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El último sueño de Salmona

Hace dos años Arcadia publicó en su primera edición el proyecto del centro cultural del Fondo de Cultura Económica que se inaugurará oficialmente el próximo 30 de enero, aunque está abierto al público desde el 12 de diciembre. ¿Cómo concibió Rogelio Salmona este espacio? ¿Quiénes están detrás?

2010/03/15

Por María Alejandra Pautassi

Rogelio Salmona trabajó en el Centro Cultural Gabriel García Márquez, la nueva sede del Fondo de Cultura Económica (FCE), hasta el último momento de su vida. Llegaba al edificio con un bastón de tres patas que le regaló Juan Camilo Sierra, anterior gerente del FCE, improvisaba un butaco, se sacudía la fatiga y los dolores de la quimioterapia y empezaba a dirigir. A finales de agosto, cuando ya no pudo regresar, le enviaban fotografías del proceso, las dudas y las preguntas. Salmona murió el 3 de octubre del 2007, días antes de que su equipo entregara el edificio. Desde el pasado 12 de diciembre el Centro Cultural abrió sus puertas al público y aunque la inauguración oficial será el 30 de enero, ya recibe visitas diarias de cientos de personas. Ubicado en el corazón de la Candelaria a la altura de la calle 11 con carrera 6, la última obra de Rogelio Salmona está lejos de pasar inadvertida.

Poco antes de su muerte, el Fondo le pidió a Salmona que redactara una presentación del edificio para incluirla en su catálogo. El arquitecto decía: “Quise hacer una obra abierta al encuentro, a la alegría, al goce, a la sorpresa, a la meditación, donde la arquitectura vuelva a su condición de símbolo, a jugar un papel importante en nuestra ciudad por su calidad constructiva y por su implantación respetuosa en el lugar”. Lo que Salmona quería decir era que su principal propósito era unir varios elementos para crear un universo complejo. De hecho, el Centro Cultural Gabriel García Márquez es un punto de encuentro de diversas tendencias arquitectónicas. Desde la esquina sur de la calle 11 con carrera 6 se ve la parte posterior de la Catedral Primada, una construcción colonial hecha en piedra amarilla, y frente a ella la casa de Nemesio Camacho, una casa republicana de dos pisos. Dos cuadras hacia los cerros está la Biblioteca Luis Ángel Arango, terminada a finales de la década de los sesenta, y la última remodelación del Museo del Banco de la República junto a la Casa de Moneda.

Para Salmona el diseño de un edificio debía tener en cuenta el lugar donde se iba a construir, el paisaje y las costumbres de sus habitantes. Francisco Valdenebro, que durante dieciséis años y en veintinueve proyectos fue el encargado de interpretar sus planos y hacerlos realidad, dice que la idea detrás de la construcción del Centro Cultural Gabriel Márquez “nunca fue implantar el proyecto en el barrio, sino vincular el barrio al proyecto”. Desde la entrada de la librería, por ejemplo, se puede ver la casa de Nemesio Camacho, explica, y entre un punto y otro hay cerca de cincuenta metros de recorrido, incluyendo la calle. Desde el segundo piso se alcanza a ver la iglesia del barrio Egipto, más abajo el edificio azul de la Universidad de la Salle y el campanario de la iglesia de San Diego. La estructura circular del edificio, los espacios abiertos entre columnas y las ventanas hacen que el Gabriel García Márquez sea una vitrina al centro histórico de Bogotá.

Valdenebro dice además que no es casualidad que el edificio sea escalonado. Del lado sur, el de la calle 11, el Centro Cultural tiene dos niveles. En el primero hay dos auditorios con capacidad para cerca de quinientas personas, una sala para exposiciones de arte y un café Juan Valdez. La librería del Fondo de Cultura Económica ocupa gran parte del segundo. En el lado norte el edificio, donde funcionan las oficinas del Fondo de Cultura Económica, hay cuatro niveles. El Centro Cultural se hizo así para respetar la pendiente que baja de los cerros hasta la Plaza de Bolívar y la altura de las casas de la calle 11.

