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El miedo equivocado

El Hay Festival trae a tres especialistas en Darwin: Gillian Beer, Jaime Bernal Villegas y Fern Elsdon-Baker. ¿Por qué es más urgente que nunca recordar a Darwin hoy?

2010/03/16

Por Oscar Guisoni

En La creación de Adán, de Miguel Ángel, un anciano muy parecido a Charles Darwin y al que la tradición identifica con la supuesta imagen de Dios prolonga su brazo para dar vida a Adán, el mitológico primer hombre sobre la tierra según la Biblia. El fresco, que se encuentra en la Capilla Sixtina del Vaticano, fue pintado alrededor de 1511 por el genial artista italiano, mucho antes de que Darwin naciera, e ilustra uno de los episodios del Génesis más conocidos, el mismo episodio bíblico en el que se basan los llamados “creacionistas” para declararle la guerra al célebre naturalista británico de cuyo nacimiento se cumplieron ya dos siglos el pasado año sin que la polémica en torno a sus teorías se haya apagado.

Pero ¿quiénes son en realidad los creacionistas? ¿Qué ideas defienden sobre el ser humano? ¿Qué intereses políticos se ocultan detrás de sus ásperas batallas? Y, sobre todo, ¿por qué es tan importante hoy para las sociedades que se pretenden civilizadas defender el punto de vista científico que alumbró Charles Darwin en el siglo XIX? Bienvenidos a la polémica más absurda del siglo XXI, la más antigua y, quizá, la que más ecos evoca del pasado medieval que se supone dejamos atrás hace ya al menos cinco siglos.

Una de las primeras cosas que pretenden los creacionistas es equiparar su pensamiento a la teoría científica que Charles Darwin puso en circulación a partir de su célebre obra El origen de las especies, cuyo título íntegro lo dice todo sobre sus ideas: El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida, publicado en 1859. En este libro, pilar fundamental de la ciencia natural del siglo XIX, Darwin destruye las viejas ideas sobre la inmutabilidad de las especies tanto vegetales como animales conocidas hasta el momento y sostiene que la vida, tal y como la conocemos en la actualidad, es fruto de la selección natural que ha ido infligiendo grandes modificaciones en los seres vivos, haciendo que se adapten constantemente a las nuevas condiciones del medio ambiente.

Para sorpresa del propio Darwin el libro fue un auténtico bestseller de la época. Fruto de sus minuciosas observaciones de la naturaleza, realizadas a lo largo de sus viajes por medio globo, en ese texto el científico británico no hace todavía mención explícita al origen de la especie humana, aunque es perfectamente consciente de que su teoría se utilizará fácilmente para explicar cómo llegó el hombre a ser lo que es hoy en día. Y antes de que los creacionistas pusieran el grito en el cielo (valga la metáfora más que nunca), se anticipó a sus críticos evitando utilizar el término “evolución” para explicar su punto de vista, para escapar de las polémicas cerriles de la época, y dejando en claro que a pesar de lo que sugerían sus teorías, él era un firme creyente “en el Creador” que ha “alentado un reducido número de formas” de vida que “se han desarrollado y se están desarrollando” hasta llegar a explotar en “una infinidad de formas bellas y portentosas” como las que se pueden observar ahora en la naturaleza.

Vuelto ya una celebridad, en 1871 Darwin publica El origen del hombre y la selección en relación al sexo, un texto en el que sitúa al ser humano como una especie más del reino animal, lo que despertó la ira de los fanáticos religiosos que calificaron el libro de auténtica herejía. Para ese entonces Darwin ya tenía algunos admiradores célebres, como Thomas Henry Huxley, que organizaba sesiones abiertas al público en las que comparaba el cráneo de algunos monos con los del ser humano y que contribuyó involuntariamente a establecer ese lugar común que tanto les gusta a los creacionistas, y que afirma, de un modo muy reduccionista, que Darwin fue quien dijo “que el hombre desciende del mono”. Curiosamente, Huxley fue uno de los primeros en protagonizar un célebre debate con los creacionistas. En una áspera discusión con el obispo de Oxford Samuel Wilberforce, en 1860, le dijo: “Prefiero descender de un simio antes que de un obtuso como usted”. A partir de ese momento a Huxley comenzaron a llamarlo despectivamente “el bulldog de Darwin”. Sus exageradas patillas contribuyeron a esa irónica comparación con un perro, animal que muy lejos estaba de formar parte de la cadena evolutiva de uno de los anatomistas comparativos más famosos de la Inglaterra del siglo XIX. Su debate con Wilberforce se reproduciría infinidad de veces a lo largo de las próximas décadas. Los argumentos no cambiarían, sino que sufrirían apenas una pequeña evolución. Los personajes, por eso de la selección natural y los estragos de la muerte, sí.

¡Ay, dios! ¿Hay dios?

Cuando el campo de batalla ya había sido prefigurado y la guerra entre una concepción del mundo y otra ya estaba declarada, nuevos textos e impensables protagonistas añadieron a la polémica un giro imprevisto. Así como la atenta observación de la naturaleza y la posibilidad técnica de realizar viajes a lugares nunca antes explorados le había dado a Darwin la oportunidad de poner en duda las ideas religiosas acerca de la creación del mundo y de la supuesta inmutabilidad de las especies, la observación y el estudio de otras culturas, gracias a la expansión del colonialismo europeo por gran parte del globo habría de darle al pensamiento religioso una estocada inesperada y cuasi mortal.

