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Entre la fe, la desidia y el rap

En la capital chocoana prácticamente no hay escenarios culturales, aparte de las fiestas populares. La última película se proyectó hace 15 años. Sin embargo, nacen nuevas expresiones que dan fe de una cultura diversa.

2010/03/15

Por Rodrigo Restrepo

Huele a sudor, a agua podrida, a frutas, a pescado. Un vaho hirviente flota en el aire y la humedad abraza todos los poros de la piel. Miles de personas se agolpan en las calles rotas y polvorientas de Quibdó. De repente, doblan la esquina veinte comparsas de todos los colores. Desfilan ante la multitud con un escándalo de bombos, clarinetes y platillos. Y todo el mundo, sin excepción, se mueve al redoble frenético de la chirimía. Detrás de las comparsas vienen los carros con la publicidad del ron y el aguardiente, y negras forradas en trajes de licra bailando reaggetón. Me pregunto cuánta gente cabe en dos metros cuadrados: ¿diez, quince personas? Y todos bailan y sudan apiñados. Todos sonríen con sus bocas generosas y sus dientes blanquísimos en medio de este infierno húmedo.

Son las fiestas de San Francisco, quizá la celebración popular desconocida más grande del país. Desde hace más de ochenta años, cuando decidieron sacar al San Pacho de la iglesia, todos los quibdoseños se congregan cada octubre alrededor del santo y las chirimías, entre el fervor y la fiesta. Durante doce días y tras arduos preparativos que duran más de un mes, la mente colectiva navega entre la borrachera y el guayabo. He coincidido, por suerte, con la celebración, y sé que es lo más parecido que voy a encontrar a un gran espectáculo cultural. “Aquí cultura es tradición, es toda una manera de comportarnos en sociedad: es el baile típico, la comida típica, el vestido típico, toda una gama de componentes cotidianos y de manifestaciones tradicionales”, me dice Eugenio Perea, quien escribe las notas de la sección Cultura y farándula de Chocó 7 días.

Las notas, por lo demás, no son nada parecido a una agenda cultural o a una reseña de eventos. En Quibdó no existe tal agenda porque, para no decirnos mentiras, los eventos culturales –tal como los concebimos allá, en la fría Bogotá– son un fenómeno más bien exótico. Eugenio, ante todo, escribe perfiles de personajes como el Brujo, Leonidas Valencia o Aristarco Perea, viejos músicos del Chocó que se convirtieron en glorias de la cultura gracias a las fiestas de San Pacho. Todos ellos fueron pupilos del padre Isaac Rodríguez, el querido pionero de la fiebre por las bandas y quien en los años sesenta se dio a la tarea de enseñarles música a todos los niños de Quibdó.

Y es que en el Chocó el músico es el artista por excelencia y la música uno de los oficios más extendidos. Solo en Quibdó hay, mal contadas, más de cien orquestas profesionales de chirimía, y dieciocho escuelas de música tradicional. “Aquí todos nacemos en ese medio. La mamá nos canta desde la barriga, y de ahí salimos a bailar, a cantar, a sanpachear”, dice doña Madolia Dediego Parra, una de las sobrevivientes de la compañía de Delia y Manuel Zapata Olivella y ganadora del Guachupé de Oro 2005 de la Fundación Colombia Negra.

La música goza de buena salud. Pero ¿qué pasa con otras expresiones artísticas en Quibdó? ¿Qué películas pasan en los cines? ¿Hay alguna exposición de arte? ¿Qué clase de libros venden en las librerías?

Cultura en el medio Atrato

La Casa Cultural Jorge Isaacs es una mole contundente y grisácea de tres pisos que domina más de media cuadra del centro de Quibdó. Entro con curiosidad. Nunca esperé que esta ciudad albergara un centro cultural de tal magnitud. Pero la emoción dura poco. Por dentro el edificio está semidestruido y casi desierto. Encuentro a un hombre sentado en la esquina de una oficina mirando al vacío. Es ciego.

Su nombre es Henry Garrido, es el gerente del fondo mixto para cultura del Chocó y se encuentra a cargo de la Casa. Me explica que el centro está “en proceso de transición” desde hace cuatro años. El proceso consiste en que las pocas instalaciones útiles de la construcción se han arrendado a una tienda de discos, un Servientrega y una congregación de cristianos carismáticos, mientras se reúnen fondos y se espera dinero del Ministerio de Cultura para que el centro pueda volver a funcionar. “No recibimos un peso de la Alcaldía ni de la Gobernación –explica Henry, enfático, en la penumbra de su oficina sin ventilación–. Sinceramente, aquí no hay una política a nivel cultural”.

La Casa tiene una biblioteca que no funciona, pues no hay dinero para pagarle a un bibliotecario. Hace unos años, cuando estaba a cargo de la Alcaldía, la negligencia de los funcionarios públicos no permitió que se arreglara la cubierta del edificio y las lluvias se carcomieron más del 50 por ciento de la colección. Lo que quedó de ella permanece arrumado en un cuarto cerrado con llave. También hay una sala de cine con piso de material, sillas de plástico, luces de neón y un fuerte olor a humedad. La última película fue proyectada hace más de quince años. Igual sucede con el teatro César Conto, una tradicional sala que dejó de funcionar hace más de veinte años, si la memoria no le falla a Henry.

