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El fin del libro no será mañana

DOSSIER: ¿Cómo será el libro en el futuro? La industria de Paulo Coelhose basa en la piratería en la red; los escritores literarios debaten cómo escribir una historia en la era de lo virtual; en Japón las novelas por celular son las más difundidas; una premio Nobel prefiere la red y hasta un computador escribe ahora novelas: ¿es verdad que internet arrasará con el libro tal y como lo hacemos?

2010/03/15

Por Nicholas Clee

Pareciera que desde tiempos inmemoriales, los observadores del hecho literario se empeñaran en predecir, como Casandra, el fin del libro; argumentaban primero que la radio sería el sucedáneo definitivo de la lectura, luego que sería el cine, la televisión o los videojuegos; hoy nos advierten que el libro como objeto tiende hacia lo obsoleto. Pero lo cierto es que el libro se perpetúa como la mala hierba y sus ventas no paran de crecer. Algunas obras como la serie de Harry Potter o las biografías de famosos, rompen incluso récords de ventas. De la misma forma, la novela de ficción, un género supuestamente pasado de moda y elitista, sigue atrayendo una vasta cantidad de lectores. Si se tienen en cuenta las ventajas que ofrece el libro, no sorprende que mantenga su estatus en el mundo del entretenimiento: puede llevarse a todas partes, leerse en la cama o ser releído sin la angustia de que se le acabe la batería o de que tenga fallos electrónicos.

Lo que en cambio despierta menos interés, hoy en día, es el libro entendido como fuente de información. En este campo, las nuevas tecnologías inciden de forma fundamental sobre los modelos tradicionales de edición. Las ventas de diccionarios y de guías prácticas han caído un 40% desde 2003, así como la demanda de mapas, atlas y enciclopedias. En sectores poco glamorosos como los de la edición de libros científicos y técnicos es donde la revolución tecnológica se ha hecho notar de veras. Las ventas en internet del grupo de edición profesional Reed Elseiver llegaron a 3,7 billones de dólares en 2006. “En 2000, explica su presidente Crispin Davis al diario The Times, Reed Elseiver era ante todo una editorial de impresión en papel que obtenía su beneficio a través de libros, semanarios y revistas. Ya para 2004 nos habíamos transformado en una empresa que difundía estos mismos contenidos casi exclusivamente vía internet”.

Se entiende con facilidad por qué los textos profesionales y de referencia se prestan mejor a la difusión digital que, por ejemplo, la última novela de Ian McEwan (al menos en el actual estado de las cosas). En octubre de 2006, Sony lanzó con bombos y platillos su Reader, el reproductor de libros digitales más avanzado hasta la fecha. Está basado en una tecnología electrónica de tinta y papel que ofrece unas sensaciones de lectura mucho más confortables que las de cualquier pantalla retro-iluminada; puede almacenar cientos de obras y dispone de una gran autonomía. En noviembre de 2007, la librería online Amazon lanzó a su vez, en Estados Unidos, su propio reproductor de libros, el Kindle.

Hasta el momento la venta de estos productos es más bien modesta, pero con el tiempo, estos reproductores de libros se perfeccionarán y serán progresivamente más apetecidos, haciendo que sea cada vez más probable que los lectores del futuro consideren cada vez más natural el hecho de leer libros en una pantalla. En Japón existen autores especializados en novelas de ficción concebidas para ser leídas en teléfonos celulares. Una de estas novelas escrita por alias Chaco, ya superó incluso el millón de descargas. Pero aunque las nuevas tecnologías no hayan alterado aún nuestros hábitos de lectura, ya se han encargado de transformar el sector de la edición. La manifestación más visible es el crecimiento del comercio electrónico de libros. Amazon tieneel 10% del total de las ventas de libros en el Reino Unido. Esta web ofrece la mayor cantidad de títulos jamás ofrecida. En consecuencia, su enorme capacidad de distribución (con un volumen de ventas de libros que ha crecido un 70% entre 2003 y 2007), da pérdidas a las cadenas y a los libreros independientes. Contribuyendo además, de la mano de los hipermercados, al apogeo de una “cultura de rebajas” que acentúa la brecha entre las cifras récord de ventas de best sellers y las de los llamados libros midlist que requieren de más tiempo para encontrar su público.