En el centro del Centro

El Fondo de Cultura Económica es hoy una de las editoriales de corte académico más destacadas del país y sus libros son conocidos por haber formado a cuatro generaciones de colombianos. Además, el Fondo se encarga de importar y distribuir libros mexicanos en Colombia y exporta libros hechos en Colombia a otros países de habla hispana. Por eso, cuando se habló por primera vez de construir una nueva sede del Fondo de Cultura Económica en Bogotá a finales de 2002, pareció apropiado incluir una megalibrería –la más grande en cuanto a espacio y cantidad de títulos en el país–. ¿Qué mejor manera de continuar la serie de afortunados aportes del Fondo a la industria del libro en Colombia? A mediados del 2005 el Fondo abrió una convocatoria cerrada entre sus nueve filiales. La idea era conseguir un librero que estuviera a la altura de la tradición del Fondo y las expectativas del proyecto. La ganadora fue Andrea López, una cordobesa que se formó de la mano de Rubén Goldberg, de Rubén Libros, una librería que aunque pequeña es de las más respetadas de su ciudad. Ella fue la responsable de seleccionar los más de cuarenta mil títulos con los que abrió la librería y de preparar la lista de los cien mil que se espera tenga para finales de año, con lo que se convertirá en la más grande del país.

Pero la nueva librería no solo se proyecta como la más variada en Colombia, sino que es la más espaciosa. Se trata de un recorrido circular de mil trescientos metros cuadrados, con dos salas de lectura, una sala infantil con espacio para lectura de cuentos y más de veinte estanterías sueltas (cinco de las cuales guardan los libros de la Asociación de Editoriales Mexicanas Independientes) y unos setecientos metros cuadrados de paredes forradas en libros. Catalina González, editora del Fondo, dice que el objetivo es modernizar el espacio de la librería. “La idea es que la gente venga, se quede un rato, lea si quiere leer, o compre si quiere comprar”. De ahí que las estanterías estén señalizadas, la amplitud de los corredores y que en el segundo piso Tango Discos venda CD y DVD. Además, la librería funciona todos los días. Fiel a su formación con Rubén Goldberg, López hace un énfasis muy especial en literatura universal (le encantan los narradores norteamericanos) y está concentrada en traer libros de ciencias sociales (aunque afirma que la producción académica colombiana no tiene nada que envidiarle a la de otros países). Pero tiene una perla: quiere crear una lista de excelentes traducciones de poesía, en especial británica y norteamericana. Además, tiene la idea de traer traducciones de libros colombianos para extranjeros y libros en inglés, francés y, con toda seguridad (aquí ella hace énfasis) en italiano. Para finales del año espera que el Fondo empiece a importar libros de pequeñas editoriales españolas y argentinas que nunca habían llegado a Colombia y que la librería tenga cerca de cien mil, cifra con la que se convertiría en la librería más variada del país.

Cultura para todos

Cuenta Catalina González que cuando se inauguró la librería Rosario Castellanos –la más grande de todas las filiales del Fondo– en Ciudad de México, los libreros vecinos se quejaron. Estaban seguros de que la apretura de una megalibrería haría que todos quebraran rápidamente. A los pocos meses, sin embargo, vieron sorprendidos que en lugar de robarles clientes, la librería del Fondo había impulsado las ventas del todo el sector. El Fondo de Cultura Económica espera que algo similar suceda en Bogotá.

En este sentido, Andrea López dice que el término “modernización” no es aplicable a este Centro Cultural. “Me parece que la palabra modernización tiene algo de colonización, y nosotros no queremos hacer eso. Tenemos una estructura para dialogar.” Y no lo dice solo por el diseño del edificio o las posibilidades de la librería que maneja. En un radio de dos kilómetros el Gabriel García Márquez está rodeado por veintinueve universidades, veinticuatro instituciones educativas, siete biblioteca y cincuenta y ocho instituciones culturales. El Centro Cultural compartiría público con ellas, pero la idea es que también atraiga más gente. “Innova, eso sí”, concluye López, “en la forma en que acerca a la gente a la cultura: haciéndola más cotidiana, porque la cultura no es algo quieto y aislado”–como no lo es, desde ningún punto de vista, el Centro Cultural Gabriel García Márquez.

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