Diecinueve años después de publicado El origen del hombre, la aparición en 1890 de La Rama Dorada, un estudio sobre magia y religión, de James George Frazer, vino a poner las cosas en su lugar con respecto al fundamentalismo religioso cristiano, principal bastión de las ideas creacionistas. En ese texto, que habría de tener una gran influencia en Sigmund Freud a la hora de crear el psicoanálisis –otra bestia negra de los creacionistas–, Frazer, evidentemente influido por las ideas de Charles Darwin, sugiere que al igual que la raza humana tiene un origen común y que luego se fue diversificando por acción de la selección natural y el medioambiente, existen elementos comunes en todas las religiones que hacen pensar en un origen único y luego se fue diversificando. Las religiones primitivas y los rituales que ellas ponen en práctica, sostiene James Frazer en esta obra pionera del análisis antropológico de las creencias humanas, tienen características comunes y si se las analiza de acuerdo a estos patrones, pierden su halo mágico y misterioso, encuentran una explicación racional y, por lo tanto, sus mitos sobre el origen del mundo y sus modos de explicar e interpretar la realidad pierden fuerza. Por si fuera poco, Frazer traza en su libro una hipotética “evolución” de las creencias, cuya expresión original, según su teoría, fue “la magia”, luego vino “la religión” y por último hizo su aparición “la ciencia”, que opera mitológicamente del mismo modo que sus predecesoras, explicando el origen del universo con base en un mito. Una relativización tan virulenta de sus concepciones religiosas resultó intolerable para los fanáticos creacionistas que no tardaron en añadir a su lista negra de textos heréticos la obra del influyente antropólogo escocés.

Las escuelas, principal campo de batalla

Mientras las nuevas teorías científicas comenzaban a implementarse en Europa y llegaban al ámbito educativo con más o menos prisa, la derecha religiosa norteamericana transformó las aulas en el principal campo de batalla para combatir las tesis de Charles Darwin. Así, el creacionismo encontró su razón de ser en la lucha por el contenido de los programas educativos en el corazón de la nueva gran potencia del siglo XX, protagonizando algunas batallas soberbias a lo largo de la centuria y llegando intacto en su poder de fuego, lobby y potencia mediática incluso hasta nuestros días.

Los creacionistas se atrincheraron en los núcleos más duros del Partido Republicano y comenzaron a ganar algunas batallas en los años ochenta durante la presidencia del hiperconservador Ronald Reagan, aunque ya desde principios de siglo se registran sonoros debates, impugnaciones legales a profesores demasiado proclives al viejo Charles Darwin y protestas públicas para pedir que las escuelas enseñen “las dos teorías”, como si el creacionismo tuviera algún viso de realidad científica y no fuera lo que simplemente es, una creencia religiosa con gran tinte de fundamentalismo.

A comienzos del siglo XXI mientras el Consejo de Europa advertía que el creacionismo va contra los derechos humanos, esconde una fuerte dosis de racismo y busca confundirse engañosamente con la ciencia, el gobierno de George Bush posibilitó lo impensable, aupando a altos niveles de decisión en materia educativa a fervientes militantes del creacionismo. El mismo presidente llegó a manifestar, durante una rueda de prensa: “Expongamos a los niños a las diversas corrientes de pensamiento”, como si la ciencia desarrollada por Darwin fuera sólo una “corriente” equiparable al pensamiento mágico creacionista. En Texas, el estado que gobernó antes de llegar a la Casa Blanca, el gobernador republicano Rick Perry llegó a designar a un creacionista, el dentista Don McLeroy, al frente de la Junta de Educación, quien apenas asumió declaró su profundo odio por la ciencia y las teorías científicas. Los comités científicos, mientras tanto, denunciaron durante esos ocho años de gobierno de Bush la persecución a la que eran sometidos los que se oponían al creacionismo en escuelas y universidades. Gracias al apoyo de los neoconservadores, el creacionismo se animó a cruzar el Atlántico y desde hace una década libra también batallas en Europa. Al tiempo que sofistican el discurso, y comienzan a hablar de un supuesto “diseño inteligente” del ser humano, a su parecer “demasiado complejo” como para ser producto de la evolución, los creacionistas han logrado que el 47% de los norteamericanos crea en su mito y hasta en el Reino Unido, según la BBC, el 20% del público está convencido de que el mundo fue creado por Dios “en seis días y al séptimo descansó”, como afirmó sin que se le moviera un pelo el profesor de química David Odulate, miembro de una escuela privada británica. Las sociedades que lo padecen miran impávidas este avance del fundamentalismo religioso sin comprender los riesgos que implica para el futuro de la ciencia y de ellas mismas como sus principales beneficiarias. Los pocos que lo combaten sufren en su piel la sutil pero militante oposición de la derecha religiosa, que tiene poder suficiente para cerrar puertas y amargar vidas cuando así se lo propone. Mientras tanto desde la tumba el viejo Charles tal vez eche en falta a bulldogs como Huxley, capaces de gritar a los cuatro vientos “prefiero descender de un simio antes que…”

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