Las colosales ganancias que generan estos libros de precio reducido han acrecentado la competencia por conseguir sus derechos y su comercialización. Esto se traduce en una concentración en el seno del sector que ha vuelto la competencia aún más ruda. Hoy en día, solamente las editoriales más grandes pueden desembolsar los anticipos para obtener estos títulos y para asegurar los presupuestos de mercadeo que se requieren; y solo los más grandes distribuidores pueden permitirse aplicar las rebajas a las cuales los consumidores ya se han acostumbrado. Estos distribuidores son Amazon y los hipermercados. De esta forma, la cadena de librerías norteamericana Borders anunció a principios de 2007 la puesta en venta de todos sus almacenes en el Reino Unido, e incluso Waterstone´s, la más grande en ese país, ven cómo se ensombrece su futuro.

Sin embargo, en el sector de la edición, cada tendencia se ve casi siempre acompañada de una contraparte. Mientras el sector continúa su concentración, el optimismo prevalece entre editores independientes y dinámicos como Atlantic Books y Profile Books, convencidos de poder proporcionar títulos que no interesan para nada a los grandes editores que se encuentran obnubilados por el mercado de masas. Y aunque una gran cantidad de libreros independientes ha cerrado sus puertas, otros no se preocupan demasiado.

El progreso tecnológico da pie a un fenómeno parecido. Si los costos de edición de autores como Dawn French [actriz cómica muy reconocida en Reino Unido] están por los aires (Random House le habría pagado dos millones de libras (7.000 millones de pesos) de anticipo por sus memorias que serán publicadas este año), la difusión de un libro, en cambio, no cuesta ya casi nada. Hubo un tiempo en el que aquellos que aspiraban a convertirse en escritores y no encontraban un editor debían desembolsar hasta 6.000 libras (21 millones de pesos) para registrarse como autor; hoy en día, pueden subir su texto en Lulu.com, sitio web especializado en autoedición en la red, gratis. De la misma forma, gracias a las nuevas tecnologías, los costos de impresión y encuadernación se han reducido considerablemente.

Por otro lado, MySpace o YouTube ofrecen promoción a menor costo, y los grandes editores ya han tomado nota. La biógrafa Kate Williams daba cuenta hace poco de sus proezas en MySpace, en donde tiene la posibilidad de relacionarse con sus lectores potenciales, ya sea con su verdadera identidad o bajo el seudónimo de lady Emma [la amante del almirante Nelson], a quien retrata en su libro England’s Mistress. En la misma línea, un video que promociona el libro Quikology, del psicólogo británico Richard Wiseman, fue uno de los videos más vistos en YouTube en 2007.

Además está el blog, el método de autoedición en boga. Aunque algunos le reprochen no ser más que otro medio que contribuye a que los autores no perciban dinero, sucede a menudo sean los responsables de sentar las bases contratos editoriales. La editorial The Friday Project se ha especializado en la publicación de libros extraídos de textos publicados en la red, de esta forma algunas creadoras de blogs, como Petite Anglaise, Wife in the North y Belle de Jour, han recibido importantes anticipos por parte de editores tradicionales.

Pero mucho más significativo que la firma de estos contratos, es el efecto que tienen en la cultura literaria los blogs y otros formatos de opinión en internet. La elaboración de discursos culturales no es ya privilegio de un pequeño grupo de críticos profesionales o de revistas especializadas, otros actores ejercen ahora una importante influencia. Sin embargo, las publicaciones especializadas en reseñas literarias no están actuando aún en consecuencia. Prueba de ello es la amplia promoción que han realizado periódicos y revistas de Reino Unido de la reciente biografía de Edith Wharton de Hermione Lee, por demás totalmente justificada, ya que se trata de una obra importante, que sin embargo no ha vendido más que algunos miles de ejemplares. El mercado dicta las leyes del mundo de la edición, como de hecho las de todos los otros, pero la pregunta es: ¿por cuánto tiempo prevalecerá este desfase entre el contenido de las páginas literarias y lo que de veras se vende? Esto sin contar que aquellos lectores ávidos de críticas eclécticas, escritas con un tono asequible, han sido reclutados, por parte de la prensa escrita, a través de clubes literarios y foros en la red. Es casi ineluctable la necesidad de volver menos elitista el mundo de la crítica literaria.

