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En busca del tiempo perdido

Dicen los habitantes de la capital del Meta que una nueva carretera los puso más cerca de Bogotá y, en consecuencia, de la cultura. Los esfuerzos de varios colectivos culturales luchan para ganar un espacio entre discotecas, centros comerciales y sitios de rumba.

2010/03/15

Por Yirama Castaño Güiza

Es lunes y tengo cuatro días para tomarle el pulso cultural a esta ciudad. Parece que hay hasta tres eventos por semana: Las tertulias literarias de la Biblioteca Germán Arciniegas que esta semana abordan la novela Sin remedio, de Antonio Caballero, las exposiciones de la Cámara de Comercio y los conciertos de Batuta. Antes de cumplir mi agenda oficial, le pido al taxista que me lleve a la plaza principal. Identifico un grupo de hombres. Y además de este sitio, ¿dónde está la tertulia, dónde se reúnen los artistas, los escritores, los estudiantes? Después de pensarlo, me recomiendan Los Capachos como el centro cultural más concurrido. Por supuesto, el conductor lo aclaró todo: “Sí, esa es la discoteca más grande que hay aquí. Si quiere, yo la llevo el jueves”.

El Encuentro Mundial de Coleo y, por primera vez, El concurso de la mujer vaquera en octubre; el Joropódromo a final de año, invaden por estos días, las agendas de los turistas en los hoteles. Para los habitantes de Villavo lo mejor son los participantes de otros países y alguno que otro visitante. Bueno, en realidad les llama la atención todo lo que viene de fuera. La inauguración de un centro comercial o la llegada de un almacén de cadena generan una asistencia masiva. Hay que verlo todo y varias veces.

Así sucedió en diciembre del año pasado cuando abrieron la librería y papelería Panamericana. La fila amenazaba con salirse del Centro Comercial Santana. Pero lo mejor fue que con motivo de los aguinaldos se agotaron las ediciones de la novela El olvido que seremos, de Héctor Abad. El resto del año las ventas han oscilado entre La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo; Inés del alma mía, de Isabel Allende; Sin querer queriendo, de Roberto Gómez Bolaños, y Rasguño. “La gente visita la librería por necesidad. Mis clientes lectores los puedo contar con los dedos: un psiquiatra, que cada mes compra cuatro o cinco libros y películas; un profesor, que lleva todo lo de José Saramago, y, uno en especial, que viene cada semana a preguntar por el mismo libro que no tenemos: “Un cadáver exquisito”, cuenta Verónica Pulecio, una de las vendedoras.

A hora y media de distancia y diez años de silencio

Siempre he pensado que cada ciudad tiene su tiempo y de él dependen los pasos de sus habitantes, la distancia entre las frases, sus silencios. Aquí, en Villavicencio, donde Colombia comenzaba a despertarse con el canto del ordeño y el arreo; donde el paso era corto y seguido como el baile y las palabras se salían como coplas, una encima de la otra; el ritmo ya no es el mismo. Sí, hoy la joven ciudad camina en desorden, se embriaga antes de dormir y en temas decisivos son más los silencios que las palabras. Algunos aseguran que todo cambió desde que se inauguró la nueva carretera a Bogotá hace seis años. Y puede ser, porque le ganaron tres horas al camino.

En fin, lo cierto es que la gente parece sentir que todo está más cerca, o mejor, según algunos más sensatos, depende del lado desde el cual cada quien mire su reloj: “A solo hora y media del Colón, de las librerías, de los teatros, de las galerías y de Bogotá”, comenta Héctor Ramírez, investigador y curador de arte de la Cámara de Comercio o, como lo dice Jorge Cárdenas, jefe de redacción del periódico Llano Siete Días: “A hora y media luz de distancia”.

El pueblo ha crecido: 333.500 habitantes para 2006, una de las tres ciudades con mayor población flotante, buen índice de empleo. Pero las cifras del Dane no lo dicen todo. Algunos en voz baja llevan la cuenta de un nuevo récord: en los últimos cuatro años, un gobernador condenado por la Corte Suprema de Justicia a cuarenta años por instigador de tres asesinatos políticos; dos alcaldes elegidos popularmente destituidos, y once personas encargadas del mando. En medio de esta maraña, Villavicencio ha activado su economía. Su apuesta para el futuro está concentrada en la industria del turismo y la promoción de su cultura. Según la Cámara de Comercio son ya 2.935 los establecimientos registrados; cuatrocientos de ellos asaderos de carne llanera, mamona y cachama y, por lo que vi, cuatrocientos deben ser los nuevos grupos de joropo y música llanera que acompañan a los comensales.

Aunque desde hace treinta años intelectuales, artistas y escritores han intentado ofrecer alternativas diferentes a las manifestaciones costumbristas (festivales folclóricos y escritura cantada), la ciudad parece resistirse a recibir nuevas imágenes, símbolos y significados. La trilogía de caballo, hombre y toro permanece en óleos y esculturas. Los jóvenes creadores arrecian con sus críticas contra el folclorismo, pero expresan su respeto por ciertos nombres: la poeta Olga Malaver y Silvia Aponte, autora de las tres ediciones de Las Guajibiadas, texto nominado al premio Príncipe de Asturias en 1991, y de catorce libros más.

