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Estilista de la prosa

Ensayista de moda, retratista perspicaz y lúcida biógrafa, la escritora miembro de planta de la prestigiosa revista The New Yorker estará en el Hay Festival. Ah, y es una feminista muy femenina...

2010/03/16

Por Vanessa Rosales

Hacia el final de los sesenta, la joven Judith Thurman intentaba escribir poesía a lo Silvia Plath y, al mismo tiempo, comenzaba a adorar a Yves Saint-Laurent. El mix entre una afinada intelectualidad, cultivada desde la infancia, reforzada en Cambridge y realzada por una profunda fascinación por el dramatismo de la estética, hizo de ella la escritora que hoy es: una capaz de escribir artículos deslumbrantes sobre temas tan variados como la moda y la comida, y hondos retratos de personajes femeninos históricos.

De joven, Thurman sobrevivió en Londres con los más peculiares trabajos: desde cocinera para un artista hasta tutora personal del hijo de Harry Salzman, el productor de todos los filmes de James Bond. Al volver a Nueva York, a mediados de los setenta, lo que había sido un miniensayo para una revista se convirtió en una biografía: Isak Dinesen, The Life of a Storyteller. El libro le ganaría el National Book Award, inspiraría el memorable film de Sydney Pollack, Out of Africa, y marcaría el trecho para su trayectoria en The New Yorker, donde es staff writer desde el 2000. Luego se embarcaría en otra biografía, Secrets of the Flesh: A Life of Colette. Su más reciente libro es La nariz de Cleopatra, una compilación de 39 ensayos.

Sus dos biografías son sobre Isak Dinesen y la incendiaria Colette. ¿Qué descubrió sobre la feminidad a través de ellas? ¿La reflejaron en alguna manera?

Ambas eran ávidas y codiciosas por obtener experiencias de distintas maneras. Dinesen, como yo, siempre tuvo problemas con sus apetitos. Existía una división de mente/cuerpo en su vida que la hacía sufrir. En África, lejos de su familia, fue más libre que nunca. Colette puede ser la gran escritora menos cerebral que haya existido. Le gustaba decir, exagerando un poco, que pensaba con su cuerpo. Era una buscadora incesante y libre de culpa del placer. Ambas tenían problemas con sus madres: Dinesen, porque su madre era un ejemplo de timidez y represión que ella deseaba desautorizar; Colette, porque su madre era una fuerza dominante de la naturaleza de la que tenía que liberarse para ser una mujer en su propio derecho. Ambas eran perfeccionistas en su trabajo, siempre vigilantes de no ser complacientes. Ambas fueron grandes escritoras, lo que siempre es una inspiración. Ambas eran grandiosas, lo que considero era un peligro para una mujer exitosa en su tiempo, e incluso en el mío, luchando por distinguirse en un mundo de hombres. Puedo identificarme con eso. Ambas me inspiraron a examinar los miedos que estaban sofocando, o comprometiendo mi vitalidad.

¿Cómo han cambiado y permanecido sus obsesiones como escritora a través del tiempo?

Me considero una estilista de la prosa. Es a través del estilo –de la frase como medio– que lucho para poder comprender un sujeto y darle profundidad. Siempre ha habido una visceral aunque oscura razón por la que mis sujetos parecen escogerme. La naturaleza de esa afinidad se esconde con frecuencia a plena vista, pero debo sorprenderla a ella y a mí misma, a través de una frase cuya claridad parece venir de la nada. Después de treinta años, la fuente del repentino alivio que precede a ese fútil tanteo aún es un misterio. Un guiso de prosa permanecerá inerte hasta que te tropieces con el hechizo que le dará vida. Este acto de “hechizar” opera en dos sentidos: como una secuencia de palabras con la que al excluir una infinidad de otras combinaciones posibles se logra transmitir un significado preciso y deliberado; y por otra parte, como una invocación rítmica a través de la cual el lenguaje recupera su poder arcaico de animar lo que se ha perdido, está latente o muerto.

¿Cómo ha sido su propia lucha personal con la belleza femenina, la intelectualidad, la vanidad y la autonomía?

Oh, Dios, qué pregunta tan enorme. Mi mente y mi cuerpo están más en armonía que cuando era joven (¡el yoga ayuda!); me acepto mucho más. Soy más segura como una mujer mayor, incluso físicamente, porque siento menos necesidad y ansias por ser complaciente. Esa “necesidad desesperada” que es la creencia de que alguien más –un hombre, por ejemplo, y su estatus y su deseo– puede satisfacerte, afirmar tu valor, es un gran obstáculo para la autonomía. Felizmente he superado esas ansias de sumisión. Pero no parezco poder trascender una vida de vigilancia sobre mi peso. He sido flaca gran parte de mi vida, pero todavía espero despertar algún día como la gordita que fui en el sexto grado. Y a un nivel muy básico, no confío en mis instintos, por lo que mi escritura es y siempre ha sido una tortura, hasta que luego de diez borradores de una pieza, comienzo a hacerlo bien.

Ha dicho que la generación actual es aquella en la que las mujeres pueden ser buenas escritoras y buenas madres simultáneamente. ¿Cuáles son las fortalezas y debilidades de la mujer contemporánea?

Las mujeres han recorrido mucho camino. Ya no sienten temor de que convertirse en madre sea una opción sacrificada, entre ser un sujeto y ser un objeto. Parece obvio para las mujeres jóvenes –un derecho de nacimiento, incluso– que uno pueda ser ambas, mujer y persona. Pueden jugar a la feminidad y entienden que, en cierto grado, es un performance. Virginia Wolf tenía razón –necesitas tu propia cuenta bancaria, y tu propio espacio– pero puedes compartir tu vida con un hombre o un hijo sin sacrificar tu autonomía.

Un amplio margen de gente descarta la moda como un universo banal. ¿Qué papel juega en ella la frivolidad?

La moda es un arte dramático y visual, lo ha sido desde siempre. Los seres humanos siempre han sentido la necesidad de adornarse a sí mismos; de usar el cuerpo como un lienzo o un escenario; de interpretar, acicalarse, seducir; de probar y removerse máscaras; la moda es todo eso. Pero parte de lo que hace que la moda parezca tan frívola es el prejuicio sobre su frivolidad, lo que a su vez contribuye a una ausencia de crónicas o comentarios serios sobre ella. Con frecuencia, la gente de la moda no ayuda: no son el grupo de personas más elocuentes, y tienden a usar clichés baratos que odiarían si esos mismos clichés fueran transferidos a la ropa. La verdad es que es muy difícil encontrar el lenguaje con el que darle a la moda su debido respeto. Es como en las biografías: hay que encontrar una línea narrativa, destilar lo esencial a partir de una bola de pelusa hecha de detalles y posturas.

¿Cuál es la relación entre su conocimiento de la moda y su sentido personal de vestir y el estilo?

La moda es un lenguaje. Entre más fluido y articulado sea uno, mejor podrá expresarse, y proyectar una imagen que corresponda con el verdadero yo. Uso mucho negro, después de todo soy neoyorquina. Gravito alrededor de ropa vanguardista, japonesa, belga, moderna minimalista, y que combino con las prendas vintage que encuentro en tiendas de segunda. La ropa vieja tiene alma. Edito mi clóset de la misma manera que edito mi escritura, raramente acierto la primera vez. Es un proceso de error y revisión.

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