La digitalización de lo escrito es la mayor revolución que debe enfrentar el mundo de la edición, pero no tanto porque permita que las obras sean leídas en una pantalla. Actualmente, aparecen al año casi 150.000 títulos nuevos en el Reino Unido, y esta cifra sigue creciendo, muchos de ellos destinados a un público especializado. Sin embargo todas son impresas, encuadernadas, distribuidas a mayoristas y libreros, antes de ser devueltas y muy a menudo destruidas. Es un proceso que implica altos residuos, pero que ha sido, hasta ahora, el único medio para garantizar un factor esencial de la prosperidad del mundo editorial: la variedad.

Todo esto está llamado a cambiar. Como ya se ha dicho, la brecha entre los libros exitosos y el resto no hace más que crecer. Los grandes editores y los libreros querrán siempre publicar y vender las obras de autores como Dawn French o Richard Dawkins [célebre biólogo darwinista], pues la demanda es más fuerte que nunca. Querrán también continuar publicando y vendiendo obras que se dirijan a un público más selecto por diversas razones (asegurar un semillero de talentos, atraer a una clientela variada…), eso sí, buscarán nuevas formas para difundir estas obras. Las tecnologías de impresión a la carta están a punto de ofrecer servicio de calidad que permitirá que los lectores pidan libros que serán impresos especialmente para ellos y les serán entregados después de una corta espera en cualquier librería. Es un cambio que podría hacer sonar todas las alarmas de los libreros mayoristas que poseen grandes existencias, y que de hecho, ya enfrentan serios problemas en la actualidad.

El lector no tendrá la posibilidad de deambular entre las estanterías, ni de hojear los libros antes de comprarlos, sin embargo, tendrá acceso a una selección de títulos más amplia que nunca.

Con la llegada de estas tecnologías de impresión a la carta y, aunque en menor medida, del libro digital, el control sobre los contenidos en formato electrónico se anuncian como la mayor batalla en el mundo editorial en los próximos años. Las casas editoriales son conscientes de lo que sucedió con las discográficas una vez que la difusión electrónica de la música se masificó, y se empeñan en evitar que les suceda lo mismo. Muchas ya están tomando medidas. La editorial Bloomsbury, por ejemplo, se ha puesto en la tarea de crear un “banco digital de obras”, como ya lo hicieran Harper Collins y Random House. Sin embargo, todas deben hacer frente a un rival potencial que es Google, ya afianzado en la titánica empresa de la puesta en red de toda la información del planeta y cuyos primeros resultados ya pueden verse en el sitio “Búsqueda de libros de Google”. A la larga, el objetivo de Google es construir una biblioteca digital que contenga todos los libros que se han publicado; hasta la fecha, ya habría digitalizado más de un millón.

Algunos editores miran con desconfianza las ambiciones de Google. Nigel Newton, presidente de Bloomsbury considera que se trata de una “política totalmente indecente” y teme que Google, en vez de erigirse como competidor en el campo de la difusión de textos digitales, se transforme en un acaparador de derechos de autor. Por ahora, este motor de búsqueda se limita a ofrecer pequeños extractos de obras protegidas por el derecho de autor. No obstante, si los archivos digitales le pertenecen, ¿qué le impediría en un futuro difundir extractos más largos o hasta las obras enteras? Google habría manifestado su potestad sobre los derechos de autor de los archivos digitales que difunde (esta información no ha sido ni confirmada, ni desmentida).

Los próximos años no serán nada fáciles para la industria del libro. Muchos editores no han encontrado aún el modelo que les permita hacer dinero con la difusión de contenidos en la red, e ignoran la forma en la que adaptarán a la distribución digital los títulos que les aportan más ganancias. Los libreros, por su parte, se han percatado que los cambios generados por las nuevas tecnologías han sentenciado a las grandes librerías, donde los libros que no se venden son los que más espacio ocupan. En cuanto al libro como objeto, lejos de haber sufrido por causa de las nuevas tecnologías, ha salido fortalecido.

PROSPECT MAGAZINE ©

Traducción: Benjamín Moure

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