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El arsenal de venganzas

¿Quién es la voz detrás de los incendiarios e-mails que atacan sin piedad al establecimiento literario del país? Muchos creen que está loco, pero eso decían de Hamlet y del Quijote. Perfil.

2010/03/15

Por Marianne Ponsford

En la historia de la literatura (es decir, en la historia no oficial del ser humano), existe un personaje no muy conocido que causó revuelo en su tiempo: se llamaba Charles Augustin Sainte-Beuve. Vivió en París en el siglo XIX, y fue el crítico literario por excelencia de la Francia romántica. Era un hombre brillante y estudioso, y tenía una mala leche tan terrible que, con razón, lo odiaban muchísimos escritores. Con las armas de una lucidez escéptica y una cierta ceguera que el tiempo puso en evidencia, atacó con virulencia a los grandes escritores del parnaso francés. Nadie salió indemne: ni Victor Hugo ni Balzac, ni Gautier ni George Sand. Ni siquiera él mismo. “Este es mi arsenal de venganzas: digo la verdad”, afirmaba.

La gente del mundo de la literatura suele recordar a Saint-Beuve por un famoso libro, escrito por Marcel Proust y publicado de manera póstuma. Se llamaba Contra Sainte-Beuve. En ese librito podrían estar los orígenes de la monumental obra de Proust: En busca del tiempo perdido.

Pero el librito de Proust no era solo un ataque personal. Era una refutación vehemente de la propuesta crítica de Sainte-Beuve. Este creía que para poder analizar la obra de un escritor había que examinar su vida. Y metía los dedos sin recato en las intimidades de los escritores, para hablar sobre su obra. Proust creía que Sainte-Beuve estaba equivocado, y si bien el tiempo parece haber inclinado la balanza a favor de Proust, el debate sobre si el examen de la vida del escritor es o no pertinente para juzgar su obra ha protagonizado el siglo XX. Los tres ejemplos más citados fueron los de Ezra Pound, Knut Hamsun y Louis Ferdinand Céline. A los dos primeros se les criticó el haberse puesto “del lado de los malos” en la Segunda Guerra Mundial, y al otro, su antisemitismo. En la última década este debate ha vuelto a tomarse la escena: Milan Kundera y Günter Grass han sido objeto de cientos de artículos de prensa por su supuesta colaboración con regímenes totalitarios.

Harold Alvarado Tenorio, poeta e intelectual, es el pérfido Sainte-Beuve de nuestro tiempo. No es conocido por el gran público por una razón: no escribe en medios nacionales. No lo hace, según él, porque no lo dejan: “Roberto Posada me sacó de El Tiempo porque Jotamario se lo llevaba a tomar trago a su apartamento y a hablarle mal de mí. Hasta que lo convenció y me dijo que yo no hacía más sino joder”.  

Aunque sí ha escrito en medios nacionales. Alvarado pasó breves temporadas en París, adonde no pudo volver un buen tiempo por haber publicado en el diario El Pueblo, de Cali, un artículo salvaje sobre los oficios de los intelectuales colombianos allá: “Había un tipo que hacía trabajar a su novia de prostituta; otro que cuidaba una elefante en un circo y muchas cosas más. Cuando se publicaron dijeron que me iban a matar”. A finales de los años ochenta regresó a Colombia y comenzó a disparar sus dardos venenosos en el diario La Prensa (“jodé, jodé”, le decía Juan Carlos Pastrana) contra varios de sus ‘ex amigos’ como Darío Jaramillo Agudelo, a quien comparó con un banquero milanés, pues acababa de ser nombrado gerente cultural del Banco de la República, o Juan Gustavo Cobo Borda, de quien se mofaba llamándolo el poeta de la Roma imperial.

“A Alvarado Tenorio le debemos el haber resucitado en Colombia el gran género olvidado de la diatriba literaria”, dice de él su amigo Antonio Caballero. Alvarado se reconoce como heredero de ese género. Su mentor viperino e intelectual fue Jorge Zalamea, quien impartía talleres literarios a finales de los sesenta en la Universidad del Valle. Dice haberse convertido en la lengua ponzoñosa que es gracias a Borges, personaje con el cual tuvo una relación cordial cuando el escritor argentino estaba en el ocaso de su vida. “Que yo sea una lengua viperina es también por Borges, que era experto en el arte de humillar. Muchas de las cosas que escribió las hizo para burlarse. Borges se puede leer de muchas maneras: los franceses lo leen como metafísico, pero los argentinos como un viejo hijueputa que se burla de todo el mundo y que destilaba veneno contra sus amigos”.

