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¿Dónde quedó la realidad?

El affaire Róbinson Díaz / Sara Corrales es la muestra perfecta del espectáculo de la banalidad de los medios de comunicación. Pero yendo un poco más allá, ¿será que la ficción está ‘libreteando’ a la realidad?

2010/03/15

Por Rodrigo Restrepo

Dicen los medios —y lo han dicho hasta sobrepasar los límites de la saciedad— que el domingo 7 de julio la guionista y actriz de televisión Adriana Arango recibió una llamada de la policía. Le informaron que la camioneta de su marido, el actor Róbinson Díaz, estaba abandonada en un potrero. Ella se dirigió al lugar, en donde encontró a Sara Corrales, actriz que representa junto a Róbinson uno de los personajes de Vecinos, la telenovela de horario triple A de la cual Arango es guionista. Arango siguió a Corrales a su apartamento y el resto es historia demasiado conocida: Adriana sorprendió a Róbinson descansando en calzoncillos en la cama de la Sara.

La cruel ironía —que ha sido machacada por cuanta revista de farándula y programa de chismes existe en este país— es que en la novela la voluptuosa Corrales seduce constantemente a Díaz, un inocente taxista cuarentón. El guión, escrito por la propia esposa de Díaz, se tornó en triste realidad. Pero la verdadera tragedia es que el affaire no quedó solo en eso: una infidelidad marital. Se convirtió en un gigantesco culebrón por entregas en todos los medios de comunicación. Cromos y Elenco no dejaron pasar un detalle del escándalo, mientras la página web del programa de chismes La Fiscalía alimentaba con saña los rumores bochornosos en tiempo real. La W Radio le dedicó 45 minutos al aire a una entrevista exclusiva con Corrales, quien además fue portada de TVyNovelas, la revista más leída de Colombia. Durante dos semanas no hubo día en que las secciones de farándula de los noticieros no añadieran alguna banal estupidez al “escándalo”. Hasta Florence Thomas le escribió una carta abierta a Róbinson Díaz en su columna semanal de El Tiempo.

¿Qué es lo que pasa en este país que unos cuernos se convierten en primera plana? “Lo que ocurre es que la ficción está ‘libreteando’ a la realidad”, explica el crítico de televisión Omar Rincón. Y no solo pasa con las novelas. Algo tan “real” como la Operación Jaque, el operativo militar que hace un año resultó en la liberación de Íngrid Betancourt y que, como dijo el canal National Geographic en su documental sobre el tema, “fue el rescate de rehenes más limpio en la historia”, tuvo su origen en un guión. “Hasta el concepto de inteligencia militar ahora pasa por la ficción. La Operación Jaque fue diseñada como una puesta en escena, una imitación plano a plano. Eso le dio el éxito”.

En efecto, todo el escenario fue dispuesto cuidadosamente para simular exactamente la Operación Emmanuel, en la que meses antes Clara Rojas había sido liberada. La inteligencia militar creó una ong ficticia y adaptó unos helicópteros rusos Mil Mi-17, de manera que aparecieran iguales a los de la Operación Emmanuel. Los agentes que se hicieron pasar por funcionarios de la ONG recibieron incluso clases de actuación. El operativo, además, fue grabado con cámaras escondidas, lo que permitió que las costosas producciones documentales de las cadenas internacionales salieran al aire prácticamente una semana después del rescate. Resultado: acción pura y las imágenes como de película circulando una y otra vez en millones de televisores.

Jean Baudrillard, el filósofo francés que analizó con agudeza profética el problema de los medios de comunicación en la sociedad contemporánea, resumió la tragedia de los media en un discurso a propósito del reality show El Gran Hermano: “La violencia de la imagen o, mejor, la violencia de la información han hecho desaparecer lo real… La imagen-reportaje, la imagen-mensaje y la imagen-testimonio hacen aparecer la realidad, incluso la más cruda, ante nuestra imaginación, pero haciendo desaparecer, al mismo tiempo, su sustancia real”. Cuando todo es visible, cuando todo se convierte en imagen, en información disponible en la pantalla, cuando la vida se vuelve un reality vertiginoso 24 horas al día, es porque hemos asesinado la realidad. Esa “visibilidad forzada” es la violencia oculta de la televisión: todo debe verse y los personajes deben producirse como imagen incansablemente. Ya no hay lugar para el secreto, para la vida privada, para la distancia que permite el análisis y la comprensión del mundo. Hemos llegado al punto en que la televisión ya no remite a la realidad, sino solo a una ficción de la realidad y de sus ‘personajes’. Es entonces cuando la ficción empieza a “libretear” lo real.