Desde la Esperanza, su barrio, Silvia Aponte responde contando su historia: “Como lo dijo Tolstoi, ‘conoce bien tu aldea y serás universal’. No me interesan los remedos. Todavía lleno auditorios. A mi última presentación fueron como seiscientas personas. Mi casa siempre ha estado llena. Todavía recibo visitas. Aquí estuvieron Camilo Torres y el padre Álzate, Diego Montaña Cuéllar, Manuel Zapata Olivella y el maestro Luis Vidales. A mí me tocó muy duro. Mi marido era costeño y sindicalista. Yo atendía a los visitantes y cuidaba las niñas. Al lado de la cocina estaba mi mesa y la máquina de escribir. Comenzaba después de la medianoche. Ahora escribo sobre la luna y las cosechas”.

Por supuesto que la cultura deja salir a flote otras manifestaciones que, en Villavicencio, han estado ligadas a la conformación de grupos culturales y artísticos, a través de los cuales se ha expresado también la rebeldía y una posición política comprometida.

Quizá el más importante es aquel que comenzó siendo el Taller Cultural Llano Abierto (1978) y después se transformó en la revista cultural Entreletras (1981). La oferta cultural de la ciudad ha dependido en gran parte de la producción de sus integrantes, de sus vaivenes creativos y de la tragedia del asesinato de uno de ellos, el poeta y periodista del diario El Espectador Julio Daniel Chaparro. Su muerte silenció todo el 24 de mayo de 1991, fecha en la que también se suspendió la publicación de la revista Entreletras, cuyos artículos habían acortado la distancia entre la ciudad y Bogotá sin eliminar un solo kilómetro. Entreletras logró ser nombrada al lado de las revistas nacionales más conocidas: Puesto de Combate, Ulrika y el Magazín Dominical de El Espectador.

Hace solo ocho años se rompió ese silencio. El poeta y periodista Jaime Fernández asumió el liderazgo con la reactivación de los talleres de escritores y la creación del Fondo Editorial Entreletras, que ya cuenta con veinte títulos publicados, entre ellos el libro de poemas de Julio Daniel, … Y éramos como soles.

Si bien Entreletras, sus fundadores y nuevos miembros siguen siendo reconocidos y cuentan con la dirección de algunos proyectos culturales en la ciudad y otros municipios del departamento, en los últimos diez años han aparecido algunas voces que han ocupado espacios en las universidades, barrios y comunas. Héctor Ramírez y Jorge Cárdenas coinciden en señalar que lo más interesante por el momento es el trabajo del colectivo de Artes Plásticas Buses verdes y, específicamente, del pintor Oscar Gómez, director también del cineclub El Samanaso.

La carne es mamona

Buses Verdes comenzó con el Festival de la Diversidad en el 2006, junto a las nacientes bandas de rock, grupos de rap, hip-hop y capoeira: “Promovemos el vegetarianismo como una posición política contra el culto ganadero, el maltrato de animales en los encuentros de coleo y la cultura gastronómica compuesta por una mezcla de harinas, carnes y alcohol”, afirma Óscar Gómez. Este pintor de 32 años, egresado de la Universidad Nacional, decidió volver a la casa y al barrio de la infancia: el mismo que su madre ayudó a construir junto con otros profesores, antes del exterminio de la Unión Patriótica. Óscar montó allí su estudio; un sitio de encuentro para los Buses verdes y el archivo fílmico del cineclub El Samanaso, cuyo nombre hace honor al único samán que sobrevivió en la plaza principal. Ya completan tres años de funciones todos los jueves a las siete de la noche; dieciséis ciclos y un público cautivo de más de sesenta personas, entre las que se cuentan estudiantes, un médico italiano y Pablo, un habitante de la calle, quien no ha fallado película.

Nuevas casas invaden el espacio urbano desde los años ochenta: extrañas fachadas, metros de mármol y, en los antejardines, venados impasibles y unicornios con cuerno dorado. Este fue el tema de la muestra fotográfica de los Buses verdes en su primera exposición: “gramática arquitectónica de los nuevos ricos que comenzaron a copiar los ganaderos, los arroceros y los burócratas”. Exposición presidida por Lady Llanos, una muñeca inflable con chaleco de cuero y botas. “La síntesis, el autorretrato regional”. Una posición micropolítica a través del arte, esa es la propuesta.

Dos elementos distinguen a esta generación de jóvenes dispuesta a transformar: el primero, que casi todos ellos, a diferencia de sus padres, nacieron en Villavicencio, una ciudad caracterizada por los flujos migratorios; y, segundo, que promueven la recuperación del medio ambiente. “Queremos dar un mejor trato a la ciudad”, afirma Félix Obando, autor del libro de poemas Lapsus Urbanos y nuevo líder de Voces y Manos, corporación cultural fundada por Javier Rey y Juan Andrés Muñoz, presentada en 2006 con la publicación de Nuevas Naufragas, antología de poemas de veintidós jóvenes entre los quince y los veintiséis años.

A desalambrar; Siervo sin tierra; Punk mujeres; Perspectivas; Género, arte y mujer; y el Varado también se cuentan entre los colectivos que a toda prisa intentan ganar tiempo. Tres son las generaciones presentes entre ellos y, a pesar de todo, combatientes: unos menores de treinta, algunos mayores de treinta y otros con treinta años de trabajo a cuestas. Al parecer la tendencia es tender lazos entre los diversos grupos. Óscar Gómez y otros de los miembros del colectivo quieren hacer una exposición conjunta en una cantina de la plaza Villa Julia, donde el Tigre Ojeda, “un man que estudió en la Nacional en los setenta y que es amigo de los escritores, pintores y escultores de la época. Ese sería un ejemplo concreto y bonito de las posibilidades de comunicación”, concluye Óscar. Uno entonces piensa que es tiempo de comenzar a hablar.

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