoy seguro, una vez que hayamos encontrado cómo proceder.

Walter

 

De: Gary Shteyngart

A: Walter Kirn

Asunto: Internet, con esperanza y miedo, y es solo el comienzo

Fecha: Viernes 13 de octubre de 2006 12:54

Walter:

Mi querido, no me he desmayado. Sabes que me inicié en este oficio como muchos otros, proveniente de una familia cuyos miembros creían que los libros eran el mundo. Después me enteré de que los libros no eran el mundo. Y mucho después, aprendí que el mundo no era en verdad el mundo (o al menos que no lo seguiría siendo por mucho tiempo). La suma de nuestros conocimientos creará muy pronto un segundo mundo, esta vez electrónico, que ha servido por ahora para crear personajes virtuales, pero que está en proceso de convertirse en un universo complejo en el cual quizá podremos encontrar el refugio. Nuestra época, como bien dices, es muy móvil. Los cambios ya no se producen de un año al otro, sino de un día para otro. Jamás ha sido tan duro para un autor de ficción seguir siendo pertinente. Y, a mi manera de ver, eso solo es verdad en este presente. Entramos en un período de aceleración, que solo podrá ser detenido por un Apocalipsis como el de la novela de Cormac McCarthy. Internet, espero y me da miedo, no es sino el comienzo.

Yo nací en un imperio en descomposición (la URSS) y ahora vivo en medio de otro. Sería incapaz de predecir en qué se convertirán los dos. Prefiero abstenerme de imaginar a qué se parecerá la novela dentro de veinte años. Pero seguirá existiendo algo de ese estilo. Alguna cosa que incitará a un grupo quizás pequeño de personas a detenerse y a pensar para concentrarse sobre el instante presente.

Gary

 

SLATE©

Traducción: Juan David Correa

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