En su libro Al pie de un volcán te escribo, la cronista Alma Guillermoprieto cuenta la historia de la muerte de la actriz brasileña Daniela Perez. Perez, una joven y naciente estrella de la telenovela, fue asesinada brutalmente por Guilherme de Pádua, quien era su compañero de set en la telenovela De corpo e alma. Ambos representaban a una pareja típica del Brasil: una inocente cobradora de una línea de bus de Río acosada por los celos obsesivos y violentos de su novio, el conductor, que parecía capaz de matarla. Y ambos, casualmente, habían entrado a la pantalla chica gracias a la madre de Daniela, Gloria Perez, una de las más reconocidas autoras de telenovelas y quien escribía el truculento guión de Corpo e alma. La muerte de Daniela, que hubiera podido ocurrir perfectamente como un giro del libreto, se convirtió en un drama nacional y puso en evidencia “la borrosa confusión del público entre realidad y fantasía”, como dice Guillermoprieto.

Quizá la única diferencia con el caso colombiano sea la brutalidad del brasileño frente a la ridiculez del nuestro. Aunque en el caso de Róbinson y Sara la confusión entre guión y realidad es todavía más borrosa. Parece la consecuencia lógica del libreto: la joven seductora logra llevar a la cama al incauto cuarentón. Sin embargo, como diría Baudrillard, aquí también ocurrió un asesinato. No el de un cuerpo, sino el de la realidad. Es curioso que Corrales ascendiera al gremio actoral gracias al reality show Protagonistas de Novela, quizás el más aburrido y banal de cuantos se han producido en la televisión colombiana. Ella, o el personaje que percibimos de ella, llevó a cabo el cometido del reality: de persona desconocida se convirtió en protagonista. Entró definitivamente en la pantalla. Ahora Sara no puede salir del personaje de sí misma. Está atrapada en su propio guión.

La misma Adriana Arango confesó en una entrevista a Elenco, respecto a la manera como Corrales la condujo hasta su apartamento: “Lo que sucedió me parece muy armado… no sé si fue ella u otra persona pero sí es algo planeado pues era como un libreto perfecto. Me sorprende. Yo, que escribo, no me hubiera imaginado algo tan enredado”. Róbinson, entre tanto, pareció prestarse como un perfecto conejillo para el show. Cayó redondo, luego se arrepintió, más tarde entró en terapia porque se deprimió. Y ahora protagoniza una obra de teatro —producida, de nuevo, por su esposa— llamada Infraganti. Pillados en el acto, en la que iba a compartir escenario con Corrales, y en cuya publicidad aparece con una sonrisita tonta, el torso desnudo y un bigote postizo. El personaje perfecto de una ironía.

Es curioso que cada año los medios elijan a ‘los personajes del año’. Es como si ya no quisiéramos personas como modelos sociales, sino solo ‘personajes’. ¿Y qué es el Factor X sino el deseo furibundo de convertirse en una estrella, en un personaje, en dejar de ser una persona común y corriente y entrar en la pantalla, en ese mundo artificioso donde todos parecen más bonitos, más felices y luminosos? Pareciera que, como sociedad, quisiéramos entrar en ese mundo ficticio aun a costa de exponer nuestras miserias, de vestirnos como Michael Jackson o Amparo Grisales y hacer desesperadamente el ridículo en horario triple A.

Quizá por eso tenemos una realidad que parece de mentiras. Quizá por eso los ministros de defensa utilizan la estrategia de la mentira para generar noticia, como en el caso de la muerte del guerrillero Raúl Reyes y la incursión del ejército colombiano al Ecuador: una rectificación tras otra, una mentira tras otra. Eso para no hablar de los ‘falsos positivos’. “La noticia es presentada en forma de película para luego rectificarla una y otra vez. Se ha institucionalizado la estrategia de mentir de manera verosímil, pues lo importante, a los ojos del público, es que el relato parezca real, no que sea verdad”, argumenta Rincón.

La televisión, dice Baudrillard, “ya no es capaz de hallar un sentido fuera de sí misma… de encontrar lo que es su destino: producir el mundo como información y darle un sentido a la información”. Ahora la fórmula del teórico Marshall McLuhan se entiende con toda claridad: el medio se ha vuelto el mensaje. El contenido es irrelevante mientras la televisión persista. Por eso vemos proliferar los canales, los cables y los programas frente a la desaparición de los contenidos. Lo que importa es el rating, el personaje, la historia de película, los cachos de los protagonistas de novela. Ya no hay información en los noticieros, solo hay una producción incesante de sucesos sin distancia ni análisis, cuando no una reproducción de las ficciones oficiales. Ya no hay una política que sea el lugar de discusión de los asuntos públicos, pues la política se ha vuelto una farándula y una máquina publicitaria —ya lo empezamos a ver en época de elecciones—. Ya las telenovelas ni siquiera representan las tragedias humanas para darles una catarsis, como busca hacer el buen drama. Ya la ficción ha dejado de ser una herramienta para entender la realidad. Se ha convertido en el guión de la realidad, y se la está devorando. La realidad, entre tanto, se está transformando en un reality show.

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