¿Dónde y contra quién escribe hoy Alvarado sus diatribas? Ah. Alvarado es un diestro amante de las nuevas tecnologías. Casi a diario, en los buzones de correo electrónico de cientos de escritores, periodistas culturales, amigos y enemigos, hay alguno cuyo remitente es “Noticias culturales”, o “Arquitrave” (el nombre de la muy buena revista de poesía que hace él solo, en su casa, desde hace ya muchos años), o “HAT”. Los correos pueden incluir una salvaje andanada contra la poeta Piedad Bonnet o Juan Manuel Roca, un inclemente juicio a la académica de literatura Luz Mery Giraldo, una burla despiadada y desopilante del “excelso poeta” Belisario Betancur o, más recientemente, brutales invectivas contra Héctor Abad, a quien llama “el huérfano ilustre” o contra William Ospina, autor de El País de la Canela, a quien parodia como ciudadano del “país de los lagartos”.

De un tajo, Alvarado abre boquetes en el amor propio de sus enemigos y les echa sal. “Yo no odio a nadie, a nadie”, asegura con vehemencia. Para él, que parece un archivo secreto de chismes sobre los intelectuales, es casi un deber pelear contra lo que considera un país adocenado. “Lo que pasa es que yo no me voy a morir y estos creen que yo me les voy a comer el cuento. Mientras yo esté vivo, les voy a decir que no son nadie, NADIE”.

Alvarado, al igual que el Sainte-Beuve descrito por los hermanos Goncourt, es voluminoso y no muy agraciado. El día que llega a las oficinas de Semana para conversar con Antonio Caballero y con la redacción de Arcadia, luce una magnífica bufanda de vivos colores sobre su camisa de bluyín, y sus pies van calzados de manera memorable: unos tenis puma rojo escarlata van enfundados en unas medias marrones con pelotitas rosadas y rayas verde manzana. Tanto Caballero como Juan David Correa y yo misma (debo decir que Alvarado me lanzó un jab violento al corazón en uno de sus correos que me dejó maltrecha un par de días), no podemos más que soltar risas o carcajadas cada tanto. Se levanta con estupendos ademanes histriónicos, mientras se defiende de nuestros reclamos: “Yo no tengo interés en ofender a Piedad Bonnett –dice con risueños aspavientos–. Escribo sobre ella porque me parece un personaje cómico, una señora culifruncida que se las tira de gran poeta con unos poemitas güevones dizque “la taza…, todo lo veo rojo…, rosado…, verde..., mamá llora”, ¡no, por favooor!”.

Alvarado exagera, manipula los hechos, repite chismes sin corroborar las fuentes, destila un veneno a veces demasiado fácil –y no da siempre en el blanco, sin duda–, pero hay un alocado parpadeo de verdad en su desmesura, algo de difícil verdad en su monomanía. Cuando le preguntamos qué tiene de malo el Festival de Poesía de Medellín, contesta: “Fernando Rendón es un vividor. El origen del conflicto con él es por malos tratos. Una vez me invitaron a un festival de poesía en Caracas y eso era muy ridículo. Yo lo escribí en la prensa, y Rendón me mandó una carta diciéndome que yo era una porquería. Otro día, después del secuestro de mi tío, me llama por teléfono y me dice que me está mandando por correo una carta para que la suscriba. La carta decía que el presidente había mandado a asesinar a los diputados del Valle. Yo lo llamé y le dije: ‘Mirá, Fernando, primero, yo odio a las Farc; segundo, odio a Pablo Catatumbo’. Y él me dice: ‘Ah, es que vos sos un uribista, vos pensás es con el culo’. Le dije: ‘Conmigo no te metás. El que yo sea uribista a vos no te importa. No te metás conmigo porque no solamente te voy a desprestigiar sino que te voy a dejar en la ruina’. Así que le clavé catorce páginas diciendo que él es un vividor que trae un montón de indígenas que él se fornica; unos negros de mierda y un montón de disfrazados, y ¡cobra por eso! Y los pobres, oyendo cómo un negro les grita: Patatú patatá cucucuú, y él les traduce. ¡No jodás! En ningún país pasa eso. ¡Andá a hacer eso en Alemania para ver cómo no va nadie! Eso es el hambre. Esos festivales son una mierda. ¿Y qué te parece la Casa Silva con ese inútil al que el papá delante de mí le decía: ‘Vos sos un imbécil, metele el dedo a la vieja, metéselo’? Dizque la poesía al servicio de este cretino, once millones de pesos se gana. Y si digo que el Hay Festival es una vergüenza es porque es verdad: porque eso no se puede hacer en una ciudad surcada por la miseria. Pero se puede responder”.