Uno de los mayores problemas de la cultura en Quibdó es la ausencia casi total de escenarios: el coliseo estuvo ocupado por los desplazados de la masacre de Bojayá hasta hace dos años, el estadio de fútbol fue derrumbado por problemas de construcción, y en los barrios no hay parques –pero sí cantinas–. Desde luego, no hay teatros y menos aún galerías de arte. Queda el auditorio de la Universidad Tecnológica del Chocó, al cual decido ir en busca del Salón Regional de Artistas. Pero no lo encuentro allí. En su lugar, tropiezo con un multitudinario evento de la iglesia evangélica Betesda. Hay lleno total, y el público aplaude con furia a cada frase del pastor. Tienen muchos ejemplares de un libro llamado Guerra espiritual. Cómo vivir en victoria y reconquistar la Tierra.

¿Qué pasa con la cultura en el Chocó?, le pregunto a Helena Romaña, la actual secretaria de cultura y turismo, una mujer corpulenta de turbante naranja y candongas de oro, collar de oro, pulsera de oro y anillos de oro. Usa un celular Motorola de última generación. “El Chocó es muy rico en cultura, pero los recursos son muy precarios”, me dice sentada en su oficina con aire acondicionado. El presupuesto anual para el departamento es de 98 millones, “una cifra irrisoria”, comenta. Luego confiesa que también hay otra fuente de ingresos –no tan irrisoria– de un impuesto a la telefonía móvil por el que reciben 219 millones. Esos recursos, según dice, los están invirtiendo en un inventario de patrimonio inmaterial, así como en un centro religioso “en donde hay un santo que dicen que hace milagros”.

Si en teoría hay recursos, ¿cuál es entonces el problema? La respuesta parece clara: la politización de la cultura. “Siempre ha sido la cenicienta del gobierno de turno y siempre ha habido un gran desinterés por parte de éste para generar espacios”, me dice Maruja Uribe, la ex jefe de la antigua oficina de cultura y turismo. Y claro, un sector cultural que dependa de los vaivenes y los intereses políticos no puede plantearse una política cultural de largo plazo. Pero, del otro lado, también es cierto que el gremio no está organizado. “Somos cultores por naturaleza, pero esta condición innata debe estar acompañada de un proceso organizativo y de proyección empresarial. Los cultores están muy divididos, no se congregan, no se documentan ni se retroalimentan”.

Signos vitales

Pero no todo es desidia y división. La biblioteca del Banco de la República, que cuenta con una colección de 21.000 volúmenes, recibe diariamente a más de 550 personas. También hay una librería –una sola– en Quibdó, a la que llego por pura casualidad. Su nombre es La Odisea. Vende una infinidad de textos escolares de primera y segunda mano, pero tiene también una sección de literatura nacional, otra de literatura retgional y otra más de literatura universal. Lo que me sorprende, sin embargo, son las nutridas estanterías de superación personal y esoterismo, donde encuentro títulos como La Cristificación de Saint Germain o Logos Mantram Magia, de autor anónimo.

La sala de exposiciones del Banco, por su parte, mantiene permanentemente alguna de las muestras itinerantes que se envían desde Bogotá, aunque –hay que decirlo– nunca se organizan en ella exposiciones de artistas locales, por política institucional. También está, recién abierto, el Centro de documentación de culturas afrocolombianas, un espacio en el que se articula y sistematiza todo el material disponible sobre la historia y la cultura de la raza negra en Colombia.

Hay, además, dos proyectos culturales, Mama-ú y Revulú, que con fondos de agencias internacionales y a través de la diócesis de Quibdó, les ofrecen a los jóvenes, sobre todo a los desplazados, un espacio donde aprender música, teatro, poesía y artes plásticas. Desde hace cinco años organizan el Festival de Arte Joven del Pacífico, y la demanda ha crecido a tal punto que ya no dan abasto.

Y hay una naciente gama de expresiones contemporáneas entre los artistas jóvenes. El III Salón Regional de Artistas –al cual llego tras una ardua investigación– es un interesante experimento que propone, a partir de un proceso de creación colectiva en las comunidades del Chocó profundo, esculturas con totumos, instalaciones de muebles hechas con las bateas de la minería artesanal, fotografías que resignifican las escenas y los lugares comunes de Quibdó.

Y está el rap, una rara flor en una sociedad marcadamente tradicional. Desde hace unos once años, Quibdó ha visto nacer estrellas del hip hop como Kaoba Niquel o ChocQuibTown y ahora es testigo del surgimiento de una segunda generación de raperos. “Acá el rap se vive de una forma distinta a Bogotá o Medellín. Aquí no se habla de matanzas. Es un rap rural, que habla de la injusticia política o de situaciones cotidianas”, me dice Alexis Play, la joven promesa del rap quibdoseño. Alexis tiene suerte: hace unos 30 conciertos al año y tiene página en Myspace. Pero la cosa no está fácil: “Son muchos los que se han retirado, porque el rap aquí no es rentable”, me explica, sentado en su estudio de grabación, uno de los dos o tres de Quibdó, un cuartito en obra negra con un ventilador y –eso sí– un buen computador, un sintetizador y amplificadores. Sin embargo, más que la tradición o la falta de apoyo, la amenaza para el rap chocoano es el reaggetón, al que muchos se convierten por facilismo.

Prendo el radio para buscar una emisora donde “de vez en cuando”, según me han dicho, transmiten programas culturales. Desde luego, no encuentro ninguno, pero en cambio encuentro a una mujer que le reza con todo fervor a San Franciso. Le pide por el Chocó, por su gente, porque sus gobernantes sean personas capaces.

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