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La Nobel que no soporta a la gente (excepto en la red)

Desde hace doce años, la escritora austriaca publica textos en su sitio de internet. En 2007, tomó la decisión de escribir allí su nueva novela, que acaba de terminar.

2010/03/15

Por Rose-Maria Gropp

Al entrar al enlace Aktuelles (Noticias) del sitio de internet de Elfriede Jelinek (www.elfriedejelinek.com), se encuentran los capítulos de su nueva novela. La autora, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 2004, define Neid [Envidia] como “una novela privada”. La representación de los siete pecados capitales de El Bosco (que se encuentra en el Museo del Prado) le sirvió a la vez de inspiración, de advertencia y de símbolo. Los pecados capitales están allí dispuestos en círculos —encuadrados por las imágenes en medallones de las “Cuatro etapas del juicio final”, la Muerte, el Juicio, el Infierno y el Cielo— alrededor del ojo de Dios. En su pupila, Cristo muestra sus heridas, debajo está la inscripción “Guárdate, Dios te mira”. Dios mira, como Jelinek, que de la envidia no se libran ni los perros: uno de ellos, que porta un hueso, mira de reojo a otro que lo observa con envidia.

En Envidia se encuentran los temas del universo de Jelinek: la montaña y el mar, la gran ciudad y el pueblo, la vejez de la mujer, el turismo que nunca llega, la ruina de la naturaleza, mugre erosionándolo todo, los muertos y la música. Una vez más, su prosa es una reflexión musical sobre el carácter inexorable de la pérdida. Pero además, al leer los primeros capítulos de la novela se hace evidente una sensibilidad a flor de piel. “Esas son las reglas del juego”, dice Jelinek. Las mismas que le critican sus detractores más mordaces, aunque no les sea fácil, en adelante, estigmatizar a su agrado extractos de su prosa tumultuosa, sacándolos de contexto.

Usted define su texto publicado en internet como una “novela privada”. ¿Por qué? ¿Se trata de un nuevo género?

Eso quiere decir que la novela aparece solo de manera privada, para decirlo de alguna manera como autora, pero también que allí se encuentran cosas mucho más privadas que en mis otros libros.

¿Por qué escoger internet, un lugar público por excelencia?

Internet es una forma de lugar público diferente, el carácter público allí es virtual. Cuando todo el mundo puede leer un texto, eso puede significar también que nadie lo lee. Yo escribo un texto, pero al mismo tiempo juego a esconderme detrás de él, porque, por decirlo de algún modo, no está escrito.

¿Publicará una versión en libro?

No, no saldrá jamás en libro.

¿Por qué razón? Usted dijo alguna vez que el Premio Nobel le permitía nuevas libertades. ¿La libertad de no padecer la coacción del mercado hace parte de su decisión?

Es una liberación, sin duda alguna, y es también una liberación de la vida pública. Yo no soporto los lugares públicos, lo cual es seguramente patológico. Pero no puedo hacer nada contra ello, yo soy así. Como lo dije, hay un elemento importante —muy católico quizás—, que es poder publicar y al mismo tiempo absolverme como si fuera una confesión. Está escrito, pero no es mi culpa. Creo que se trata de mi sentimiento de culpa, en efecto. Yo escribo algo, pero no estoy allí para nada. Es cierto que el Premio Nobel me dio una posibilidad material. De todos modos, yo no había ganado jamás tanto dinero (salvo con Lujuria). Con el Nobel y todo, no puedo solamente vivir de mis libros.

¿Por qué escoger el nombre de un pecado capital, la envidia, como título? Esa idea no aparece sino hasta el final del segundo capítulo cuando dice “la envidia al juicio de los vivos”. ¿Qué quiere decir?

Es la envidia de la gente que no puede vivir (como yo) y que experimenta en la mirada de los otros lo que intento decir en la novela de manera paradigmática. No estoy muerta, pero tengo la sensación de ser una muerta-viviente, porque, debido a mi enfermedad física, sobre la cual no quiero extenderme, no puedo vivir, no puedo viajar, no soporto a la gente. No soporto siquiera que me miren. Este estado de muerte en vida me ha conducido tanto a publicar como a no hacerlo. Al no crear un libro objeto, puedo pensar que esa novela privada no existe.

¿Tiene la intención de inscribirse en la tradición del folletín como Balzac, Sue o Dickens?

No, para nada. En mi caso, los episodios no tienen nada que ver con el suspenso o el desarrollo de una intriga. Al contrario, estos hablan del letargo, de ciudades despobladas, de la muerte en vida. Hablan del estrechamiento del espacio vital (mi espacio vital y el del protagonista y el de las ciudades que debido a la crisis industrial —en particular la siderúrgica en Europa—, perdieron la mitad de sus habitantes), de la ausencia de movimiento. (...)

Además, me reservo la posibilidad, si fracaso o pienso fracasar, de dejar la novela como un bosquejo, de modificarla más adelante o simplemente de quitarla de internet si siento ganas o si no soporto verla más ahí, mirándome como tonta desde el fondo de la pantalla.

FRankfurter

Allgemaine Zeitung©

Traducción: Juan David Correa

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