Para ser justos, hay que decir que Alvarado también envía e-mails con poemas que le parecen valiosos (como un hermosísimo poema de Cecilia Balcázar de Bucher), o cuando lanzó su campaña en pro del Premio de Poesía Reina Sofía para Meira del Mar, poco antes de que ella muriera.

Y hace eco de Sainte-Beuve también en su mofa de sí mismo. El e-mail en el cual apoyaba su propia candidatura para Fiscal de la Nación, en la que aparecía ataviado con la corona de un emperador chino en la Gran Muralla China, no tiene pierde: es un acto genial de autoburla, en un país en el que para él, demasiados intelectuales de tercera línea se toman muy en serio a sí mismos, y no quieren más que vivir de dineros públicos.

Y aunque entre el dinero y la palabra, para Alvarado la batalla la gana el dinero, sí cree profundamente en el poder de las palabras: “Claro. Acuérdese de Moisés advirtiéndole al Faraón sobre las siete plagas de Egipto.”

Después de oírlo hablar de sus amigos, que parece que tanto lo hubieran defraudado, es inevitable preguntar si no siente que la suya ha sido una vida de desencantos. Y dice: “Se lo respondo con un poema mío, Proverbios:

No hables, / mira cómo las cosas a tu alrededor se pudren. / Confía solo en los niños y los animales / y de los ancianos aprende el miedo de haber vivido demasiado. / A tus contemporáneos pregunta sólo cosas prácticas / y comparte con ellos tus fracasos, tus enfermedades, /tus angustias, pero nunca tus éxitos. /De tus hermanos ama el que está lejos?/y teme al que vive cerca. / A tus padres nunca preguntes por su pasado /ni trates de aclarar con ellos tu niñez y juventud. / Con tu patrón no hables, escríbele y nunca le cuentes / tus planes futuros y miéntele respecto a tu pasado. / Ama a tu mujer hasta donde ella lo permita y / si llegas a tener hijos, piensa que, como en los / juegos de azar, podrás ganar o perder. / El destino no existe, eres tú tu destino. / Y si llegas a la vejez / da gracias al cielo por haber vivido largo tiempo, / pero implora con resignación por tu pronta muerte. / Los que no tenemos dinero ni poder / valemos menos que un caballo, un perro, / un pájaro o una luna llena. / Los que no tenemos dinero ni poder / siempre hemos callado para poder vivir largos años. / Los que no tenemos dinero ni poder / llegado a los cuarenta debemos vivir en silencio / en absoluta soledad. / Así lo entendieron los antiguos, / así los certifica el presente. / Quien no pudo cambiar su país / antes de cumplir la cuarta década, está condenado / a pagar su cobardía por el resto de sus días. / Los héroes siempre murieron jóvenes, / no te cuentes, entre ellos, / y termina tus días / haciendo el cínico papel de un hombre sabio.

¿Pero ese poema no contradice su pasión por la palabra? “No” –responde–. “En mi poema yo digo que hay que callarse porque cuando uno llega a cierta edad y los otros tienen el poder, si uno habla, puede perecer. Lo matan. Yo no me callo porque he asumido una actitud ética. He estado a punto de morir muchas veces y creo que todo es más simple de lo que parece”. 

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